Lo que empezó entre ellas terminó siendo de tres
La cama de metro y medio no estaba pensada para tres personas. Para uno era amplia, para dos justa, para tres era un problema que ninguno de los que la ocupaban parecía querer resolver todavía. Valeria dormía de costado, pegada a Noa, que a su vez tenía una pierna encima de Rodrigo. Los tres estaban desnudos, con la sábana enredada en los pies y parte en el suelo. La habitación todavía olía a sexo: a sudor, a coño mojado, a semen seco en la piel y en las sábanas.
La ropa de los tres cubría el parqué en un desorden que nadie había atendido la noche anterior. Los zapatos de Valeria junto a la pared, los vaqueros de Rodrigo cruzados encima de los de Noa. En el suelo, junto a la cama, un condón vacío y desechado. Solo uno. El resto de la noche había transcurrido sin protección, por decisión expresa de Valeria, que había dicho que tomaba la píldora y que confiaba en él, que quería sentir la polla a pelo dentro y la corrida donde le diera la gana. Restos de esa corrida todavía se le habían secado en el cuello y entre los pechos.
Para los tres había sido su primera vez en esa combinación. Probablemente la última, al menos entre ellos.
***
Todo había empezado meses antes, cuando Valeria llegó a Salamanca para estudiar Psicología.
Valeria tenía veinte años esa noche y era la mayor del piso. Medía un metro sesenta y dos, tenía el pelo largo color miel que le caía hasta la mitad de la espalda cuando lo dejaba suelto, y era delgada pero con curvas bien distribuidas. Tenía la costumbre de subir siempre las escaleras andando, nunca en ascensor, lo que se notaba en sus piernas y en su culo, redondo y firme, de los que se marcan debajo de cualquier vaquero. Su cara aún conservaba algo de suavidad juvenil. Era el tipo de chica que llamaba la atención en cualquier sitio sin proponérselo.
Rodrigo tenía dieciocho años y venía de Aragón. No era el más guapo de su facultad ni el más atlético, pero tenía una simpatía natural que funcionaba mejor que cualquiera de esas cosas. Pelo corto castaño, metro setenta, delgado. Lo que no se veía a primera vista era lo que Rodrigo llamaba en privado «el proyectil»: dieciocho centímetros de polla gruesa, venosa, con un glande ancho que terminaba en punta. Era el tipo de verga que ninguna chica olvidaba después de haberla tenido dentro. Había tenido varias relaciones desde los quince años y sabía bien cómo follar con ella, aunque prefería no presumir de eso de entrada.
Noa también tenía dieciocho años, pero era la más alta de los tres: un metro ochenta y dos de deporte acumulado. Primero patines, luego baloncesto, luego voleibol. Tenía el pelo negro muy corto, a la altura del cuello, una cara alargada con los labios carnosos y unos ojos verdes que eran lo primero en lo que se fijaba cualquiera cuando la miraba. Su cuerpo era el de una deportista: piernas musculadas, abdomen plano con un piercing en el ombligo, glúteos firmes y duros, pechos pequeños con los pezones puntiagudos y muy sensibles. Era lesbiana, o al menos eso creía hasta esa noche.
Los tres habían llegado a compartir piso por una cadena de coincidencias que ninguno había buscado. Valeria ya llevaba dos años en Salamanca cuando Rodrigo y Noa llegaron para estudiar Derecho, en el mismo curso y el mismo horario. Se habían conocido en redes sociales a lo largo de los años, habían coincidido alguna vez en vacaciones de verano, y cuando sus familias sugirieron que compartieran piso para ahorrar y cuidarse mutuamente, ninguno puso objeciones serias. Cuatro habitaciones, dos baños, cocina y terraza. El grupo de WhatsApp del piso se usaba para la compra, los turnos de limpieza y avisar cuando alguien traía compañía. La regla no escrita: en las zonas comunes, nada de sexo y nada de andar desnudo.
Llevaban cuatro meses viviendo así y funcionaba bien. Sus familias pensaban que era una solución práctica. Nadie había pensado que pudiera salir de otra manera.
***
Era la última noche antes del período de exámenes de diciembre. Los tres habían quedado para salir, pero cada uno llevaba sus propios planes secundarios.
