Mi novia me engañaba y yo no sabía qué sentir
Me llamo Marco. Tengo treinta y un años, trabajo en una empresa de logística y llevo una década con Valeria. Ella mide 1.71, tiene la piel blanca y el cabello castaño oscuro que casi siempre lleva en coleta. Su cuerpo genera un problema concreto: no puedes entrar a ningún sitio con ella sin que alguien te mire a ti para mirarla a ella. Caderas anchas, cintura de avispa, un pecho que ningún sujetador consigue contener sin esfuerzo. Ella lo describe como un inconveniente. A mí nunca me lo pareció.
Al principio de la relación follábamos como si no hubiera mañana. Cuatro veces en un fin de semana no era algo excepcional. Se la metía por la mañana con ella todavía dormida boca abajo, la subía a la encimera de la cocina al mediodía y por la noche me la comía entera hasta que se corría dos o tres veces seguidas. Con los años la frecuencia bajó, como baja en todas las parejas que son honestas consigo mismas, pero el fondo no cambió. Valeria seguía siendo la persona con quien quería estar y la persona que más me gustaba. Esas dos cosas juntas son más raras de lo que parece.
***
Lo del intercambio empezó una noche que estábamos en nuestras casas, cada uno con el teléfono. Ella me escribió que estaba viendo una serie donde los vecinos de un barrio americano se intercambiaban por temporadas. Me preguntó qué me parecía.
Le dije que era excitante. Que si era algo que ella querría explorar.
Tardó un momento antes de responder. Cuando lo hizo, dijo que la idea de que la vieran, de vernos ella, le despertaba algo. Pero nada más allá de eso.
No era lo que yo quería escuchar. Yo quería el intercambio completo: ella con otro, yo con otra, los cuatro en algún momento conscientes de lo que estaba pasando. Esa imagen me ocupaba la cabeza desde hacía meses: la polla de otro hombre hundiéndose en el coño de Valeria mientras yo, con otra al lado, la miraba abrir la boca del mismo modo que la abre conmigo. Y sin embargo, la respuesta de Valeria me encendió de todas formas, aunque no llegara a lo que yo buscaba.
Lo retomamos en la cama, semanas después. La tenía de espaldas, con mi polla ya dentro hasta el fondo, y le hablé despacio al oído: qué pasaría si alguien más nos viera, cómo sería compartirla con otro hombre, cómo se le pondrían las tetas rebotando mientras dos se la follaran a la vez. Ella respondió con el cuerpo antes que con la boca. Su coño se apretó de golpe alrededor de mi verga, se movió de un modo diferente, más suelto, echando el culo hacia atrás para clavármela más adentro, y se apretó contra mí con una urgencia que no tenía cuando el tema no estaba encima de la mesa. Cuando le pregunté si le gustaba imaginarse a otro mamándole las tetas mientras yo se la metía, gimió un sí que no supo esconder y se corrió con una convulsión larga, mordiéndose el brazo. Yo la seguí a los pocos segundos, vaciándome dentro. Luego, cuando todo terminaba, decía que eran solo palabras, que lo dejara, que bastaba con que fuera cosa de los dos.
Pero su cuerpo lo contradecía cada vez que yo tocaba ese tema.
Un domingo le mostré la web de un club de intercambios en la ciudad. Pensé que diría que ni hablar. Dijo que podíamos ir a ver.
Esa noche se puso una lencería negra que tenía guardada: tanga fina que se le hundía entre las nalgas, sujetador de encaje que apenas le cubría los pezones ya duros de nervios, un vestido rojo que marcaba cada curva. Se peinó frente al espejo con más esmero del habitual. Cuando salimos, yo iba con la cabeza a mil y la polla dura en el pantalón.
El club fue una decepción. El ambiente era oscuro y algo forzado, la música demasiado alta y la mayoría de la gente con el doble de nuestra edad. Valeria se tensó en cuanto entramos y no volvió a relajarse en toda la noche. Al cabo de una hora le dije que nos íbamos y ella no protestó. En el coche de vuelta, me tomó la mano y no dijo nada en todo el trayecto. Tampoco yo.
***
La empresa donde trabajaba Valeria abrió una oficina nueva en otra ciudad y le ofrecieron el traslado. Era una oportunidad real, aceptó, y buscó piso a tres horas de donde vivíamos. Los fines de semana íbamos y veníamos. Era incómodo, pero funcionaba.
