Reconocí a la sobrina de mi mujer en una cámara web
Lo cuento como si me hubiera pasado a mí porque, en cierto modo, así lo siento. Un amigo me confesó esta historia hace meses y todavía no sé si la inventó o si me la soltó para sacarse un peso de encima. Da igual: hablaré en primera persona y que cada uno decida.
Mi matrimonio con Cecilia llevaba apenas cinco años, pero ya había caído en esa especie de invierno permanente en el que ni siquiera te molestas en encender la calefacción. Ella se entregaba en cuerpo y alma a un despacho de auditoría en el centro de Valencia, salía a las siete de la mañana y regresaba pasadas las diez de la noche. Para cuando se sentaba en el sofá, los párpados se le caían solos. La cama era el lugar donde sobrevivíamos al cansancio, no donde nos encontrábamos.
Yo tenía cuarenta y un años cuando me casé con ella. Venía de un divorcio largo y me agarré a Cecilia como quien se agarra al primer asidero al caer por un acantilado. Ceremonia en el juzgado, cuatro testigos, una comida discreta. Su familia vive en Santander y dijo que ese viaje no merecía la pena. La mía es escasa. Todo encajaba en la idea de no llamar la atención.
El sexo, cuando lo había, duraba lo que tarda en hervir el agua. Cecilia era ordenada hasta para terminar. Yo me dejé empujar, casi por inercia, hacia ese rincón de internet que muchos visitamos y pocos reconocen: páginas de cámaras en directo, chats eróticos, propinas a chicas que se desnudaban para una audiencia anónima. Pagaba sin remordimiento. Al menos allí alguien me miraba a los ojos, aunque fueran ojos contratados.
Una tarde de octubre, Cecilia me anunció que vendría a vivir con nosotros la sobrina de su prima durante seis meses. Una chica joven, decía, muy aplicada, que llegaba a cursar un máster en la universidad. Cecilia la llamaba sobrina aunque el parentesco fuera más enredado, pero así era ella: ahorraba palabras como si las pagara.
—Se llama Daniela. Llega el jueves. No molesta nada.
Asentí sin pensarlo demasiado. La habitación de invitados estaba vacía desde la mudanza.
***
El jueves abrí la puerta y entendí que el universo tiene sentido del humor. La chica que cruzó el umbral con dos maletas y una sonrisa cortés era la misma que llevaba meses viendo desnudarse en mi pantalla. No me cabía la menor duda. Conocía el lunar de su hombro derecho, la curva exacta de su cadera, esa forma tan suya de echarse el pelo hacia atrás con dos dedos. Veintitrés años. Pelo castaño hasta la clavícula. Una boca que sabía sonreír sin abrirla del todo.
—Mucho gusto. Daniela —dijo, y me tendió la mano.
Le di dos besos como manda el guion. Olía a vainilla. No puede ser, no puede ser, no puede ser.
Cecilia la guio hasta su cuarto. Yo me quedé en el salón intentando ordenar lo que sentía. Vergüenza, una excitación que me avergonzaba todavía más, y un morbo que me subía por la espalda como una corriente eléctrica. Llevaba pagándole propinas a esa chica desde primavera y ahora iba a desayunar con ella todas las mañanas.
Esa noche, mientras Cecilia roncaba bajito a mi lado, abrí el portátil con el sonido al mínimo y busqué a Daniela en la página. No estaba conectada. Tampoco al día siguiente, ni al otro. Pensé que quizá había dejado de emitir al cambiar de ciudad. Tres semanas después, mientras Cecilia trabajaba hasta tarde y Daniela se había encerrado en su cuarto a estudiar, la vi reaparecer en línea. El corazón me dio un tumbo.
Abrí el chat privado. Pagué la entrada. Ella sonrió a la cámara con esa sonrisa práctica, casi profesional, y me dijo lo de siempre.
—Hola, guapo. Cuánto tiempo. ¿Me has echado de menos?
Le respondí que sí. Le dejé una propina generosa y ella, agradecida, comenzó a desabrocharse la camiseta despacio. Lo hacía con una técnica calculada que yo conocía de memoria. Me pareció increíble que, al otro lado del pasillo, esa misma boca acabara de pedirle a Cecilia un poco de pan tostado en el desayuno.
