El amor lésbico que el comandante descubrió
La voz del comandante Sebastián las paralizó a las dos.
Habían pasado apenas unos minutos desde que sus labios se encontraron por primera vez esa tarde, y el sonido de sus pasos al otro lado de la puerta metálica las devolvió de golpe a la realidad. La enfermería era pequeña: apenas lo suficiente para una camilla, un armario con instrumental médico y un escritorio donde Vera fingía completar informes cuando no sabía cómo pasar el tiempo.
—¿Subteniente?
Vera se apartó de Marina como si la tela del uniforme quemara. Un segundo de miradas compartidas: los ojos abiertos y asustados de Marina, los suyos buscando con desesperación algo con qué ordenar el caos visible.
—Un momento, comandante —respondió, sorprendida de que la voz le saliera con algo parecido a la calma—. Estoy completando una revisión. Un momento, por favor.
Marina entendió sin que nadie tuviera que decirle nada. Se recolocó la camisa con dedos rápidos, se pasó los dedos por el cabello y se dejó caer sobre la camilla con una expresión que intentaba simular naturalidad. Vera le alcanzó una bata desechable, terminó de abrocharse el segundo botón del uniforme y dio los tres pasos que la separaban de la puerta.
El comandante Sebastián era un hombre de mediana estatura al que la armada había ido tallando durante décadas. Tenía el ceño permanentemente fruncido de los hombres que llevan años tomando decisiones que no admiten error. Cuando entró en la enfermería, sus ojos lo recorrieron todo en un segundo: el desorden contenido del habitáculo, la postura demasiado estudiada de su hija sobre la camilla, y la rigidez de Vera junto a la puerta.
—Me alegra encontrarlas a las dos —dijo, y su voz no reveló si aquello era ironía o alivio genuino—. Así no tengo que repetirme.
—Usted dirá, comandante. ¿En qué podemos ayudarle? —preguntó Vera, sosteniéndole la mirada.
—Agradezco el esfuerzo —respondió él, con algo que casi era humor—, pero creo que hablaremos mejor sin el protocolo. —Dirigió una mirada breve hacia Marina, se encogió de hombros y cerró la puerta—. Muy convincente. En fin.
Vera no dijo nada.
—Seré directo —continuó el comandante—. Son muy discretas, se lo reconozco. El problema es que en este barco no existe la privacidad. No como ustedes necesitan.
—No comprendo a qué se refiere —intentó Vera.
—Claro que lo comprendes. —No era un reproche; era casi una concesión—. Hay rumores. No pruebas, solo murmullos. Pero los rumores en un espacio cerrado crecen solos.
Marina se incorporó sobre la camilla.
—Pero eso no es…
El comandante levantó una mano abierta, y ella se detuvo.
—No es su culpa. La responsabilidad es mía. No calibré bien el riesgo cuando tomé ciertas decisiones. —Se frotó la nuca, ese gesto suyo de cuando las palabras no le salían en el orden correcto—. En este barco no hay mucha intimidad que digamos.
Vera lo miraba con la espalda recta, esperando.
—¿Por qué lo hizo? —preguntó finalmente—. ¿Por qué me dejó entender que tenía su beneplácito para estar con Marina?
La pregunta flotó en el aire reducido de la enfermería. Vera cruzó los pasos que la separaban de la camilla y posó la mano en el hombro de Marina. No fue un gesto calculado. Fue simplemente lo que hizo.
El comandante tardó en responder.
—Sinceramente —dijo—, pensé que cuando llegásemos a Famagusta ya habrían encontrado un reemplazo para esta misión. Que en unos días estarías de regreso en Lisboa, y todo esto quedaría sin nombre.
—Y aun así —dijo Marina—, si creías que duraría tan poco tiempo, ¿qué sentido tenía propiciarlo?
Él la miró con algo que Vera reconoció como culpa.
—Nunca te había visto así. —La voz del comandante se había vuelto más baja, casi privada—. Hay algo diferente en ti desde hace semanas. En tu manera de moverte, de mirar. No sé cómo explicarlo con precisión. Algo que no había visto antes, y quise darte la oportunidad de saber qué era.
—¿Y qué propone que hagamos ahora? —preguntó Vera.
El comandante exhaló despacio.
