Mi jefe me invitó a desayunar y nunca llegamos al café
Hace tres meses que trabajo para él, y hace tres meses que finjo no darme cuenta de cómo me mira cuando me agacho a recoger papeles del piso.
Esa mañana llegué con la falda que me había prometido no volver a usar en la oficina. La que termina cinco dedos arriba de la rodilla, la que mi marido dice que «no es para el trabajo». Me la puse igual. Me peiné el pelo hacia un lado, me pinté los labios de rojo y me miré al espejo. La Camila que estaba ahí no era la misma Camila que se había casado hace cuatro años. Esa otra había muerto en algún momento del último invierno, sin que yo me diera cuenta. La que la reemplazó tenía hambre, y no era hambre de huevos revueltos.
Subí al piso doce y golpeé la puerta del despacho sin esperar respuesta. Lo encontré recostado en el sillón, leyendo un informe, con la corbata floja y los dos primeros botones de la camisa abiertos. Levantó la vista y la mantuvo en mi cara apenas un segundo. Después bajó. Recorrió el escote, la cintura, la falda, las piernas. Subió de nuevo. No me pidió disculpas por mirarme así.
—Pensé que íbamos a salir a desayunar —dije, apoyada en el marco de la puerta.
—Pensaste bien. ¿Vamos?
Se levantó del sillón y me cedió el paso. Yo sabía que no era por caballerosidad. Caminé adelante de él, despacio, contoneando la cadera más de lo necesario, sintiendo cómo la falda se me adhería al cuerpo como una segunda piel. Bajamos los escalones rumbo al estacionamiento subterráneo. En el reflejo del vidrio polarizado de su camioneta vi sus ojos clavados en mi cola. No los apartó hasta que abrí la puerta del lado del pasajero.
Cuando él se subió, frenó en seco al ver que yo me había detenido un instante antes de abrir la puerta. Casi me embiste con el paragolpes.
—Camila, no te pares así.
—¿Por qué? —pregunté, con esa voz de niña que sé que lo desarma.
—Porque casi te ensarto. Y así nacen los hijos no deseados.
—Ay, jefe, qué cosas dice —contesté, y me reí como si no hubiera entendido. Pero entendía perfectamente.
Me abrió la puerta y me ayudó a subir. Sentí su mano en la parte baja de mi espalda cinco segundos más de los necesarios.
—¿Qué te gustaría desayunar? —preguntó mientras arrancaba.
—Algo ligero. No quiero que me pese la panza después.
—¿Por qué te pesaría?
—Porque después no me deja —dejé la frase a la mitad.
—¿No te deja qué?
—No me deja brincar bien.
Se rio bajito, una risa que no llegó del todo a sus ojos.
—¿Brincar bien para qué, Camila?
—Usted sabe, jefe. Para brincar encima de alguien.
Se quedó callado dos segundos. Después contestó sin mirarme.
—Depende de quién sea ese alguien. Si fueras tú, te dejaría brincarme todo el tiempo que quisieras.
—Ay, jefe, esa era exactamente la intención.
***
No sé en qué momento se desvió de la avenida. Yo sentía la humedad entre las piernas y el bulto en su pantalón me decía que él también había dejado de pensar en el desayuno. Condujo diez minutos más, hasta llegar a un motel de los que parecen más un hotel boutique que un albergue transitorio: portón discreto, fachada de piedra, recepción a oscuras. Pidió la habitación sin bajarse de la camioneta. Entramos a la cochera privada y la cortina automática bajó detrás de nosotros.
Esperé a que me abriera la puerta. Cuando lo hizo, me tomó de la mano y me ayudó a bajar. Yo me incliné para besarlo —pensé que era el momento— y no pasó lo que esperaba. Me besó apenas, un beso seco contra los labios, casi un trámite. Después cerró la puerta de la camioneta con una sola mano y, con la otra, me giró bruscamente para que le diera la espalda.
Echó todo su peso encima de mí, aplastándome contra la chapa. Sentí su erección en el medio de las nalgas, dura, vertical. Una mano se me cerró en el cuello, sin apretar, pero firme. La otra me bajó por encima de la falda, entre las piernas, y se quedó ahí, frotando despacio mientras me mordía el cuello por debajo de la oreja.
—Si supieras —me dijo al oído, con la voz ronca— cuántas veces pensé en hacerte esto en la oficina.
Yo solo pude gemir. Algo en mí se desarmó. Toda la vida me había imaginado dominante, segura, llevando yo el ritmo de las cosas. Y ahí estaba, contra una camioneta en una cochera ajena, dejándome hacer. Más que dejándome: queriéndolo así. Mi marido nunca me había hablado de esa manera. Mi marido me hacía el amor con los ojos cerrados, como si tuviera miedo de romperme. Este hombre, en cambio, parecía querer romperme un poco.
Subimos las escaleras hacia la habitación, él pegado a mi espalda, sin dejar de besarme el cuello, una mano en mi cintura. En cada escalón me decía algo al oído. Que cómo me había animado a ir a la oficina vestida así. Que sabía perfectamente lo que estaba buscando. Que esa mañana no iba a salir del cuarto caminando bien.
Entré primero. Encendí la luz de la mesa de noche y me giré, esperando que me besara. No me besó. Vino directo hacia mí, me dio vuelta otra vez de espaldas y empezó a desabotonarme la blusa con las dos manos, mientras me apretaba las tetas por encima del corpiño. Me arrancó un gemido. Me bajó la blusa hasta los codos a propósito, dejándome los brazos prácticamente inmovilizados. Después atacó el cierre de la falda, lo abrió con una destreza que decía que no era la primera vez que hacía esto, y me bajó la falda y la bombacha juntas, hasta la mitad del muslo.
