Mi esposa, el vestido rojo y la cena del jefe
Llegamos al hotel pasadas las nueve. El valet parking era un chico de no más de veintidós años, con el chaleco granate del uniforme mal cerrado y una cara de fastidio que se le esfumó en cuanto abrí la puerta del copiloto.
Me bajé primero, rodeando el coche con esa prisa servicial que detesto de mí mismo, intentando llegar antes de que Carolina tuviera que esperar. El muchacho se acercó por mi lado, recibió las llaves de mi Corolla con un gesto indiferente y me ignoró por completo para clavar la mirada en la puerta que yo estaba por abrir.
Abrí la puerta.
La salida de Carolina no fue un movimiento; fue una ceremonia. Primero asomaron los zapatos dorados, esas plataformas brillando bajo la luz blanca de la entrada. Después las piernas, blancas, largas, brillantes de crema. Al girar el cuerpo para apoyarse, el vestido rojo se le recogió sin pudor, exponiendo los muslos casi hasta el nacimiento del coño. Un segundo más y el valet le habría visto la tanga clavada entre los labios.
Vi al valet tragar saliva, un movimiento seco en su nuez de Adán. Sus ojos volaron directos a la sombra entre las piernas de mi esposa, buscando la línea del encaje, imaginándose la humedad. En otra época le habría dicho algo, lo habría fulminado con la mirada.
Pero recordé las palabras que ella me había soltado en el coche: «Te gusta que me miren, que se les ponga dura pensando en cogerme». Y maldita sea, tenía razón. Sentí un calambre en el estómago y un tirón en la verga al ver al chico desnudarla con la vista, imaginándose lo que yo sabía que había debajo de la tela: la tanga negra de encaje clavada en la raja de su culo, apenas tapándole el coño depilado que había mojado esta misma tarde en la ducha.
Carolina, consciente de la audiencia, tardó un segundo más de lo necesario en apoyarse en el marco de la puerta y erguirse. La tela se estiró con un crujido apenas audible, tensándose sobre sus caderas y ese trasero monumental que parecía tener vida propia. Cuando estuvo de pie, sacudió la melena rubia y se alisó el vestido con las palmas, un gesto que delineó su figura en lugar de cubrirla. Las manos se le fueron un instante más de lo necesario por las tetas, ajustándose el escote, como para asegurarse de que los pezones quedaran señalando al frente.
Sus pezones, endurecidos por el aire frío de la noche, marcaron dos puntos agresivos en la tela roja, dos botones gruesos que se le clavaban al vestido como si buscaran romperlo. Saludaron al personal antes de que ella abriera la boca. Vi al valet bajar la mano hasta el bolsillo del pantalón, disimulando el bulto que le acababa de crecer.
—Gracias, mi amor —dijo, pero no me miraba a mí. Escaneaba la entrada del salón, calculando quién entraba y quién salía, calculando a cuántos iba a poner duros esa noche.
Le ofrecí el brazo. Lo tomó sin apoyarse de verdad. Me sujetó con firmeza, clavando un poco las uñas en la tela de mi saco, como si guiara a un caballo asustadizo.
—Acuérdate —susurró sin mover apenas los labios, manteniendo una sonrisa de comercial—. Cabeza arriba. No mires al piso. Y si alguien me mira las tetas o el culo, déjalo. Que se le pare la verga de verme. Que se vayan a su casa a pajearse pensando en mí.
Caminamos hacia la entrada. El sonido de sus tacones sobre el mármol del vestíbulo era autoritario. Clac, clac, clac. Intenté igualar su paso, pero la diferencia de altura y su ritmo decidido me obligaban a estirar la zancada de una forma antinatural. Me sentía rígido, un muñeco articulado arrastrado por una fuerza superior, con la polla ya medio hinchada apretándome contra el pantalón.
En la recepción, una edecán revisaba la lista de invitados. Era una chica delgada, muy joven, embutida en un vestido negro discreto. Al ver a Carolina tuvo ese reflejo automático: un barrido visual de arriba a abajo, buscando el defecto, la costura suelta, el exceso. No encontró fallas, solo competencia desleal. Se le fueron los ojos a las tetas y volvió a bajar la mirada, tragando su derrota.
