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Relatos Ardientes

Camila me besó después de la tercera copa esa noche

Tenía veintidós años el verano que me fui a trabajar a Bahía Esperanza con la idea de juntar plata para terminar de pagarme la facultad. El plan original era ir con mi mejor amiga Lucía, pero tres semanas antes de viajar la operaron del apéndice y los padres no la dejaron moverse de la ciudad. Lucía tenía una conocida del año anterior, una chica llamada Camila, que alquilaba habitaciones baratas a los temporeros y que además había ofrecido conseguirme trabajo en el restaurante donde ella ya estaba como moza fija.

Me bajé del micro un sábado al mediodía con una mochila grande y la dirección anotada en un papel. La casa quedaba a tres cuadras del puerto, una construcción vieja con la pintura descascarada y un patio interno lleno de macetas con malvones. Camila me esperaba en la puerta. Era rubia, alta, con el pelo recogido en un rodete improvisado y un short de jean cortado a la altura del muslo.

—Vos sos la amiga de Lucía —dijo mientras me daba un beso en la mejilla—. Te queda esta habitación, vení que te muestro.

El cuarto era amplio: tres camas chicas pegadas a las paredes, una mesa con cuatro sillas, un placard al fondo, un baño propio. Camila ocupaba la cama del rincón, junto a la ventana. La otra cama estaba ocupada por las cosas de una chica que se había vuelto la semana anterior y todavía no la habían reemplazado.

—Vas a estar cómoda. El restaurante queda a diez cuadras, vamos juntas todos los días. Mañana arrancás conmigo en el turno de la mañana, vas a ver que el ritmo es tranquilo.

El primer día fue eso, presentaciones, planillas, instrucciones del encargado. Camila me explicó las mesas, los pedidos, la dinámica con la cocina. Almorzamos juntas en una mesa del fondo y a las cuatro de la tarde, cuando salimos, me propuso ir a la playa antes de que se escondiera el sol.

—Conozco una playa que está medio escondida. Casi no va nadie. Llevate la malla.

Caminamos por un sendero entre médanos durante quince minutos hasta llegar a una franja de arena con un pequeño bosque de tamariscos detrás. No había nadie. Camila dejó la bolsa sobre la arena, se sacó el vestido sin dudarlo y enseguida se desabrochó el corpiño del bikini. Quedó con la bombacha negra y nada más. Tenía dos pechos medianos, firmes, con los pezones rosados y endurecidos por la brisa fresca que venía del agua. La cola redonda, depilada, el vientre plano.

—¿Te animás al toples? Acá no nos ve nadie.

Dudé. No era vergüenza exactamente, pero la situación era nueva y ella me ponía un poco nerviosa. Me saqué el vestido despacio y quedé con un bikini azul oscuro. Tenía la piel todavía blanca, ese tono lechoso de quien no agarró sol en todo el año.

—Vení, sentate. Te paso protector en la espalda y vos me pasás a mí.

Me arrodillé al lado de la toalla. Camila se puso boca abajo, se desabrochó el corpiño y dejó la espalda al sol. Le esparcí la crema desde los hombros hasta la cintura, despacio, intentando que mis manos parecieran profesionales y no curiosas. La piel le quedó brillante, suave. Cuando llegué a la parte baja de la espalda, justo donde empezaba la curva de la cola, ella suspiró y me pidió que siguiera más abajo. Le pasé la crema por la parte trasera de los muslos también.

Después fue mi turno. Me acosté boca abajo. Camila se sentó al lado y desabrochó mi corpiño con un movimiento que pareció ensayado. Empezó por los omóplatos y bajó muy despacio. No era una aplicación de crema, era una caricia disimulada. Cuando llegó a la cintura, sus dedos se metieron un milímetro bajo el elástico de la bombacha. Me sobresalté.

—¿Qué hacés? —dije girando la cabeza.

—Te paso bien la crema, nada más —respondió con una sonrisa.

Me reí, nerviosa, y dejé que siguiera. La sentí pasar las manos por la parte trasera de los muslos, por la corva, por las pantorrillas. Cuando terminó, me acomodé de costado, abroché el corpiño y nos quedamos hablando hasta que el sol empezó a caer.

