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Relatos Ardientes

La ventana del cuarto de Marcos no tenía cortina

El verano había sido demasiado largo en la ciudad y yo necesitaba sacar a Lucía y a los chicos a algún lugar donde el aire no oliera a asfalto recalentado. Encontré la cabaña en una de esas plataformas de alquiler: dos habitaciones, alberca, jardín cercado y nada más que pinos y silencio alrededor. Pagué la semana sin pensarlo demasiado.

Marcos vendría con nosotros. Es amigo mío desde hace casi quince años, soltero, mide un metro ochenta y cinco y vive metido en el gimnasio. Cuando llega a algún lado, ocupa espacio sin proponérselo. Lucía siempre lo supo desear, y yo siempre supe que él la deseaba a ella. Era un equilibrio extraño y muy cómodo: comentarios con doble sentido, piropos en la mesa, miradas que se sostenían un segundo más de lo necesario. Nunca había pasado nada. Yo creía que nunca iba a pasar.

Mi mujer mide un metro cincuenta y dos. Piel clara, cintura corta, caderas anchas y un culo que hace girar cuellos en cualquier supermercado. Lo digo sin orgullo y sin pudor: es así. Y esa primera tarde en la cabaña, mientras iba y venía con los chicos colgados de las piernas y el short de mezclilla apretado contra las nalgas, Marcos no podía mirar otra cosa. Yo tampoco, para ser honesto.

Cuando los niños se durmieron, abrimos una botella de mezcal en la terraza. Lucía se había puesto un vestido de tirantes encima del traje de baño y se sentó del otro lado de la mesa, descalza, con las piernas cruzadas hacia un costado. La conversación derivó como suelen derivar las charlas con alcohol y confianza: del trabajo a los hijos, de los hijos a las parejas, de las parejas al sexo.

—¿Cómo es ella en la cama? —preguntó Marcos a la mitad de la segunda botella.

Yo me reí, pero le contesté. Le dije que Lucía era de las que toma el control, que le encanta montar y mirarte a los ojos hasta el final, que su boca es una especialidad, que le gusta que le besen el culo despacio antes de cualquier otra cosa. Cuando terminé, Marcos se quedó callado un buen rato.

—Te voy a confesar algo, y prefiero que lo sepas tú a que lo sospeches —dijo—. Me he masturbado pensando en ella más veces de las que me gustaría admitir. Es una fantasía. Quiero acabar dentro de ella. Listo, ya lo dije.

Tendría que haberme molestado. En cambio, sentí cómo se me iba apretando el pantalón mientras él hablaba. Otro hombre deseaba a mi mujer y me lo decía con esa franqueza, y yo me estaba poniendo duro en mi propia silla. No le respondí nada. Le serví más mezcal y le pregunté qué le haría primero, si tuviera la oportunidad. Hablamos de ella hasta las tres de la mañana.

***

El segundo día fue una sucesión de imágenes que ahora reproduzco en cámara lenta. Lucía con un bikini de dos piezas color crema que le subraya el escote de las nalgas. Lucía secándose el pelo mojado de espaldas a nosotros. Lucía riéndose con la boca abierta de algún comentario de Marcos. Yo movía la parrilla con un nudo en el estómago y una idea que no me animaba a formular.

A la hora de cenar ella ya estaba alegre. Tinto con limón, le decía a Marcos, y se reía sola del nombre. Cuando los chicos se durmieron, propuso meterse a la alberca a oscuras. Marcos puso pretextos: que el agua estaba helada, que él prefería el sillón. Lucía se acercó y le pasó un dedo por el pecho.

—Te metes y me das algo a cambio —dijo, mirándolo desde abajo.

—¿Qué cosa?

—Métete primero.

Marcos se quitó la camiseta y los pantalones y se quedó en bóxer. Yo me serví otro trago y me senté del lado de la mesa que daba al agua. Hice como que ponía música en el celular. En realidad estaba mirando.

Se retaron a nadar. Primero un largo, después dos. En cada vuelta, las manos de Marcos encontraban su cintura y se demoraban un segundo más, y Lucía se zafaba con una risa que no era la suya de siempre. Era una risa más baja, más para adentro. En algún momento él la abrazó por detrás para impedirle salir y ella no se zafó. Se quedó quieta, con la espalda pegada a su pecho, y giró apenas la cara para decirle algo al oído que yo no alcancé a oír.

Marcos salió de la alberca a los diez minutos a orinar, y mientras caminaba hacia el baño se le notaba debajo del bóxer mojado una erección que ni el frío podía esconder. Lucía la vio. La vio bien.

—Parece que ya no tienes frío —le dijo, riendo, cuando él volvió.

Yo me puse de pie y entré a la cabaña con el pretexto de revisar a los chicos. Uno de ellos se había destapado. Lo arropé despacio, me quedé mirándolo dormir un momento y respiré hondo. Cuando salí, lo hice sin hacer ruido y por la puerta trasera, esa que da al lado del cuarto de bombas.

Los rodeé por afuera. La luz de la alberca dibujaba dos siluetas muy juntas contra la pared del fondo. Me agaché detrás de unos arbustos. Estaban en el agua, en el lado profundo, los dos de pie. Marcos la sostenía por la cintura con una mano. La otra había desaparecido. Lucía tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta, y la mano de ella estaba metida dentro del bóxer de él. La movía despacio, como si ya conociera el ritmo. Como si ya lo hubiera ensayado en su cabeza muchas veces.

Estuve casi diez minutos sin moverme. Cuando ella decidió salir del agua para ir al baño, salió sin la parte de abajo del bikini. La llevaba enredada en la muñeca. Y entre los dedos, se le veía cerrar la otra mano sobre algo blanco que él le había sacado un instante antes.