Rodrigo llevaba semanas follándose a Martina, una chica de Biología pelirroja y pecosa, con un coño estrecho que le exprimía la polla cada vez que la metía. Esa noche, sin embargo, Martina tenía la regla y sus padres estaban en casa, así que los planes de Rodrigo se limitaban a un rato de magreo en el fondo de la discoteca y volver solo, con los huevos llenos y la mano por compañía. Lo había aceptado.
Noa había quedado con Sofía, una chica de Ingeniería que estudiaba en otra ciudad, a media hora de distancia. Era la primera relación seria que Noa tenía en la universidad y estaba muy pillada. Más de lo que debería, quizás.
Valeria estaba con sus amigas sin ningún plan en particular. Esa noche había decidido no buscar nada, solo pasar un buen rato y desconectar.
La primera en irse fue Noa. Escribió en el grupo del piso que Sofía la había dejado, que estaba en casa, que estaba destrozada. Una excusa sobre la distancia, decía. Treinta kilómetros de distancia, si acaso.
Valeria leyó el mensaje antes que Rodrigo y le contestó en privado. Se despidió de sus amigas y se fue a casa a consolarla. Rodrigo, que ya había calculado que la noche con Martina no iba a ningún lado, leyó los mensajes y decidió que prefería eso a quedarse en la discoteca con las manos en los bolsillos. Se imaginó los tres en el salón con una botella hablando de desamores. Le pareció mejor plan. Se despidió y salió también.
Durante el camino hablaron de Noa, de Sofía, un poco de Martina. Rodrigo le contó que no la consideraba su novia de verdad, que sabía que ella tenía otras cosas en marcha, que la suya era una relación de follar y poco más. Valeria escuchó sin juzgar. Le contó algo que poca gente sabía: una vez, bastante borracha, se había liado con una amiga, le había comido el coño en el baño de un bar y se lo había pasado mejor de lo que esperaba. Esa amiga ahora estudiaba fuera. Esperaba que la distancia lo mantuviera así.
Llegaron al piso. Valeria entró en la habitación de Noa y le dijo a Rodrigo que esperara, que ya lo llamaría si lo necesitaban. Rodrigo asintió, se cambió, se lavó la cara. La puerta seguía cerrada. No se escuchaban lloros ni voces altas.
Ese silencio le mosqueó.
Había pensado en hacerlo otras veces pero nunca se había atrevido. La terraza daba a las habitaciones de las dos chicas, que normalmente tenían las persianas bajadas. Pero Noa solía fumar en la terraza y a veces se olvidaba de cerrar del todo cuando volvía a entrar. Rodrigo salió descalzo y en silencio.
La persiana de Noa estaba entreabierta. Una rendija de cinco centímetros.
Se agachó a mirar.
***
Valeria estaba tumbada en la cama sin camiseta, con los vaqueros puestos y los zapatos en el suelo. Noa estaba inclinada sobre ella, comiéndole las tetas con hambre, succionando los pezones y mordiendo alrededor de la areola. Rodrigo se quedó paralizado, apoyado contra la pared, con la polla ya endureciéndose dentro del pantalón.
Los pechos de Valeria eran grandes para su complexión, blancos con los pezones oscuros, gruesos y duros como piedras de lo cachonda que estaba. Noa pasaba de uno al otro con una lengua experta, lamiéndolos largo y plano antes de chuparlos como si quisiera sacarles leche, y Valeria la guiaba con una mano en el pelo, diciéndole que no se dedicara solo a uno, que tenía dos. Los pezones de Noa, en cambio, eran pequeños y puntiagudos, todavía cubiertos por el sujetador que Valeria le estaba intentando desabrochar con una mano mientras con la otra le acariciaba el abdomen y bajaba hasta el filo del tanga.
Rodrigo se estaba tocando por encima del pantalón casi sin darse cuenta. Tenía la polla tan dura que sentía cada latido contra la cremallera.
Las dos pararon un momento para quitarse los pantalones, quedándose en ropa interior. El tanga negro de Valeria tenía una mancha oscura de humedad en la entrepierna. El de Noa, blanco, también. Rodrigo se apartó de la rendija. Cuando escuchó que se habían vuelto a colocar, miró de nuevo. Ahora era Valeria la que estaba encima, mordiéndole los pezones a Noa mientras metía una mano dentro de su tanga.
—Estás empapada —dijo Valeria en voz baja, sacando dos dedos brillantes—. Estás chorreando.
—Cállate y sigue —respondió Noa, agarrándole la muñeca para que volviera a meter la mano.