—Buenas noches —dijo la chica, recuperando la compostura—. ¿Nombre?
—Andrés Beltrán —respondí, aclarándome la garganta—. De Cuentas Corporativas.
La chica deslizó el dedo por la lista.
—Beltrán y acompañante. Mesa 17.
—¿La 17? —pregunté, sintiendo el calor subirme al cuello. Sabía dónde quedaba esa mesa. Al fondo, cerca de la cocina y de los baños, territorio de los contables nuevos.
Carolina no dijo nada, pero su mano se tensó en mi brazo. Me apretó con fuerza, recordándome quién mandaba esa noche.
Cruzamos el umbral del salón principal.
—¿Hasta allá? —siseó ella, sin perder la sonrisa—. ¿De verdad nos mandaron al rincón del olvido?
Sentí la cara arder. Busqué una excusa rápida, cualquier cosa que tapara mi irrelevancia en la empresa.
—Es que… seguramente se llenaron las mesas de adelante. Aguirre invita a mucha gente de fuera y…
—Por favor, Andrés —me cortó sin mirarme, con la vista al frente y la sonrisa congelada para el público—. Eres el muchacho de los recados de Aguirre. Le llevas el café, le aguantas los gritos, le firmas los papeles que él no quiere firmar, ¿y ni así te pudo guardar una mesa decente? Qué vergüenza. Me hiciste vestirme así, me hiciste ponerme esta tanga que se me mete en el coño, salir sin sostén con las tetas al aire, para sentarme junto al vaivén de los meseros y al ruido de los platos.
Tragué saliva, incapaz de defender lo indefendible. Tenía razón.
El salón quería impresionar. Techos altos, candelabros de cristal imitando algo más caro de lo que eran, mesas redondas vestidas con manteles negros y centros plateados. Había al menos cien personas. El murmullo de las conversaciones era un zumbido constante, mezclado con el tintineo de los cubiertos y un jazz genérico que sonaba a hilo musical.
Dimos tres pasos dentro y la atmósfera cambió.
No hubo silencio total, eso sería de película, pero el volumen bajó de golpe en las mesas cercanas a la entrada. Fue una onda expansiva. Vi cabezas girar. Vi copas detenerse a medio camino de las bocas. Sentí las miradas pesadas, tangibles, como manos ajenas sobando a mi mujer por encima de la ropa.
Carolina brillaba. El vestido rojo era un escándalo en medio de un mar de trajes grises, azules y vestidos negros «prudentes». Bajo la iluminación cálida del salón, su piel blanca parecía irradiar luz propia. Sus tetas, magníficas y expuestas, desafiaban la gravedad y el decoro de la empresa, rebotando suavemente con cada paso, dos melones firmes que amenazaban con escapársele del escote a cada zancada. Caminaba con un balanceo hipnótico, lento, dejando que cada paso enviara una sacudida a través de sus caderas, consciente de que el encaje negro entre sus nalgas se le tensaba y se le metía más adentro con cada movimiento, restregándole el hilo contra el clítoris.
Pasamos junto a la mesa de Sistemas. Ahí estaba Quiroga, un tipo con lentes y sobrepeso que siempre me pide prestada la engrapadora y nunca la devuelve. Estaba con otros dos ingenieros, tipos callados que rara vez levantan la vista de sus monitores.
Al vernos, Quiroga se quedó con el tenedor a medio camino de la boca. Sus ojos se abrieron desmesuradamente detrás de los cristales gruesos. Le dio un codazo a su compañero, señalando con la cabeza hacia nosotros.
—No puede ser —susurró, lo bastante fuerte para que yo lo oyera—. ¿Esa es la mujer de Beltrán? Mira las tetas que tiene, hijo de puta.