***

Los días siguientes fueron parecidos. Trabajo, almuerzo juntas, playa por la tarde, vuelta a la habitación. Camila tenía la costumbre de andar desnuda por el cuarto cuando salía del baño. No le daba vergüenza. Tenía esa concha depilada con un pequeño triángulo de vello rubio arriba, y la mostraba como si nada. Yo trataba de no mirarla, pero la miraba. Y ella sabía que la miraba.

Yo también empecé a andar más liviana. Salía del baño envuelta en la toalla pero después me sacaba la parte de arriba y caminaba en bombacha por la habitación. Comíamos así, leíamos así, escuchábamos música. Era cómodo. Era raro. Era algo nuevo.

El primer sábado de paga decidimos salir a un bar del centro. Nos arreglamos en la habitación tomando vino mientras nos vestíamos. Camila se puso un vestido negro corto que le marcaba todo. Yo me puse uno bordó con escote. Salimos a las once.

El bar estaba lleno. Bailamos, nos acercaron tragos chicos que no pedimos, charlamos con dos pibes que terminaron siendo aburridos. Camila les dio cuerda media hora y después me miró por encima del hombro y me hizo un gesto de «vámonos». Pagamos y nos volvimos a la casa caminando. Eran las tres de la mañana.

—Qué desperdicio de noche —dijo mientras subíamos la escalera—. Ningún tipo zafable. ¿Vos viste alguno que te gustara?

—Ninguno. Todos hablaban de fútbol o de la moto.

Entramos al cuarto. Camila destapó la otra botella de vino y nos sirvió dos copas grandes. Nos sentamos en su cama, una frente a la otra, con las piernas cruzadas.

—Está claro que esta ciudad está vacía de hombres decentes. Habrá que arreglarse sola.

Me reí. Ella también. La conversación derivó, copa tras copa, hacia lo que cada una hacía cuando no había nadie. Me confesó que se masturbaba todas las noches antes de dormir, que era un hábito, que le costaba dormirse sin acabar. Yo le conté que con Lucía habíamos hecho un par de veces eso de tocarnos en paralelo, mirando la misma película o sin mirar nada, charlando.

—¿En serio? —dijo Camila, levantando una ceja.

—En serio. No es la gran cosa, lo hacíamos cuando teníamos dieciocho y no daba para meter chicos en el cuarto.

—No, no, sí es la gran cosa. ¿Y se miraban?

—A veces.

Camila se acomodó contra la pared con la copa en la mano. Tenía el vestido enrollado hasta arriba de los muslos. Me miraba fijo.

—Hagamos eso ahora.

***

Lo dijo como quien propone pedir una pizza. Yo me reí, pero la risa se me cortó cuando vi que no era broma. Camila ya estaba pasando una mano por debajo del vestido, corriendo la bombacha hacia un lado. Vi sus dedos hundirse entre sus labios.

—Dale, no me hagas hacer esto sola. Es ridículo si lo hago sola.

No supe qué decir. Apoyé la copa en el piso, junto a la cama. Tenía el corazón acelerado, no por el alcohol sino por lo que estaba pasando. Me acomodé contra la otra pared, en la misma postura que ella, y bajé una mano por debajo del vestido. Tenía la bombacha húmeda desde hacía rato y no me había animado a admitirlo.

Camila me miraba sin disimulo. No fingía mirar a otro lado. Y yo, en lugar de cerrar los ojos como hacía con Lucía, le sostuve la mirada.

—Sacate el vestido —dijo, sin pausar el movimiento de su mano—. Mostrame.

Lo hice. Me lo saqué por arriba, lo dejé caer al piso. Quedé en bombacha y nada más. Ella hizo lo mismo, se sacó el vestido por la cabeza con un solo movimiento. Sus pechos quedaron al aire, los pezones duros como dos puntas rosadas.

Nos seguimos tocando, una frente a la otra, sin decir nada. El único ruido en el cuarto era nuestra respiración cada vez más agitada y el roce de los dedos contra la tela. El calor me subía desde abajo hasta el cuello. Me llevé la otra mano al pecho y empecé a pellizcarme un pezón.

Camila se mordió el labio.

—Vení.

Una palabra. Una sola. La miré sin moverme, y ella extendió la mano hacia mí. Me incorporé y me arrastré por la cama hasta quedar arrodillada frente a ella. La cara me ardía. Camila me agarró de la nuca y me besó. Fue un beso lento, con la lengua, distinto a cualquier beso de hombre que hubiera dado antes. Más suave, más paciente, más certero.

