La clienta casada que me citó en el baño del café
Entré en aquel chat por curiosidad. Por aburrimiento. Por esa esperanza absurda de encontrar a alguien distinto en un sitio donde casi nadie lo era.
Lo sé. Mujer de mediana edad, casada, con hijos, asomándose a un foro de contactos para lesbianas. Suena raro. Suena peor que raro. Pero ahí estaba yo, noche tras noche, esquivando perfiles falsos y mensajes copiados.
Entre tanta paja —y juro que la palabra no tiene doble sentido— di con Lucía. Casada, un hijo y otro en camino, «hetero-curiosa», con una vida demasiado parecida a la mía. Con ella aprendí que el deseo crece en la imaginación mucho antes que en la piel. Que una caricia escrita a las tres de la mañana puede estremecer más que cualquier roce real.
Pero todo principio arrastra su final. Cuando llegó su bebé, nuestras charlas se enfriaron como un café olvidado en la barra.
Fue entonces cuando apareció Elena.
Lesbiana, recién salida de una relación que la había dejado en pedazos, intentando rearmarse a fuerza de turnos en una cafetería de pueblo. Elena era una mezcla difícil: celosa, romántica, intensa hasta cuando respiraba al otro lado del micrófono. Pero, por encima de todo, era buena. De esas personas que todavía creen en el amor honesto, sin máscaras ni dobles juegos. Y quizá fue esa forma suya de ir de frente, tan propia de quien nunca ha sabido fingir, lo que la volvía vulnerable en aquel mundo de hienas disfrazadas de corderos.
Lo nuestro se convirtió en un vaivén raro. Acercamientos. Distanciamientos. Noches de palabras que temblaban en la pantalla, de cuerpos buscando calor a través de la imaginación. Y otras en las que solo había silencio.
Cinco años de reencuentros que sabían a pecado y a rescate.
Para Elena, yo era su «hetero imposible», la mujer que quería convertir, conquistar, poseer. Para mí, ella era una vía de escape. Una ventana abierta a un mundo de emociones intensas donde lo único importante era dejarse llevar por ese impulso visceral que resulta tan adictivo.
En uno de esos periodos de silencio —no recuerdo el motivo— Elena conoció a una chica de Hondarribia. Una relación real. Tanto, que terminó mudándose al norte. Pero Elena deseaba algo más, esa pasión que te salva y te destruye a la vez. Su pareja, en cambio, prefería la rutina, la previsibilidad de lo conocido. Por eso Elena nunca me soltó del todo.
Y un día, cuando ya había asumido que no sabría más de ella, recibí un mensaje. Su nueva relación no había apagado nada. Solo había intentado cubrirlo de olvido.
Retomamos el contacto en secreto. Ella escribía mientras su chica dormía. Yo respondía desde la cocina, después de cenar, fingiendo que revisaba el correo del trabajo. Con mi marido compartía desayunos, planes, risas. Cumplía con la rutina del cariño, del sexo. Pero había un hueco que no terminaba de llenar.
Porque lo mío con Elena no era amor. Era otra cosa. Más profana. Una necesidad visceral que no pedía permiso, solo latía. Y para cuando querías darte cuenta, ya te había atrapado.
Una noche, mientras su pareja dormía confiada a su lado, la conversación llegó a ese punto donde la fantasía se hace física. Me confesó que a veces soñaba con verme entrar en la cafetería. Que me seguía con la mirada hasta el baño y entraba detrás. Dentro, las palabras se convertían en susurros, las respiraciones en jadeos. Las caricias hacían el resto.
En otras palabras: quería follarme.
Aunque yo me hacía la dura y nunca lo reconocía en voz alta, su fantasía también se hizo mía.
***
Hondarribia vivía un verano cálido. Elena estaba en plena faena en la cafetería del paseo: bandejas, pedidos, clientes pidiendo cafés y bocadillos a la vez. Se movía entre las mesas y la barra como una hormiguita hacendosa.
Le vibró el móvil en el bolsillo del delantal. El corazón le dio un brinco. Un mensaje. Solo una frase, un puñado de palabras que latían por su cuenta.
«¿Nos vemos en el baño?»
El mundo se le detuvo ahí.
Alzó la vista justo cuando la puerta de los baños se cerraba. Alguien acababa de entrar. No consiguió verla. ¿Por qué no se había fijado? ¿De verdad era cierto, o era otro juego más?