—Imposible —respondió el otro, sin disimulo, recorriendo con la mirada las piernas de Carolina hasta perderse en la sombra del vestido—. Si el flaco no levanta del piso ni una hoja. ¿Cómo la va a levantar a ella? Con qué polla.
Sentí una mezcla de ira y triunfo. Sí, soy un flaco. Pero el flaco es el que le va a meter la verga esa noche. O al menos eso quería creer. Me enderecé un poco más, saqué el pecho, intenté proyectar una propiedad que no sentía del todo.
Carolina también los escuchó. No se ofendió. Al contrario, soltó una risita suave y se pasó la mano por el cabello, echándolo hacia atrás. El gesto hizo que sus tetas se alzaran y se proyectaran hacia la mesa de los ingenieros, tensándose los pezones contra la tela hasta marcarse los círculos completos de las areolas.
—Parece que tengo admiradores —me susurró, divertida—. Mira cómo babean. Ese gordo se está pajeando por debajo de la mesa, seguro.
—Camina, Carolina —dije con la voz quebrada—. No te pares.
Pero ella se detuvo. Justo en medio del pasillo central.
—Ay, se me movió el tacón —dijo en voz alta.
No era cierto. Lo sabía. Pero se soltó de mi brazo y buscó apoyo en el respaldo de una silla vacía. Se inclinó hacia adelante para «ajustarse» la correa.
El movimiento fue letal.
Al inclinarse, el escote se abrió como una invitación. Desde mi ángulo, y desde el ángulo de media oficina, sus tetas quedaron colgadas en el vacío, sostenidas apenas por la tela tensa. Se veía el inicio de las areolas rosadas, la blancura lechosa de la piel, la profundidad del canalillo donde a mí me gustaba dejar que se me acumulara la corrida las noches en que me la cogía entre las tetas. Y por detrás, la falda subió, dibujando cada curva de sus nalgas y marcando la línea exacta del encaje que le partía el culo en dos.
Se hizo un silencio espeso alrededor. Vi a un gerente de contabilidad dejar la copa sobre la mesa para mirar mejor, con la boca abierta como un imbécil. Vi a las secretarias de dirección murmurar entre ellas con caras de escándalo y envidia, criticando lo que en el fondo deseaban tener, lo que sus maridos no les hacían. Un tipo de logística se ajustó descaradamente la verga por encima del pantalón, sin importarle que su esposa estuviera a un metro.
—Listo —dijo Carolina, enderezándose despacio, sabiendo que cada segundo contaba. Me miró y me guiñó un ojo. Un guiño sucio. ¿Viste?, parecía decir. Todos quieren meterme la polla.
Yo estaba sudando frío. Me sentía expuesto, ridículo, como si fuera yo el que estuviera desnudo. Van a decir que soy un cabrón, pensé. O que soy un imbécil que no sabe controlar a su mujer. Pero al mismo tiempo, el pantalón me apretaba una erección que ya no podía disimular. La idea de que esos hombres, mis superiores, mis compañeros, estuvieran visualizando a mi esposa a cuatro patas, con el coño abierto y el culo levantado, mamándole la verga a otro, me provocaba una erección dolorosa y humillante. Sentí una gota de líquido preseminal marcar la tela del calzoncillo.
—Vamos a la mesa, por favor —supliqué en un susurro.
—Tranquilo, Andresito. Disfruta el paseo. Mira lo dura que la tienen todos por mí. Después, en casa, cuando ninguno pueda tocarme, te la voy a chupar pensando en ellos.
La frase me perforó. Casi me corro ahí, parado en el pasillo.
Reanudamos la marcha. Ahora las miradas eran más descaradas. Ya no era curiosidad: era hambre. Hambre de verga.
—Pero mira nada más —escuché una voz ronca a mi derecha.
Me congelé. Era Sandoval.
