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Relatos Ardientes

Lo que empezó entre ellas terminó siendo de tres

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La cama de metro y medio no estaba pensada para tres personas. Para uno era amplia, para dos justa, para tres era un problema que ninguno de los que la ocupaban parecía querer resolver todavía. Valeria dormía de costado, pegada a Noa, que a su vez tenía una pierna encima de Rodrigo. Los tres estaban desnudos, con la sábana enredada en los pies y parte en el suelo.

La ropa de los tres cubría el parqué en un desorden que nadie había atendido la noche anterior. Los zapatos de Valeria junto a la pared, los vaqueros de Rodrigo cruzados encima de los de Noa. En el suelo, junto a la cama, un condón vacío y desechado. Solo uno. El resto de la noche había transcurrido sin protección, por decisión expresa de Valeria, que había dicho que tomaba la píldora y que confiaba en él.

Para los tres había sido su primera vez en esa combinación. Probablemente la última, al menos entre ellos.

***

Todo había empezado meses antes, cuando Valeria llegó a Salamanca para estudiar Psicología.

Valeria tenía veinte años esa noche y era la mayor del piso. Medía un metro sesenta y dos, tenía el pelo largo color miel que le caía hasta la mitad de la espalda cuando lo dejaba suelto, y era delgada pero con curvas bien distribuidas. Tenía la costumbre de subir siempre las escaleras andando, nunca en ascensor, lo que se notaba en sus piernas y en su culo. Su cara aún conservaba algo de suavidad juvenil. Era el tipo de chica que llamaba la atención en cualquier sitio sin proponérselo.

Rodrigo tenía dieciocho años y venía de Aragón. No era el más guapo de su facultad ni el más atlético, pero tenía una simpatía natural que funcionaba mejor que cualquiera de esas cosas. Pelo corto castaño, metro setenta, delgado. Lo que no se veía a primera vista era lo que Rodrigo llamaba en privado «el proyectil»: dieciocho centímetros terminados en punta, con un grosor que ninguna chica había olvidado después. Había tenido varias relaciones desde los quince años y sabía bien cómo usarlo, aunque prefería no presumir de eso de entrada.

Noa también tenía dieciocho años, pero era la más alta de los tres: un metro ochenta y dos de deporte acumulado. Primero patines, luego baloncesto, luego voleibol. Tenía el pelo negro muy corto, a la altura del cuello, una cara alargada con los labios carnosos y unos ojos verdes que eran lo primero en lo que se fijaba cualquiera cuando la miraba. Su cuerpo era el de una deportista: piernas musculadas, abdomen plano con un piercing en el ombligo, glúteos firmes y pechos pequeños con los pezones muy sensibles. Era lesbiana, o al menos eso creía hasta esa noche.

Los tres habían llegado a compartir piso por una cadena de coincidencias que ninguno había buscado. Valeria ya llevaba dos años en Salamanca cuando Rodrigo y Noa llegaron para estudiar Derecho, en el mismo curso y el mismo horario. Se habían conocido en redes sociales a lo largo de los años, habían coincidido alguna vez en vacaciones de verano, y cuando sus familias sugirieron que compartieran piso para ahorrar y cuidarse mutuamente, ninguno puso objeciones serias. Cuatro habitaciones, dos baños, cocina y terraza. El grupo de WhatsApp del piso se usaba para la compra, los turnos de limpieza y avisar cuando alguien traía compañía. La regla no escrita: en las zonas comunes, nada de sexo y nada de andar desnudo.

Llevaban cuatro meses viviendo así y funcionaba bien. Sus familias pensaban que era una solución práctica. Nadie había pensado que pudiera salir de otra manera.

***

Era la última noche antes del período de exámenes de diciembre. Los tres habían quedado para salir, pero cada uno llevaba sus propios planes secundarios.

Rodrigo llevaba semanas con Martina, una chica de Biología pelirroja y pecosa que era una sorpresa permanente en la cama. Esa noche, sin embargo, Martina tenía la regla y sus padres estaban en casa, así que los planes de Rodrigo se limitaban a un rato de magreo en el fondo de la discoteca y volver solo. Lo había aceptado.

Noa había quedado con Sofía, una chica de Ingeniería que estudiaba en otra ciudad, a media hora de distancia. Era la primera relación seria que Noa tenía en la universidad y estaba muy pillada. Más de lo que debería, quizás.

Valeria estaba con sus amigas sin ningún plan en particular. Esa noche había decidido no buscar nada, solo pasar un buen rato y desconectar.

La primera en irse fue Noa. Escribió en el grupo del piso que Sofía la había dejado, que estaba en casa, que estaba destrozada. Una excusa sobre la distancia, decía. Treinta kilómetros de distancia, si acaso.

Valeria leyó el mensaje antes que Rodrigo y le contestó en privado. Se despidió de sus amigas y se fue a casa a consolarla. Rodrigo, que ya había calculado que la noche con Martina no iba a ningún lado, leyó los mensajes y decidió que prefería eso a quedarse en la discoteca con las manos en los bolsillos. Se imaginó los tres en el salón con una botella hablando de desamores. Le pareció mejor plan. Se despidió y salió también.

