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Relatos Ardientes

La amiga con derecho que conocí en una aplicación

Tenía dieciocho años recién cumplidos y un teléfono que se había convertido en mi cómplice silencioso. Hacía tres meses que había roto con Andrés, mi novio de la secundaria, y la cama me pesaba más por las noches que por el cansancio del día. Estudiaba el primer semestre en la universidad y, entre exámenes y la rutina de mi casa, descubrí una aplicación de mensajería que no era WhatsApp ni Instagram.

Se llamaba Lumen y prometía conversaciones anónimas con personas que compartieran tus mismos intereses. Yo no buscaba pareja. Solo quería hablar con alguien que no me conociera, alguien a quien pudiera contarle las cosas que no me animaba a decirle a mis amigas. Y fue ahí, en uno de esos canales temáticos, donde apareció Mariana.

Su foto de perfil era apenas una sombra contra una ventana. Cabello negro hasta los hombros, ojos marrones que se adivinaban más de lo que se veían, y una sonrisa que parecía contener un secreto. Su biografía decía algo simple: «mujer, treinta y tres, busca compañía sin etiquetas». Le escribí sin pensarlo demasiado, más por curiosidad que por intención.

—Hola —tecleé—. Vi tu perfil. ¿Conversamos un rato?

La respuesta tardó nueve minutos. Lo sé porque conté cada uno.

—Hola. ¿Qué te animó a escribirme?

Le dije la verdad: que no quería hablar con desconocidos al azar, que su descripción me había parecido distinta. Esa primera noche conversamos hasta las tres de la mañana. Ella vivía en otra ciudad, a más de seiscientos kilómetros de la mía, separada hacía un año y medio, sin hijos. Trabajaba en un estudio de arquitectura y, según me contó, los fines de semana se sentía especialmente sola.

Yo no le mencioné que era prácticamente una adolescente. Le dije que estudiaba, que vivía con mi madre, que me gustaban los libros de Cortázar y las películas de los noventa. Ella respondió con audios. Su voz era grave, pausada, con esa cadencia de alguien que mide cada palabra. Esa voz se me quedó adentro mucho antes que cualquier otra cosa.

***

Durante las primeras semanas hablábamos todos los días. De cosas banales, de cosas importantes, de cosas que nunca le había contado a nadie. Yo le confesé que había tenido una compañera del colegio con la que me había besado en una fiesta y que desde entonces me preguntaba si me gustaban más las mujeres que los hombres. Ella me dijo que esas preguntas no se respondían pensándolas, sino viviéndolas.

—Yo lo descubrí tarde —escribió una noche—. A los veintiocho. Llevaba siete años casada con un hombre y un día, en un congreso, conocí a una colega que me hizo darme cuenta de que nunca había sentido nada parecido. Tardé dos años en separarme. No te tardes tú dos años en saber qué te gusta.

Esa frase me la repetí muchas veces.

Una madrugada de jueves, después de un examen que me había salido fatal, le mandé un audio llorando. No esperaba una respuesta inmediata, pero ella me llamó por la aplicación a los cinco minutos. Hablamos casi una hora. Y justo cuando estaba por colgar, dijo, casi en un susurro:

—¿Puedo pedirte algo extraño?

—¿Qué?

—¿Me dejas que te vea? Solo la cara. Quiero saber a quién le estoy hablando.

Yo dudé tres segundos. Luego encendí la cámara.

Ella hizo lo mismo. La pantalla se llenó con su rostro: la piel pálida bajo una lámpara de mesita, el cabello todavía mojado de la ducha, una camiseta gris demasiado grande que dejaba ver una clavícula. No era una belleza convencional. Era algo más raro y más exacto. Era el tipo de cara que no se olvida.

—Eres preciosa —dijo, sin sonreír.

Yo no supe responder.

***

A partir de esa noche, las videollamadas se volvieron parte de nuestro ritual. Empezamos hablando con la cámara encendida, mostrándonos como dos amigas que se sirven una copa de vino antes de dormir. Pero el aire entre nosotras cambió de a poco, como cambia la luz al atardecer sin que uno se dé cuenta del momento exacto.

Una noche, hablando de cosas íntimas, ella me preguntó qué hacía cuando estaba sola y no podía dormir. Yo me reí, nerviosa, y le dije que tenía mis métodos. Ella sostuvo la mirada en la cámara durante un silencio largo, y después dijo:

—Muéstrame.

No fue una orden. Fue una invitación calmada, hecha con la misma voz con la que me había recomendado libros y películas. Pero esa noche, esa voz tenía otro peso.

Apagué la luz del techo. Dejé solo la lámpara de la mesa, esa que tiñe todo de naranja. Me acomodé contra la almohada con el teléfono apoyado en una pila de libros. Y, mientras ella me miraba sin decir nada, metí la mano bajo la sábana y me fui rozando despacio por encima del pijama, sintiendo cómo el calor se me acumulaba entre los muslos.