Estaba en la Mesa 1, la de los «populares», justo al borde de la pista de baile. Sandoval estaba de pie, copa de whisky en mano. El tipo es alto, de hombros anchos que tensaban la tela del traje a la perfección. Tiene esa mandíbula cuadrada y la barba de tres días diseñada para vender lociones. Es un hombre guapo, hay que admitirlo, con una musculatura notoria incluso bajo la camisa blanca desabotonada, con vello negro asomándole por el escote. Se cuida; se ve fuerte, sólido, todo lo que yo no soy. El tipo de hombre que tiene una polla gorda, pensé, y me odié por pensarlo.
A su lado estaba el que todos llaman «el Rubio», un muchacho de ojos miel y sonrisa perfecta, con cuerpo de atleta universitario. Se reía de algo hasta que siguió la mirada de su jefe y se quedó mudo, con la boca entreabierta.
—Pero si veo a un ángel…
Sandoval no me miró a mí. Sus ojos se clavaron en el escote de Carolina con la sutileza de un choque frontal. La recorrió entera, deteniéndose en la cintura, bajando a las piernas, y volviendo a subir para anclarse en las tetas. No disimuló. No intentó ser educado. La miró como se mira un corte de carne en el mostrador, calculando dónde meterle el diente primero.
—Buenas noches, Beltrán —dijo Sandoval, alzando la voz lo suficiente para alertar a las mesas cercanas. Dio un paso hacia nosotros, invadiendo el pasillo con su presencia física—. No sabía que traías… compañía. Y vaya compañía. Cómo la escondías, cabrón.
Sentí el impulso de agachar la cabeza, de sonreír nerviosamente y seguir caminando hacia mi mesa del rincón. La mano de Carolina me apretó el bíceps con fuerza, clavándome las uñas. No te muevas, decía ese dolor. Mira cómo me desea. Mira cómo se le está poniendo dura.
—Buenas noches, Sandoval —respondí. La voz me salió más firme de lo esperado, alimentada por el recuerdo de la conversación en el coche, intentando sonar como dueño del circo y no como el payaso.
Carolina se soltó de mi brazo y extendió la mano hacia él.
—Carolina —dijo ella. Su voz era dulce, con un filo metálico—. Esposa de Andrés.
Sandoval tomó su mano. No la estrechó: la retuvo. Se inclinó un poco, acercándose demasiado, imponiendo su altura sobre la mía, permitiendo que sus ojos viajaran descaradamente por el canalillo de las tetas de ella. Aspiró su perfume sin esconderse, respirando profundo como si estuviera aspirando el olor entre sus piernas.
—Un placer, Carolina. Un verdadero placer. —Su mirada era sucia, pero venía envuelta en esa sonrisa encantadora que usaba para cerrar ventas difíciles—. Con razón el bueno de Beltrán sale corriendo a las seis en punto. Yo también correría si tuviera esto esperándome en casa… estas dos grandiosas razones para llegar temprano.
Sandoval hizo un gesto vago con la mano, señalando el aire frente al pecho de mi esposa, como queriendo abarcar el volumen de sus tetas sin tocarlas. Todavía. Vi cómo se le movían los dedos, imaginándose el peso, el tacto.
—No sé cómo hace para concentrarse en la oficina —añadió el Rubio, riéndose con esa risa nerviosa que delata envidia pura—. Yo no podría ni contestar el teléfono. Se me pararía la verga todo el día.
Carolina no retrocedió. Al contrario, echó los hombros hacia atrás, tensando aún más la tela roja sobre sus pezones, ofreciéndoles una mejor vista de esas «razones» que tanto les interesaban. Se le marcaron los botones tan duros que parecía que iban a rasgar la tela.
—Hay muchas razones para llegar temprano, Sandoval —respondió ella, con una voz aterciopelada que prometía problemas—. Algunas se ven a simple vista… y otras hay que saber buscarlas. Con la lengua.
Sandoval soltó una carcajada ronca y dio un paso más, rompiendo por completo mi espacio personal para quedar frente a ella. Vi cómo se le movió el bulto en el pantalón.
—Me gusta buscar —dijo él, bajando el tono—. Con la lengua, con los dedos, con lo que haga falta. En Ventas somos especialistas en encontrar oportunidades donde otros no ven nada. Y créame, Carolina, aquí veo unas oportunidades… enormes. De las que se te clavan en la mente.