Durante el camino hablaron de Noa, de Sofía, un poco de Martina. Rodrigo le contó que no la consideraba su novia de verdad, que sabía que ella tenía otras cosas en marcha. Valeria escuchó sin juzgar. Le contó algo que poca gente sabía: una vez, bastante borracha, se había liado con una amiga que ahora estudiaba fuera. Esperaba que la distancia lo mantuviera así.

Llegaron al piso. Valeria entró en la habitación de Noa y le dijo a Rodrigo que esperara, que ya lo llamaría si lo necesitaban. Rodrigo asintió, se cambió, se lavó la cara. La puerta seguía cerrada. No se escuchaban lloros ni voces altas.

Ese silencio le mosqueó.

Había pensado en hacerlo otras veces pero nunca se había atrevido. La terraza daba a las habitaciones de las dos chicas, que normalmente tenían las persianas bajadas. Pero Noa solía fumar en la terraza y a veces se olvidaba de cerrar del todo cuando volvía a entrar. Rodrigo salió descalzo y en silencio.

La persiana de Noa estaba entreabierta. Una rendija de cinco centímetros.

Se agachó a mirar.

***

Valeria estaba tumbada en la cama sin camiseta, con los vaqueros puestos y los zapatos en el suelo. Noa estaba inclinada sobre ella, comiéndole los pechos. Rodrigo se quedó paralizado, apoyado contra la pared.

Los pechos de Valeria eran grandes para su complexión, blancos con los pezones oscuros y duros. Noa pasaba de uno al otro con una lengua experta, y Valeria la guiaba con una mano en el pelo, diciéndole que no se dedicara solo a uno, que tenía dos. Los pezones de Noa, en cambio, eran pequeños y puntiagudos, todavía cubiertos por el sujetador que Valeria le estaba intentando desabrochar con una mano mientras con la otra le acariciaba el abdomen.

Rodrigo se estaba tocando por encima del pantalón casi sin darse cuenta.

Las dos pararon un momento para quitarse los pantalones, quedándose en ropa interior. Rodrigo se apartó de la rendija. Cuando escuchó que se habían vuelto a colocar, miró de nuevo. Ahora era Valeria la que estaba encima, mordiéndole los pezones a Noa mientras metía una mano dentro de su tanga.

Los gemidos llegaron pronto. Noa agarraba las sábanas con ambas manos. Valeria bajó despacio por su cuerpo, lamiendo el abdomen, bordeando el piercing con la punta de la lengua, hasta llegar abajo. Le quitó el tanga. Lo que hizo entonces hizo que Rodrigo tuviera que apoyarse en el marco de la ventana para no perder el equilibrio.

Tomó nota mental de todo. Del ritmo. De las pausas deliberadas. De cómo Valeria aceleraba justo cuando Noa estaba a punto, y entonces paraba, dejándola en el borde unos segundos, y volvía a empezar desde más abajo con la lengua en los labios externos mientras los dedos se quedaban dentro, quietos. Era un juego de control que Rodrigo observó con atención real, no solo como espectador.

Rodrigo ya no se tocaba por encima del pantalón. Se lo había sacado y lo sujetaba con la mano, despacio, para no precipitar nada.

Después de varios minutos, fue Noa quien se colocó encima. Era más directa, más eficiente. Sabía exactamente dónde ir y cómo. Valeria llegó en la mitad de tiempo.

Las dos se quedaron tumbadas un momento, hablando en voz baja, tocándose la cara. Luego Valeria se levantó y fue al armario. Sacó algo de una caja: un consolador de silicona, realista, de buen tamaño.

—Chúpalo —le dijo a Noa, que obedeció sin dudarlo.

Cuando estuvo listo, Valeria se lo introdujo despacio, preguntándole cómo le gustaba. Noa dijo que lento y profundo. Valeria ajustó el ritmo. Mientras, Noa le acariciaba los muslos, intentando devolverle algo, pero sin poder concentrarse del todo.

Fue entonces cuando Rodrigo escuchó lo que cambió todo.

—Nunca me he corrido con una polla de verdad —dijo Noa entre jadeos—. No sé lo que me pierdo.

—Te pierdes bastante —respondió Valeria sin parar—. El plástico no tiene nada que hacer.

—No tenemos uno a mano para comparar, así que sigue.

Rodrigo dejó de tocarse.

Sí que tenían uno a mano.

Se metió en su habitación, se quitó el resto de la ropa, cogió la caja de condones del cajón de la mesilla y respiró hondo. Caminó por el pasillo. Abrió la puerta de la habitación de Noa. Apoyó una mano en el marco. Con la otra se sujetaba.

—¿Quién va a ser la primera? —dijo.

***

Las dos se quedaron quietas. No gritaron. No se cubrieron. Miraron su cara, bajaron la vista, y volvieron a mirar su cara.

El silencio duró tres segundos.

—Entra. Cierra la puerta —dijo Valeria.

