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Relatos Ardientes

El autorretrato de mi alumna que no pude olvidar

La luz de la tarde entraba sesgada por los ventanales del taller de fotografía, encendiendo las paredes blancas donde colgaban los trabajos del último semestre. Esteban Andrade caminaba despacio entre los retratos, las manos cruzadas a la espalda, deteniéndose en cada imagen con esa atención que sus alumnos confundían a veces con severidad. Era un grupo reducido, apenas veinte estudiantes, y eso le permitía un lujo que pocos profesores tenían: hablar de cada fotografía como si fuera la única en el mundo.

—El cuerpo no es solo forma —dijo, girándose hacia la clase—. Es relato. Cada sombra cuenta algo que las palabras no alcanzan. ¿De quién es esta serie?

Renata levantó la mano sin prisa. Tenía veinte años recién cumplidos, el pelo oscuro cayéndole sobre los hombros y unos ojos grandes que parecían guardar más de lo que decían.

—Mía, profesor.

Esteban se acercó a la fotografía central. Era un autorretrato en blanco y negro: ella de espaldas, mirando por encima del hombro, con una luz lateral que esculpía cada línea de su espalda. Pero fue lo que esa luz revelaba al girarse lo que le robó el aliento. La curva de las tetas, plenas y firmes, con los pezones erguidos apuntando al lente. Más abajo, la forma del culo enmarcada con una precisión casi cruel, y el pequeño hueco en la base de la columna que parecía una invitación silenciosa a bajar la lengua hasta la raja.

Sintió un tirón en el bajo vientre, una reacción animal que luchó por reprimir. La polla le empezó a hincharse dentro del pantalón. Carraspeó. El sonido le pareció demasiado alto en el silencio del aula.

—Es… impactante —dijo, y su voz salió más ronca de lo que pretendía—. Hay valentía aquí. Vulnerabilidad que se vuelve poder. Y el control de la luz es excepcional.

Pero sus ojos no estaban analizando la luz. Estaban devorando ese cuerpo, imaginando cómo sería abrirle las piernas ahí mismo, sobre la mesa del taller, y hundirse en su coño hasta el fondo. Guárdalo en la memoria como un ladrón guarda un tesoro, pensó, y odió un poco esa idea en cuanto la formuló.

***

Esa noche la casa estaba en silencio. Esteban se sentó en el sofá de su estudio con un vaso de mezcal que no llegó a tocar. Cerró los ojos y la imagen de Renata lo asaltó sin pedir permiso. No la fotografía: la chica real, la textura imaginada de su piel, el peso de sus tetas en las manos, la forma en que ese cuerpo temblaría bajo sus dedos, cómo se abriría su coño mojado para tragarse su verga entera.

Pensó en su pareja, que dormía al fondo del pasillo, y la culpa duró exactamente lo que tardó la sangre en bajarle a la polla. Una erección dura e ineludible le tensaba el pantalón, marcándose contra la tela como un bulto obsceno. No pudo más. Se soltó el cinturón, se bajó el pantalón hasta los muslos y se liberó, ya palpitante, la punta brillante de líquido preseminal. Cerró el puño alrededor de la verga y empezó a moverse, lento al principio, apretando la piel hacia abajo para descubrir el glande hinchado, luego más rápido, la respiración entrecortada.

Se imaginó a Renata arrodillada entre sus piernas, esa boca joven abriéndose para recibirlo, la lengua rosada lamiéndole la punta antes de tragárselo entero. Se imaginó cogiéndosela contra el escritorio, agarrándola del pelo, metiéndosela hasta el fondo mientras ella gemía como una puta.

Se levantó y fue hasta la cocina. Sacó un cubo de hielo de la cubitera, transparente y afilado, y volvió al sofá. El contraste fue inmediato y brutal cuando lo acercó a la base de la polla: el frío le arrancó un gruñido a medio camino entre el dolor y el placer. La piel se le erizó, los huevos se le contrajeron, y la sensación, tan nueva, volvió su deseo más agudo, más desesperado.

Deslizó el hielo por toda la longitud de la verga, dejando un rastro helado que se evaporaba al instante sobre la piel ardiente. Rodeó el glande hinchado, se lo pasó por el frenillo hasta que la cadera se le arqueó sola. El cubo se derretía entre sus dedos, goteando por sus huevos, bajando hasta el ojal del culo en un hilo helado que lo hizo temblar. Volvió a cerrar el puño, ahora con la mano fría y húmeda, y el choque entre ese frío y el fuego de su erección estuvo a punto de quebrarlo. Cada movimiento era una batalla de temperaturas que solo podía terminar de una manera.