—Cuéntame de ti —dije con el corazón a doscientas pulsaciones.
Ella, como otras veces, recitó la coartada. Que vivía en Sevilla, que se llamaba Carla, que estudiaba enfermería. Cada palabra una mentira, y yo aceptándolas con la complicidad del cliente. Estaba a cinco metros de mí y se inventaba una vida entera para protegerse. La entendía perfectamente.
***
Durante un mes seguí entrando en sus emisiones privadas. Pagaba más de lo razonable. Ella iba al gimnasio a las siete, desayunaba con Cecilia a las ocho, salía hacia la facultad a las nueve y, dos noches por semana, se conectaba a la página a partir de medianoche desde su habitación. Yo me encerraba en el despacho con la excusa de un proyecto urgente. Mi mujer ni siquiera preguntaba.
Verla así, sabiendo que dormíamos bajo el mismo techo, multiplicaba el morbo hasta hacerlo insoportable. Le hablaba por el chat con la voz de un desconocido y, en el desayuno, fingía no haber dormido apenas porque «el cliente alemán» exigía más entregas. Daniela me sonreía con la inocencia de quien no sabe nada.
Una noche de noviembre, Cecilia se durmió a las diez con un dolor de cabeza. Me serví un whisky, entré en el despacho y la encontré ya emitiendo. Llevaba un sujetador negro que yo le había visto colgado del tendedero esa misma mañana.
—Hola, hermosa.
—Mi cliente favorito —contestó.
Hablamos un rato del temporal y de la rutina. Y entonces, no sé qué fuerza me empujó, escribí lo que llevaba semanas mordiéndome.
—Daniela, sé tu nombre real. Sé dónde vives. Sé qué máster cursas. Hoy llevabas vaqueros rotos en la rodilla izquierda y una sudadera gris.
El silencio al otro lado fue tan largo que llegué a temer que se desconectara. Su mirada cambió. La sonrisa profesional se le borró de la cara y se quedó muy quieta, como si calculara si saltar por la ventana o llamar a la policía. Tragó saliva.
—¿Quién eres?
—Alguien que está más cerca de lo que crees.
Me imaginé las consecuencias. Que se lo contaría a Cecilia, que me describiría como un viejo pervertido que la espiaba dentro de su propia casa, que mi matrimonio explotaría no por aburrimiento sino por escándalo. Estaba dispuesto a aceptar cualquier desenlace. La adrenalina me había nublado el cálculo.
—Sal del chat —escribió ella.
Cerré el portátil. Me quedé en la oscuridad del despacho, oyendo mi propia respiración. Entonces escuché su puerta abrirse. Pasos descalzos por el pasillo. La manija del despacho girando.
Daniela entró en sujetador y bragas, los brazos cruzados sobre el pecho, los ojos vidriosos pero firmes.
—Eres tú —murmuró—. Eres tú, joder.
—Soy yo. Lo siento.
Cerró la puerta detrás de ella con un cuidado quirúrgico. Se sentó en el borde de la mesa, a un metro de mí. Yo no me atrevía a moverme. Pensé que iba a abofetearme. Pensé que iba a gritar. En cambio, soltó una carcajada nerviosa, contenida, casi muda.
—¿Cuánto tiempo llevas viéndome?
—Desde marzo.
—Joder.
Hablamos hasta las tres de la mañana en susurros. Me contó por qué emitía: una matrícula impagable, una familia sin recursos, la promesa silenciosa de no contárselo a nadie nunca. Yo le conté lo mío. El matrimonio que se apagaba. La sensación de estar perdiendo años sin tocar a nadie. Cuando se levantó para irse a su cuarto, me apretó el hombro un segundo y desapareció en el pasillo.
***
A partir de esa noche fuimos cómplices de algo. En el desayuno nos cruzábamos miradas que Cecilia no sabía leer. En el chat, ella sabía que era yo y yo sabía que ella lo sabía. Le dejaba propinas absurdas. Ella, en respuesta, hacía gestos que solo yo entendía: tocarse el lunar del hombro, morderse el labio de una forma concreta, llamarme «su cliente favorito» con un guiño dirigido a la cámara que era, en realidad, a la habitación contigua.