Los gemidos llegaron pronto. Noa agarraba las sábanas con ambas manos cada vez que los dedos de Valeria le bombeaban el coño, dos dentro y el pulgar moviéndose en círculos sobre el clítoris. Valeria bajó despacio por su cuerpo, lamiendo el abdomen, bordeando el piercing con la punta de la lengua, hasta llegar abajo. Le quitó el tanga, lo dejó colgando de un tobillo y le abrió las piernas con las dos manos. El coño de Noa estaba afeitado entero, brillante, con los labios internos hinchados y separados. Lo que hizo entonces Valeria hizo que Rodrigo tuviera que apoyarse en el marco de la ventana para no perder el equilibrio.
Hundió la lengua entera de un solo lametón, de abajo arriba, y la dejó arriba dando vueltas al clítoris mientras los dos dedos volvían a entrar. Lo chupó. Lo mordisqueó suave. Le metió la lengua entera dentro y la sacó húmeda y brillante. Noa soltó un grito ronco y le puso la mano en la nuca para que no se separara.
Rodrigo tomó nota mental de todo. Del ritmo. De las pausas deliberadas. De cómo Valeria aceleraba justo cuando Noa estaba a punto, succionando el clítoris entre los labios, y entonces paraba, dejándola en el borde unos segundos, y volvía a empezar desde más abajo con la lengua en los labios externos mientras los dedos se quedaban dentro, quietos. Era un juego de control que Rodrigo observó con atención real, no solo como espectador.
—Por favor —jadeaba Noa—. Por favor, no pares otra vez, hija de puta, no pares.
Valeria sonrió contra su coño y aceleró por fin. Tres dedos, ahora, entrando y saliendo con un sonido líquido que llenaba la habitación.
Rodrigo ya no se tocaba por encima del pantalón. Se lo había sacado y sujetaba la polla con la mano, despacio, para no precipitar nada. Una gota de presemen le brillaba en la punta del glande.
Después de varios minutos, fue Noa quien se colocó encima. Era más directa, más eficiente. Sabía exactamente dónde ir y cómo. Le abrió las piernas a Valeria con una rodilla, le bajó el tanga arrancándoselo casi de un tirón, y se hundió entre sus muslos sin preámbulos. Le chupó el clítoris con la boca abierta, succionando largo, mientras dos dedos largos entraban hasta el nudillo y trabajaban un punto en el techo del coño que hizo a Valeria arquearse y mordérse el labio para no gritar tanto que se escuchara desde el salón.
Valeria llegó en la mitad de tiempo. Soltó un gemido entrecortado, le apretó la cabeza contra el coño con las dos manos, y cuando terminó de correrse se quedó tumbada con el pecho subiendo y bajando rápido.
Las dos se quedaron tumbadas un momento, hablando en voz baja, tocándose la cara. Luego Valeria se levantó y fue al armario. Sacó algo de una caja: un consolador de silicona, realista, de buen tamaño, con venas marcadas y un glande grueso.
—Chúpalo —le dijo a Noa, que obedeció sin dudarlo, abriendo la boca y tragándoselo casi entero, ensalivándolo de arriba abajo como si fuera una polla de verdad.
Cuando estuvo listo, Valeria se lo introdujo despacio, preguntándole cómo le gustaba. Noa dijo que lento y profundo. Valeria ajustó el ritmo, hundiéndolo hasta el fondo, sacándolo casi entero, volviendo a empujarlo. Mientras, Noa le acariciaba los muslos, intentando devolverle algo, pero sin poder concentrarse del todo.
Fue entonces cuando Rodrigo escuchó lo que cambió todo.
—Nunca me he corrido con una polla de verdad —dijo Noa entre jadeos—. Una de carne. No sé lo que me pierdo.
—Te pierdes bastante —respondió Valeria sin parar, retorciendo el consolador en su muñeca—. El plástico no calienta. No late. No te llena igual. El plástico no tiene nada que hacer.
—No tenemos uno a mano para comparar, así que sigue.
Rodrigo dejó de tocarse.
Sí que tenían uno a mano.
Se metió en su habitación, se quitó el resto de la ropa, cogió la caja de condones del cajón de la mesilla y respiró hondo. La polla le sobresalía recta, dura, palpitando, con el glande hinchado y enrojecido. Caminó por el pasillo. Abrió la puerta de la habitación de Noa. Apoyó una mano en el marco. Con la otra se sujetaba la verga, dejándola bien visible.
