La confesión de mi mejor amiga lo cambió todo
A Carla la conozco desde que teníamos siete años y nos sentaban juntos porque éramos los dos que más hablaban en clase. Crecimos en el mismo barrio, en la misma escalera de bloques idénticos, y durante años lo nuestro fue exactamente lo que se espera de dos críos: peleas tontas, mochilas intercambiadas, tardes enteras de consola en su salón mientras su madre nos gritaba que bajáramos el volumen. Nada de lo que voy a contar tendría sentido sin entender primero que Carla fue, antes que cualquier otra cosa, mi persona favorita del mundo.
Las cosas empezaron a cambiar cuando rondábamos los veinte. No de golpe, sino con esa lentitud rara con la que cambian las amistades de toda la vida. Carla había salido del armario hacía poco, y digo poco porque en nuestro entorno todavía costaba. No era un drama de película, pero tampoco era fácil: miradas, comentarios, el silencio incómodo de algún conocido. Yo me enteré una tarde de invierno, sentados en un banco con dos cafés que se enfriaban entre las manos.
—Me gustan las chicas —me soltó, sin mirarme, fijando la vista en la acera—. Siempre me han gustado.
—Ya lo sé, idiota —le contesté—. Llevo sabiéndolo más tiempo que tú.
Se rió, y se le saltó una lágrima, y yo me la llevé a comer una hamburguesa para celebrarlo. Esa fue la primera de muchas confesiones, aunque entonces no lo sabía.
***
Tuvimos una época de distancia, esos meses en que cada uno andaba liado con sus propios líos, pero no duró. Volvimos a lo de siempre, solo que con una diferencia: ahora podíamos hablar de chicas los dos. Y yo, que siempre me lo llevo todo al humor, no perdí la ocasión.
—Lo bueno —le dije una tarde en la playa— es que a partir de ahora podemos comentar juntos a la gente que pase. Equipo mixto.
—Eres un cerdo —me dijo, pero no apartó la vista del grupo de chicas que acababa de cruzar frente a nuestras toallas.
Así éramos. Nos contábamos los ligues, los desastres, las primeras citas que salían mal y las segundas que salían demasiado bien. Carla todavía no hablaba de eso con casi nadie; no se sentía del todo cómoda. Conmigo sí. Conmigo, con el tiempo, empezó a hablar con un nivel de detalle que a los dos nos ponía un poco nerviosos sin que ninguno lo dijera en voz alta. Me contaba cómo le mamaba el coño a una tal Marta hasta hacerla temblar, cómo se metía dos dedos mientras la otra le chupaba las tetas, cómo terminaba con la cara empapada de la corrida de la otra. Y yo escuchaba con la polla dura marcándose bajo el pantalón, sin disimulo, porque a esas alturas ya no había disimulo posible entre nosotros.
Recuerdo que, sin ninguna maldad aparente, ella señalaba el bulto delator de mi pantalón cuando le contaba algo subido de tono y me llamaba guarro entre risas. «Se te está poniendo dura, cerdo», me decía, y me daba un manotazo justo encima. Y yo le devolvía la jugada cuando se le marcaban los pezones bajo la camiseta o cuando, contándome una de sus historias, se le iba la mano un segundo de más entre las piernas por encima de la ropa. «Se te está mojando el coño de acordarte», le decía yo, y ella se reía apretando los muslos. Eran gestos pequeños, casi inocentes, que nos delataban a los dos. Nos reíamos. Cambiábamos de tema. Volvíamos.
***
El salto siguiente vino sin que nadie lo planeara. Un día, hablando de nuestras parejas, Carla sacó el móvil para enseñarme una conversación con Daniela, la chica con la que llevaba unos meses saliendo. Era una conversación de las que no se enseñan: explícita, directa, de las que uno escribe a las dos de la mañana sin pensar que alguien más las leerá. Había mensajes suyos diciendo «quiero que me folles con los dedos hasta que grite», «te voy a chupar el coño hasta que te corras en mi boca», «ponte encima de mi cara y ahógame».
—Ten cuidado, no vayas a enseñarme algo que luego no quieras que vea —le advertí, medio en broma.
—¿Qué crees, que me voy a asustar? —me contestó con esa media sonrisa suya—. A veces hasta veo porno hetero, por cultura general. Me pone ver a un tío metérsela hasta el fondo a una tía, aunque no sea para mí.
—No es lo mismo eso que ver lo que le escribo yo a Lucía.
—Pues enséñamelo y lo comparamos.
Lo dijo como un desafío, y yo nunca he sabido decirle que no a un desafío suyo. Le pasé el móvil. La vi leer, arquear una ceja, morderse el labio. Se detenía en cada mensaje: en el que le decía a Lucía que se iba a correr dentro de ella, en el que le describía cómo le iba a follar el culo despacio, en el que le pedía que me mamara la polla hasta que se la tragara entera. Cuando me lo devolvió, tardó un par de segundos en hablar.