***

Volví a la cabaña antes que ellos. Me senté en la mesa del jardín y esperé. Cuando Lucía apareció, traía el pareo amarrado a la cintura y los labios un poco hinchados. Le dije que uno de los chicos se había despertado y yo me lo había quedado un rato, por eso me había tardado.

—Me caigo de sueño —agregué—. Voy a acostarme. ¿Vienes?

—Me quedo un ratito más a terminar el trago. Adelántate.

Marcos también dijo que se retiraría apenas terminara su mezcal, que no le hiciera falta esperar. Le di una palmada en el hombro al pasar. Cerré la puerta de la habitación principal sin trabarla, dejé las luces apagadas y me quedé sentado en el borde de la cama, contando los minutos.

Veinte. Veinte minutos exactos. Después oí cómo se apagaban las luces del jardín, después la puerta del cuarto de huéspedes que se cerraba con un clic muy suave. Esperé un minuto más por si volvía. No volvió.

Salí descalzo y rodeé la cabaña otra vez, pero por el otro lado. El cuarto de Marcos tenía una ventana lateral que daba al pinar. La habíamos dejado abierta esa tarde para airearla, y los mosquiteros estaban viejos y descoloridos. La luz interior estaba apagada, pero la luna entraba lo suficiente como para distinguir bultos y, después de un rato, formas. Me arrodillé en el pasto, apoyé las manos en el alféizar y miré.

Estaban en la cama, atravesados, en un sesenta y nueve. Marcos abajo, ella arriba. Le pasaba la lengua por el ano despacio, abriéndoselo con los pulgares, y Lucía no soltaba la verga ni para respirar. Yo nunca la había visto chupar así. En dos años de noviazgo y nueve de matrimonio, nunca. Era como si estuviera estudiando para un examen y supiera la materia desde siempre.

Marcos la dio vuelta. La puso boca arriba, le abrió las piernas y se acomodó encima en misionero. Cuando entró, Lucía soltó un quejido que era casi una risa de incredulidad, y se aferró a su espalda con las dos manos y las dos piernas. Él era el doble de ella; mi mujer desaparecía debajo de su cuerpo. Yo veía nada más sus pies cruzados sobre la espalda baja de Marcos, y oía cómo ella le decía al oído cosas que no le había dicho nunca a nadie en mi presencia.

—Más fuerte. Así. No pares.

Cambiaron. Lo recostó a él y se montó. Empezó despacio, marcando el ritmo con las caderas, mirándolo a los ojos. Después se inclinó hacia adelante, le puso las manos en el pecho y empezó a moverse de verdad. Vi cómo se le tensaba la espalda, cómo se le levantaba la cabeza, cómo le temblaban los muslos. Vi venirse a mi mujer encima de mi mejor amigo desde menos de tres metros, y reconocí ese arqueo suyo que yo creía mío.

—Ahora vas tú —le susurró Marcos cuando ella todavía temblaba—. Date la vuelta.

La puso en cuatro al borde de la cama. Le pasó la lengua otra vez por el culo, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y le humedeció bien el ano. Después apoyó la punta. Le calculé unos diecinueve centímetros, mucho más grande que la mía, y vi cómo Lucía apretaba la sábana con los dedos cuando él empezó a empujar.

—Despacio —pidió ella—. Despacio, despacio.

Marcos le hizo caso. Empujó solo la punta y se quedó así un rato. Y entonces fue ella la que empezó a echarse hacia atrás, milímetro a milímetro, hasta tragárselo entero. Cuando él se hundió hasta el fondo, Lucía dejó escapar un gemido grave, animal, distinto a todo lo anterior.

Bombeó dentro de ella durante minutos eternos, sosteniéndola por las caderas, diciéndole al oído lo apretado que estaba ese culo y que se iba a venir dentro. Lucía le pedía que sí, que todo adentro, que no se saliera. Marcos gruñó entre dientes y se vació apretándola contra él, sin moverse, dejándolo todo donde estaba.

Cuando él se retiró, le bajaba un hilo entre los muslos. Se quedaron tirados en la cama, abrazados, sin hablar. A los pocos minutos los oí respirar profundo, y supe que se habían dormido así, pegados.

***

Volví a mi cuarto sin hacer ruido. Mis hijos seguían dormidos. Me acosté boca arriba, con la verga todavía dura en la mano, y me corrí en silencio sobre mi propio abdomen pensando en lo que acababa de ver. Después me limpié con la sábana, cerré los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, dormí de un tirón.

A la mañana siguiente, muy temprano, saqué a los chicos a caminar entre los pinos. Les compré un café con leche en la única tienda del pueblo y volvimos cuando el sol ya estaba alto. Lucía no se levantó hasta cerca del mediodía. Marcos tampoco. Ninguno de los dos me miró distinto en el desayuno. Yo tampoco les dije nada.

Esa noche, sin embargo, cuando los chicos volvieron a dormirse, le pregunté a Lucía si quería bajar conmigo a la alberca. Ella sonrió como si supiera de qué le estaba hablando. Marcos ya estaba allí, sirviendo el tercer trago.

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Comentarios (5)

Queequeg

me quede sin palabras en esa ultima escena... hay que tener mucho valor para no moverse. tremendo relato

PatriRo22

lei el final dos veces para asegurarme que habia entendido bien jajaja

GastonLect

Morbosisimo y a la vez muy bien escrito. El narrador en primera persona le da una intensidad que pocos relatos logran. Espero la continuacion!

elvisitante77

Ese mix de shock y no poder reaccionar esta perfectamente capturado. Lo senti real leyendolo, enhorabuena.

Dani_Ros

tremendo!!!

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