Lucía cayó en brazos del amigo de su novio
Lucía tiene veinticuatro años y es una de esas chicas a las que la gente mira sin querer mirarlas. Pelo castaño hasta la espalda, piel clara, ojos verdes algo rasgados, una sonrisa que parece pedir perdón por existir. No es alta, ni baja; tiene un cuerpo armonioso, sin estridencias, y un modo de moverse que ella considera normal y los demás no.
Su único defecto, si es que existe, es que necesita gustar. Que el otro se sienta cómodo, atendido, escuchado. Esa manía maternal de cuidar a quien tiene cerca la mete en sitios donde no debería estar.
Vive con Martín, su novio de veintisiete años, en un piso pequeño de un barrio tranquilo. Él trabaja en una empresa de logística, sale temprano, vuelve tarde. Es un buen chico, de los que llegan reventados y aún sacan fuerzas para abrazarla en el sofá.
Y aquí empieza todo: cuando acogen en casa a Daniel, un amigo de Martín de toda la vida, que se ha quedado sin trabajo, sin piso y casi sin ánimo. Familia rota, un préstamo que no puede pagar, una novia que se fue sin avisar.
Lo primero que nota Lucía cuando Daniel cruza la puerta con dos bolsas es que el chico es objetivamente guapo. Alto, moreno, mandíbula marcada, unos ojos azul oscuro que parecen siempre cansados. Se sonroja sola en la cocina cuando se da cuenta de que llevaba treinta segundos mirándolo.
Los primeros días Daniel apenas habla. Come lo que ella le pone delante, ve la tele con los pies descalzos sobre la mesita y duerme hasta tarde. Martín se va a las siete y vuelve a las nueve, así que la convivencia real es entre ellos dos.
Lucía pone en marcha su manual interno: hablarle bajito, cocinarle lo que sabe que le gusta a su novio, dejarle el café hecho por la mañana. Es un buen chico, solo está roto. Hay que tener paciencia.
Pasan dos semanas. Daniel empieza a sonreír. Manda currículums. Le devuelven una llamada. Charlan en la cocina mientras ella cocina y él pela patatas. Bromean. Lucía cree que va bien.
***
Es una tarde de jueves. Martín está fuera por una entrega larga. Lucía está sentada en el sofá con las piernas cruzadas, descalza, doblando ropa con calma, una camiseta negra de tirantes y unas mallas cortas grises. De fondo, una lista de canciones tranquilas en el móvil.
Daniel sale de la cocina con una cerveza en la mano. Aún lleva el pantalón de pijama. El pelo revuelto, la sonrisa relajada del que se ha tomado dos antes de esa.
—Joder, Lucía… —empieza, apoyándose en el marco de la puerta, mirándola sin disimulo de arriba abajo—. ¿Tú no te cansas nunca de estar tan buena todo el santo día?
Ella se queda pillada un segundo. Daniel habla así cuando bebe, lo ha visto otras veces; suelta lo que piensa sin filtro, pero suele ir a lo bruto, no a lo turbio. Sonríe sin levantar mucho la vista, sigue doblando una camiseta.
—Qué exagerado eres… Estoy recogiendo, que si no Martín se queja de que parece que ha pasado un huracán.
—No, en serio. —Avanza despacio y se sienta en el brazo del sofá, a un palmo de ella—. Llevo aquí casi un mes y todavía no me hago a la idea. Es como si alguien hubiera fabricado la versión perfecta de novia y te hubiera plantado en este piso.
Lucía se sonroja, baja la mirada, sigue con la ropa.
—Qué tonto eres, anda. —Levanta los ojos verdes y le sonríe con dulzura—. ¿Tú estás mejor ya?
Daniel se inclina un poco más, bajando la voz.
—Estoy mejor desde que llegué aquí. Sobre todo desde que te veo moverte por la casa con esas piernas. ¿Sabes que tienes la forma de andar más peligrosa que he visto?
—Daniel, para… que me pones colorada. —Ríe nerviosa, pero no se aparta—. Solo camino normal, ¿eh?
—No son las mallas. —Susurra ahora, casi cómplice—. Es cómo te recoges el pelo, cómo te muerdes el labio cuando piensas, cómo sonríes a alguien aunque estés muerta de sueño. Eres demasiado apetecible. Y lo sabes.
Ella sacude la cabeza, riéndose bajito, intentando devolverlo al terreno del piropo bobo.
—Solo intento ser amable. Eres amigo de Martín, y quiero que estés bien.
Daniel le roza el brazo con las yemas de los dedos, muy suave.
