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Relatos Ardientes

El amor lésbico que el comandante descubrió

3.1(18)

La voz del comandante Sebastián las paralizó a las dos.

Habían pasado apenas unos minutos desde que sus labios se encontraron por primera vez esa tarde, y el sonido de sus pasos al otro lado de la puerta metálica las devolvió de golpe a la realidad. La enfermería era pequeña: apenas lo suficiente para una camilla, un armario con instrumental médico y un escritorio donde Vera fingía completar informes cuando no sabía cómo pasar el tiempo.

—¿Subteniente?

Vera se apartó de Marina como si la tela del uniforme quemara. Un segundo de miradas compartidas: los ojos abiertos y asustados de Marina, los suyos buscando con desesperación algo con qué ordenar el caos visible.

—Un momento, comandante —respondió, sorprendida de que la voz le saliera con algo parecido a la calma—. Estoy completando una revisión. Un momento, por favor.

Marina entendió sin que nadie tuviera que decirle nada. Se recolocó la camisa con dedos rápidos, se pasó los dedos por el cabello y se dejó caer sobre la camilla con una expresión que intentaba simular naturalidad. Vera le alcanzó una bata desechable, terminó de abrocharse el segundo botón del uniforme y dio los tres pasos que la separaban de la puerta.

El comandante Sebastián era un hombre de mediana estatura al que la armada había ido tallando durante décadas. Tenía el ceño permanentemente fruncido de los hombres que llevan años tomando decisiones que no admiten error. Cuando entró en la enfermería, sus ojos lo recorrieron todo en un segundo: el desorden contenido del habitáculo, la postura demasiado estudiada de su hija sobre la camilla, y la rigidez de Vera junto a la puerta.

—Me alegra encontrarlas a las dos —dijo, y su voz no reveló si aquello era ironía o alivio genuino—. Así no tengo que repetirme.

—Usted dirá, comandante. ¿En qué podemos ayudarle? —preguntó Vera, sosteniéndole la mirada.

—Agradezco el esfuerzo —respondió él, con algo que casi era humor—, pero creo que hablaremos mejor sin el protocolo. —Dirigió una mirada breve hacia Marina, se encogió de hombros y cerró la puerta—. Muy convincente. En fin.

Vera no dijo nada.

—Seré directo —continuó el comandante—. Son muy discretas, se lo reconozco. El problema es que en este barco no existe la privacidad. No como ustedes necesitan.

—No comprendo a qué se refiere —intentó Vera.

—Claro que lo comprendes. —No era un reproche; era casi una concesión—. Hay rumores. No pruebas, solo murmullos. Pero los rumores en un espacio cerrado crecen solos.

Marina se incorporó sobre la camilla.

—Pero eso no es…

El comandante levantó una mano abierta, y ella se detuvo.

—No es su culpa. La responsabilidad es mía. No calibré bien el riesgo cuando tomé ciertas decisiones. —Se frotó la nuca, ese gesto suyo de cuando las palabras no le salían en el orden correcto—. En este barco no hay mucha intimidad que digamos.

Vera lo miraba con la espalda recta, esperando.

—¿Por qué lo hizo? —preguntó finalmente—. ¿Por qué me dejó entender que tenía su beneplácito para estar con Marina?

La pregunta flotó en el aire reducido de la enfermería. Vera cruzó los pasos que la separaban de la camilla y posó la mano en el hombro de Marina. No fue un gesto calculado. Fue simplemente lo que hizo.

El comandante tardó en responder.

—Sinceramente —dijo—, pensé que cuando llegásemos a Famagusta ya habrían encontrado un reemplazo para esta misión. Que en unos días estarías de regreso en Lisboa, y todo esto quedaría sin nombre.

—Y aun así —dijo Marina—, si creías que duraría tan poco tiempo, ¿qué sentido tenía propiciarlo?

Él la miró con algo que Vera reconoció como culpa.

—Nunca te había visto así. —La voz del comandante se había vuelto más baja, casi privada—. Hay algo diferente en ti desde hace semanas. En tu manera de moverte, de mirar. No sé cómo explicarlo con precisión. Algo que no había visto antes, y quise darte la oportunidad de saber qué era.

—¿Y qué propone que hagamos ahora? —preguntó Vera.

El comandante exhaló despacio.