Mariana se había asegurado de que Elena no supiera quién era. Nunca le había enviado una foto. Ni un vídeo. Ni una llamada. Nada. Su voz, para Elena, solo existía escrita.
Rebobinó mentalmente las caras de las últimas mesas, los gestos, las miradas, buscando alguna pista. Pero la mente se le quedó en blanco.
—Putos nervios —pensó.
***
Miré alrededor. Todo estaba servido. Mi compañera atendía a una familia en el ventanal. Nadie me necesitaba en ese instante.
¿De verdad era ella la que estaba detrás de aquella puerta?
Joder, joder, joder.
Respiré hondo y recordé los ejercicios para evitar la ansiedad. Solo necesitaba un momento para coger aire. Las mejillas me ardían como si tuviera una estufa pegada a la cara. Dejé la bandeja sobre la encimera y, con un valor que ni sabía que tenía, me quité el delantal y me encaminé al baño.
Al entrar, se apagó el murmullo de fuera. El mundo se redujo a aquel espacio de baldosas grises y grifería plateada. No había glamour. Olía a jabón industrial y a humedad. Pero aquello era lo de menos ante la posibilidad de verla.
Avancé hasta la segunda puerta, la del WC de señoras. Empujé. Vacío.
Mierda. Nadie.
Por un instante, la decepción cayó como un cubo de agua helada. Abrí el grifo. El agua fría fue un alivio breve, justo para obligarme a respirar hondo.
Entonces la puerta se abrió.
Un sonido educado, como si quien entraba supiera que estaba irrumpiendo en un momento íntimo. Levanté la mirada hacia el espejo. Y la vi.
¿De verdad aquella mujer con pinta de pija estirada, de las que te miran como si les debieras algo, era ella?
Su cuerpo flotaba envuelto en un vestido claro, lo bastante vaporoso para insinuar una silueta llena. Mis ojos se posaron sobre su escote: insinuante, demasiado atrevido para una madre. Hombros al aire que olían a niña bien.
Está buena, pero no parece bollera.
Luego la reconocí. Era la clienta a la que mi compañera atendía hacía un momento. La que estaba con su familia en la mesa del ventanal.
Solo necesité unos segundos para corregirme: es una muñequita de postal, pero a gusto me la follaba.
Las bragas se me humedecieron solo de imaginar que la acariciaba.
Tenía el cabello suelto, algo revuelto, como si la tarde hubiera jugado con él. La cara muy cuidada, una mezcla de inquietud y de esa sensualidad madura que ya sabe lo que tiene.
Y luego estaban sus ojos. Me miraban tan intensamente, tan abiertos y claros, que parecía que estuviera aprendiéndose de memoria el contorno de mi cuerpo.
Estaba buenísima. Y yo, ahí, vestida con uniforme, que tenía de sexi lo mismo que una multa en el parabrisas.
Cerró la puerta.
—¿Llego tarde? —preguntó, con esa voz que parecía querer compartir un secreto.
Sonreí. Era ella. Era Mariana.
—No —respondí, acercándome despacio con una sonrisa plena—. Llegas justo a tiempo.
Aspiró hondo. Su mano buscó la manilla de la puerta.
—¿A tiempo para qué? —preguntó, mientras la otra mano se le retorcía sobre el vestido.
Desprendía una vulnerabilidad tan deseable…
—A tiempo para… mí.
Incapaz de procesarlo, se vino abajo.
—Elena, solo quería… —balbuceó—. Están fuera…
Su expresión cambió, se hizo grave, casi solemne.
—Entonces —susurré, acercándome, sintiendo el calor de su piel—, tenemos que darnos prisa.
Cerró los ojos y su mano volvió a la manilla, como si ese simple gesto pudiera mantenerla a salvo.
Pegué mis caderas a las suyas, inmovilizándola. Mi boca respiró su aliento de cerca, demasiado cerca. Le aparté un mechón del rostro, rozándole la mejilla, y un estremecimiento —visible incluso bajo la tela— le recorrió el cuerpo.
Aspiró hondo. Aquel simple contacto le estaba robando el aire.
—Están ahí… —empezó a decir, pero la voz se le quedó atorada en la garganta.
—Lo sé… —respondí, bajando la voz hasta convertirla en roce—. Pero necesito follarte.
—No seas soez, Elena.
—«Follar», dices… ¿es soez? —pregunté con malicia divertida.