—¿Ah, sí? —preguntó ella, ladeando la cabeza, divertida—. ¿Y qué clase de oportunidades?
—De las que se manejan con las dos manos —respondió Sandoval, clavando los ojos en su cintura y subiendo despacio hasta detenerse en los pezones—. De las que requieren… trato personal. Firme. Prolongado.
El comentario fue directo a la yugular. Implicaba que yo no tenía las manos, ni el tamaño, ni la verga para manejarla. Y lo peor es que el Rubio soltó una carcajada burlona.
—No te pases, Sandoval —dijo el Rubio, sin dejar de mirar las caderas de mi mujer, imaginándose sin duda cómo se le vería el culo levantado en una cama—. Vas a hacer que Beltrán se ponga rojo. Mira, parece que le va a dar algo. Al pobre se le va a caer la polla de la impresión.
Carolina no parpadeó. Sostuvo la mirada de Sandoval y, muy despacio, recuperó su mano, rozando deliberadamente la palma de él con las yemas de los dedos al retirarse. Un roce lento, casi obsceno, arrastrando las uñas por la línea de su vida como si le estuviera acariciando el glande.
—Es cuestión de prioridades, Sandoval —dijo ella con voz casi confidencial, mientras se acomodaba un mechón de cabello—. Andrés sabe que la oficina no se va a ir a ninguna parte, pero… digamos que en casa la exigencia es distinta.
Hizo una pausa, alisándose el vestido sobre la cadera, atrayendo la mirada de ambos hacia el movimiento de sus manos, hacia donde la tela se tensaba sobre su pelvis, justo donde yo sabía que el encaje negro cortaba su piel, justo encima del coño depilado.
—Y créame, soy mucho más estricta que cualquier jefe. A Andrés no le conviene llegar cansado conmigo. Hay cosas que no se pueden hacer a medias. Un hombre me tiene que tener bien despierta abajo, dura y mojada, o no me sirve.
Hubo un silencio de dos segundos. El Rubio soltó otra carcajada nerviosa, escupiendo un poco de su trago. Sandoval se quedó con la boca medio abierta, procesando el desafío y la promesa implícita. Sus ojos brillaron. Le gustó. Le gustó que ella tuviera el control. Se le puso más dura, se le notó en el bulto tenso del pantalón.
—Vaya… —murmuró Sandoval, recuperando la sonrisa, ahora más depredadora—. Tienes garras en casa, Beltrán. Me gusta. —Miró a Carolina de nuevo, esta vez a los ojos, ignorándome por completo—. Me gustan las mujeres estrictas. De las que saben mandar y de las que saben cabalgar buenos espectáculos. Las que dejan la cama pegajosa.
Sentí un vacío en el estómago. Estaban coqueteando frente a mí con un descaro brutal. Y yo estaba ahí parado, sosteniendo el bolso de mi mujer como un accesorio inútil, viendo cómo mi compañero de trabajo se imaginaba lo que yo tenía, midiendo el ancho de sus caderas, calculando el peso de sus tetas, imaginándose cómo se abriría el coño de mi esposa con su polla adentro.
La vergüenza me quemaba, pero la excitación me mantenía clavado al piso, con la verga latiéndome dentro del pantalón. Mírala, pensé. Es tuya, pero él la quiere coger. Y ella está dejando que la quiera coger. Mañana va a estar pensando en ti Sandoval, mientras se paja en la ducha imaginando tus manos en sus tetas.
Antes de poder responder, una sombra se proyectó sobre nosotros.
—¿Qué pasa aquí, que obstruyen el paso?
Era el Licenciado Aguirre. El dueño.
Aguirre, cincuenta años, pero de esos que aparentan cuarenta. Alto, delgado pero fibroso, con el cabello plateado peinado hacia atrás y un aire de actor de cine clásico. Es un hombre innegablemente atractivo, con una elegancia natural que intimida. Llevaba un traje italiano que costaba más que mi coche y le quedaba a la medida. A su lado, su esposa, una mujer delgada y de rostro agrio, miraba hacia otro lado con aburrimiento, como si la presencia de los empleados le causara alergia. Se veía como una mujer que hace años no se corría.
