Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El vecino maduro que mi esposo no podía soportar

4.6 (50)

Me llamo Sara. Tenía veintitrés años cuando todo esto pasó, recién casada con Andrés, un ingeniero de obra civil que todos en el vecindario consideraban un buen partido. Casa propia en un barrio tranquilo, estudios de derecho a mitad de camino, y un marido que me trataba bien. Demasiado bien, quizás.

Andrés era correcto en todo. Correcto en la forma de hablar, de sentarse, de hacer el amor. Nunca levantaba la voz, nunca llegaba tarde, nunca dejaba los platos sucios en la pileta. Era el tipo de hombre que las madres recomiendan, el que las revistas llaman ideal. Yo lo sabía. Y eso, de a poco, me estaba asfixiando.

La perfección, a la larga, pesa.

Cuando nos mudamos al barrio, el vecino de la casa de al lado era Don César. Un hombre de unos cincuenta y ocho años, ancho de hombros, con manos grandes de trabajador y una mirada directa que no pedía permiso para nada. Andrés lo detestó desde la primera semana.

—Ese hombre te mira demasiado —me dijo una tarde, corriendo las cortinas del salón con brusquedad—. No me gusta cómo te mira.

Yo me encogí de hombros y no dije nada. Pero Andrés tenía razón. Don César me miraba. Y lo hacía sin disimulo, con esa calma de quien sabe exactamente lo que quiere y no le importa que lo vean quererlo. Era una mirada sin pretensiones, directa como una pregunta sin rodeos, que no tenía nada que ver con la mirada cuidadosa y medida de mi marido.

A mí no me gustaba Don César. Pero tampoco me desagradaba. Y esa diferencia, aunque en ese momento no la entendía del todo, era más importante de lo que parecía.

***

Era un miércoles de agosto. Andrés había salido temprano para una reunión en el puerto y no volvería hasta la noche. El calor entraba por todos lados y la casa se sentía pequeña, casi hostil. Me había puesto una falda corta de lino y una camiseta sin mangas, buscando cualquier brisa que aliviara la tarde.

Me moví de la cocina al salón y del salón al patio varias veces sin saber muy bien qué hacer. Tenía los libros de derecho procesal sobre la mesa, pero no podía concentrarme. La quietud del barrio me ponía nerviosa. Ese tipo de quietud que parece estar aguardando algo sin que nadie lo nombre.

Desde el patio, podía ver la ventana de la cocina de Don César. Estaba cerrada. Me pregunté si estaría en casa.

Basta, Sara.

Fui hacia la heladera a buscar agua fría cuando el timbre sonó. Una sola vez, sin insistencia. Me quedé un instante parada en la cocina antes de ir a abrir.

Don César estaba en la puerta con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Llevaba una camisa de trabajo con las mangas subidas hasta el codo y esa expresión de siempre, tranquila, casi aburrida, que contrastaba con la intensidad de sus ojos. No parecía estar esperando nada en particular. Simplemente estaba ahí.

—Disculpá la molestia, Sara —dijo con su voz grave—. Me quedé sin azúcar. Si tenés un momento.

Sus ojos bajaron despacio, sin apuro, desde mi cara hasta la camiseta. No de manera obscena. De manera directa, como quien toma nota de algo que ya tenía calculado desde antes.

Me moví hacia un costado para dejarlo pasar antes de pensar si era buena idea. Él entró sin decir nada más.

El ambiente de la cocina cambió en cuanto él cruzó el umbral. No sé cómo explicarlo de otra manera: simplemente cambió. La temperatura, o el peso del aire, o algo que no tiene nombre preciso pero que se siente en la boca del estómago y en los antebrazos.

Busqué el azúcar en la alacena alta. Tuve que estirarme un poco para alcanzarla. No dije nada, pero escuché sus pasos acercarse por detrás. Demasiado cerca para lo que la situación pedía.

Cuando me giré con el paquete en la mano, él estaba a menos de un metro. Su mirada no estaba en el azúcar.

—Tenés una casa preciosa —murmuró.

No miraba la casa.