—Lo único que pueden hacer —dijo— es continuar como hasta ahora. Con la mayor discreción posible. Y esperar a que nadie me traiga nada más que rumores. Mientras sea solo eso, puedo manejarlo.

—¿Crees que será suficiente? —preguntó Marina, mirando a su padre con esa franqueza directa que Vera le había descubierto desde el primer día.

—Creo que sí. La tripulación te aprecia. Y Vera lleva el tiempo suficiente aquí para haberse ganado el respeto de los suyos. Nadie va a buscarse problemas innecesarios. —Hizo una pausa—. ¿Puedes dejarnos solos un momento, Marina? Por favor.

Marina torció el gesto. Conocía ese tono: amable en la superficie, inflexible por dentro. Saltó de la camilla sin decir nada, y al pasar junto a su padre le lanzó una mirada que lo decía todo. La puerta se cerró con un clic metálico.

***

El comandante se quedó mirando la puerta unos segundos antes de volverse hacia Vera.

—Ahora podemos hablar tú y yo —dijo.

—¿No era eso lo que estábamos haciendo?

—Sí. Pero hay algo más. Algo que me preocupa especialmente. —Cruzó los brazos y la miró fijamente—. Ella es mi hija. No importa los años que tenga ni los galones que lleve. Así que necesito que me respondas con sinceridad.

—Por supuesto.

—No necesito que me expliques qué siente ella. La conozco bien. Lo que veo en su cara cuando habla de ti, cuando entra a una habitación donde estás tú... —Hizo una pausa—. Lo que necesito saber son tus intenciones.

Vera no pudo evitar que los labios le temblaran en algo que casi era una sonrisa.

—Sé que suena anticuado —continuó él, con una expresión que mezclaba la incomodidad con la firmeza—. No me importa. Si lo que sientes por ella no es serio, si es solo deseo pasajero, te pido que lo dejes antes de causarle más daño. Te garantizo que no querrás saber de lo que soy capaz.

—Comandante. —Vera dio un paso hacia él. Posó la mano en su hombro con una cautela que era a la vez respeto y determinación—. ¿Puedo ser completamente honesta?

Él asintió.

—No sé lo que depara el futuro. No tengo esa certeza. Pero lo que siento por su hija es real. Es la primera vez en mi vida que siento algo así. Y haré todo lo que esté en mi mano para no hacerle daño. —Hizo una pausa—. Le doy mi palabra.

El comandante la estudió durante un momento que a Vera le pareció demasiado largo.

—Eso es suficiente —dijo finalmente.

—¿Suficiente?

—Para mí, sí. —Bajó la vista un instante y luego la volvió a levantar—. Solo te queda un obstáculo por delante.

—¿Cuál?

—Si crees que soy protector —dijo, y en sus labios apareció algo que en otra persona sería una sonrisa—, espera a conocer a mi mujer. O a Rebeca. —Lo dijo como si ella fuera a saber de quién hablaba, y salió sin más explicaciones.

Vera se quedó sola en la enfermería con el zumbido constante del motor del barco y el peso incierto de lo que acababa de ocurrir.

***

Marina estaba en el pasillo, sentada en el suelo con la espalda apoyada en la pared metálica y fría, las rodillas abrazadas y la barbilla sobre ellas. Levantó los ojos cuando Vera salió.

—¿Te ha dado la charla?

—Sí —respondió Vera, y se sentó a su lado en el suelo del pasillo.

Marina frunció el ceño.

—Lo siento. Cuando se le mete algo en la cabeza…

—No tienes que disculparte. Además, tenía razón en algunas cosas.

Marina la miró con cautela.

—¿En cuáles?

Vera tardó un momento en responder.

—En que eres fuerte —dijo—. Y apasionada. Y decidida. —Hizo una pausa—. Y te amo.

Marina abrió los ojos de golpe.

—¿Estás segura?

—No sé de qué otra forma llamarlo. —Vera buscó las palabras con la lentitud de alguien que no está acostumbrada a decirlas en voz alta—. Cada mañana me descubro pensando en ti antes de estar del todo despierta. Cuando entras a un lugar, mis ojos van solos hacia donde estás. El calor de tu piel, el sonido de tu voz, la manera en que te mueves, cómo confías en mí cuando te entregas... —Se pasó la lengua por los labios, de pronto secos—. Te dije que creía estar enamorándome de ti. No fui del todo honesta. Porque ya entonces lo sabía con certeza.

