Lo que mi hijastra despertó en mí esa tarde
Me llamo Valeria. Tengo cuarenta y tres años, llevo cuatro casada con Ricardo y, hasta hace cinco meses, creía conocer bastante bien los límites de mis propios deseos.
Ricardo es empresario. Viaja casi tres semanas al mes y el resto del tiempo lo pasa revisando correos y atendiendo llamadas desde la cocina con la cara que pone cuando algo sale mal. Cuando nos conocimos ya estaba divorciado y tenía dos hijos: Mateo, que vive en otra ciudad y casi no aparece, y Daniela, de veintiún años, que hasta ese año vivía con su madre en Rosario.
Me cuido mucho. Hago ejercicio, como bien y, a mis cuarenta y tres, tengo el cuerpo que quisieran algunas de veinte. Soy castaña, de ojos color miel, caderas anchas y un culo redondo y firme que más de uno ha seguido con la mirada en la calle. Las tetas no son grandes, pero se paran solas y los pezones son de un rosado oscuro que se marca a través de la ropa cuando hace frío. Visto elegante sin ser llamativa, y eso tiene su efecto.
Daniela llegó una tarde de marzo con dos maletas y esa expresión de quien acaba de perder una batalla y todavía no decidió qué hacer a continuación. Su madre la había sorprendido con una amiga en circunstancias que no dejaban lugar a interpretación: desnudas en la cama, la amiga con la cara hundida entre las piernas de Daniela. Para la madre fue una tragedia. Ricardo, para variar, no supo cómo manejarlo y eligió la respuesta que mejor conoce: marcharse de viaje y dejarme a mí con el problema.
—Eres la persona indicada para hablar con ella —me dijo antes de subir al taxi—. Háblale. Encamínala un poco.
No supe qué responder. Me quedé en la puerta viendo cómo el auto se alejaba y luego entré a ver qué hacía con una chica de veintiún años que me miraba como si yo fuera parte del problema.
***
Al principio fue difícil. Daniela desayunaba sola, comía sola, salía poco y respondía con monosílabos. No era hostil, simplemente estaba cerrada. Yo no soy del tipo que se rinde fácil, así que fui con paciencia: le preparaba el desayuno, la invité a caminar por el barrio, la llevé al mercado un sábado a la mañana. Poco a poco fue abriendo la puerta.
Hablar con ella era diferente a lo que esperaba. Era directa, sin rodeos, con una capacidad de análisis que me sorprendía. Cuando finalmente me contó lo que había pasado con su madre, lo hizo sin drama y sin vergüenza: le gustaban los hombres y las mujeres, siempre había sido así, y no entendía por qué tenía que ser un problema. Lo dijo como quien habla del tiempo.
Me contó cosas más específicas también. Que con una mujer se folla distinto, que una mujer sabe dónde tocar un coño porque tiene el suyo propio, que la primera vez que le habían comido el coño con paciencia había entendido que hasta entonces no sabía nada de sí misma. Lo explicó con esa voz tranquila y sin pretensión suya, describiendo la lengua de otra chica moviéndose sobre su clítoris como quien describe una receta. Yo lo escuché prestando más atención de la que debería, sintiendo cómo se me apretaba algo por dentro y cómo las bragas me quedaban de golpe incómodas. Nunca había estado con una mujer. Nunca lo había considerado en serio. Pero algo en la forma en que Daniela hablaba de eso era imposible de ignorar del todo.
***
La pelea antes del último viaje de Ricardo empezó por una tontería. Daniela le pidió permiso para que una compañera de la facultad se quedara el fin de semana. Él dijo que no antes de que ella terminara la oración.
—Esta casa no es un albergue —dijo, con esa voz que usa cuando ya decidió y no hay argumento que valga.
—Es solo una amiga, papá. No es lo que estás pensando.
—No me importa lo que sea. Estás castigada.
Daniela intentó explicar. Intentó varias veces, con más calma de la que yo habría tenido. Ricardo no escuchó. Le dijo que el fin de semana lo pasaría en su cuarto, que yo me encargaría de que cumpliera el castigo, y se marchó a buscar el maletín. La puerta del dormitorio sonó fuerte.