Me apoyé en el borde de la mesada sin querer dar un paso atrás. El corazón me latía raro, más rápido, en el cuello. Él apoyó ambas manos en la mesada a los costados de mis caderas, sin tocarme. Solo eso. El cuerpo inclinado levemente hacia adelante, los brazos cerrando el espacio. Sin tocarme.

No me moví.

—Andrés no está —dije. Mi voz salió más baja de lo que había querido, casi como una advertencia dada al revés, más información que amenaza.

—Lo sé —respondió él, sin alterar el tono—. Y vos estás demasiado bien para pasar esta tarde sola.

Seguimos así unos segundos que no sé cuánto duraron. Él levantó la mano derecha y, con lentitud deliberada, apartó un mechón de pelo de mi hombro. Sus dedos eran ásperos y calientes. Rozaron apenas la piel de mi cuello durante un instante.

Cerré los ojos.

No debería.

Pero no los abrí.

—Me gusta cómo te ponés —susurró, muy cerca de mi oreja.

Acercó los labios a mi cuello y me besó ahí, suave pero sin dudar. Fue eso lo que rompió todo.

***

No fue lento. Fue preciso. Sabía exactamente adónde iba y no malgastó tiempo en llegar.

El paquete de azúcar quedó olvidado sobre la mesada. Él me tomó de la cintura con las dos manos y me atrajo hacia su cuerpo. Era más grande de lo que parecía desde lejos, más sólido en cada detalle. Nada en él era suave ni calculado.

—¿Querés que me vaya? —preguntó, con los labios todavía rozando mi mandíbula.

—No —dije. Solo eso.

Me besó de verdad recién entonces. Nada parecido a los besos de Andrés, que siempre empezaban con cuidado y terminaban exactamente igual que habían empezado, dentro de lo previsible. Este fue diferente: directo, sin preguntas, con un hambre que no pedía permiso. Me subió sobre la mesada como si no pesara nada y yo le rodeé el cuello con los brazos antes siquiera de pensarlo.

—Vamos arriba —dijo.

No fue una sugerencia.

Subimos la escalera entre besos torpes y sus manos recorriendo todo lo que encontraban. Para cuando llegamos al primer descanso, yo había dejado la camiseta en algún escalón y no me importaba en cuál. Él se quitó la camisa solo, porque mis dedos no atinaban a los botones. Tenía el cuerpo de un hombre que había trabajado con las manos toda la vida: marcado, real, con esa solidez que no se consigue en ningún gimnasio.

***

En el dormitorio, la foto de nuestra boda en el velador nos miró durante un segundo. Yo la vi. Él también. Ninguno de los dos dijo nada al respecto.

No la giré. Ya nada de lo que había en esa habitación tenía peso real, excepto nosotros dos.

Don César se quedó parado frente al armario, mirándome en silencio. Señaló con la cabeza.

—Abrí.

Lo miré sin entender del todo.

—Quiero verte con lo que llevaste el día de tu boda.

Era una petición extraña, y al mismo tiempo era exactamente el tipo de cosa que Andrés jamás habría pedido. Me quedé un momento parada. Luego abrí el armario y saqué el conjunto de encaje blanco del último cajón, donde lo tenía guardado en su bolsa de tela.

Me lo puse frente a él. Sin esconderme. Mirándolo a los ojos mientras lo hacía, viendo cómo su expresión pasaba de calculadora a algo más concentrado y oscuro.

Nunca me había cambiado así delante de nadie. Ni delante de Andrés, que siempre esperaba al otro lado de la puerta del baño. Pero con Don César, hacerlo parecía la cosa más natural del mundo. No sentí vergüenza. Sentí otra cosa, más difícil de nombrar pero mucho más intensa.

—Vení acá —dijo cuando terminé.

Me recosté en la cama y él empezó a recorrerme con las manos y la boca sin apuro, pero sin pausa tampoco. No dejó un solo lugar sin atender. Sabía exactamente cuánto tiempo quedarse en cada sitio y cuándo moverse al siguiente. Con Andrés, la intimidad siempre tenía un orden predecible: un inicio, un desarrollo, un final dentro de los tiempos esperados. Con Don César no había protocolo. Solo intención, solo atención a lo que encontraba.

Don César no tenía orden. Tenía hambre.