—Mira nada más —murmuró—. Viniste lista.
Me empujó boca abajo sobre la cama. No me dio tiempo a respirar. Escuché el ruido del cinturón, el cierre, la tela cayendo. La cama se hundió detrás de mí.
—Te voy a coger como te mereces.
Bajó la cara hasta mi cola y me mordió una nalga, después la otra. Me abrió las piernas con las manos y me lamió desde el clítoris hasta la cintura, lento, sin apuro. Yo gritaba contra la almohada, ahogada, con los brazos atrapados en la blusa, sin poder hacer nada. Y eso era exactamente lo que quería.
Sentí cómo se incorporaba detrás de mí. Cómo se masturbaba un par de veces para terminar de ponerla dura. Cómo me golpeaba el cachete con la verga, primero un costado, después el otro. Cómo la deslizaba por la raya, mojándola con lo suyo y con lo mío, sin meterla todavía. Yo le pedía. Le rogaba. Le decía cosas que jamás se las había dicho a nadie.
—Métemela, por favor. Ya. No me hagas esperar.
—¿Quieres que te la meta, Camila?
—Sí, por favor, sí.
—Pídemelo bien.
—Por favor, jefe. Métamela.
Se la guió con una mano y, de un solo golpe, me la hundió entera. Pegué un grito que se debió haber escuchado en la habitación de al lado. No me dio tregua. La sacó casi entera y volvió a hundirla. Sentí sus testículos chocar contra mí. La sentí gruesa, larga, palpitando adentro mío, mucho más de lo que me había imaginado las cien veces que lo había imaginado en la oficina.
—¿Te gusta así?
—Me encanta. No pares.
—¿Quieres más?
—Más. Por favor. Más.
Empezó a embestirme con una furia que no parecía suya. Cada golpe me corría unos centímetros sobre la cama. Yo me agarraba de las sábanas, de la almohada, de lo que encontraba, mientras él me clavaba una mano en la cadera y con la otra me agarraba del pelo, no fuerte, pero firme, recordándome de quién era el control.
***
En algún momento se detuvo. Salió de mí, respirando agitado, y se dejó caer de espaldas sobre la cama.
—Ahora tú —dijo—. Ven.
Como pude, me liberé de la blusa, me saqué los tacones, terminé de quitarme la falda. Me quedé en bombacha, miré la habitación —la luz baja, el espejo del techo, los almohadones tirados— y me subí encima de él. Me acomodé a horcajadas sobre sus caderas sin meterme nada todavía. Lo miré a los ojos. Me corrí la bombacha a un costado.
—¿Sabe por qué no quería desayunar pesado, jefe?
—Dime.
—Porque le iba a demostrar que valgo más yo en una cama que su mujer en veinte años de casada.
Se rio. Una risa corta, casi cruel.
—Eso vas a tener que ganártelo a sentones, Camila.
—Me lo voy a ganar.
Me bajé de un solo movimiento y lo sentí entrar entero. Él gruñó. Yo apoyé las manos en su pecho y empecé a moverme, primero despacio, después con todo. Apreté las piernas a los costados de su cintura, busqué el ángulo que me hacía ver estrellas, y cuando lo encontré, me quedé ahí. Lo miraba desde arriba, con el pelo cayéndome sobre la cara, y veía cómo él me miraba las tetas, la barriga, la mueca que ponía cada vez que me clavaba contra él.
—¿Sabe lo que va a pasar, jefe? —le dije, sin dejar de moverme—. En menos de un mes me va a estar pidiendo que deje a mi marido.
—¿Tú crees?
—Sé que sí.
—Yo nunca dejaría a mi mujer por una empleada, Camila.
—No por una empleada, no. Por mí, sí.
Lo dije con la convicción de alguien que sabe que está mintiendo y, al mismo tiempo, no del todo. No sé si yo quería irme con él. No sé si él quería dejar a su mujer. Pero ese mediodía, en esa habitación, con su verga adentro de mí y mi cuerpo mandando, era cierto. Las dos cosas eran ciertas. Después ya veríamos.
Seguí cabalgándolo hasta que sentí que me venía. Aceleré, gemí, le clavé las uñas en el pecho, y me dejé caer hacia adelante mientras el orgasmo me sacudía entera. Él me agarró de las caderas y empezó a empujarme desde abajo, terminando lo que yo había empezado, hasta que se vino con un gruñido, adentro, sin avisar.
Quedamos los dos un rato largo, respirando. Él me acariciaba la espalda con la punta de los dedos, sin decir nada. Yo escuchaba el aire acondicionado y mi propio corazón. Pensé en mi marido. Pensé en la oficina. Pensé en la falda que había decidido no usar y al final había usado, y en cómo una decisión tan pequeña podía haber roto algo tan grande.
—¿Y ahora? —preguntó él, después de un rato.
—Ahora desayunamos —contesté.
Se rio. Una risa distinta. Cansada, conforme.
—No vas a poder caminar bien.
—Ya lo sé.
Me apoyé en su pecho un momento más. No le dije lo que estaba pensando. No le dije que la Camila que había entrado a esa habitación se había quedado ahí, y que la que iba a salir era otra. Una a la que le iba a costar mucho volver a casa esa noche, sentarse a comer enfrente de mi marido y fingir que no había pasado nada.
Pero esa parte ya era problema mío.