—¿Y si te digo que ahora mismo no quiero estar bien? Quiero estar… mucho mejor. Contigo.
Lucía se queda quieta. Siente el roce. No se aparta. Su voz sale más bajita, casi maternal.
—Daniel… No digas esas cosas, anda. Martín se enfadaría muchísimo si te oyera.
Pero la mano sube hasta su hombro, masajeando apenas. El aliento de él le roza la oreja.
—Martín no está. Y tú te estás poniendo nerviosa pero no me dices que pare. ¿Eso no te dice algo?
—Yo… no sé. —Mira hacia otro lado, sin moverse—. No quiero que te sientas mal aquí. Pero… no me hables así, por favor.
Él sonríe, lento, victorioso. Le aparta un mechón detrás de la oreja con una lentitud calculada.
—Dime que pare si de verdad quieres que pare. Pero tienes que decirlo claro. Si no, voy a pensar que te gusta que te miren así. Que te hablen así.
Lucía respira más rápido. Los labios entreabiertos, la vista perdida entre la camiseta y el suelo.
—Para, por favor… —susurra, casi inaudible.
Daniel se acerca hasta que sus narices casi se tocan.
—Entonces no me hagas irme sintiéndome mal. Deja que me quede un poquito más cerca.
Se hace el silencio. Solo la respiración irregular de ella. No dice que sí. No dice que no. Se queda ahí, quieta, complaciente sin saber muy bien por qué, y a él le basta con eso para terminar sentado a su lado, una rodilla contra la suya.
Después de unos segundos que parecen no acabar, Lucía lo mira a los ojos con una mezcla de nervios y rendición.
—No me hagas decir que pares… —susurra, y la voz le tiembla—. Porque no quiero que pares.
Y se inclina ella primero.
Sus labios rozan los de Daniel con una timidez casi infantil, como probando si aquello es real. Él responde sin prisa, dejando que sea ella la que marque el ritmo. El beso crece despacio: tierno, exploratorio, después más profundo. Las manos de Lucía le suben al cuello, los dedos enredándose en su pelo. Él la abraza por la cintura, atrayéndola hasta que ella termina sentada a horcajadas sobre sus piernas.
—Eres aún más dulce de lo que imaginaba —masculla Daniel contra su boca.
—Shhh… no hables tanto. —Lo besa de nuevo, lento—. Solo bésame. Así. Más despacito.
Se comen la boca durante minutos largos. Las manos de él recorren la espalda de ella por debajo de la camiseta. Lucía suspira cada vez que Daniel le aprieta la cintura. Lo besa en el cuello, en la mandíbula.
—Esto es nuestro secreto, ¿vale? —le susurra después, separándose apenas, las dos manos en su cara—. Nadie puede saberlo. Ni Martín, ni nadie. Porque si se entera, se acaba todo. Y yo no quiero que se acabe.
—Seremos cuidadosos —promete él, besándole la palma—. Muy cuidadosos.
Lucía sonríe contra sus labios, traviesa y tierna a la vez, y deja que la abrace fuerte mientras le besa la sien.
***
Pasan los días, y todo entra en una rutina extraña que solo Lucía parece entender. Martín llega cada noche reventado y feliz de ver a Daniel mejor; Daniel sonríe más, ayuda en casa, sale a entrevistas; y ella, en medio, es el eje silencioso.
Una mañana, un sábado, Martín se va temprano a echar una mano a su hermano con una mudanza. Lucía sigue en la cama con un pijama corto blanco, el pelo suelto sobre la almohada. Daniel entra sin llamar, cierra la puerta con cuidado y se sienta al borde del colchón.
—Buenos días, preciosa… —le dice con voz baja, casi reverente. Se inclina y le besa la frente, la mejilla, los labios—. ¿Has dormido bien?
Lucía abre los ojos despacio, le acaricia la mejilla.
—Muy bien. Soñé con playa, agua calentita… Ven aquí, anda, que hace frío sin ti.
Él se mete en la cama sin dudar, se pega a su espalda, la abraza por la cintura. Empieza a besarle el cuello, lento, descendiendo por la nuca. Sus manos suben por debajo del pijama, acariciando los pechos con devoción. Ella se arquea un poco, sin urgencia.
—Así… despacito… —susurra Lucía, con voz somnolienta—. Me gusta cuando me tocas así por la mañana.