Marina la miraba sin parpadear.

—Y si no es amor —continuó Vera—, dime tú cómo lo llamamos.

—Bésame —susurró Marina.

***

Volvieron a la enfermería. La puerta se cerró, y esta vez no hubo pasos al otro lado.

El beso comenzó despacio, con esa calma que tienen las cosas que ya no necesitan esconderse. Pero la calma duró poco. Las manos de Vera encontraron la cintura de Marina, y Marina tensó los dedos en su nuca, y lo que había empezado como ternura se fue convirtiendo en urgencia. Se besaban con la boca abierta, buscándose las lenguas, mordiéndose los labios, respirando la una dentro de la otra como si llevaran semanas ahogándose.

Vera la empujó contra la camilla sin dejar de besarla. Le arrancó la camisa del uniforme tirando de los faldones, y cuando los botones se resistieron, metió la mano por debajo y le apretó una teta por encima del sujetador, sintiendo el pezón endurecerse contra la palma.

—Joder —jadeó Marina—. Joder, Vera.

—Calla —le respondió ella al oído, mordiéndole el lóbulo—. Discreción, ¿recuerdas?

—Vete a la mierda.

Vera se rió contra su cuello y le mordió la piel justo encima de la clavícula, lo bastante fuerte para dejarle marca. Marina soltó un gemido ahogado y le clavó las uñas en los hombros. Con dedos ansiosos le desabrochó la camisa a Vera, botón por botón, hasta que consiguió abrírsela y bajársela por los brazos. Le desabrochó el sujetador de un tirón y se lo arrancó, y luego se lanzó a la boca de sus tetas con una hambre que a Vera se le clavó directamente entre las piernas.

—Así —susurró Vera, sujetándole la nuca, apretándose contra su boca—. Así, chúpame, no pares.

Marina le mordió el pezón con la punta de los dientes y luego lo lamió despacio para calmar el ardor. Vera dejó escapar un gemido grave que tuvo que ahogar contra el hombro de Marina para que no atravesara las paredes finas de la enfermería. Con las manos temblándole del deseo, terminó de desabrocharle la camisa a Marina, se la sacó por los hombros, le desprendió el sujetador y por primera vez esa tarde tuvo a Marina desnuda de cintura para arriba, con los pezones duros y el pecho subiendo y bajando a un ritmo que no podía ya disimular.

La empujó sobre la camilla. Le desabrochó el pantalón, se lo bajó de un tirón junto con las bragas, y las tiró al suelo en un montón. Marina quedó desnuda del todo, con las piernas abiertas por el gesto brusco, y el coño ya brillante, empapado, con el vello húmedo pegado a la piel.

—Mírate —murmuró Vera, arrodillándose a los pies de la camilla—. Mírate cómo estás. Ya me estás chorreando y todavía no te he tocado ahí.

—No hables tanto —susurró Marina, con la voz ronca, retorciéndose—. Cómemelo. Por favor.

Vera le pasó las manos por dentro de los muslos, abriéndoselos más, sosteniéndoselos contra la camilla. Se agachó y le sopló despacio sobre el coño mojado, viendo cómo Marina daba una sacudida y se mordía el dorso de la mano para no gritar. Luego bajó la boca y la lamió de abajo hacia arriba, lentamente, con la lengua plana, recogiendo todo el sabor salado que ya la esperaba. Marina soltó un quejido apretado que se le escapó entre los dedos.

—Ssshhh —murmuró Vera contra su coño, y el propio zumbido de su voz hizo que Marina arquease la espalda—. Te van a oír.

—Cállate y sigue.

Vera obedeció. Le separó los labios del coño con dos dedos y le buscó el clítoris con la punta de la lengua. Lo encontró duro, hinchado, latiendo. Empezó a lamerlo en círculos pequeños, cerrando los labios en torno a él, chupándolo con una succión suave que hizo temblar las piernas de Marina a ambos lados de su cabeza. Marina le hundió una mano en el pelo, agarrándoselo con fuerza, guiándola.

—Así —susurraba Marina, con los ojos cerrados—. Así, no pares, no pares, no pares.