Rodrigo tiró el paquete de condones sobre la cama. Valeria estaba a cuatro patas en el colchón, con el culo hacia la puerta y Noa tumbada delante de ella con las piernas abiertas. Se arrodilló detrás de Valeria. Estaba tan húmeda que cuando acercó la punta notó el calor antes de rozarla siquiera. Bajó a probarla, solo un momento, confirmando lo que ya intuía: que no iba a necesitar ningún tipo de preparación.

Se incorporó y abrió un condón.

—Quítatelo —dijo Valeria—. Tomo la píldora. Me fío de ti.

Rodrigo lo pensó medio segundo y lo tiró al suelo.

Entró despacio la primera vez, sintiendo cada centímetro. Valeria exhaló con los ojos cerrados. Él empujó hasta el fondo y se quedó ahí un instante, con las manos en sus caderas.

—¿Así? —preguntó.

—Más rápido —respondió ella—. Fuerte.

Rodrigo obedeció. El ritmo que Valeria pedía era exactamente el que le gustaba a él: fuerza constante, sin intermitencias. Las caderas de ambos chocaban con un sonido seco y repetido que llenaba la habitación. Valeria seguía manejando el consolador en Noa, pero el ritmo ya no era tan constante porque cada embestida la descolocaba un poco. Noa lo estaba recibiendo de todas formas, con los ojos cerrados y las manos agarradas a las sábanas.

Rodrigo intentó no fijar la vista en ningún punto demasiado tiempo. Cuando miraba hacia abajo se excitaba demasiado rápido. Cuando miraba la cara de Noa, lo mismo. Empezó a contar números primos en silencio para ganar tiempo: dos, tres, cinco, siete, once, trece... Llegó hasta el 2467 antes de que Valeria decidiera que ya era suficiente.

Se apartó de él, le dio un beso breve en la comisura de los labios y lo empujó suavemente hacia la cama. Luego le retiró el consolador a Noa.

—Ahora tú —le dijo a Rodrigo, señalando con la cabeza a su compañera.

Noa no dijo nada. Se puso encima de él despacio, con las rodillas a ambos lados de sus caderas. Lo aplastó con sus labios externos antes de guiarle con la mano. Cuando notó la punta, se detuvo un segundo.

No era lo mismo que el plástico. Era más caliente, más insistente, más presente en todos los sentidos. Bajó muy despacio. Rodrigo se quedó quieto, dejándola marcar el ritmo completamente. Cuando la tuvo casi entera, elevó las caderas un poco, y Noa soltó un sonido entre sorpresa y alivio que se quedó flotando en la habitación.

—Dios —dijo en voz baja.

Valeria se había colocado a su lado. Le mordía los pezones, le acariciaba los muslos, le sujetaba la cara y la besaba cuando Noa no sabía dónde mirar. Desde abajo, Rodrigo le había abierto paso a Valeria con la mano y le comía el coño mientras Noa se movía encima de él, apretando con los músculos de las caderas en cada bajada.

Los tres encontraron un ritmo común sin hablarlo. Noa se fue soltando, marcando las penetraciones con más confianza, inclinándose hacia adelante para besar a Valeria mientras sus cuerpos seguían en movimiento. Rodrigo notaba el calor y el peso de las dos desde todos los ángulos posibles. No había planeado nada de esto. No había nada que planear.

Rodrigo avisó cuando ya no podía aguantar más. Las dos se apartaron, se arrodillaron juntas a su lado y lo compartieron sin necesidad de repartirse turnos: una atendía la punta mientras la otra trabajaba el tronco con la mano, luego cambiaban de posición sin hablarlo. Cuando llegó el momento, Rodrigo soltó el sonido que llevaba media hora conteniendo. Lo que siguió cayó en las dos por partes, sin que ninguna lo esquivara.

Lo compartieron después también, igual que habían compartido todo esa noche, pasándose con los labios lo que les llegaba mientras Rodrigo las miraba desde la cama sin terminar de creerse del todo lo que estaba viendo.

La cama siguió siendo pequeña para tres. Pero ninguno hizo el menor esfuerzo por buscar más espacio.

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Comentarios (10)

NocheBCN

Buenisimoo!!! me quede sin palabras al final jaja

Marce_BA

Por favor necesito una segunda parte, no me puedo quedar con esta duda. Muy bueno

ElCurioso99

jajaja Rodrigo no sabe si enojarse o dar gracias, tremendo dilema el del tipo

Tomi_Capital

Corto e intenso, exactamente lo que necesitaba leer hoy. Gracias

Iker

Tiene continuación esto?? Me quede con mil preguntas

Lau_Sur

Me recuerda a una situacion de mi edificio, uno nunca sabe lo que pasa detras de las ventanas jajaj. Muy bien escrito

MiriamS99

El giro del final no me lo esperaba para nada, muy bien logrado. Felicitaciones!

FedeMdq89

Ojala hubiera mas relatos asi en esta categoria. Original el planteo

Nadia_R

Me encanto el detalle de la persiana al principio. Esos pequeños detalles hacen que un relato se sienta real. Muy bueno!

rodrigo_baires

Me identifico con el personaje jaja, una vez me paso algo similar aunque no tan... interesante. Excelente

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