Se pajeó rápido, con saña, escupiéndose en la palma para lubricarse mejor, el sonido húmedo llenando el estudio. Cerró los ojos y solo pensó en ella. En el sabor que tendría su coño, en cómo sería abrirla despacio con la lengua, en el sonido que haría la primera vez que la penetrara, en cómo apretaría su verga esa concha estrecha. Se vino con un gruñido ahogado, imaginando que su semen la marcaba a chorros: en las tetas, en la cara, en la lengua sacada. Los primeros chorros salieron con fuerza, cayéndole en el abdomen y en la mano, calientes y espesos. El orgasmo fue intenso, largo, pero dejó un vacío, una necesidad que solo la realidad podría saciar.

***

La galería estaba abarrotada la noche de la muestra final. Autoridades con trajes caros, alumnos nerviosos, críticos con aire de superioridad. Las obras de todos colgaban de las paredes, incluida la de Renata, en un lugar privilegiado que generaba susurros y miradas cómplices: todos querían saber de quién era ese cuerpo.

Esteban recorría la sala como el anfitrión perfecto, sonriendo, saludando, pero sus ojos buscaban a una sola persona. La encontró cerca de su fotografía, serena, con un vestido negro que se ajustaba a sus curvas como una segunda piel, marcándole las tetas sin sostén y la línea del culo. Las miradas de ambos se cruzaron por encima de la multitud. Ella le sostuvo los ojos y le dedicó una sonrisa pequeña, una sonrisa que decía sin palabras: «sé lo que viste, y me gustó».

La noche terminó. La gente se fue. La galería se vació hasta quedar en un eco de conversaciones y copas a medio beber.

***

Renata esperaba en la acera bajo una llovizna fina, consultando el móvil. El último autobús ya había pasado. Esteban salió del edificio, la vio y se acercó.

—¿Algún problema, Renata?

—Perdí el último autobús —dijo ella, sonriendo con una pizca de frustración—. Y aquí no entra ningún auto de aplicación, es zona muerta. Me tocará esperar.

—Te llevo —respondió él sin dudarlo—. Para que llegues sana y salva.

La sonrisa de ella se volvió genuina. Aceptó.

El coche avanzaba por las calles mojadas. El silencio era espeso, cargado de todo lo que llevaban meses sin decirse. La radio sonaba como un murmullo inútil. Esteban apretaba el volante con los nudillos blancos y la miraba de reojo: el vestido corto subido a media pierna, la piel brillando bajo las luces de la ciudad, los pezones marcándose contra la tela cada vez que el aire acondicionado la rozaba.

—Te voy a decir algo —empezó, con la voz baja y casi rota—. Es arriesgado, quizá inapropiado. El año que viene no estaré dando clases. Me voy del país.

Ella lo miró con calma y expectativa.

—Desde que vi tus fotos no puedo dejar de pensar —siguió él—. No como maestro. Te pienso como la tortura perfecta en blanco y negro. Me la pajeo pensando en vos, Renata. No sé cómo decirlo de otra forma.

Renata no se ofendió. Puso una mano sobre su muslo, muy cerca del bulto que ya empezaba a marcársele en el pantalón, y lo miró de un modo que lo sacudió por dentro sin necesidad siquiera de tocarlo donde importaba.

—¿Por mí? —susurró—. Lo sabía. Por eso hice esa foto. No por la nota ni por la muestra. Quería que se te parara mirándola. Y quería que después, en tu casa, te la agarraras pensando en mí.

Eso fue todo. Esteban giró el volante y metió el coche en un callejón oscuro y apartado, a unas cuadras de su edificio. Apagó el motor. Quedaron la penumbra y la lluvia golpeando el capó.

Se volvió hacia ella sin una palabra. Le tomó la cara con suavidad y la besó: un beso que empezó tranquilo y se transformó en tormenta, meses de deseo reprimido vaciándose de golpe. Sus lenguas se enredaron, húmedas y ávidas, mientras él le mordía el labio inferior y ella soltaba un gemido ahogado. Le correspondió con la misma intensidad, las manos subiendo por su pecho, desabrochándole la camisa botón por botón, colándose dentro para sentir su piel, arañándole apenas.

Las manos de él encontraron el cierre del vestido en la espalda. Lo bajó y la tela cedió, liberando las tetas desnudas. Esteban se apartó un segundo para mirarlas, reales y más hermosas que en la fotografía, los pezones erectos y oscuros pidiendo boca. Se inclinó y le tomó un pezón en la boca, chupándolo con hambre, lamiéndolo en círculos, mordiéndolo apenas, mientras la otra mano le amasaba la otra teta, pellizcándole el pezón entre el pulgar y el índice. Renata se arqueaba contra él con un quejido, la cabeza tirada hacia atrás contra el vidrio.

—Ay, profesor… así, chúpamelas… —jadeó, y él pasó a la otra, mamando fuerte, dejándole marcas rojas alrededor del pezón.