Vera le metió dos dedos a la vez, entrándole hasta el fondo con la facilidad que le daba lo empapada que estaba. Marina soltó un gemido que ya no pudo contener y tuvo que morderse el antebrazo para amortiguarlo. Vera empezó a follársela con los dedos mientras seguía chupándole el clítoris, entrando y saliendo con un ritmo firme, curvando los dedos hacia arriba para tocarle ese punto por dentro que ya conocía bien, que había aprendido a encontrar en las pocas noches robadas que llevaban.

Marina se contorsionaba sobre la camilla, con una mano agarrada al borde metálico y la otra en el pelo de Vera, empujándole la cabeza contra su coño, restregándose contra su boca sin ningún pudor. Le chorreaba por la barbilla, y a Vera le encantaba, y quería más, y le metió los dedos más adentro, y le succionó el clítoris con más fuerza, y notó cómo el cuerpo de Marina empezaba a tensarse bajo el suyo, cómo los músculos de sus muslos temblaban, cómo por dentro se le apretaba y se le apretaba hasta hacerle daño en los dedos.

—Me corro —jadeó Marina, casi sin voz—. Vera, me estoy corriendo, me estoy…

Vera no paró. Le chupó el clítoris más rápido, le empujó los dedos más hondo, y sintió cómo el coño de Marina se le cerraba en espasmos, cómo el cuerpo entero se le sacudía sobre la camilla, cómo se ahogaba un grito contra el brazo con el que se tapaba la boca. Marina se corrió chorreándole en la mano, temblando entera durante lo que parecieron minutos, con los talones clavados en la espalda de Vera y las caderas moviéndose por su cuenta.

Cuando por fin cayó floja sobre la camilla, con el pecho subiendo y bajando y los ojos vidriosos, Vera le sacó los dedos despacio y se los metió en la boca, chupándose el sabor de Marina delante de sus ojos.

—Ven aquí —susurró Marina, tirando de ella con las pocas fuerzas que le quedaban—. Ven, súbete, quiero probarme en tu boca.

Vera se subió sobre ella y la besó, dejándole probar en la lengua su propio sabor. Marina gimió dentro del beso, chupándole los labios, la mandíbula, la barbilla mojada. Le pasó las manos por la espalda y le buscó el cierre del pantalón.

—Ahora tú —dijo Marina—. Quítate esto. Todo. Ya.

Vera se incorporó sobre las rodillas encima de la camilla, se desabrochó el pantalón y se lo bajó junto con las bragas, sacándoselos con torpeza porque tenía las piernas dobladas y el sitio era estrecho. Cuando por fin quedó desnuda, Marina se sentó y le agarró las caderas con las dos manos.

—Súbete a mi cara —le ordenó—. Ahora.

Vera obedeció. Se subió a horcajadas sobre su cabeza, apoyándose en el borde de la camilla y en la pared para no perder el equilibrio, y bajó las caderas hasta que el coño le rozó la boca abierta de Marina. Marina la agarró por el culo con las dos manos, se la apretó contra la cara, y le sacó la lengua entera para lamerle todo el coño de una vez.

—Ay, joder —gimió Vera, tapándose la boca con la mano—. Marina, joder.

Marina no le dio tregua. Le lamió el coño con la lengua entera, empujándosela dentro, sacándola, chupándole los labios, subiendo hasta el clítoris y bajando otra vez. Le clavaba las uñas en las nalgas, se la apretaba más contra la cara, se la comía como si llevara días con hambre. Vera se agarraba a la pared con una mano y con la otra se apretaba una teta, pellizcándose el pezón, con la boca abierta en un gemido continuo que apenas conseguía ahogar.

Empezó a moverse encima de la cara de Marina, restregándose despacio, buscando el ángulo que le gustaba. Marina le respondía subiendo la barbilla, chupándole el clítoris cada vez que se lo ponía delante. Vera notó cómo el placer le subía en oleadas desde el vientre, cómo las piernas empezaban a temblarle, cómo ya no iba a durar mucho.

—Métemelos —le pidió con un hilo de voz—. Los dedos. Por detrás.

Marina soltó una nalga y le buscó el culo con dos dedos. Se los mojó primero en el coño chorreante, subiendo y bajando por el perineo, y luego le apretó el agujero con la punta hasta que consiguió meterle uno, despacio, hasta el fondo. Vera dio una sacudida y ahogó un grito contra el antebrazo. Marina le metió el segundo dedo, y siguió comiéndole el coño al mismo tiempo, y a Vera se le nubló la vista.

