Mi mujer me hizo mirar cómo la follaba su amante
Para quienes nos conocían éramos la pareja predecible del barrio. La que aparece puntual en la cena de los sábados, la que renueva la hipoteca sin discutir, la que tiene dos hijos en edad escolar y un perro con la articulación gastada. Nadie de nuestro entorno podía intuir, ni de lejos, lo que ocurría dentro de nuestra casa cuando los niños se quedaban a dormir en casa de los abuelos.
Todo había empezado tres veranos atrás, casi por casualidad. Marta llevaba semanas leyendo una de esas novelas eróticas que se intercambiaban las amigas del club de lectura. Una noche cualquiera, en la cama, me preguntó si yo también había tenido fantasías que nunca le había contado. Le respondí con una verdad a medias y, entre risas, ella me devolvió otra mucho más sucia. Por primera vez en doce años de matrimonio dejamos de fingir que el deseo era una cosa cómoda.
A partir de aquella noche, los mensajes durante la jornada laboral cambiaron de tono. Ya no eran listas de la compra ni recordatorios del dentista. Una mañana me escribió desde su despacho describiéndome el jersey de su compañera Lorena: «No lleva sujetador. Te juro que se le marcan los pezones desde el otro lado del pasillo». Esa noche, con los niños durmiendo en casa de mis suegros, le hice el amor pensando en cómo me la había descrito. Cuando mi sexo rozó el suyo por detrás, ella no se apartó. Susurró que siguiera. La penetré despacio y, en doce años, nunca la había oído gemir de aquella manera.
—Córrete dentro —pidió—. Quiero notarlo mañana.
Los meses siguientes fueron un descubrimiento. La esposé al cabecero, le tapé los ojos, le até las muñecas con la corbata que me había regalado en nuestro aniversario. Ella se atrevió con un consolador y me lo metió mientras yo apretaba la cara contra la almohada para no despertar a los niños. Aprendimos a movernos en una zona que antes ni siquiera mencionábamos. Pero todo lo que se repite acaba domesticándose, y un día Marta empezó a hablarme de Diego.
Diego era el comercial nuevo. Treinta y tantos, dos cabezas más alto que yo, recién separado. Empezaron quedando a comer al mediodía en una hamburguesería de polígono. Después fue una caña los viernes. Una tarde me escribió a las cuatro avisando de que se quedaba un rato más, y no apareció hasta las diez de la noche. No me dio explicaciones. Yo tampoco se las pedí, aunque tenía el pulso disparado y una erección que no podía explicar.
Su móvil pitó una vez sobre la encimera mientras ella se duchaba. Lo cogí sin pensar. Lo que leí me llevó por delante: Diego le describía con detalle lo que pensaba hacerle en la siguiente comida. Sentí rabia, algo parecido a un golpe en el pecho, y debajo de la rabia un calor que no podía disimular. Cuando Marta salió del baño envuelta en una toalla, vio el móvil en mi mano y entendió. Esperaba un grito. Lo que hubo fue una risa breve, la toalla resbalando al suelo y su boca buscando la mía.
—Ya está, ya lo sabes —me dijo—. Vamos a ver qué hacemos con esto.
Esa noche me confesó las comidas, los hoteles, lo que pasaba en el coche cuando él la llevaba de vuelta. Y me la chupó como si todo aquello la excitara más a ella que a mí.
***
Unos meses más tarde se torció también para mi lado. Lorena, la compañera del jersey, vino a buscar a Marta a casa un viernes que ella se había retrasado. La hice pasar a la cocina, le ofrecí una copa, hablamos de tonterías. Cuando ya nos despedíamos en el recibidor, me besó con prisa, casi con culpa. La semana siguiente la llevé a su piso durante el horario escolar y descubrí, debajo de aquella ropa de oficina, a una mujer que se desabrochaba la blusa como si llevara meses esperándolo. Marta lo supo esa misma noche; se rió, me pidió detalles, terminó masturbándose mientras yo se los daba.
La igualdad que se había instalado entre nosotros tenía algo de pacto silencioso: tú lo tuyo, yo lo mío, y la cama de casa para los dos. A veces ella me dejaba el móvil sin contraseña y me decía, sin mirarme, que podía leer lo que quisiera. Otras veces era ella misma la que me reenviaba a media tarde una conversación con Diego o una foto que él le había mandado desde el coche. Aprendí a mirar esas imágenes como si fueran de otra persona, alguien que no era mi mujer, y al mismo tiempo a saber con exactitud que sí lo era. Esa contradicción me sostenía.
Llevaba dos años así cuando llegó la llamada de aquella tarde de octubre.
—Creo que ya es hora de que dejes de imaginarlo —me dijo sin saludar.
—¿De imaginar qué?
—De imaginarme con él. Quiero que estés en la habitación esta noche.
Se me secó la garganta. Lo habíamos fantaseado tantas veces de palabra que ya casi no parecía real, y de pronto lo era. Yo seguía siendo lo que era —un marido consentidor, lo sé—, pero pasar de saber a ver tenía otro precio. Aun así dije que sí. Soy así.
Me dictó las normas en tres frases. Yo no participaría. No tocaría a nadie. No me tocaría a mí mismo. Y todo ocurriría en nuestra cama, no en otra cualquiera.