Le metió una mano por debajo del vestido, subiéndosela por el muslo hasta encontrar la ropa interior empapada. Apartó la tela con dos dedos y le tocó el coño directamente: estaba caliente, hinchada, resbaladiza. Deslizó el dedo medio entre los labios mojados, encontró el clítoris duro y empezó a moverlo en círculos lentos. Ella abrió las piernas todo lo que el asiento le permitía, invitándolo a más.

—Estás empapada —murmuró él contra su cuello.

—Llevo horas así, desde que te vi en la galería —contestó ella, mordiéndose el labio.

Le metió dos dedos de golpe. Renata gritó bajito, un gemido gutural que se le atragantó en la garganta. Él empezó a bombear, sacando y metiendo los dedos, curvándolos hacia arriba para tocarle ese punto que la hacía retorcerse. El pulgar seguía trabajándole el clítoris. Los sonidos húmedos llenaban el coche, obscenos, mezclándose con la lluvia.

El espacio reducido del coche los empujaba más cerca, incómodo, y esa misma incomodidad alimentaba la urgencia. Esteban sacó los dedos brillantes de jugos y se los llevó a la boca, chupándolos delante de ella. Ella lo miró con los ojos entornados, se inclinó y le lamió los dedos también, saboreándose. Después le bajó el pantalón, le abrió el cierre, y le sacó la verga que ya estaba dura como una piedra, palpitando contra el vientre.

Se inclinó sobre su regazo sin decir nada. Le pasó la lengua por toda la longitud, desde los huevos hasta la punta, en un lametón lento que casi lo hizo terminar ahí mismo. Después se metió el glande en la boca, chupando la punta, jugando con la lengua alrededor del frenillo, mientras la mano le apretaba la base y se movía en el mismo ritmo.

Renata no era tímida ni vacilante. Le mamaba la verga con un hambre que delataba que había fantaseado con ese momento tanto como él. La lengua bailaba alrededor de la punta, lamiendo, saboreando la gota espesa de líquido preseminal, mientras la mano apretaba la base subiendo y bajando en un ritmo perfecto que acompañaba el de sus labios.

Se la fue tragando entera. Bajó la cabeza despacio hasta que la punta le rozó el fondo de la garganta, y el sonido ahogado que escapó de Esteban fue una mezcla de placer y rendición total. Ella se quedó ahí unos segundos, ahogándose apenas, la saliva escurriéndose por las comisuras, antes de subir de nuevo. Después empezó a mamársela rápido, con la boca cerrada apretando, la mano haciendo el trabajo en la base, mientras la otra le acariciaba los huevos.

Una de las manos de Esteban se enredó en el pelo de ella, no para forzarla, sino para anclarse a una realidad que parecía un sueño. Le levantó la cara un momento, viéndola con la boca llena, un hilo de saliva uniendo sus labios al glande.

—Vas a hacer que me venga si seguís así —le dijo con la voz quebrada.

—Todavía no —susurró ella, dándole un último beso en la punta—. Te quiero adentro.

Los vidrios se empañaron rápido, convirtiendo el coche en una burbuja aislada del mundo.

—Estoy muy caliente, profesor —susurró ella. La frase lo destruyó por completo.

Esteban la atrajo y la subió sobre su regazo. Ella se sacó la ropa interior por completo, tirándola sobre el asiento del acompañante, y quedó desnuda de cintura para abajo, con el vestido enrollado en la cintura. Él reclinó el asiento todo lo que pudo para darle espacio. El ángulo era incómodo y, a la vez, perfecto. Renata se posicionó encima, tomó la verga con una mano para guiarla, y la punta rozó su entrada abierta y chorreante. Los dos contuvieron el aliento.

Bajó despacio, centímetro a centímetro, dejando que el peso la abriera. La verga fue entrando lento, forzando el coño estrecho a estirarse alrededor. Esteban se mordió el labio para no gritar. Estaba apretada, caliente, una presión resbaladiza que lo envolvía por completo, cada milímetro de piel aprisionado por ese túnel palpitante. Cuando terminó de bajar, con el culo apoyado en sus muslos y la verga hundida hasta el fondo, se quedó quieta un segundo, respirando hondo, sintiéndolo entero adentro.

—Dios, qué grande la tenés —murmuró, con la frente pegada a la suya.

Empezó a moverse, primero lenta, cabalgándolo, subiendo y bajando en un vaivén hipnótico, hasta encontrar un ritmo que los tenía a los dos al borde del delirio. El coche se mecía con cada envestida. Él la sujetaba de la cintura y de ese culo que tanto había imaginado, apretándole los cachetes, separándoselos, ayudándola a ir más rápido, más profundo. Le pasó un dedo por la raja del culo, encontró el ojal cerrado y lo presionó con la yema, mojado con los jugos que le chorreaban del coño. Renata se estremeció.