—Lo único que pueden hacer —dijo— es continuar como hasta ahora. Con la mayor discreción posible. Y esperar a que nadie me traiga nada más que rumores. Mientras sea solo eso, puedo manejarlo.
—¿Crees que será suficiente? —preguntó Marina, mirando a su padre con esa franqueza directa que Vera le había descubierto desde el primer día.
—Creo que sí. La tripulación te aprecia. Y Vera lleva el tiempo suficiente aquí para haberse ganado el respeto de los suyos. Nadie va a buscarse problemas innecesarios. —Hizo una pausa—. ¿Puedes dejarnos solos un momento, Marina? Por favor.
Marina torció el gesto. Conocía ese tono: amable en la superficie, inflexible por dentro. Saltó de la camilla sin decir nada, y al pasar junto a su padre le lanzó una mirada que lo decía todo. La puerta se cerró con un clic metálico.
***
El comandante se quedó mirando la puerta unos segundos antes de volverse hacia Vera.
—Ahora podemos hablar tú y yo —dijo.
—¿No era eso lo que estábamos haciendo?
—Sí. Pero hay algo más. Algo que me preocupa especialmente. —Cruzó los brazos y la miró fijamente—. Ella es mi hija. No importa los años que tenga ni los galones que lleve. Así que necesito que me respondas con sinceridad.
—Por supuesto.
—No necesito que me expliques qué siente ella. La conozco bien. Lo que veo en su cara cuando habla de ti, cuando entra a una habitación donde estás tú... —Hizo una pausa—. Lo que necesito saber son tus intenciones.
Vera no pudo evitar que los labios le temblaran en algo que casi era una sonrisa.
—Sé que suena anticuado —continuó él, con una expresión que mezclaba la incomodidad con la firmeza—. No me importa. Si lo que sientes por ella no es serio, si es solo deseo pasajero, te pido que lo dejes antes de causarle más daño. Te garantizo que no querrás saber de lo que soy capaz.
—Comandante. —Vera dio un paso hacia él. Posó la mano en su hombro con una cautela que era a la vez respeto y determinación—. ¿Puedo ser completamente honesta?
Él asintió.
—No sé lo que depara el futuro. No tengo esa certeza. Pero lo que siento por su hija es real. Es la primera vez en mi vida que siento algo así. Y haré todo lo que esté en mi mano para no hacerle daño. —Hizo una pausa—. Le doy mi palabra.
El comandante la estudió durante un momento que a Vera le pareció demasiado largo.
—Eso es suficiente —dijo finalmente.
—¿Suficiente?
—Para mí, sí. —Bajó la vista un instante y luego la volvió a levantar—. Solo te queda un obstáculo por delante.
—¿Cuál?
—Si crees que soy protector —dijo, y en sus labios apareció algo que en otra persona sería una sonrisa—, espera a conocer a mi mujer. O a Rebeca. —Lo dijo como si ella fuera a saber de quién hablaba, y salió sin más explicaciones.
Vera se quedó sola en la enfermería con el zumbido constante del motor del barco y el peso incierto de lo que acababa de ocurrir.
***
Marina estaba en el pasillo, sentada en el suelo con la espalda apoyada en la pared metálica y fría, las rodillas abrazadas y la barbilla sobre ellas. Levantó los ojos cuando Vera salió.
—¿Te ha dado la charla?
—Sí —respondió Vera, y se sentó a su lado en el suelo del pasillo.
Marina frunció el ceño.
—Lo siento. Cuando se le mete algo en la cabeza…
—No tienes que disculparte. Además, tenía razón en algunas cosas.
Marina la miró con cautela.
—¿En cuáles?
Vera tardó un momento en responder.
—En que eres fuerte —dijo—. Y apasionada. Y decidida. —Hizo una pausa—. Y te amo.
Marina abrió los ojos de golpe.
—¿Estás segura?
—No sé de qué otra forma llamarlo. —Vera buscó las palabras con la lentitud de alguien que no está acostumbrada a decirlas en voz alta—. Cada mañana me descubro pensando en ti antes de estar del todo despierta. Cuando entras a un lugar, mis ojos van solos hacia donde estás. El calor de tu piel, el sonido de tu voz, la manera en que te mueves, cómo confías en mí cuando te entregas... —Se pasó la lengua por los labios, de pronto secos—. Te dije que creía estar enamorándome de ti. No fui del todo honesta. Porque ya entonces lo sabía con certeza.