Aguirre me miró primero, con la indiferencia reservada a los muebles, pero luego sus ojos se deslizaron hacia Carolina. Y ahí se quedaron.
Vi el cambio en sus pupilas. Fue instantáneo. Aguirre colecciona cosas bellas, y en ese momento decidió examinar esta nueva adquisición. Sus ojos recorrieron el vestido rojo, deteniéndose en la ausencia de tirantes, imaginando el peso que la tela sostenía, calculando el valor de la pieza, calculando lo que valdría meterse esas tetas en la boca.
—Licenciado —dije, inclinando levemente la cabeza, sumiso por costumbre—. Buenas noches. Le presento a mi esposa, Carolina.
Aguirre ignoró mi saludo. Dio un paso adelante con una seguridad aplastante, ignorando también a Sandoval, y se plantó frente a ella. El olor de su colonia cara se mezcló con el perfume de mi mujer.
—Carolina… —repitió el nombre saboreándolo, como se saborea un pezón antes de mordisquearlo—. Qué nombre tan adecuado. Ilumina usted el lugar, definitivamente.
—Muy amable, Licenciado —contestó ella, cambiando la postura. Echó los hombros hacia atrás, proyectando sus tetas hacia el frente de manera agresiva, casi obscena, como ofreciéndoselas en bandeja. Sonrió con esa mezcla de coquetería y respeto fingido que usaba con los clientes difíciles—. Andrés me ha hablado mucho de usted. De su liderazgo.
—¿Ah, sí? —Aguirre sonrió. Tenía una sonrisa perfecta, de líneas duras, magnética—. Beltrán es un buen elemento. Leal.
Miró hacia el fondo del salón, hacia la mesa 17, donde un par de chicos de contabilidad nos saludaban con la mano. Aguirre frunció el ceño, una arruga de disgusto marcando su frente bronceada.
—¿A dónde iban?
—A nuestra mesa, señor. La 17.
Aguirre negó con la cabeza, chasqueando la lengua.
—¿La 17? Tonterías. No voy a sentar a una mujer así de hermosa junto a la cocina. —Se giró hacia Sandoval y el Rubio—. Hagan espacio en la mesa principal. Beltrán y su esposa cenan con nosotros.
—Pero Mauricio, las sillas están contadas y… —empezó a decir la esposa de Aguirre, con voz chillona.
—Dije que hagan espacio —cortó él, sin mirarla. Volvió a clavar los ojos grises en Carolina, esta vez bajándolos abiertamente a las tetas y volviendo a subir—. Insisto. Quiero que nos cuente qué hace una mujer tan espectacular casada con… bueno, con Beltrán.
La humillación venía envuelta en halago. «Con Beltrán». Como si yo fuera un error de cálculo en la ecuación de Carolina. Como si mi verga fuera demasiado pequeña para esa mujer y él lo supiera de un vistazo.
—Será un honor —dijo ella, aceptando por los dos.
Me tomó del brazo y me arrastró hacia el centro del poder. Caminamos detrás de Aguirre. Sentí las miradas de toda la oficina clavadas en mi espalda, y en la espalda de ella. Específicamente, en cómo el vestido rojo se tensaba sobre sus nalgas con cada paso, marcando la línea del culo y adivinando la raja. Yo no podía dejar de pensar en el encaje cortándola por la mitad ahí dentro, mojado por la humedad que sin duda le estaba saliendo del coño con tanto hombre mirándola, y en que ahora Aguirre y Sandoval también estarían pensando en eso, imaginándose el sabor de esa humedad.
—Deja de caminar tan tieso, Andrés, por favor —me susurró ella entre el ruido—. Se te ve la verga parada. Aunque… quizás así está mejor. Que vean todos que tu mujer también te calienta.