—No sois unos santos, vosotros tampoco —dijo—. Joder, tú a Lucía le escribes unas guarradas que ni yo. Y mira, si la usas pensando en Lucía, hasta me parece bien. Yo tampoco soy ninguna monja, por si te lo preguntabas. Ayer, sin ir más lejos, Daniela me tuvo con la cara entre sus piernas casi una hora antes de dejarme respirar.
Aquella tarde se quedó ahí, en los dos pasándonos el teléfono por encima de la mesa de una cafetería, con la polla a media asta debajo del vaquero y ella cruzando y descruzando las piernas cada dos por tres. Pero algo se había movido. Lo notamos los dos.
***
A partir de entonces, a veces quedábamos solo para eso. No lo decíamos así, claro. Decíamos «para ponernos al día», pero los dos sabíamos que ponerse al día significaba contarnos, con pelos y señales, lo que pasaba en nuestras camas. Nos enseñábamos conversaciones, nos mandábamos por mensaje alguna escena de vídeo que tuviera que ver con lo que el otro acababa de contar. Ella me pasaba clips de tías comiéndose entre sí con una avidez brutal; yo le mandaba escenas de tíos follando a una chica por detrás mientras le tiraban del pelo. Comentábamos las posturas, el tamaño de las pollas, cómo gemía tal o cuál actriz, si el corrimiento era falso o de verdad. Era un juego con reglas que nunca pactamos pero que respetábamos a rajatabla: nada de tocarnos, todo de contarnos.
Y, sin embargo, cada vez quedaba menos espacio entre las dos cosas.
Una noche, cada uno en su casa, llevábamos un buen rato mensajeándonos. Era una de esas conversaciones que empiezan tontas y van subiendo de temperatura sin darte cuenta. Yo le contaba que la noche anterior Lucía se había subido encima de mí y había cabalgado mi polla hasta correrse dos veces seguidas, con la mano en mi cuello y las tetas rebotándome en la cara. Ella me contaba que a Daniela le había hecho un sesenta y nueve tan largo que las dos se habían quedado dormidas con el coño de la otra a medio centímetro de la boca. En algún punto le escribí que, si su novia fuera hetero, no respondería de mí. Ella me contestó que si Lucía jugara para su equipo, tampoco ella; que le comería el coño hasta dejársela ronca de gritar. Nos reímos por separado, cada uno frente a su pantalla, a kilómetros de distancia y más cerca que nunca.
Fue entonces cuando decidí enseñarle hasta dónde llegábamos Lucía y yo. Tenía unas capturas guardadas que lo dejaban todo muy claro: mensajes en los que le describía cómo me la quería follar contra el espejo del baño, cómo le iba a llenar el coño de semen, cómo me iba a correr en sus tetas. Había una pega: la conversación venía acompañada de un par de fotos. Fotos mías, de las que uno se hace a las tres de la mañana cuando la cabeza no manda, con la polla dura en la mano, de frente y sin cortes. Se lo advertí antes de pasar nada.
—Aviso de que ahí salgo yo. Entero. Y bien empalmado.
—Manda —escribió ella, sin más.
Se lo mandé. Y entonces vino el silencio más largo de la noche. La veía conectada, leyendo, recreándose, y yo del otro lado contando los segundos con el corazón en la garganta y la polla ya semidura solo de imaginármela mirando. Cuando por fin contestó, leí su mensaje tres veces seguidas.
—Menudas tetas tiene Lucía, ahora me las quiero comer yo. Joder, se le marcan los pezones y todo, quiero chuparle uno mientras le meto la mano en las bragas. ¿Y eso es lo tuyo? Joder, nunca lo había visto así, y no me esperaba que la tuvieras así de gorda. Mola. Me imagino a Lucía intentando metérsela toda en la boca y no me extraña que te escriba esas guarradas.
No hace falta que explique cómo estaba yo en tiempo real. Esa frase suya, escrita con la naturalidad de quien comenta el tiempo, me puso a cien. La polla se me marcaba tensa contra el bóxer, y me la saqué sin pensarlo. Seguimos hablando un rato más, y aprovechando que estaba solo en casa, ya me había empezado a tocar mientras escribía. Con una mano tecleaba, con la otra me subía y bajaba por el glande despacio, con la imagen de ella mordiéndose el labio delante de mi foto grabada a fuego. No se lo dije. No hacía falta. Creo que ella lo sabía igual que yo sabía lo que estaba haciendo ella al otro lado: dos dedos metidos en el coño, la otra mano estrujándose una teta, la respiración entrecortada.
***
Cuando llegó el momento de las buenas noches, Carla no quiso quedar en deuda.