—¿Quién va a ser la primera? —dijo.
***
Las dos se quedaron quietas. No gritaron. No se cubrieron. Miraron su cara, bajaron la vista hasta la polla, y volvieron a mirar su cara.
El silencio duró tres segundos.
—Joder —murmuró Noa, sin apartar los ojos de la verga.
—Entra. Cierra la puerta —dijo Valeria.
Rodrigo tiró el paquete de condones sobre la cama. Valeria se puso a cuatro patas en el colchón, con el culo levantado hacia la puerta, los labios del coño brillantes y entreabiertos, y Noa tumbada delante de ella con las piernas abiertas. Rodrigo se arrodilló detrás de Valeria. Estaba tan húmeda que cuando acercó el glande notó el calor antes de rozarla siquiera. Bajó la cabeza y le pasó la lengua entera por la raja, de abajo arriba, recogiendo todo lo que Noa había dejado sin terminar. Sabía a sal y a hembra cachonda. Le metió la lengua dentro, le chupó el clítoris una vez, confirmando lo que ya intuía: que no iba a necesitar ningún tipo de preparación.
Se incorporó y abrió un condón.
—Quítatelo —dijo Valeria, mirando por encima del hombro—. Tomo la píldora. Me fío de ti. Quiero sentirla a pelo. Y quiero que te corras dentro.
Rodrigo lo pensó medio segundo y lo tiró al suelo.
Se sujetó la polla por la base y se la pasó por la raja, de arriba abajo, empapando el glande con los jugos de ella. Apoyó la punta en la entrada y empujó despacio. Valeria abrió la boca sin que saliera ningún sonido al principio. Centímetro a centímetro, Rodrigo entró sintiendo cómo el coño se abría para acomodarlo, apretado y caliente, ordeñándolo desde dentro. Cuando llegó hasta el fondo y el pubis chocó con las nalgas, se quedó ahí un instante, con las manos en sus caderas. Valeria exhaló por la nariz, con los ojos cerrados.
—Joder —susurró ella—. Joder, qué grande la tienes.
—¿Así? —preguntó él.
—Más rápido —respondió ella—. Fuerte. Fóllame fuerte. Rómpeme.
Rodrigo obedeció. Sacó la polla hasta dejar solo el glande dentro y la volvió a meter de un golpe seco. El ritmo que Valeria pedía era exactamente el que le gustaba a él: fuerza constante, sin intermitencias, embistiendo hasta el fondo cada vez. Las caderas de ambos chocaban con un sonido seco y repetido que llenaba la habitación, mezclado con el chapoteo del coño chorreando alrededor de la verga. Los pechos de Valeria se balanceaban debajo, los pezones rozando la sábana en cada empujón.
—Así —jadeaba ella—. Así, hijo de puta, así, no pares.
Valeria seguía manejando el consolador en Noa, pero el ritmo ya no era tan constante porque cada embestida de Rodrigo la descolocaba un poco, la empujaba hacia adelante y el consolador entraba más profundo de lo planeado. Noa lo estaba recibiendo de todas formas, con los ojos cerrados y las manos agarradas a las sábanas, mordiéndose el labio para no gritar.
Rodrigo le dio una palmada al culo de Valeria, primero suave, luego más fuerte cuando ella gimió pidiendo más. La marca roja de la mano le quedó dibujada en la nalga derecha. Le agarró las caderas con las dos manos y aceleró, follándola con un ritmo brutal que la hacía resbalar hacia adelante en cada embestida.
—Mírala —le dijo Valeria a Noa entre jadeos, con la voz quebrada—. Mira cómo me folla. Esto es lo que te pierdes, tonta.
Noa la miraba con los ojos muy abiertos. Le pasó la lengua por la boca abierta de Valeria, recogiendo un hilo de saliva. Le metió dos dedos en la boca para que se los chupara. Después bajó esos mismos dedos a su propio clítoris y se frotó mientras miraba la polla de Rodrigo entrando y saliendo del coño de Valeria, gruesa, brillante, cubierta de los jugos de ella.
Rodrigo intentó no fijar la vista en ningún punto demasiado tiempo. Cuando miraba hacia abajo, viendo cómo su polla a pelo desaparecía dentro de Valeria, se excitaba demasiado rápido. Cuando miraba la cara de Noa tocándose, lo mismo. Empezó a contar números primos en silencio para ganar tiempo: dos, tres, cinco, siete, once, trece... Llegó hasta el 2467 antes de que Valeria decidiera que ya era suficiente.