¿Cómo decirle que estaba nervioso? Nos estábamos sentando en la mesa principal. Y ya habíamos enfurecido a la esposa de Aguirre.
Llegamos a la Mesa 1. Sandoval y el Rubio se movieron rápido, empujando a un gerente de refacciones a otra mesa para traer dos sillas más. A Carolina la sentaron entre Aguirre y Sandoval. A mí, en una esquina, al lado del Rubio. Quedé relegado, pero con vista panorámica. Vista para verlo todo.
Desde mi silla podía ver el perfil de Carolina. Se veía monumental sentada allí, rodeada de hombres guapos y poderosos. El vestido se le había subido peligrosamente al cruzar las piernas, y sus muslos blancos brillaban bajo el mantel negro. A Sandoval se le fue la mano bajo la mesa, apoyándola en el borde de su propia silla, pero con los nudillos rozándole el muslo desnudo a mi mujer. Ella no se apartó. Al contrario, descruzó y volvió a cruzar las piernas hacia el otro lado, permitiendo que ese contacto durara medio segundo más de lo casual.
Aguirre se inclinó hacia ella para servirle vino, invadiendo su proximidad con una galantería ensayada. Al hacerlo, dejó que su antebrazo rozara la teta izquierda de Carolina. Ella no se movió, no se apartó, no dijo nada. Aceptó el roce como una caricia debida.
—Dígame, Carolina, ¿a qué se dedica? Porque con esa presencia debería estar frente a las cámaras, no escondida en la casa de Beltrán.
Ella se rió, echando la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello largo y blanco, ese cuello donde a mí me gustaba morderla cuando se la metía por atrás. Aguirre miró esa curva de piel con hambre evidente, calculando dónde le pondría los labios.
—Soy decoradora de eventos, Licenciado. Transformo espacios aburridos en lugares mágicos. —Tomó la copa de vino y la sostuvo cerca de sus labios carnosos, esos labios que sabían hacer maravillas con una verga—. Me gusta crear ambientes donde la gente pueda… desinhibirse.
Se pasó la lengua por el labio inferior antes de beber. Un gesto lento, calculado. Vi a Aguirre tragar en seco.
—Interesante… —murmuró Aguirre, mirando fijamente cómo sus labios tocaban el cristal, imaginándolos sin duda rodeándole el glande—. Muy interesante. Quizás necesitemos de sus servicios pronto. La oficina está muy… gris. Le falta vida. Le falta calor.
—Cuando quiera —respondió ella—. Yo doy calor donde haga falta.
Carolina cruzó las piernas bajo la mesa. Aunque el mantel negro ocultaba la acción, el movimiento de sus caderas repercutió en su torso, tensando la tela del vestido sobre sus tetas de una manera que cortó la respiración del jefe. Los pezones se dibujaron duros, dos puntas gruesas apuntándole directo a la cara.
—Me encantaría que una mujer con tanta clase como usted visite mi oficina un día de estos. Para que vea cómo la podemos mejorar. A solas, con calma, sin interrupciones. Tengo una puerta que se cierra con llave.
Él bajó la mirada un instante, apreciando el cambio de ángulo, comiéndose con los ojos el escote, antes de volver a conectar con los ojos de ella. La invitación había sido explícita. Puerta con llave. En horario de oficina. Sin testigos.
—Será un placer —añadió Carolina, sin quitarle los ojos de encima. Ni una sola vez me miró a mí. Ni una sola vez se preguntó si a su marido le parecía bien esa cita en un despacho cerrado con llave.
Se inclinó ligeramente hacia adelante, invadiendo el espacio personal del jefe, creando una intimidad repentina que excluía al resto de la mesa. Al inclinarse, las tetas casi se le derraman fuera del vestido; Aguirre pudo verle el nacimiento de las areolas, la sombra donde empieza la carne más oscura del pezón. No se apartó; al contrario, su sonrisa se ensanchó y respiró profundo, aspirando su olor.
—Salud, entonces —dijo, alzando su copa sin dejar de mirarla, con una erección evidente incluso a través del pantalón caro.