Fue durante esa época cuando apareció Rodrigo.
Me lo mencionó de pasada un martes, mientras hablábamos por teléfono antes de dormir.
—Oye, ¿sabes qué? Hoy me encontré con Rodrigo Vargas, el que fue al instituto con nosotros. Trabaja justo al lado de mi oficina.
No lo conocía. Ella me dijo que habían tomado un café y que era simpático, que la empresa donde él trabajaba estaba contratando y que quería ver qué ofrecían. Lo tomé con normalidad. Le dije que bien.
***
Las semanas siguientes noté pequeñas cosas. Que a mediodía tardaba en responder. Que decía que salía con compañeras y volvía a casa más tarde de lo que eso justificaba. Que en algunas llamadas nocturnas estaba más distraída, más de prisa por colgar. Nada concreto. Nada que pudiera convertirse en acusación.
Un jueves no me respondió durante casi dos horas. Cuando lo hizo, dijo que había estado revisando contratos en la oficina, que había perdido la noción del tiempo.
Sin pensarlo demasiado, abrí la aplicación de localización que teníamos compartida desde que empezamos a vivir en ciudades distintas. El punto azul que era Valeria no estaba en su oficina. Tampoco en su piso. Estaba marcando un hotel a diez minutos del centro.
Me quedé mirando la pantalla sin moverme.
Debería haber llamado de inmediato. Debería haber sentido solo rabia. En cambio me quedé ahí, con el teléfono en la mano, y lo que sentía era un nudo de cosas que no supe ordenar: traición, sí, un frío en el pecho que reconocía. Pero también otra cosa más oscura y menos presentable que corría por debajo de todo lo demás y que no quería examinar demasiado de cerca: la polla se me estaba poniendo dura pensando en ella con las piernas abiertas en la cama de ese hotel, otro tío entre sus muslos.
Esperé.
Dos horas después Valeria me escribió que ya estaba en casa, que el día había sido agotador. Le respondí que me alegraba. Hablamos de nada durante diez minutos y cortamos.
Esa noche me hice una paja larga, lenta, imaginándola de rodillas mamándole la polla a alguien sin cara. Me corrí con la cara metida en la almohada y me odié un poco después.
***
Las semanas que siguieron fueron raras. Seguí revisando el mapa. El punto azul volvió a ese hotel en dos ocasiones más. Una de esas noches pasó primero por el cine, y llegó al hotel pasadas las diez. La otra fue un miércoles a mediodía, en el horario en que ella decía que comía con compañeras.
Yo funcionaba con normalidad durante el día. Trabajaba, comía, llamaba a Valeria por las noches. Por dentro estaba hecho un nudo que no sabía si quería desatar.
Los fines de semana ella llegaba diferente. No de un modo que nadie más hubiera notado, pero yo la conocía bien. Había algo más suelto en cómo se movía, algo más directo en cómo me miraba. El viernes por la noche, en cuanto cerrábamos la puerta del piso, se me echaba encima con un hambre que no tenía antes: me metía la mano por el pantalón sin preámbulo, me sacaba la polla y se ponía de rodillas en el pasillo, mamándomela con la boca abierta y los ojos clavados en los míos, como si necesitara demostrarme algo.
Cuando la subía a la cama y le arrancaba el tanga, el coño ya lo tenía chorreando. Se la metía hasta el fondo de una sola embestida y ella gemía un sí, así, más fuerte, con palabras que antes no usaba. Me pedía que la follara más duro, que le diera con más ganas, que no parara. Se ponía a cuatro patas y arqueaba la espalda, moviendo el culo hacia atrás para que cada envite le llegara hasta el fondo. Le agarraba las tetas por debajo, se las apretaba mientras se la clavaba, y ella soltaba unos gritos que antes solo le sacaba cuando estaba a punto de correrse.
Una noche me susurró al oído, con mi polla todavía dentro, que quería más. Que quería verme con otra. Que se imaginaba situaciones que no me terminó de describir. Que se imaginaba a otro mamándole el coño mientras yo se la metía en la boca. Yo le respondía con embestidas más fuertes, agarrándola del pelo, y me odiaba a mí mismo por el nivel de intensidad con que lo hacía, sabiendo lo que sabía. Me corrí dentro de ella escuchándola gemir la palabra "otro" y todavía hoy no sé qué decir de eso.