Me abrió las piernas y me miró antes de bajar la cabeza. Lo que siguió duró mucho más de lo que yo esperaba. Terminé sacudida, con los dedos cerrados sobre las sábanas, incapaz de controlar los sonidos que salían de mi boca.

***

Después me quedé unos minutos sin poder pensar bien. Él se recostó a un costado, tranquilo, sin prisa por nada.

Fui yo quien extendió la mano primero. Lo tomé con decisión y él se tensó de inmediato. Me arrodillé entre sus piernas y lo tomé con la boca, sin rodeos. Era grande, más de lo que yo esperaba, pero eso no me detuvo: tomé mi tiempo, aprendí el contorno con la lengua antes de abrirme paso, y luego seguí sin prisa. Él tenía las manos enredadas en mi pelo, sin empujar, dejándome hacer a mi ritmo.

A Andrés nunca le había hecho eso. No por recato, sino porque con él nunca había sentido ese impulso tan específico, esa necesidad de ir más lejos sin que nadie me lo pidiera.

Cuando Don César decidió que era suficiente, me levantó por los hombros.

—Date vuelta —dijo.

Me puse en cuatro sobre la cama. Él me preparó con los dedos, uno primero y luego dos, tomándose el tiempo necesario, atento a cada reacción sin comentarlas. Cuando finalmente entró, lo hizo de a poco, centímetro a centímetro. Apoyé la frente en la almohada. No fue solo dolor lo que sentí: fue algo más complicado, más lleno, más difícil de clasificar.

Se movió lento al principio. Después más rápido, cuando entendió que yo pedía más. Lo seguí hasta el final, con la espalda arqueada y los dedos apretados sobre las sábanas.

***

No escuché la puerta. Ni los pasos en la escalera.

Cuando noté que Andrés estaba en el umbral del dormitorio, ya era demasiado tarde para fingir otra cosa. Estaba parado con la corbata aflojada y el maletín en la mano, mirando sin moverse. No dijo nada.

Yo no me aparté. No sé bien por qué. Quizás porque interrumpir en ese instante hubiera sido todavía más cruel que lo que ya estaba pasando. Quizás, simplemente, porque ya no podía.

Don César tampoco se detuvo.

Los ojos de Andrés se encontraron con los míos durante varios segundos. En su cara no había lo que yo había esperado encontrar. No era furia. No era la expresión de quien acaba de perder algo.

Era otra cosa.

***

Lo que pasó después de esa tarde es una historia distinta y más larga.

Andrés nunca echó a Don César de la casa. Después de esa noche habló poco, pero en las semanas siguientes algo en él cambió de una manera que yo tardé en entender. Se volvió más presente, más atento, pero de una forma diferente a todo lo anterior. Como si algo que él tampoco había sabido sobre sí mismo empezara, finalmente, a tomar forma.

Don César siguió viniendo. Y Andrés, que había dicho que lo odiaba, que había corrido las cortinas para no verlo, terminó por abrirle la puerta.

La perfección, ya lo dije, a la larga pesa. Pero a veces lo que la rompe no destruye todo. A veces simplemente reorganiza lo que ya estaba ahí, esperando que alguien se animara a nombrarlo.

Valora este relato

4.6 (50)

Comentarios (9)

Marcos_99

Buenisimo!! me quede con ganas de saber mas, tremenda intriga desde el arranque

LauraVR_22

Que tension tan bien manejada. Se me hizo cortísimo, quiero la segunda parte ya!!

claudio

jaja el marido tenia razon y no sabia ni la mitad. Muy bueno esto

NocturnaR

Me encanto. La atmosfera de esa tarde de agosto, el timbre... todo muy bien construido. Segui escribiendo!

Curioso77

¿Va a haber continuacion? no me puedo quedar con esta intriga jajaja

SolMendoza_22

Increible como con tan pocas lineas ya te metes de lleno en la historia. Me recordo a una situacion parecida que tuve hace años y que nunca conté

Fede_lee

Top!! de lo mejor que lei ultimamente en esta categoría

MarcelaRosario

Qué manera de crear expectativa, me tuvo enganchada hasta el final. Espero que haya segunda parte :)

PabloSC

la parte del timbre es un arranque genial, te engancha de entrada

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.