—Salud —respondieron todos.
Yo alcé mi vaso de whisky, que un mesero acababa de dejar. Me temblaba la mano. Bebí un trago largo, sintiendo el ardor bajar por la garganta, tratando de quemar la mezcla de celos, miedo y esa maldita excitación latiéndome en las sienes y en la polla. Sentía las bolas pesadas, cargadas, como si el cuerpo entero me estuviera pidiendo correrme ahí mismo, debajo de la mesa, viendo a mi esposa ofrecerse.
Estaba sucediendo. Justo lo que había deseado y lo que había temido. Ya no era Andrés, el empleado invisible. Era el dueño del objeto más codiciado de la noche, el hombre que le había puesto la crema en esas tetas que ahora todos miraban, el hombre que se corría dentro de ese coño cada noche. Y los lobos ya rodeaban la mesa con el permiso del pastor, olfateando la humedad, midiéndose entre ellos para ver quién se la metería primero.
Sandoval, al otro lado de Carolina, se inclinó para decirle algo al oído. Le rozó el lóbulo con los labios al hablar; vi el escalofrío recorrerle el cuello a mi esposa, vi cómo se le endurecieron aún más los pezones bajo la tela. Ella sonrió y le tocó el antebrazo musculoso. Un toque ligero, casual, pero le dejó los dedos ahí más de lo necesario, apretándole el bíceps por encima de la camisa, midiéndole la fuerza. Sandoval hinchó el pecho.
—¿Qué te dijo? —le pregunté a Carolina cuando Aguirre se giró un momento hacia su esposa.
—Nada —susurró ella con una sonrisa perversa, mirándome de reojo—. Que le gustaría verme sin este vestido. Que se imagina qué color tengo los pezones. Cosas que un caballero no debería decirle a la esposa de un compañero.
—¿Y qué le respondiste?
—Que son rosados. Y que están muy duros ahora mismo. Míralos, Andrés. Míralos bien.
Bajé la vista. Efectivamente, los pezones se le marcaban a través del vestido rojo con una nitidez que no dejaba lugar a duda. Duros, hinchados, cargados de sangre. Se le habían puesto así por Sandoval. Por Aguirre. Por todos esos hombres que la desnudaban con los ojos. No por mí.
Y aun así, sentí cómo la verga me daba otro tirón, gruesa dentro del pantalón, filtrando otra gota de líquido.
Miré a mi alrededor. Mis compañeros de otras mesas me observaban con una expresión nueva. Ya no había burla. Había envidia. Una envidia densa, oscura, hambrienta. ¿Cómo carajo le hizo este idiota?, decían sus ojos. Pero también veía las risas tapadas, los cuchicheos. Mira cómo se le ofrece al jefe. Mira cómo le rebotan las tetas cada vez que respira. Pobre cornudo, no se da cuenta de que se la van a coger a todos frente a él.
—Esta noche va a estar increíble —dijo Sandoval, mirándole las tetas a mi esposa sin ninguna clase de decoro, casi relamiéndose—. ¿Verdad, jefe?
—Sin lugar a dudas, mi querido Sandoval. Sin lugar a dudas —contestó Aguirre, que miró a Carolina con lascivia, con esa mirada que dice a esta la voy a hacer mía antes de que termine el mes.
Me acomodé en la silla, intentando parecer relajado, intentando ser el hombre que Carolina me había exigido ser, mientras veía la mano de Aguirre descansando sobre el mantel, peligrosamente cerca de la mano de mi esposa, tamborileando los dedos con impaciencia. Unos dedos largos, elegantes, unos dedos que pronto se le meterían adentro a mi mujer. Lo sabía. Ella lo sabía. Aguirre lo sabía. Solo faltaba la logística.
Bajo la mesa, sentí que Carolina descruzaba las piernas de nuevo. Un movimiento pequeño, pero deliberado. Un movimiento que abría el coño hacia el hombre correcto. Y no era yo.
La cena apenas comenzaba.