***
La confrontación llegó un sábado sin que yo lo planeara. Estábamos en el sofá, ella con el teléfono, yo mirando la televisión sin verla. Le dije, sin levantar la voz, que sabía lo del hotel. Que lo había visto en el mapa. Más de una vez.
Silencio.
Valeria dejó el teléfono en la mesa despacio. Se giró hacia mí. En su cara no vi negación. Vi algo más complicado: vergüenza, y una especie de alivio que intentaba disimular.
—¿Cuánto tiempo llevas sabiendo? —preguntó.
—Un mes. Más o menos.
Otro silencio largo.
—¿Quieres que te cuente lo que pasó? —dijo.
Pensé en decir que no. Pensé en levantarme, en salir, en hacer algo que tuviera sentido. En cambio le dije que sí. Y le dije que quería el detalle. Todo el detalle.
***
Me lo contó así:
El día del café con Rodrigo, la conversación se extendió mucho más de lo que ninguno de los dos esperaba. Acabaron quedándose hasta las cuatro de la tarde. Él era distinto a como ella lo recordaba del instituto: más tranquilo, más directo, con esa forma de escuchar que hace que la gente hable más de lo que tenía previsto.
Cuando esperaban la cuenta, le dijo que llevaba muy bien la coleta.
Valeria no sabe por qué hizo lo que hizo después. Se la deshizo sin pensarlo, jugó un momento con el pelo, se la volvió a recoger despacio, mirándolo mientras lo hacía. Él no apartó la vista.
Al salir, Rodrigo se ofreció a llevarla en coche. Cuando aparcó frente a su portal, los dos se quedaron en silencio un momento. Fue él quien se inclinó primero. Fue ella quien no se echó atrás.
Se besaron dentro del coche, primero despacio, luego con la lengua metida hasta el fondo. La mano de Rodrigo le subió por el muslo por debajo de la falda hasta rozarle el tanga por encima. Notó, me dijo, que ya lo tenía mojado. Él se lo apartó con dos dedos y se los metió sin avisar. Ella soltó un gemido contra su boca y le mordió el labio inferior. Cuando él le preguntó si conocía un lugar donde podían estar tranquilos, ella supo exactamente a qué se refería. Dijo que sí.
En la habitación, Rodrigo no tuvo prisa. Empezó por el cuello, bajó por la clavícula, fue deshaciendo botones sin apresurarse. Le quitó el sujetador y se quedó mirándole las tetas un momento antes de bajar la cabeza y chupárselas una a una, tomándose su tiempo con los pezones hasta ponérselos tan duros que le dolían.
—Dime si quieres que pare —le dijo.
No quería que parara.
Él le quitó el pantalón mordiéndolo desde la cadera, recorriendo con los labios todo el camino hasta la ropa interior. Cuando le arrancó el tanga con los dientes, se tomó un segundo mirándole el coño depilado antes de acercarse. Le abrió las piernas con las dos manos, se hundió entre sus muslos y empezó a comerle el coño despacio, dando lengüetazos largos desde abajo hasta el clítoris, chupándoselo con los labios, metiéndole la lengua todo lo que podía. Le pasó los brazos por debajo de los muslos y la levantó un poco del colchón para llegarle mejor, y ella, me dijo, tuvo que agarrarse al cabecero para no volverse loca. Se corrió en su boca al cabo de unos minutos, apretándole la cabeza contra el coño con las dos manos, gimiendo tan fuerte que le dio vergüenza acordarse. Lo que vino después fue lo mejor que ella había recibido en mucho tiempo, y esa comparación la persiguió durante días.
Cuando fue ella quien tomó el control, lo tumbó, y vio que era diferente a mí. Más grueso, me dijo, sin poder mirarme a la cara. No importó. Lo tomó en la boca con una determinación que no sabía de dónde le venía, despacio al principio, chupándole solo la punta y jugándosela con la lengua, y luego no tanto: se la metió hasta el fondo hasta que le rozó la garganta, sacándola con hilos de saliva, escupiendo encima y volviéndosela a meter. Le mamó los huevos también, uno a uno, mientras le hacía una paja lenta con la mano. Él le agarraba el pelo y la guiaba con cuidado, hasta que la giró y la colocó encima.