—No quiero ver la sábana —dijo ella—. Quiero verte a ti.

Bajé la sábana hasta la cintura. Después, la corrí del todo.

Mariana hizo lo mismo, sin que yo se lo pidiera. Se quitó la camiseta gris con un movimiento simple y se acomodó contra el respaldo de su cama. Tenía los pechos llenos, con los pezones oscuros endureciéndose bajo la luz de la pantalla, la piel ligeramente más clara donde el sol no le llegaba. Sus muslos eran firmes y blancos, y entre ellos se marcaba apenas la sombra húmeda de su coño cuando abrió las piernas con una naturalidad que me dejó la boca seca. No se mostraba como una modelo posando: se mostraba como una mujer que se sabía deseada y que no tenía ningún problema en dejarlo claro.

Esa primera vez fue torpe. Yo tenía las manos temblorosas y se me caía el teléfono cada cinco minutos. Ella se reía con una risa profunda, sin burla, y me iba diciendo qué hacer. No con palabras gráficas, sino con frases breves: «más despacio», «ciérrate los ojos», «piensa en mí ahí». Yo me deslicé dos dedos por la humedad tibia, sintiendo la piel lisa de mis labios hinchados, y me mordí la boca cuando empecé a presionar el clítoris en círculos torpes. Ella me miraba con la respiración cada vez más rota, una mano deslizándose por su vientre hasta hundirse entre sus propias piernas.

—Eso —dijo, con la voz más grave—. No te apures. Quiero verte abrirte para mí.

Cuando aparté los dedos y los llevé a la boca, saboreando mi propio gusto salado y caliente, ella gimió despacio, como si el sonido le saliera del fondo del pecho. Entonces empezó a tocarse con más hambre, frotándose el coño con la palma, primero encima, después separando los labios con dos dedos para metérselos y salir otra vez, húmeda, brillante, perdiendo la compostura frente a mí. Yo la seguía mirando, llevándome y trayéndome los dedos con insistencia, hasta que el cuerpo empezó a temblarme de esa manera que anuncia el final.

—No te contengas —susurró—. Quiero oírte correrte.

Y me corrí con un gemido que me dio vergüenza al instante, con las piernas tensas y la espalda arqueada, mientras seguía masajeándome hasta vaciarme por completo. Ella llegó después de verme hacerlo, con la cabeza echada hacia atrás, los dedos clavados en su coño y la boca abierta sin pronunciar ni un sonido. Solo su respiración agitada y el brillo húmedo entre sus piernas me dijeron que también se había roto.

Después, se quedó dormida con la cámara encendida. Yo la miré dormir durante casi una hora, sin atreverme a colgar.

***

Lo que tuvimos durante los meses que siguieron no tenía un nombre exacto. No éramos novias. No estábamos saliendo. Ni siquiera nos conocíamos en persona. Pero éramos algo. Amigas con derecho, decía ella cuando le tocaba ponerle palabra a lo que hacíamos. A mí me gustaba más pensarlo como amantes a distancia, aunque nunca se lo dije.

Nos encontrábamos por la aplicación dos o tres noches por semana. Casi siempre era ella la que iniciaba. Me escribía un mensaje a medianoche: «¿despierta?», y yo soltaba el libro o el cuaderno o lo que estuviera fingiendo leer y corría a apagar la luz del cuarto. La rutina era casi idéntica: una hora hablando de cualquier cosa, otra hora dejando que el silencio cargara la pantalla, y después la voz pidiendo lo que ya sabía que iba a pedir.

A veces se vestía para mí. Aparecía con una bata corta que se abría sola apenas se movía, o con un conjunto de encaje negro que decía haber comprado pensando en esa noche. La lencería en ella no era una pose. Era un mensaje. «Esto me lo puse para ti.» Luego se apartaba la tela con lentitud, dejándome ver las tetas llenas, el vientre liso, la línea oscura que bajaba hasta el coño rasurado. Yo me quedaba inmóvil mirándola mientras se acariciaba con descaro, metiéndose dos dedos y sacándolos empapados, enseñándome cómo la humedad le brillaba en la mano.

—¿No te vas a poner nada para mí algún día? —me preguntó una vez, medio en broma.

Al día siguiente fui al centro comercial y me compré un camisón blanco con un escote bajo. Esa noche me lo mostré sin decir nada. Mariana se quedó callada durante diez segundos, mirándome, antes de murmurar:

—Sabes cómo desarmarme.

Y yo no sabía. Estaba aprendiendo, noche a noche, a hacerlo sin querer.