Se apartó de él con un sonido húmedo cuando la polla salió del coño, le dio un beso breve en la comisura de los labios y lo empujó suavemente hacia la cama, hasta dejarlo tumbado boca arriba. La verga le sobresalía vertical, empapada, brillando. Luego le retiró el consolador a Noa y lo tiró a un lado.
—Ahora tú —le dijo a Noa, señalando con la cabeza la polla de Rodrigo—. Pruébala. Cómprala.
Noa no dijo nada. Se acercó primero a cuatro patas, bajó la cabeza, y se la metió en la boca. Lo chupó largo, hasta el fondo de la garganta, con los ojos cerrados. Probó los jugos de Valeria en la piel de la polla, hizo una mueca de aprobación, y la sacó despacio dejándola brillante de saliva. Rodrigo gimió por primera vez en voz alta.
—Joder, Noa.
Se puso encima de él despacio, con las rodillas a ambos lados de sus caderas. Su coño afeitado, hinchado y rojo, se apoyó sobre la polla, aplastándola con sus labios externos antes de guiarla con la mano. Cuando notó la punta abriéndola, se detuvo un segundo. Frotó el glande arriba y abajo, presionando suave, dudando.
—Despacio —murmuró—. Es la primera de verdad.
—Despacio —repitió Rodrigo, casi sin voz.
No era lo mismo que el plástico. Era más caliente, más insistente, más presente en todos los sentidos. Bajó muy despacio, sintiendo cómo el glande la abría y luego cómo la verga gruesa le iba ocupando milímetro a milímetro un sitio que el silicona no había sabido llenar nunca. Rodrigo se quedó quieto, dejándola marcar el ritmo completamente, con los puños apretados contra las sábanas para no embestir. Cuando la tuvo casi entera, hizo una pausa, exhaló largo, y bajó el resto de golpe. Rodrigo elevó las caderas un poco, hundiéndose hasta los huevos, y Noa soltó un sonido entre sorpresa y alivio que se quedó flotando en la habitación.
—Dios —dijo en voz baja—. Dios mío. Late. Está latiendo dentro.
—Móntala —ordenó Valeria desde un lado—. Cabálgala como si fuera tuya.
Noa empezó a moverse. Primero arriba y abajo, despacio, sintiendo cada centímetro. Después en círculos, frotándose el clítoris contra el pubis de Rodrigo. Después con más confianza, levantándose hasta dejar solo el glande dentro y bajando de golpe, una y otra vez, hasta que los muslos le ardían y el coño le hacía un ruido líquido al recibirla.
Valeria se había colocado a su lado. Le mordía los pezones a Noa, le acariciaba los muslos, le sujetaba la cara y la besaba con lengua cuando Noa no sabía dónde mirar. Después le metió dos dedos en la boca, los sacó húmedos, y los bajó a frotarle el clítoris al ritmo que la polla entraba y salía. Noa empezó a gemir más alto, ya sin control, con la boca abierta sobre el pecho de Valeria.
Desde abajo, Rodrigo le había abierto paso a Valeria con la mano. Le agarró el muslo, la atrajo hasta tenerla a horcajadas sobre su cara, y le comió el coño desde abajo mientras Noa lo cabalgaba arriba. Le metió la lengua entera, le chupó el clítoris hinchado, le mordisqueó los labios internos. Valeria se inclinó hacia adelante apoyándose en el cabecero, abriendo más las piernas para que la lengua entrara más profundo.
—Más arriba —jadeó Valeria, agarrándose al cabecero—. Ahí. Justo ahí, no te muevas.
Los tres encontraron un ritmo común sin hablarlo. Noa se fue soltando, marcando las penetraciones con más confianza, apretando con los músculos del coño en cada bajada, ordeñándole la polla como había aprendido del consolador pero mejor, porque ahora podía sentir cómo el otro cuerpo respondía. Valeria, desde arriba, se inclinó hacia adelante hasta besar a Noa en la boca por encima de la cara de Rodrigo, sus cuerpos pegados, los pechos rozándose. Mientras se besaban, Rodrigo notaba el calor y el peso de las dos desde todos los ángulos posibles. La lengua en el coño de Valeria, la polla envuelta en el coño de Noa, las dos chicas gimiendo en su misma boca. No había planeado nada de esto. No había nada que planear.