Marina la miraba sin parpadear.
—Y si no es amor —continuó Vera—, dime tú cómo lo llamamos.
—Bésame —susurró Marina.
***
Volvieron a la enfermería. La puerta se cerró, y esta vez no hubo pasos al otro lado.
El beso comenzó despacio, con esa calma que tienen las cosas que ya no necesitan esconderse. Pero la calma duró poco. Las manos de Vera encontraron la cintura de Marina, y Marina tensó los dedos en su nuca, y lo que había empezado como ternura se fue convirtiendo en urgencia.
Vera la besaba con una intensidad que llevaba semanas contenida. Sus manos recorrían el cuerpo de Marina sin el miedo de antes, sin la vigilancia constante que les había robado cada caricia. Deslizó los labios por su garganta, sintió el pulso acelerado bajo la piel, mordisqueó con suavidad la base del cuello.
Marina dejó escapar un suspiro que fue casi un quejido, y se mordió el labio inferior.
—Ssshhh —murmuró Vera contra su piel—. Discreción, recuerdas.
—No seas cruel —respondió Marina, con la voz ronca.
Vera sonrió contra su clavícula y continuó.
Desabrochó los botones de la camisa uno a uno, sin prisa, como si el tiempo hubiera decidido por fin ponerse de su parte. Posó los labios en el centro del pecho de Marina, entre sus senos, sintió la respiración de ella cambiar, hacerse más corta, más irregular. Se alzó sobre sus codos y la miró.
Marina tenía los ojos entreabiertos, los labios separados, el cabello desparramado sobre la almohada de la camilla. Era una imagen que Vera guardó como se guardan las cosas que no se quieren olvidar.
—¿Qué te pasa? —preguntó Marina en voz muy baja, rozando su mejilla con los dedos—. ¿Por qué te detienes?
—Necesito escucharlo —dijo Vera—. Que tú también…
—¿Que también te amo? —Marina la miró fijamente—. Te amo. Ahora deja de detenerte.
—Mi peso va a molestarte…
—Calla —la interrumpió Marina, enredando los dedos en su cabello y atrayendo su cabeza hacia abajo—. Quiero sentirte encima. Tu calor. —Arqueó el cuerpo hacia ella—. Por favor.
Vera no volvió a protestar.
Se dejó caer despacio, sosteniéndose sobre los codos para no aplastarla, y sintió el cuerpo de Marina ajustarse al suyo con esa naturalidad que todavía la sorprendía. Las manos de Marina recorrieron su espalda, y Vera retomó el camino que había interrumpido.
La piel de Marina era cálida y olía a algo limpio que no tenía nombre exacto. Vera descendió centímetro a centímetro, atenta a cada estremecimiento, a cada contención del aliento, a cada pequeño sonido que Marina luchaba por reprimir. Sus labios encontraron uno de sus senos y lo trabajaron con calma, sin prisa, mientras la mano libre descendía por su costado hasta el borde del pantalón.
Marina cerró los ojos y apretó los labios para no hacer ruido.
Los dedos de Vera encontraron el botón del pantalón. Lo desabrochó con una lentitud deliberada, midiendo cada centímetro de respuesta en el cuerpo que tenía debajo. El tejido cedió, y la mano de Vera continuó avanzando por el territorio cálido que había debajo. Marina inhaló con fuerza y apretó las manos contra sus hombros.
—¿Bien? —preguntó Vera, la boca todavía sobre su pecho.
—Sí —respondió Marina, sin abrir los ojos—. Muy bien.
—Entonces no hagas ruido —murmuró Vera, y sonrió contra su piel antes de continuar.
La enfermería era pequeña y las paredes eran finas, y afuera el motor del barco seguía su rumbo constante e indiferente. Pero ahí, en ese habitáculo de luz blanca y olor a antiséptico, Vera y Marina habían construido algo que ningún decreto ni ningún protocolo iba a deshacer.
Afuera, el barco seguía su rumbo.
Adentro, el tiempo había dejado de importar.