—Cuando aparquemos en la entrada, te quiero desnudo junto a los setos del jardín —añadió.
—Voy a coger frío.
—Ya entrarás en calor luego.
***
Hacía un viento seco esa noche. La verja del jardín daba a una calle sin farolas, pero igualmente me coloqué detrás del seto de aligustres por si pasaba alguien. Tenía las manos heladas y el pulso en las sienes. El móvil vibró en el banco de madera. «Acabamos de salir. Le estoy tocando los muslos. Ya verás cómo viene de cachondo». Tecleé algo, no recuerdo qué. Otro mensaje: «Pórtate como te he dicho. Como mi marido bueno».
Oí el motor del coche antes que las llaves. La cancela chirrió. Marta entró cogida del brazo de Diego, los dos riéndose en voz baja. Cuando me vieron junto a los setos no dijeron nada al principio. Ella se acercó sin soltarle, me miró de arriba abajo y se giró hacia él. Lo besó delante de mí, larguísimo, con esa lengua suya que yo conocía mejor que nadie. Diego le pasó una mano por debajo de la falda. Mi sexo, traidor, se irguió de golpe.
—Mira cómo se le pone —dijo ella sin separarse de su boca—. Le encanta esto.
—Vamos adentro —respondió él—. Me muero por follármela en su cama.
Subimos al dormitorio. En el pasillo, Marta se descalzó y me señaló la cómoda. Dentro estaban los pantalones cortos de cuero con la apertura frontal que me había comprado dos cumpleaños atrás, los que usábamos cuando ella jugaba a humillarme.
—Póntelos —me ordenó—. Y siéntate ahí.
«Ahí» era la silla del rincón, la misma desde la que normalmente la veía maquillarse los sábados por la mañana. Me ató las muñecas a la espalda con un nudo que sabía hacer perfecto. Diego la observaba apoyado en la cómoda, con una sonrisa tranquila. Era más joven que yo, eso ya lo sabía, pero verlo de cerca era otra cosa: hombros anchos, antebrazos de quien ha cargado peso de verdad, una calma que yo no recordaba haber tenido nunca.
—Marta, de rodillas —dijo él, mirándome a mí.
Ella obedeció. Le bajó la bragueta despacio, le sacó el sexo erecto y abrió mucho los ojos antes de metérselo en la boca. «Qué tamaño tiene», pensé sin querer. Mi mujer me miraba mientras se lo chupaba, mientras le agarraba las nalgas para acercarlo más, mientras él le apoyaba la mano en la nuca con una firmeza pausada. Después se levantó, se quitó la falda y la blusa con dos movimientos, y le ayudó a quitarse el resto de la ropa.
Diego tenía el cuerpo de un hombre acostumbrado a usarlo. Yo tenía las manos amarradas y el sexo apretado contra el cuero, dolorido. Cuando él se arrodilló entre las piernas de Marta y empezó a lamerle el sexo, ella echó la cabeza atrás y soltó un gemido que jamás le había oído en doce años. Se torcía los pezones con las dos manos, se arqueaba como si quisiera ofrecerse entera.
—Sigue así, no pares… —le pedía—. Fóllame ya, fóllame ya.
La penetró de un solo empujón. Marta gritó. La piel del cuello se le encendió como si tuviera fiebre. Diego empezó a moverse con un ritmo que hacía crujir el cabecero contra la pared, ese cabecero que yo había ensamblado un domingo de hace ocho años. Mi mujer me miraba sin verme, con la boca abierta. En un momento alargó la mano hacia mí, como para acercarme, y la retiró riendo.
—Que mire, que mire bien —susurró—. Que aprenda.
Los jadeos de él fueron subiendo. Cuando avisó que se corría, ella se incorporó de un salto, se arrodilló en el borde de la cama y le agarró el sexo con las dos manos.
—En la cara, en los pechos. Quiero que Hugo te vea.
Diego obedeció. Yo vi cómo le caía sobre la clavícula, sobre el pezón izquierdo, en la mejilla. Marta cerró los ojos un segundo y respiró hondo. Luego me miró, se pasó un dedo por la barbilla sin limpiarse y sonrió de un modo que no le conocía.
***
—Nos vamos a la ducha —le susurró a él, dándole un beso largo—. Tú, mi amor, túmbate en la cama esposado. Y respira lo que hemos dejado.
Me incorporó con un tirón suave. Me tumbó sobre las sábanas revueltas, todavía calientes del cuerpo de los dos, todavía con el olor a sudor y a sexo de ambos. Yo no podía hacer otra cosa que respirar. Oí el agua de la ducha, oí sus risas a media voz, oí algún gemido nuevo que reconocía y al mismo tiempo no. Cerré los ojos. Estaba humillado y excitado y, por debajo de todo, agradecido.
Sabía que a la mañana siguiente, en el desayuno, ella me serviría el café como cualquier otro día, me preguntaría por la reunión de las diez y les diría a los niños que no se olvidaran la mochila. Y a la noche siguiente, ya en la cama, me contaría con voz baja y todo detalle qué había sentido cuando él la abrió de piernas en mi propio colchón.
Aspiré despacio. El aire olía a Diego y a Marta. Esa noche entendí, por fin, que ya no había vuelta atrás, y que tampoco la quería.