El olor a sexo y a lluvia llenaba el pequeño espacio, mezclándose con el sonido húmedo de la verga entrando y saliendo, con los gemidos ahogados de ella, con la respiración pesada de él.

—Así, así, profesor… metémela toda… —jadeó ella, la cara pegada a su cuello, los dientes rozándole la piel, chupándole el lóbulo de la oreja—. Cógeme fuerte, no me tratés como a una alumna.

Entonces algo se rompió en él. La contención, los meses de fantasía, todo estalló. Dejó de ayudarla a moverse y empezó a tomarla. La levantó un poco, cambió el ángulo y comenzó a embestirla desde abajo con una fuerza que él mismo no se conocía. La verga entraba y salía con violencia, chocando contra el fondo, los huevos golpeándole el culo con cada envite. El coche crujía con cada golpe, los amortiguadores rebotando. Unos faros se deslizaron por la entrada del callejón y se alejaron, dejándolos otra vez en la penumbra. El peligro solo los encendía más.

Le agarró las tetas con las dos manos, apretándoselas, chupándoselas mientras seguía cogiéndosela. Después la giró como pudo en el espacio estrecho, la puso de rodillas en el asiento del acompañante, con el culo levantado y la cara apoyada contra la ventanilla empañada. Se acomodó detrás de ella y se la volvió a meter de una sola vez, hasta el fondo, arrancándole un grito.

—Ay, sí, así, dámelo todo… —gimió ella, la mejilla aplastada contra el vidrio.

Esteban la agarró de la cintura y empezó a cogérsela por atrás, viendo cómo su verga entraba y salía brillante entre esos cachetes perfectos, viendo cómo el coño se abría para recibirlo cada vez. Le dio una palmada al culo, y la piel se enrojeció al instante. Ella gimió más fuerte, moviendo las caderas hacia atrás para encontrarlo. Le agarró el pelo con una mano, tirándoselo hacia atrás, arqueándole la espalda, y se la metió más profundo todavía.

Ella lo recibía con la misma ferocidad, las manos apoyadas contra el vidrio, las caderas lanzándose a su encuentro, los pechos rebotando con cada golpe. Esteban sintió cómo los músculos del coño se tensaban alrededor de su verga, cómo la respiración se le cortaba en un quejido agudo.

—Ahí… así, no pares… me voy a venir… —alcanzó a decir, y él obedeció, apuntando a ese punto, martillándolo sin tregua, la verga entrando hasta el fondo una y otra vez, hasta que el cuerpo de Renata se arqueó en un espasmo total. Un grito ahogado escapó de su garganta mientras se contraía a su alrededor en oleadas que le apretaban la polla y lo arrastraban con ella, el coño chorreando alrededor del tronco.

Esteban no pudo aguantar más. Con un gruñido sordo, la agarró con las dos manos de las caderas y le dio unas últimas embestidas brutales antes de vaciarse dentro de ella. Sintió los chorros calientes saliendo de la punta, llenándole el coño, corriéndose adentro en oleadas largas que parecían no terminar nunca. Ella gimió al sentirlo, el coño contrayéndose para exprimirle hasta la última gota, meses de deseo y de locura vaciándose en ese único instante perfecto.

Se derrumbó sobre su espalda, todavía enterrado, respirando contra su nuca. Cuando por fin salió, el semen empezó a escurrirse por los muslos de ella en un hilo blanco y espeso. La ayudó a acomodarse de nuevo sobre su regazo, y se quedaron abrazados, temblando, escuchando la lluvia y sus propios corazones desbocados. No había pensamientos ni remordimientos, solo la paz del cuerpo saciado. Renata se acomodó en su hombro y se rió suave, una risa cansada y feliz.

—Creo que voy a perder el último autobús más seguido —susurró.

Esteban sonrió contra su pelo. Por primera vez en meses, su mente estaba en blanco, y le pareció el mejor lugar del mundo para quedarse.

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Comentarios(8)

Rulox88

Que relato tan bien escrito!! Se nota la dedicacion en cada parrafo. Felicitaciones

lector_pasional

Me dejo con muchas ganas de saber como termina todo entre ellos. Por favor que haya una continuacion

Lucas_Fer22

La tension que se arma desde la primera escena es increible. Muy buen trabajo

MarcelaT

Me recordo a cierta epoca de la facultad jajaja. Hay algo en esos limites entre lo permitido y lo prohibido que te atrapa de golpe

Valentina_Rdz

El titulo me engancho desde el principio y el relato no decepciono para nada!!

Jorvamo86

Excelente ritmo narrativo, no hay un momento de aburrimiento. Segui escribiendo asi

RosaM_lect

buenisimo!!!

Pablito_Uy

Esperando ansioso la segunda parte. Quede con ganas de mas

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