El masaje que despertó mi primera vez con una mujer
Me llamo Camila y tengo veintiocho años. Hace tiempo que tengo ganas de contar cómo fue mi primera vez con una mujer, y creo que ya es hora. Las leo a todas en este sitio desde hace años, así que perdonen si me extiendo de más.
A los diecinueve años el sexo todavía no ocupaba demasiado lugar en mi cabeza. Había estado una sola vez con un chico, una experiencia tibia que no me dejó nada, y algunos manoseos con novios pasajeros que tampoco prendieron. No me masturbaba, no veía películas, no fantaseaba. Era como si esa parte de mí estuviera esperando que alguien la encendiera.
Vivía —y vivo— en un pueblo del interior, a casi cuatrocientos kilómetros de la capital. Calles de tierra, una sola plaza, dos kioscos y un calor pegajoso que se metía en la ropa. Aquel enero el aburrimiento era tan grande que mi amiga Soledad y yo arrastrábamos las tardes hasta lo de su prima Mariela, que tenía pileta y aire acondicionado.
Mariela debía tener unos cuarenta y pico. Era esteticista, atendía en su casa, y tenía un cuerpo que llamaba la atención hasta de las mujeres que pasábamos por la vereda. Caderas anchas, hombros suaves, una sonrisa permanente que te hacía sentir que la conocías de toda la vida. Nos trataba como dos hermanas menores, pero a veces, cuando me miraba un segundo de más, yo sentía un calor distinto al del sol.
—¿Se quedan a comer? —nos preguntaba siempre, y nosotras siempre decíamos que sí.
Pasábamos la tarde flotando en la pileta, escuchando música en la galería, mientras ella entraba y salía del consultorio atendiendo clientas. Cuando se desocupaba, se sentaba con nosotras a tomar algo fresco. Hablaba de todo sin filtros: de sus exnovios, de un viaje que había hecho a Brasil, de una mujer con la que había estado en aquel viaje. Lo soltaba como si nada, como contar qué había desayunado.
Una tarde, Soledad se tuvo que ir a hacer un trámite con la madre. Quedé sola con Mariela. Yo estaba en bikini, tirada en una reposera, y ella se acomodó a mi lado con una limonada.
—¿Y vos, Cami? ¿Novio, no novio, alguna historia? —me preguntó.
Le conté lo poco que había, casi con vergüenza. Le dije que el chico con el que había estado no me había hecho sentir nada, que no entendía lo que las chicas de mi edad parecían vivir cuando hablaban entre ellas. Mariela me escuchó sin interrumpir, jugando con el hielo del vaso.
—A veces una está esperando que la toquen distinto —dijo cuando terminé—. No es la persona, es cómo te tocan.
No supe qué responder. Ella tampoco insistió. Se levantó, miró la hora y comentó que se le habían caído dos turnos seguidos.
—Camila, aprovechemos. Te hago un masaje de regalo. Nunca te hice uno y dicen que son lo mejor que sé hacer.
Decí que no, decí que no.
—Bueno —dije.
***
La sala de masajes era el ambiente más alejado de la casa, al fondo, con una ventana chica que daba al patio. Cuando entré, Mariela ya había bajado la luz y prendido un sahumerio. De los parlantes salía una música suave, instrumental, esa que no termina nunca. La camilla estaba cubierta con una sábana blanca y olía a aceite tibio.
—Como ya estás en bikini, no te hace falta cambiarte. Acostate boca abajo, relajate.
Obedecí sin pensarlo demasiado. Sentí el roce de sus manos sobre mis tobillos y un escalofrío me subió por la espalda. Empezó por la planta de los pies, apretando con los pulgares en puntos que yo no sabía que existían. Después subió por las pantorrillas, despacio, con una presión justa. Los muslos. Hasta donde terminaba la bombacha. Sin pasarse. Sin pasarse todavía.
—Estás tensísima —murmuró—. ¿Te das cuenta?
—Mmm.
—Es falta de descanso. O de otras cosas.
Se rió bajito. Yo también, pero con un nudo en el estómago.
Las manos de Mariela siguieron por la espalda. Aceitadas, firmes, recorriendo cada vértebra. Cuando llegó a los hombros, los aflojó con una habilidad que me dejó casi sin pensamientos. Mi cabeza se vació. El cuerpo se rindió.
Después, sin avisar, sus dedos volvieron a bajar. Pasaron el elástico de la bombacha y empezaron a masajear los glúteos por arriba de la tela. Era raro. Pero era agradable. Tan agradable que no se me ocurrió decir nada.
—Estos también tienen mucho trabajo —dijo, y la voz le había bajado un tono.
Bajaba por la cara posterior de los muslos hasta la rodilla y volvía a subir, y cada tanto la yema de un dedo rozaba el borde de la bikini, justo donde la tela se metía un poco entre las piernas. Apenas. Como si fuera un accidente. Yo sentía mi respiración hacerse más larga y la cara apoyada contra la camilla empezaba a sudar.
—Date vuelta, Cami. Te pongo una toallita en los ojos así relajás también la cara.
Me di vuelta sin abrir los ojos del todo. Sentí la tela fresca cubrirme la frente. Y entonces empezó de nuevo.
Piernas. Otra vez piernas, pero ahora desde delante. Tobillos, gemelos, rodillas, muslos. Cada subida llegaba un poco más arriba. En un momento la mano se detuvo a un centímetro del bikini, y se quedó ahí, quieta, mientras la otra mano me masajeaba la cadera. Yo apreté los muslos sin querer. Ella se rió otra vez, muy bajito.
—Sacate la parte de arriba —dijo—. Así te masajeo bien los hombros y el pecho. Sin la tela.