Daniel le baja el pantalón del pijama con cuidado, le besa la curva de la cadera. La gira con suavidad hasta dejarla boca arriba. Se coloca encima, entre sus piernas. Lucía las abre sin resistencia, le rodea la cintura con los muslos. Él entra despacio, mirándola a los ojos todo el tiempo. Ella suelta un gemido suave, cierra los ojos y vuelve a abrirlos para sonreírle.
—Te quiero, Lucía… —jadea él contra su cuello, besándola entre palabra y palabra—. Cada vez que estoy dentro de ti siento que esto es nuestro.
Ella le pone un dedo en los labios, sonriendo con dulzura, sin dejar de moverse al compás.
—Shhh… No digas eso, mi vida. Yo te quiero también, a mi manera. Pero no es lo mismo que con Martín. Con él es amor de verdad, de los que duran. Con él no necesito esto. Me basta con verlo llegar a casa, con que me abrace, con que me diga «te quiero» antes de dormir.
Daniel acelera un poco, la voz entrecortada.
—Yo sí lo siento como amor. Como amor de verdad. No puedo evitarlo.
Lucía le coge la cara con las dos manos.
—Lo sé, pobre mío. Y está bien, puedes sentirlo todo lo que quieras. Pero yo no estoy enamorada de ti. Estoy enamorada de Martín. Para mí esto es apoyo. Es cariño. Es sexo bonito para que estés bien.
Él llega al límite primero. Se tensa, se derrama dentro de ella con un gemido ahogado contra su cuello. Ella lo abraza fuerte, lo mece mientras dura. Después se mueve un poco más, buscando su propio orgasmo con tranquilidad. Lo alcanza rápido, sin gritos, solo un suspiro largo y una sonrisa serena.
***
Esa misma noche Lucía vuelve pasada la medianoche de la cena de cumpleaños de una amiga. Gira la llave despacio para no hacer ruido. El piso está a oscuras salvo por la luz tenue del pasillo.
Martín ya está en el dormitorio, quitándose la ropa con el cansancio de quien apenas se mantiene de pie. Daniel está en el sofá, con el móvil y una cerveza a medias. Cuando oye la puerta, levanta la vista. Sus ojos brillan con un hambre que ya no disimula.
—Hola, cielo… Me voy a la cama, estoy muerto —oye decir a Martín desde el pasillo. Se acerca, le da un beso casto en la sien y un abrazo flojo—. No tardes mucho, ¿vale?
—Descansa, mi vida. Te quiero.
Martín entra en el dormitorio y cierra la puerta con un clic suave. Lucía cuelga el abrigo. Siente la mirada de Daniel clavada en la nuca.
—Ven aquí —oye decir, en voz baja y ronca.
Se gira despacio. Camina hacia él con ese balanceo de caderas que lo vuelve loco. Daniel cruza los dos pasos que los separan, la agarra por la cintura con las dos manos, la atrae contra él sin preámbulos y la besa profundo, lengua adentro, sin pedir permiso. Lucía suelta un gemidito, pero no se aparta. Le rodea el cuello con los brazos.
—Llevo toda la tarde pensando en esto —masculla él contra su boca, bajando las manos hasta el culo, apretando fuerte—. En follarte aquí mismo mientras él duerme.
La empuja contra la pared del pasillo, a dos metros escasos de la puerta del dormitorio. Lo bastante cerca para que cualquier ruido los venda.
—Shhh… —ríe ella contra sus labios, sin empujarlo—. Martín está ahí dentro.
Pero no baja la voz del todo, y abre las piernas cuando él mete un muslo entre las suyas. Daniel le sube el vestido por los muslos, mete la mano dentro de la braguita. Lucía jadea, cierra los ojos un segundo, le clava las uñas en los hombros.
—Eres un descarado…
—Que se despierte si quiere. Que vea cómo te tengo.
Le baja la braguita de un tirón. Ella no se molesta en recogerla. Daniel la penetra de un empujón lento pero firme. Lucía se muerde el labio para no gritar, pero sus jadeos son audibles. Le rodea la cintura con una pierna.
—Despacito al principio… No quiero que nos oiga.
Pero no pone mucho empeño en silenciarse. Los gemidos suben de volumen cuando él acelera. La pared cruje un poco con cada embestida. Llega ella primero, un sonido ahogado contra el cuello de él. Daniel la sigue, derramándose dentro con un gruñido bajo.
Se quedan quietos un momento, respirando agitados. El vestido arremangado, la braguita en el suelo, el semen resbalándole por el muslo.
—Eres imposible —susurra ella, sonriendo—. Pero no pares nunca de ser así conmigo.