—Va, para no ser la única que ha visto algo hoy, toma.
Y me llegó una captura. En ella, Daniela le había mandado una foto en topless, una de esas que se mandan las parejas cuando la otra persona llega tarde a casa. Los pezones duros, apuntando hacia arriba, y una mano metida por dentro de la cinturilla del pantalón. Me quedé mirándola más tiempo del que pienso admitir, con la polla goteando ya en la punta.
—Pfff, qué barbaridad —escribí—. Yo también me las quiero comer. Le chuparía esos pezones hasta hacerla gemir. ¿Y las tuyas?
—Las mías ya las has visto un montón de veces.
Y era verdad. Carla hacía topless en la playa delante de mí desde que teníamos edad para ir solos, nos habíamos cambiado de ropa el uno frente al otro mil veces, sin pudor, como quien comparte cuarto con un hermano. Aun así le insistí en que no era lo mismo, que verla por elección no tenía nada que ver con verla de pasada, que ahora quería mirárselas sabiendo que estaba pensando en follar. Ella no entró al trapo, pero tardó justo lo suficiente en responder para que yo supiera que se lo había pensado.
—Buenas noches, guarro. Y no te corras muy fuerte, que mañana madrugamos.
—Buenas noches, cachonda. Métete los dedos hasta el fondo por mí.
Terminé lo que había empezado con la imagen de la foto de Daniela todavía en la pantalla. Me acaricié la polla despacio primero, apretándome el glande cada vez que releía el «ahora me las quiero comer yo» de Carla, imaginándomela a ella en su cama haciendo lo mismo que yo. Cuando me corrí lo hice a chorros, sobre el vientre, mordiéndome el labio para no soltar su nombre en voz alta. Me dormí con una sonrisa estúpida, la mano manchada, y una sensación nueva que no sabía bien dónde colocar. No era amor, no en el sentido clásico. Era otra cosa. Una complicidad que se había desbordado por los bordes y que ya no sabíamos volver a meter en el cauce.
***
Al día siguiente le escribí lo primero que se me pasó por la cabeza al despertar.
—Como sigamos viniéndonos arriba, al final voy a acabar enseñándote un vídeo casero de cosecha propia. Jajaja.
Lo escribí como un chiste, con su jaja de seguridad al final, esa coletilla que ponemos para poder echarnos atrás si la cosa se tuerce. Tardó poco en responder.
—No me voy a asustar. Igual hasta me mola. ¿Sale Lucía chupándotela? Porque si es así, mándalo ya.
Leí esa frase y noté cómo algo se despertaba dentro de mí, un morbo que hasta entonces no me había permitido nombrar. La polla se me puso tiesa otra vez, mañanera y sensible, solo de imaginármela viendo a Lucía tragarse mi verga entera mientras ella se metía la mano en las bragas para desayunar. No era el deseo de acostarme con ella; nunca fue eso, ella tenía clarísimo lo que le gustaba y yo lo respetaba como respeto pocas cosas. Era el morbo de la frontera. El de saber que con Carla podía cruzar un terreno que no cruzaría con nadie más, porque con nadie más había la confianza suficiente para que no significara nada y, al mismo tiempo, lo significara todo.
¿Hasta dónde estábamos dispuestos a llegar?
Esa pregunta se quedó flotando entre los dos durante días. La verdad es que, por más que coqueteáramos con la idea, aquel paso parecía destinado a no darse nunca. O no todavía. Había una línea invisible que ninguno de los dos había dicho en voz alta, pero que los dos sabíamos que estaba ahí, y que respetar esa línea era, en el fondo, lo que mantenía todo lo demás en pie.
***
Han pasado años desde aquellas noches. Carla sigue siendo mi mejor amiga; ahora está casada con una mujer estupenda que no es Daniela, y yo aprendí hace tiempo a no contar nada de lo que hago con quien comparte mi cama. Pero a veces, cuando coincidimos en una cena y alguien suelta una broma subida de tono, nos buscamos la mirada por encima de la mesa y se nos escapa una sonrisa que nadie más entiende.
Porque hay cosas que solo nos contamos nosotros. Cosas que un amigo de verdad guarda como un tesoro y que jamás repetiría en voz alta. Yo me las llevo conmigo, igual que ella se lleva las suyas. Y de vez en cuando, en mitad de la noche, con la polla en la mano y la respiración cortada, recuerdo aquella captura, aquel «igual hasta me mola», y entiendo que la amistad más honesta de mi vida fue también la más caliente. Aunque nunca, ni una sola vez, llegáramos a tocarnos.
Supongo que algunas confesiones valen precisamente por eso: por todo lo que se dijo, por todos los coños empapados y las pollas duras que provocamos a distancia, y por todo lo que, sabiéndolo los dos, decidimos no hacer.