Rodrigo sacó un preservativo. Valeria lo ayudó a ponérselo. Luego lo retiró.
—Quiero sentirte de verdad —le dijo.
Entraron sin barrera y se quedaron quietos un instante, mirándose. Ella arriba, empalada hasta el fondo, sintiéndole cada centímetro. Luego empezó a moverse, primero despacio, subiendo y bajando con las manos apoyadas en su pecho, y después más deprisa, cabalgándolo con las tetas rebotando entre los dos. Él la agarraba de las caderas y la ayudaba a clavársela más adentro, embistiendo hacia arriba cada vez que ella bajaba. Se la sacó, la puso a cuatro patas y se la volvió a meter por detrás, agarrándola del pelo, dándole con fuerza mientras le decía guarradas al oído. Le metió el pulgar en el culo mientras la follaba y ella, me dijo, casi se muere.
El orgasmo llegó antes de que ella se diera cuenta de que estaba cerca. Gritó, sin poder evitarlo, y sintió cómo el coño se le contraía a espasmos alrededor de la polla de él. Él terminó poco después, dentro, vaciándose entero, y ella lo apretó contra sí para que no se alejara, sintiendo cómo la semilla caliente le llenaba por dentro.
Descansaron. Después se metieron en el baño. Bajo el agua caliente ella se puso de rodillas y lo tomó en la boca otra vez, chupándosela despacio hasta ponérsela dura de nuevo, y luego lo tomó en la mano, haciéndole una paja larga con el agua cayéndoles encima, hasta que él terminó de nuevo, esta vez contra la palma de ella y sobre sus tetas.
Cuando Rodrigo la dejó frente al portal, se despidieron con un beso que duró más de lo que dura una despedida normal.
Eso había pasado cuatro veces en los últimos dos meses.
***
Cuando Valeria terminó de hablar, la habitación estaba en silencio.
—Lo siento, Marco —dijo—. No sé cómo llegué hasta aquí.
Yo la miraba. No sabía exactamente qué sentía. Había rabia, sí, un ruido sordo detrás del esternón que reconocía como traición. Pero también había otra cosa, más incómoda de nombrar, que corría por debajo de todo como una corriente que yo no había pedido y que no sabía cómo detener: la tenía dura desde hacía diez minutos, desde que ella había empezado a describirme la lengua de Rodrigo entre sus piernas.
Otro se había corrido dentro de ella. Y yo llevaba semanas sabiéndolo y sin poder apartar esa imagen de la cabeza.
No hablamos más esa noche.
Nos acostamos en la misma cama. A oscuras, sin tocarnos. A las tres de la madrugada sentí que Valeria se acercaba despacio hacia mí, y no me aparté. Su mano me buscó por debajo del pantalón y me encontró ya duro. No dijo nada. Se lo bajó, se subió encima de mí sin encender la luz y se me clavó de una sola vez, hasta el fondo, con un gemido ronco que le salió del pecho.
La follé como no la había follado en años. La agarré de las caderas y la subí y la bajé sobre mi polla con toda la rabia y todo lo demás, y ella me clavó las uñas en el pecho y se movió encima de mí como si me estuviera castigando y a la vez suplicando. Le pregunté al oído si la polla de él era más grande. Me dijo que sí. Le pregunté si se había corrido más fuerte con él. Me dijo que sí. Cada respuesta me ponía más duro y ella lo notaba y se apretaba más contra mí. La giré, la puse boca abajo con el culo hacia arriba y se la volví a meter, agarrándola del pelo como me había descrito a él. Le pregunté si él le había dado así. Me dijo que sí, más fuerte. Le di más fuerte. Le pregunté si él se había corrido dentro. Me dijo que sí, dos veces. Me corrí yo dentro de ella con esa respuesta en la cabeza, vaciándome en un orgasmo que me dejó temblando durante un minuto largo.
Nos quedamos así, ella boca abajo, yo encima, con mi polla todavía dentro, sin decir nada, durante mucho rato.
No sé si fue la rabia, o la imagen de lo que ella me había descrito, o algo más difícil de examinar. Solo sé que esa noche cambió algo entre nosotros que no volvió a ser exactamente igual desde entonces.
Y que yo, a pesar de todo, seguía sin poder apartar esa imagen de la cabeza.
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