Lo que no le confesé al principio fue que la veía y me masturbaba. Llevaba semanas haciéndolo. Una tarde de domingo, con Cecilia en una boda en Galicia y Daniela estudiando en su cuarto, se conectó a las siete. Yo entré al privado.
—Me toco mientras te miro —escribí—. Llevo meses tocándome mientras te miro.
Ella se quedó inmóvil dos segundos. Luego cortó la transmisión.
Oí su puerta. Oí mis propios latidos. La manija del despacho cedió por segunda vez.
Daniela entró sin camiseta, con un pantalón corto de algodón y los pezones erizados. No dijo nada al principio. Se acercó hasta colocarse frente a mí, separó las piernas un poco y me sostuvo la mirada.
—Hazlo delante de mí. Aquí. Quiero verlo.
Lo hice. Ella me miró todo el rato. No me tocó, no se tocó. Solo miraba con una concentración que me deshacía por dentro. Cuando terminé, se inclinó, me besó en la comisura de la boca y salió sin decir palabra.
Repetimos el ritual tres tardes más. La cuarta no aguantamos. La empujé contra la pared del despacho y la besé en la boca por primera vez. Le quité el pantalón con manos torpes. Ella me desabrochó el cinturón con la calma de quien ha hecho eso antes para una cámara, pero esta vez no había cámara, esta vez había piel y aliento y un quejido que no era actuado.
Hicimos el amor en la alfombra del despacho, en silencio, con los oídos atentos al portón de la calle. No fue rápido. Tampoco fue elegante. Fue lo que llevábamos meses prometiéndonos sin saberlo.
***
Aquello no se quedó en una tarde. Cada noche que Cecilia se acostaba temprano, Daniela cruzaba el pasillo descalza. Cada vez que mi mujer salía a un congreso, hacíamos el amor en nuestra propia cama. Nos descubrimos hablando del futuro como si fuese posible. Lo era, pero ninguno de los dos se atrevía a decirlo en voz alta.
Cuando se acercaba el final del máster y le tocaba volver a Santander, le solté la propuesta en la cocina, mientras ella troceaba pimientos.
—Déjala. Vente conmigo. No a Santander, no aquí. Donde quieras. Pero no me dejes ahora.
Esperaba la negativa. Esperaba el «estás loco» de quien recupera la cordura cuando la realidad se acerca. En cambio, dejó el cuchillo sobre la tabla, se limpió las manos en el delantal y me besó.
—Vale. Pero hazlo bien. Habla con ella primero.
Daniela regresó a Santander. Yo aguanté tres meses más con Cecilia hasta firmar los papeles. No hubo escándalo: mi mujer pareció casi aliviada de poder cerrar un capítulo que también la agotaba. El divorcio fue tan civilizado como nuestra boda.
***
Daniela se mudó a mi piso seis semanas después. A su familia le contó que había encontrado trabajo, y luego, con cuentagotas, que había encontrado pareja. Le pedí algo más, casi avergonzado de pedirlo.
—Sigue emitiendo. Si quieres.
Ella sonrió con esa sonrisa de complicidad que ya solo me dedicaba a mí.
—Iba a pedírtelo yo.
Sigue conectándose tres noches por semana. A veces me siento detrás de la cámara, con un antifaz, y emitimos juntos. Los espectadores no me ven la cara, pero saben que ella es mía. Que la mirarán miles de desconocidos, pero que el cuerpo, después, vuelve a la cama conmigo. Saber que la desean me sigue excitando como aquel primer mes.
Ahora tenemos una niña de dos años con sus ojos castaños y mi sonrisa torcida. Daniela trabaja desde casa. Yo trabajo en la oficina. Cuando vuelvo, ella todavía tiene el pelo recogido como cuando emite, y a veces hace falta poco para que el despacho vuelva a parecerse al lugar donde empezó todo.
Mi exmujer se enteró por terceros y se lo contó a media familia. Tampoco nos importó. Las únicas miradas que ahora me interesan son las suyas, las de la cámara y las de nuestra hija cuando se duerme en mis brazos.