—Sí. Mucho.
—Pero yo quiero follarte… ¿cómo tendría que decírtelo?
Mientras susurraba, mis dedos descendieron por su cuello hasta detenerse en la clavícula. Bajo las yemas, su piel ardía: vibrante, tentadora.
—No lo sé, pero esa es una palabra obscena —contestó, visiblemente acalorada.
—Pues en estos momentos no pienso más que en hacerte cosas obscenas.
—Elena… —susurró—. No podemos.
Su mente seguía pisando el freno. Pero al escuchar ese «no podemos», algo primitivo y voraz se me encendió por dentro.
Le agarré el trasero carnoso y la traje más a mí. Ella exhaló un suspiro y abrió los ojos como si estuviera a punto de darme una bofetada.
—Solo tienes que decirlo…
La encaré. Resultaba jodidamente excitante ver cómo su pose de niña bien empezaba a resquebrajarse.
—Dímelo ya, Mariana —dije, inclinando mi frente sobre la suya—. Dime que pare.
No lo dijo. Interpreté su silencio como un permiso.
Giré el cerrojo y el clic resonó como una sentencia.
La atraje con urgencia y su trasero chocó contra el lavabo. Me miró angustiada, con la expresión de quien sabe que algo es definitivo.
Llevé mis labios a los suyos. No un beso pleno. Solo una caricia en la comisura, un roce mínimo que la estremeció desde dentro.
Me encantan las pijas estiradas.
Su aliento a chicle de fresa chocó contra mi boca. Su pecho subía y bajaba en oleadas rápidas, casi desesperadas.
—No… Elena, no… —suplicaba, asustada de cómo su cuerpo la traicionaba.
—Estoy aquí, ¿vale? —murmuré.
Y la besé.
Primero suave, como si temiera romperla. Después más profundo, invitándola a responder, a dejarse llevar.
Mariana gimió y el sonido me recorrió entera. Sus manos subieron a mis hombros, no para apartarme, sino para sostenerse.
Inclinó la cabeza, ofreciéndose, y me cerní sobre su cuello, dejando un rastro húmedo en su piel.
—Elena… por favor… —suplicó.
Los dientes la rozaron, allá donde el pulso latía más fuerte. Yo empezaba a perder los papeles.
—Voy a follarte. Vas a ser mi putita —murmuré contra su piel.
Jadeó y me agarró por la cintura. Mis palabras sucias la encendían más.
Mis ingles se pegaron a las suyas, necesitadas, buscando con el roce desdibujar la frontera de nuestros cuerpos.
—Dios… estamos locas…
Las manos se me colaban sin permiso, encendiendo la piel a su paso. Ascendí por sus muslos, abriéndolos, como si mi cuerpo llevara horas esperando.
Ella temblaba. Yo, simplemente, ardía.
Si era un jodido sueño, no quería despertar.
—Dime que no lo quieres —le pedí, rozándole el oído.
No dijo nada. Sus rodillas se separaron apenas.
—Te deseo… joder —murmuré—. Me pones muchísimo.
Y deslicé las manos bajo el borde del vestido, percibiendo cómo la delicada piel de sus muslos se erizaba al paso, receptiva, como quien abre un regalo que lleva demasiado tiempo esperando.
Mariana tragó saliva. Apenas un segundo. Pero suficiente para notar cómo sus dudas se desvanecían.
Apretó las manos contra el lavabo, los nudillos blancos, el pecho agitándose en un vaivén frenético. Y cuando mis dedos rozaron la unión suave de sus muslos, se contrajo al instante, como si una descarga la hubiera recorrido.
—Elena… —jadeó, pero su voz sonaba a rendición.
Necesitaba tenerla en mi boca. Me arrodillé. La miré desde abajo. Me costaba dejar de hacerlo. El miedo y la avidez peleaban en sus pupilas. Al intentar separarle las piernas, dudó. No las abrió enseguida. Apenas un segundo, pero fue suficiente para tensarme.
Sus dudas no apagaban el deseo. Lo intensificaban.
Entonces alguien intentó abrir la puerta. De golpe, el mundo se convirtió en el sonido frenético de dos corazones latiendo en un mismo pecho. La expresión de Mariana se congeló.
—Olvídalo —le susurré—. Irá al otro.