Le da un último beso, se baja el vestido, recoge la braguita con el pie y se la mete en el bolsillo del abrigo. Camina hacia el dormitorio tarareando bajito.
—Buenas noches, Lucía —se despide Daniel desde el pasillo.
Ella se gira en la puerta y le guiña un ojo.
—Buenas noches, mi vida.
Entra. Martín duerme de espaldas, profundamente. Se desnuda en silencio, se mete en la cama y se pega a él. Le besa el hombro. Él suspira dormido, se gira un poco y la abraza por instinto.
Pero la puerta no se ha cerrado del todo. A los dos minutos, Daniel entra despacio, descalzo, solo con el pantalón de chándal. Se arrodilla al borde de la cama. La mano sube por la pierna desnuda bajo la sábana, despacio.
—Lucía… No me dejes así —susurra contra su oído—. Quiero follarte aquí. Ahora. Con él al lado.
Ella se gira un poco hacia él. Ríe bajito, un sonido que no llega a despertar a Martín.
—Estás loco. Completamente loco.
Pero le coge la mano sobre el muslo y la mantiene ahí, apretando un poco. Daniel se inclina sobre ella, baja la sábana, le besa el cuello. La mano sube hasta la braguita y empieza a frotar despacio.
—O no se despierta. Y mañana se levanta feliz sin saber que su amigo se folló a su novia mientras él dormía.
Lucía arquea la espalda un milímetro. Le coge la muñeca, pero no la retira; solo la mantiene ahí, guiándola.
—No podemos. Si nos pilla, se rompe todo.
Pero Daniel ya está subiendo a la cama, gateando sobre ella sin tocar a Martín. Se coloca entre sus piernas. El pantalón ya bajado, la polla rozándole el interior del muslo.
—Dime que pare de verdad y paro.
Lucía abre los ojos, lo mira fijamente. Sonríe traviesa.
—No pares… Pero despacito. Y si se mueve, nos paramos. ¿Vale?
Lo besa profundo, lengua contra lengua, mientras él entra despacio, centímetro a centímetro. Se muerde el labio para no gemir alto. Martín suspira dormido, se gira un poco hacia ellos, pero no despierta. Lucía mira de reojo su cara tranquila y aprieta las piernas alrededor de Daniel.
—Estás empapada… —murmura él, moviendo las caderas con una lentitud extrema, profundo pero sin ruido—. Te encanta el riesgo, ¿eh?
Le tapa la boca con la mano cuando acelera apenas. Lucía asiente, riendo muda contra su palma.
Se mueven juntos en un silencio roto solo por respiraciones contenidas y el leve crujir del colchón. Llega ella primero: se tensa, cierra los ojos fuerte, un gemido ahogado que Daniel sella con su boca. Él la sigue segundos después, derramándose profundo, sin sonido.
Martín suspira, se acomoda mejor y sigue dormido.
—Ya está, loco —susurra ella, riendo bajito—. Vete antes de que se despierte de verdad.
Pero Daniel no sale de inmediato. Se queda un momento más, moviéndose apenas, prolongando la sensación. Le besa el cuello, la clavícula. Lucía coge entonces la mano de Martín con cuidado y la coloca sobre su propio vientre, justo encima de donde Daniel está dentro de ella. Martín no se despierta, solo suspira como si la abrazara en sueños.
—Joder… —exhala Daniel, los ojos muy abiertos—. Su mano ahí mientras yo…
—Sin ruido —susurra ella—. Muy despacio. Quiero sentir cómo te corres otra vez. Cómo me llenas mientras él duerme al lado.
Lo besa profundo, ahogando los gemidos en su boca. Las caderas en círculos pequeños, apretando alrededor de él. La mano de Martín sigue ahí, inocente, moviéndose un poco con el ritmo.
Llega ella otra vez primero, un sonido que Daniel ahoga con un beso. Él la sigue poco después, un segundo orgasmo más lento, más prolongado.
—Ahora sí, vete —susurra Lucía, exhausta y feliz, contra su boca.
Daniel sale despacio, le besa el vientre justo donde estaba la mano de Martín, luego la frente. Se sube el pantalón y sale del dormitorio sin hacer ruido.
Lucía quita con suavidad la mano de Martín de su vientre, se la coloca sobre el pecho y se pega a su espalda. Le besa el hombro. Él murmura algo en sueños y la abraza por instinto.
Cierra los ojos satisfecha, con el secreto latiéndole dentro como un segundo corazón. El piso vuelve al silencio. Solo respiraciones tranquilas. Y un riesgo que, esa noche, ha durado más de lo que ninguno esperaba.