—Me corro —susurró Vera—. Me corro, no pares, me corro, me corro.

Se corrió empujándose contra la boca de Marina, con la mano tapándose la propia boca para no despertar al barco entero, temblando encima de ella con oleadas que le salían del vientre y le bajaban por los muslos. Sintió el coño contraérsele en torno a la lengua de Marina, sintió los dedos de Marina moviéndose dentro de su culo, y se dejó caer despacio hacia adelante, apoyándose en la pared, jadeando.

Se dejó caer al lado de Marina en la camilla, ambas desnudas, sudadas, respirando entrecortadamente. Marina se giró de lado y le pasó una pierna por encima, buscando su boca. Se besaron largo, ahora sí despacio, saboreándose la una en la otra.

—No hemos terminado —murmuró Marina contra sus labios.

—No —confirmó Vera—. No hemos terminado.

Se colocaron de lado en la camilla estrecha, cara a cara, con las piernas entrelazadas. Marina levantó una pierna y la apoyó sobre la cadera de Vera. Vera hizo lo mismo. Y así, con los coños abiertos el uno contra el otro, empezaron a moverse despacio, restregándose, buscándose. Marina bajó una mano y les separó los labios a las dos con los dedos, ajustándolas hasta que los clítoris quedaron frotándose directamente el uno contra el otro.

—Así —jadeó Marina—. Así, moviéndote así.

Empezaron a follarse de esa manera, coño contra coño, con un ritmo lento que fue creciendo poco a poco. Vera notaba lo empapada que seguía estando Marina, lo caliente que estaba, cómo su clítoris se le apretaba contra el suyo cada vez que empujaba. Se agarraron por las caderas la una a la otra, se atrajeron más, se buscaron con los ojos abiertos. Marina tenía los labios entreabiertos y la respiración cortada, y Vera no podía dejar de mirarla.

—Te amo —susurró Vera sin dejar de moverse—. Te amo, te amo, te amo.

—Y yo a ti —le respondió Marina, tirando de ella para pegarse más—. Y yo a ti. Más fuerte. Más fuerte, Vera.

Se movieron más rápido, restregándose, empapándose la una a la otra, con la camilla crujiendo debajo. Vera bajó la mano y buscó el clítoris de Marina con los dedos mientras seguían frotándose, dándole con la yema en círculos rápidos. Marina le respondió metiéndole otra vez los dedos en el coño, dos, luego tres, follándosela mientras Vera le trabajaba el clítoris.

Se corrieron casi a la vez, ahogándose los gemidos la una en la boca de la otra, temblando abrazadas en la camilla estrecha. Marina soltó un sollozo mudo contra su cuello. Vera le mordió el hombro para no gritar. Se quedaron quietas después, apretadas, sudorosas, con los corazones latiéndoles tan fuerte que casi se los oían.

La enfermería era pequeña y las paredes eran finas, y afuera el motor del barco seguía su rumbo constante e indiferente. Pero ahí, en ese habitáculo de luz blanca y olor a antiséptico ahora mezclado con el olor de las dos, Vera y Marina habían construido algo que ningún decreto ni ningún protocolo iba a deshacer.

Afuera, el barco seguía su rumbo.

Adentro, el tiempo había dejado de importar.

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3.1(18)

Comentarios(9)

Celeste

Dios mio!!! que tension desde el primer parrafo, me dejo pegada a la pantalla

Marce_BA

Por favor una segunda parte, justo cuando mas emocionante se ponia lo cortas jajaja. Quede con muchisimas ganas de saber como sigue

lagarto46

Muy bueno, el ambiente del barco le da un toque diferente. No es lo tipico y se agradece

Luna_22

La parte del comandante me mato de los nervios jaja, tremendo

Fede1993

Me atrapo desde la primera linea. Esa mezcla de miedo y deseo esta muy bien lograda, felicitaciones!

pampero1979

Me recordo a una novela que lei hace años con ese mismo clima de secretos en espacios cerrados. Se siente muy real, bien escrito de verdad.

Romina_84

sigue asi!!! me encanto

lector001

Que bien lograste transmitir esa claustrofobia mezclada con la pasion. El detalle de la enfermeria del barco es increible como ambientacion. Espero el proximo con ansias.

Barbara

Hermoso relato, me gusto mucho como esta narrado. Saludos desde Chile!

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