Sin apartar los ojos de ella, deslicé los labios por la cara interna del muslo. Apenas un roce, casi un soplido. Mariana dejó escapar un gemido tan suave que pareció disculparse por romper el aire. Le di otro beso, un poco más arriba, y su mano, desesperadamente sincera, empujó mi cabeza.
—Por favor, Elena… no puedo…
—Puedes —murmuré—. Estás aquí.
Levanté la tela y el vestido cayó hacia atrás. La luz reveló la humedad entre sus piernas, impregnada en el pequeño triángulo de encaje. Se sobrecogió… pero no se apartó.
Tiré suavemente del hilo. La lencería blanca se deslizó por sus muslos. En un último momento intentó pararme. No pudo.
Mi boca se detuvo a un centímetro de distancia, sin tocarla aún, dejando que la anticipación le recorriera la espina dorsal. Se sacudió con tanta fuerza que el lavabo vibró.
Cuando la besé ahí abajo, cuando mi lengua barrió su hendidura, dejó escapar un espasmo demasiado intenso. Se tapó la boca con la mano al instante. Avergonzada. Atónita.
El gesto me encendió más que cualquier gemido.
Me reí por abajo, sin separarme.
—Shhh…
El susto la humedeció más.
—¿Paro?
Mariana respondió recostándose un poco más y empujando suavemente mi cabeza hacia ella. Un gesto sincero. Y, joder, ahí supe que era mía.
Me incliné y la rocé. Un trazo preciso. Mi lengua inquisitoria recorrió el centro de su deseo. Su sexo, delicadamente perfilado, se pegó a mi boca. Su cuerpo se abrió como si llevara demasiado tiempo esperando.
La urgencia se calmó.
Un suspiro. Un latido.
Soltó el lavabo y sus manos se enredaron en mi cabello de nuevo.
Su ritmo se aceleraba. Su pulso latía frenético contra mi boca. El sollozo de Mariana se hizo más profundo, casi continuo. Suspiros rotos que parecían jadear mi nombre.
—Dios… —susurró, apenas audible—. No puedo…
Pero su pecho subía y bajaba frenético. Sus muslos vibraban bajo mis dedos. Sus manos se aferraban a mi cabeza, para guiarme, para perderse. Yo la sentía abrirse, a punto de romperse dentro.
—Elena… —murmuró, quebrándose—. Me voy a correr…
A un paso de derramarse, apartó mi cabeza un segundo. No para detenerme. Necesitaba aire.
—Dios. Me voy… —murmuró ahogada.
No terminó.
Volvió a empujarme hacia ella. Su cuerpo convulsionó, temblando, deshaciéndose contra mi boca, fundiendo y derramando su deseo.
Y entonces… se rompió.
Exhaló un suspiro largo que no era sonido. Era rendición.
Luego nada. Solo su respiración tratando de volver a su ser.
Se quedó quieta, respirando hondo, buscando el camino de regreso a su cuerpo.
—Joder… —murmuró al fin, incapaz de mirarme—. No estoy preparada. No para esto.
Yo me incorporé despacio, inhalando el aroma intenso que emanaba de su sexo. Sus pupilas, incrédulas, incapaces de creer lo que había pasado.
Mariana me miró. Tenía la piel perlada, el rostro encendido, la respiración desordenada. No dijo nada. Su mano, aún en mi cabello, tiró de mí. Me besó. Ese sí fue de verdad. Húmedo y sin aliento, un beso que sabía a silencio y a victoria.
—No puede volver a pasar… —murmuró en mi oído, dejando descansar su rostro en mi clavícula—. Yo no soy una…
—¿Bollera? —la corté.
—No soy lesbiana.
—Bollera… ¿también es vulgar?
—Sabes que sí.
Esta vez, su gesto era mucho más tierno.
—Hace un momento sí que has sido un poco bollera…
El ambiente se relajó y ella sonrió. Las dos lo hicimos.
—Quédate un poco más —le rogué entonces.
Negó con la cabeza.
—Joder, Elena… están fuera…
Y, como si acabara de despertar de un sueño, se agachó apresurada para subirse el tanga, buscando retomar el control. Después comenzó a acomodarse el cabello revuelto frente al espejo, con mi reflejo tras ella como testigo mudo.
Le rodeé la cintura por detrás.
—Volverás a ser mía. Y lo sabes —murmuré en su nuca.
Noté cómo su pecho volvía a agitarse. Intentó recomponerse. Tenía la piel encendida, el vestido mal puesto sobre un cuerpo que seguía convulso.