Levanté la espalda apenas y me desaté el moño del cuello. Después el de la espalda. La tela cayó a un costado. Quedé desnuda de la cintura para arriba con la toallita sobre los ojos, sin atreverme a mover.
Las manos de Mariela volvieron al cuello, después a los hombros, después al esternón. Trazaron círculos sobre las costillas, debajo de los pechos. Después, sin pausa, sobre los pechos. Despacio. La piel se me erizó toda junta. Los pezones se endurecieron antes de que yo entendiera lo que estaba pasando.
—Hace mucho que no te tocan así, ¿no? —dijo en voz muy baja.
—No me tocaron así nunca.
Lo dije sin pensar. Apenas lo solté me di cuenta de lo que había confesado. Sentí los dedos de ella detenerse un segundo y después volver a moverse, con más decisión. Empezó a acariciar los pezones con los pulgares, y cuando uno se le puso bien duro me lo pellizcó, suave. Un sonido me salió de la garganta sin permiso.
—¿Te gusta?
—Sí.
—Quedate tranquila. Vas a descontracturarte como nunca.
***
Una mano siguió jugando arriba. La otra empezó a bajar. Pasó por la panza, por el ombligo, por el hueso de la cadera. Cuando llegó al bikini, se quedó por encima de la tela. Empezó a hacer círculos lentos sobre ese pedacito de tela mojada que yo no sabía que estaba tan mojada. Levanté las caderas sin querer, buscándola. Ella aumentó la presión apenas.
—Te voy a sacar esto, así estás más cómoda. ¿Sí?
No respondí. Levanté un poco las caderas para ayudarla. La bikini se deslizó por mis muslos, por las rodillas, hasta los tobillos. Después no la sentí más.
Lo siguiente fueron sus dedos sobre mí, directo, sin nada en el medio. Un dedo entró despacio, tan despacio que me hizo temblar antes de moverse. Después fueron dos, y empezó un vaivén pausado que se hizo más profundo, más firme, mientras el pulgar buscaba el clítoris y se quedaba ahí, dibujando círculos pequeños. Era la primera vez que alguien me tocaba sabiendo lo que hacía. La diferencia con todo lo que había probado antes era tan brutal que me quería reír y llorar al mismo tiempo.
Los gemidos empezaron a salirme solos. Bajos, después más altos. La toallita de los ojos se había corrido y yo no me animaba a abrirlos. Estaba ahí, abierta, vibrando, mientras una mujer que apenas conocía me tocaba como nadie me había tocado.
El orgasmo llegó rápido. Demasiado rápido. Una ola que me subió desde los pies, me dobló la espalda contra la camilla y me dejó temblando con los muslos apretados alrededor de su muñeca. Solté un grito que no me reconocí. Me cubrí la cara con las manos. No sabía si estaba orgullosa o avergonzada.
—Eso fue uno —dijo Mariela, casi divertida—. Vamos por otros.
***
No me dio tiempo a contestar. Sentí su cara entre mis muslos antes de entender que se había bajado de la silla. Su lengua reemplazó al pulgar y empezó a recorrer cada pliegue con una paciencia de quien tiene tiempo. Lamía despacio, después rápido, después chupaba el clítoris entre los labios y lo soltaba apenas para volver a empezar. Sus dedos no se habían retirado: seguían entrando y saliendo, ahora un poco más rápido, encontrando un punto adentro mío que yo no sabía que tenía.
—¿Sigo? —preguntó, levantando la cabeza apenas, con los labios brillantes.
—Sí, por favor, no pares.
Las manos se me fueron al pelo de ella. La empujé suave contra mí. Ella se rió contra mi piel y obedeció. La segunda venida me llegó cuando todavía estaba bajando de la primera. Esta vez no fue una ola, fue una marea: largo, ancho, mareador, una vibración que me corrió por las piernas hasta hacer temblar las puntas de los dedos.
Mariela no se detuvo. Bajó el ritmo apenas, dejó que yo respirara, y volvió a empezar. Lengua, dedos, dedos, lengua. En algún momento dejé de contar. Mi cuerpo había aprendido un idioma nuevo en una sola tarde. La tercera vez que llegué, estaba llorando sin darme cuenta. No de tristeza. De algo que todavía no sabía nombrar.
Cuando por fin se detuvo, me subió por la camilla y me besó. Fue mi primer beso con una mujer. Era distinto al de los chicos. Más blando, más calmo, más adentro. Me besó los labios, las mejillas, el cuello. Después me limpió con una toalla húmeda, con un cuidado que tampoco sabía que existía.
—Espero que te haya gustado —dijo, mientras me corría un mechón de la frente—. Y que hayas quedado bien descontracturada.
—Mariela…
—Shhh. No digas nada todavía. Vestite tranquila. Tomá agua. Quedate acostada el tiempo que quieras.
***
Salí de esa sala convertida en otra mujer. Soledad volvió al rato y no se enteró de nada. Yo estaba callada, pero con una sonrisa rara que no me podía sacar. Mariela me guiñó un ojo cuando nos despedimos en la puerta, como si tuviéramos un secreto. Lo teníamos.
Después de aquella tarde vinieron muchas más. Cada vez que podía me escapaba sola hasta su casa, con cualquier excusa, y ella siempre tenía un turno libre, una camilla preparada, una limonada en la heladera. Aprendí todo lo que sé con ella. Aprendí a tocar a otra mujer mirándola tocarme. Aprendí que el cuerpo de una a veces lo enseña otra.
De aquello pasaron casi diez años. Hoy vivo con una mujer hermosa, en una ciudad más grande, y la que me toca cada noche no es Mariela. Pero cada vez que huelo un sahumerio o escucho esa música suave de las salas de masajes, sé exactamente dónde nací. Si les gustó, prometo seguir contando. Hay tardes que todavía no conté.