Noa se corrió primero. Llevaba minutos al borde y cuando los dedos de Valeria volvieron al clítoris, mientras Rodrigo embestía hacia arriba con las caderas, se rompió por dentro. Soltó un grito largo, agarrándose a las dos, con todo el cuerpo rígido, y se le notó la corrida apretando la polla en espasmos calientes que casi llevaron a Rodrigo a terminar con ella.
—Joder, joder, joder —repetía—. Sí me corro con una polla, sí me corro, sí.
Valeria se rio en su boca y le mordió el labio inferior.
Rodrigo aguantó. Volvió a contar primos. Esperó a que Noa se calmara un poco, todavía con la verga dentro. Después la sujetó por la cintura, la levantó con cuidado, y la dejó tumbada de lado. Salió de ella brillante, empapada de los dos.
—Ven aquí —le dijo a Valeria.
Valeria se bajó de su cara y le dio la vuelta a Rodrigo de un empujón en el hombro, hasta dejarlo a él de rodillas detrás de ella otra vez. Se puso a cuatro patas, mirando hacia Noa, y le abrió las piernas a su compañera con una mano.
—Cómemelo mientras me folla —le pidió.
Noa obedeció. Se acomodó debajo, con la cabeza entre los muslos de Valeria, y empezó a chuparle el clítoris desde abajo justo cuando Rodrigo volvía a hundir la verga hasta el fondo. La lengua de Noa rozaba también la polla cada vez que entraba y salía, y eso le hizo a Rodrigo soltar un gruñido que no pudo contener.
Folló a Valeria con todo lo que le quedaba. La agarró del pelo desde detrás, tirando suave, mientras la otra mano le clavaba los dedos en la cadera. Cada embestida la empujaba contra la boca de Noa, y Valeria empezó a gritar sin cuidarse del volumen, mordiéndose el dorso de la mano para amortiguarlo a medias.
—Me corro —avisó ella—. Me corro, no pares, no pares, me corro.
Rodrigo no paró. Aceleró todavía más, hasta que los muslos le quemaban. Valeria se corrió con un grito ronco y largo, con todo el cuerpo temblando, ordeñándole la polla con un coño que se cerraba en espasmos. Noa siguió chupándole el clítoris durante toda la corrida, sin soltarla, hasta que Valeria le apartó la cabeza con la mano porque ya no podía más.
Rodrigo avisó cuando ya no podía aguantar más.
—Me voy.
Las dos se apartaron, se arrodillaron juntas a su lado y lo compartieron sin necesidad de repartirse turnos. Noa le metió la polla entera en la boca, chupando largo, y se la sacó dejándola brillante. Valeria la tomó después, hizo lo mismo, lamiéndole los huevos también de paso. Una atendía la punta con los labios mientras la otra trabajaba el tronco con la mano y los huevos con la lengua, luego cambiaban de posición sin hablarlo. Las dos bocas sobre la misma verga, los pechos juntos, las manos cruzándose.
—Córrete en nuestra cara —le pidió Valeria, mirándolo desde abajo con la polla a medio meter en la boca—. Las dos.
Cuando llegó el momento, Rodrigo soltó el sonido que llevaba media hora conteniendo, un gruñido ronco que le salió del fondo. Se sacó la polla de la boca de Noa y la sujetó por la base mientras la primera oleada saltaba lejos, cayendo en la mejilla de Valeria, bajándole por el cuello hasta el pecho. La segunda fue para Noa, larga, cruzándole el labio y la barbilla. La tercera y la cuarta salpicaron entre las dos, cayendo en los pechos de una y en el cuello de la otra. Lo que siguió cayó en las dos por partes, sin que ninguna lo esquivara, dejándolas marcadas de semen blanco y espeso.
Lo compartieron después también, igual que habían compartido todo esa noche. Valeria recogió una gota de la mejilla de Noa con el dedo y se la metió en su propia boca. Noa lamió el pecho de Valeria limpiándole un hilo que le bajaba por la areola. Se besaron pasándose lo que les quedaba entre las lenguas, mientras Rodrigo las miraba desde la cama, con la polla todavía erguida y latiendo, sin terminar de creerse del todo lo que estaba viendo.
La cama siguió siendo pequeña para tres. Pero ninguno hizo el menor esfuerzo por buscar más espacio.