—Elena… por favor… —dijo con voz baja—. Déjame… tengo que irme.
Le dejé espacio. No porque quisiera, sino porque sabía que quien hablaba era el miedo.
Abrió la puerta… pero se detuvo. Y, como si peleara contra sí misma, se giró. Me sostuvo la mirada con esa mezcla de culpa y hambre contenida. Luego deslizó los dedos por el muslo y tiró del tanga que acababa de subirse. Lo bajó despacio y lo sostuvo unos segundos en la mano, indecisa, antes de acercarse.
—Un recuerdo… —dijo, ofreciéndomelo.
Lo recogí de su mano. Mis dedos rozaron los suyos y su respiración se quebró de nuevo.
—Mariana… —murmuré.
—No digas nada —me interrumpió, apenas con un hilo de voz—. Esto ha sido un error… joder… bonito, pero un error.
Y se marchó antes de que pudiera detenerla, dejando un pequeño trozo de tela aún caliente entre mis dedos.
***
Yo salí unos segundos después. El contraste del exterior me despertó del letargo: el murmullo del local, el sonido de la cafetera, las voces infantiles. Y Mariana, sentada con su familia, sonriendo, como si hubiera olvidado el rastro húmedo de lo que acababa de suceder.
Quedé paralizada un instante, intentando situarme en mi nueva realidad. Los vi a los cuatro: al marido, a los hijos y a Mariana, fingiendo normalidad, a pesar de que bajo su vestido no la había.
Y ahí, en medio de aquel cuadro familiar, sentí cómo se me apretaba un nudo en la garganta: nostalgia, deseo y algo más oscuro… la certeza punzante de estar fuera. Como si, después de haber sido invitada, me hubieran cerrado la puerta en las narices.
Y, aun así, no podía apartar los ojos de ella: la mujer que minutos antes gemía contra mi boca, ahora limpiaba con sonrisa maternal los restos de helado que su pequeño había derramado.
Lejos de sentir remordimiento, mi atracción por ella no hacía más que acrecentarse.
Respiré hondo, intenté recomponerme antes de avanzar hacia su mesa. Cogí otro helado del mostrador —uno de nata, con virutas de chocolate, como el que se había caído— y caminé como si cada paso marcara el pulso de algo que todavía vibraba entre nosotras.
Mariana me vio antes que el resto. Apenas un segundo, pero suficiente para que su sonrisa se tensara. Ese gesto sutil que solo es capaz de reconocer quien ha recorrido la piel del otro.
—No se preocupen, yo lo limpio —dije complaciente, dejando el helado en la mesa frente al niño, mirándola a ella.
El pequeño me miró con gratitud, ajeno a todo. El marido me dio las gracias sin apartar la atención del móvil.
Pero ella… Mariana no levantó la vista. O quizá sí, desde debajo, lo suficiente para hacérmelo saber. Que yo estaba allí, alojada en su pecho, en la respiración que intentaba domar sin conseguirlo, mientras interpretaba un papel aprendido a la fuerza.
—Espero que todo haya estado rico —añadí, aunque no hablaba del helado.
—Todo genial —dijo ella aturullada, temblando al posar la servilleta sobre la mesa.
Me giré para marcharme e imaginé su mirada clavada en mi espalda, como un roce mudo, en medio de esa escena perfecta construida en torno a ella.
Cuando llegué al mostrador, Mariana seguía mirando, ya sin disimulo, con la expresión de quien intenta sostener dos mundos a la vez.
Entonces hizo un gesto sutil: llevó los dedos al borde del vestido, allí donde el tejido descansa sobre la pierna. No lo movió, no hizo nada prohibido. Solo… se acarició el muslo sutilmente. Recordándome que, bajo la tela, seguía latiendo nuestra verdad.
Yo sonreí por dentro.
Me di la vuelta y volví a las mesas, al ruido, al mundo que no sabía nada. Ella, en cambio, se quedó pegada a mis pensamientos, como la humedad de su piel se había impregnado en mi boca.
En el bolsillo, mis dedos tropezaron con el tacto sedoso del tanga: húmedo, caliente aún en mi memoria.
Mariana seguía conmigo.
Cuando por fin salieron, se detuvo en la puerta. Me buscó. Me encontró. Sonrió un segundo.
Y supe que volvería.
El desastre ya había llamado a la puerta. Y yo, muy puta, ya estaba deseando abrir.