Mientras me besaba, sus dedos bajaron y se metieron debajo de mi bombacha. Me tocó por primera vez con la mano de otra mujer. Dos dedos suyos se deslizaron dentro de mí y se me escapó un sonido bajo, ronco, contra su boca.

—Sabía que ibas a venir —murmuró—. Lo supe el primer día en la playa.

Le besé el cuello, los pechos, le chupé los pezones uno detrás del otro. Eran tibios, con un dejo de sal del verano. Le mordí el de la izquierda y la escuché jadear bajito. Me llevó las manos a su cabeza y me apretó contra su pecho.

Después me empujó para que me acostara boca arriba. Me sacó la bombacha de un tirón y se acomodó entre mis piernas. La miré desde arriba: el pelo rubio cayéndole sobre la cara, los ojos fijos en mi entrepierna como si estuviera por comerse un postre. Empezó por los muslos. Besos largos en la cara interna, mordiscos suaves, lametones que subían sin nunca llegar del todo. Me retorcía.

—No me hagas esperar —le pedí.

Camila se rió contra mi piel y subió. Me pasó la lengua entera, de abajo hacia arriba, y se detuvo en el clítoris. Lo rodeó con la punta de la lengua, despacio, dibujando círculos cada vez más cerrados. Me agarré la sábana con las dos manos. Era la primera vez que sentía esa boca y era distinta a todo lo que conocía. Sabía dónde tocar, cuándo apretar, cuándo soltar. Sabía porque ella también tenía una.

Me chupó con paciencia, sin apuro. Cuando metió un dedo y empezó a moverlo en gancho contra mi pared interna, mientras seguía con la lengua, supe que no iba a durar mucho. Le agarré la cabeza con las dos manos sin saber si pedirle que parara o que siguiera. Le pedí que siguiera.

El orgasmo me agarró de golpe. Arqueé la espalda, apreté las piernas contra su cabeza, grité algo que no recuerdo qué fue. Camila no aflojó, siguió hasta que sentí esa contracción del placer ya terminado y le aparté la cara con suavidad porque no aguantaba más.

Me quedé tirada, sin aire, con el corazón a mil. Camila se trepó hasta quedar a mi altura y me besó. El gusto era distinto, era yo, y me excitó volver a sentirlo en su boca.

—Te toca —le dije.

***

Esa noche me llevó casi una hora descubrir cómo hacerle a ella lo mismo. No tenía técnica, pero tenía ganas, y Camila me guiaba con la mano en mi cabeza, indicando ritmo y posición sin palabras. Cuando acabó, lo hizo agarrándome del pelo y diciendo mi nombre en voz baja, casi como un rezo.

Después nos acostamos en su cama, las dos desnudas, mirando el techo. La ventana estaba abierta y entraba un poco de viento del mar.

—¿Te arrepentís? —me preguntó.

—No. ¿Y vos?

—Yo no me arrepiento de nada que haya disfrutado.

Nos quedamos calladas un rato. Después me corrió un mechón de pelo de la cara y me besó en la sien.

No quería que esa noche terminara nunca.

El verano siguió. Tuvimos muchas otras noches como esa, algunas a solas, otras con chicos a los que metíamos al cuarto después del bar. Camila resultó ser muy buena maestra, y yo, una buena alumna. Cuando me volví a la facultad en marzo, lo hice con el cuerpo cansado, los ahorros completos y la certeza de que la vida tenía mucho más de lo que yo había imaginado.

Lucía me llamó a los dos días para preguntarme cómo me había ido. Le dije que bárbaro, que había juntado lo que necesitaba, que la había pasado bien. No le conté lo de Camila. Algunas cosas se cuentan, otras se guardan. Esa, por un tiempo largo, la guardé.

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Comentarios (6)

Rox_lectora

Que relato!!! Me encantó de verdad, muy bien contado.

PamelaRosario

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber mas de Camila y como siguio todo despues de esa noche

LecturaNocturna77

El vino de por medio siempre cambia la noche jaja, me recordó algo que me pasó hace tiempo. Muy bien narrado.

SolNocturna

Me gusta como escribis, se siente natural y sin apuros. Seguí subiendo relatos así.

Leopen

Increible relato, muy bueno!!!

Norberto45

Esa tension que se arma entre las copas lo describis perfecto. Y encima se hace corto, hay que seguir.

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