***

Hubo cosas que aprendí de ella que jamás voy a olvidar. Aprendí, por ejemplo, que el placer de una mujer no es un destino: es un recorrido. Aprendí que hay maneras lentas de tocarse que ningún chico de mi edad había sospechado. Aprendí a mirar mis propios muslos como ella miraba los suyos, con esa mezcla de admiración y cálculo, sabiendo dónde apretar, dónde frenar, dónde dejar que la presión se acumulara hasta volverse insoportable. Aprendí a meterme los dedos con más decisión, a abrirme con la otra mano, a apoyar la yema del pulgar en el clítoris hasta sentir ese latido fino y desesperado que me obligaba a gemir.

Aprendí que el sudor en los pechos de otra mujer, visto a través de una pantalla, puede ser tan exacto como el contacto. Que un gemido grabado por un micrófono barato puede ser igual de poderoso que uno escuchado al oído. Que el roce de la lencería al deslizarse por una cadera ajena puede dejarte sin aire aunque no la estés tocando. Que mirarla abrirse de piernas, con el coño mojado y los labios hinchados, me hacía sentir un hambre casi cruel, y que a ella le pasaba lo mismo cuando me veía llevarme los dedos a la boca después de tocarme.

Aprendí, sobre todo, que algunas mujeres llegan al clímax solo cuando se sienten realmente acompañadas. Mariana me lo dijo una madrugada, con una franqueza que me desarmó.

—Con mi exmarido no terminé nunca. Contigo termino siempre. No es por tu técnica, mi amor. Es porque me miras.

Entonces me pidió que levantara las piernas y apoyara los pies en la pared. Obedecí, sintiendo cómo se abría mejor mi cuerpo en la pantalla. Ella se sacó la bata, se echó hacia atrás y empezó a tocársela con la mano entera, frotando el coño con movimientos largos, casi desesperados, mientras me decía que siguiera mirándola, que no apartara los ojos, que quería correrse conmigo. Yo metí dos dedos dentro de mí y el pulgar afuera, presionando con fuerza hasta que la pelvis me empezó a vibrar; al otro lado de la pantalla, Mariana soltó un grito bajo y áspero, con las tetas subiéndose y bajándose al ritmo de su respiración.

—Así, nena —jadeó—. Así me gusta. No pares.

Las dos llegamos otra vez casi al mismo tiempo, con los cuerpos tensos, las piernas abiertas, la cara roja, la pantalla empañada por el vapor de la ducha que ella había tomado antes y por nuestro propio aliento. Después nos quedamos quietas, exhaustas, mirándonos como si acabáramos de hacer algo prohibido y perfecto.

Esa frase la guardo todavía, como se guardan ciertas postales que uno encuentra entre las páginas de un libro viejo.

***

La última vez que hablamos fue un martes de marzo, casi un año después de nuestra primera videollamada. Ella se mudaba a un pueblo cerca de la cordillera por un proyecto del estudio y me dijo que necesitaba poner pausa a todo lo que estaba haciendo, incluida nuestra rutina. No fue una despedida abrupta. Fue una conversación larga, con lágrimas suyas y silencios míos.

—No te enamores de mí —me pidió al final, casi como pidiéndome permiso para creérselo.

—Ya es tarde para ese pedido —respondí.

Apagó la cámara antes de colgar. Yo me quedé en la cama, todavía con el camisón blanco puesto, pensando en lo extraña que es la vida cuando le da forma a las cosas más importantes a través de una pantalla.

Hoy, cuatro años después, todavía tengo la aplicación instalada. No la abro casi nunca. Pero cada tanto entro, miro la última conexión de su perfil, y me pregunto si en alguna ciudad de la cordillera ella estará pensando lo mismo que yo. Si todavía duerme con la cámara encendida. Si todavía se acomoda contra el respaldo de la cama y respira hondo antes de hacerlo.

Yo aprendí a llevarme a mí misma a ese lugar que ella me enseñó. Pero no es igual. Nunca es igual.

Y, si tengo que ser honesta, creo que tampoco quiero que lo sea.

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Comentarios(8)

MatiasLP

increible!!! quede sin palabras

ValentinaSur

Que tension la que se genera desde el principio. Me encanto como lo contaste, se nota el talento. Segui escribiendo!

pichon_79

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de saber como sigue todo esto

NenaCordobesa

Me recordo a algo que me paso a mi con un mensaje inesperado jaja, son peligrosos. Muy buen relato!

FerRamirez33

La descripcion de la protagonista me parecio muy real, uno se imagina perfectamente la situacion. Felicitaciones

Romi87

buenisimo!!! ya quiero el siguiente

LucasNocturno

A veces basta un mensajito para que todo cambie, esta historia lo capta perfecto. Muy bien logrado

Dante_BA

De los relatos de esta categoria que mas me gusto ultimamente. Bien escrito, sin vulgaridades innecesarias, eso se agradece

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