Daniela se encerró en su habitación sin decir más.
Esa tarde la casa quedó muy quieta. Ricardo se fue al aeropuerto y yo me senté en la cocina con un café que se fue enfriando mientras pensaba en la cara que había puesto ella cuando su padre cerró la discusión. No era rabia. Era ese cansancio específico de quien lleva demasiado tiempo explicándose a personas que no quieren entender.
Pasaron tres horas. Decidí preparar algo de comer y llevarle.
***
Llamé dos veces a su puerta. Al segundo golpe respondió con un «pasa» sin energía.
La encontré recostada en la cama, mirando el techo. Llevaba un conjunto de ropa interior oscuro: un top pequeño que le marcaba las tetas y le dejaba ver los pezones duros a través de la tela fina, y unas bragas de encaje tan mínimas que se le veía la sombra del monte y una parte del labio del coño asomando por un costado. Tenía el cabello suelto, ligeramente revuelto, y la expresión de alguien que lleva horas pensando en lo mismo. Era hermosa de una forma que intimida. Cintura de avispa, caderas anchas, muslos largos y firmes, un culo redondo que se apoyaba en la cama sin achatarse. Ese cuerpo que detiene conversaciones. No lo había notado así antes. Quiero decir, sabía que era atractiva, pero esa tarde, en esa luz, la miré como se mira algo que se quiere.
Dejé la bandeja sobre el escritorio y me di la vuelta para salir.
—No te vayas —dijo.
Me senté en el sillón que estaba junto a la cama. Ella me miró desde donde estaba, sin moverse, y después de un momento preguntó:
—¿Te gusta lo que ves?
No lo dijo con agresividad. Lo dijo con una calma casi científica, como si genuinamente quisiera saber la respuesta.
—Te traje algo de comer —respondí, esquivando la pregunta.
Ella sonrió apenas, se incorporó sobre los codos —el movimiento le apretó las tetas contra el top y le marcó todavía más los pezones— y señaló el borde de la cama.
—Sentate acá. Ese sillón está lejos.
Me senté en el borde. Ella se corrió hacia mí y apoyó la cabeza en mi hombro. Era un gesto sin ambigüedad aparente, el de alguien que simplemente necesita compañía. Olía a algo cálido, un perfume suave que no había notado antes, mezclado con algo más íntimo que venía de su piel. Afuera, un auto pasó despacio por la calle.
—Estás enojada —dije.
—Estoy cansada —corrigió—. Es diferente.
Silencio. La luz de la habitación era tenue. Yo escuchaba mi propia respiración y notaba, con una vergüenza sorda, que las bragas se me estaban humedeciendo debajo del vestido.
—¿Puedo pedirte algo? —preguntó.
—Depende de qué.
—Cuando estoy muy bajón, hay un juego que me ayuda a tranquilizarme. Necesitaría que jugaras conmigo.
Le pregunté en qué consistía. Me lo explicó despacio, buscando las palabras. Ella haría de niña. Yo de madre.
Hubo una pausa larga entre su explicación y mi respuesta. En ese silencio pensé en varias cosas. Pensé en Ricardo en el aeropuerto. Pensé en todo lo que Daniela me había contado sobre estar con mujeres, sobre lenguas y coños y dedos que saben. Pensé en mis pezones, que ya se habían endurecido bajo el vestido de tirantes sin que nadie los hubiera tocado, y en el latido húmedo que tenía entre las piernas.
—Está bien —dije.
***
Se recostó sobre mi regazo con una naturalidad que me desarmó. Yo llevaba un vestido de tirantes liviano, sin sujetador, y cuando ella se acomodó, noté que el simple contacto de su mejilla contra mis muslos me generó una descarga que subió directo al coño. Sentí cómo mi propia humedad me manchaba la tela de la tanga.
—Mami —murmuró, con la voz un poco más pequeña—, ¿me das tetita?
Antes de que yo reaccionara, bajó el tirante izquierdo de mi vestido. Lo hizo despacio, sin ningún apuro, como si tuviera toda la noche. Cuando quedé expuesta, mi pezón estaba completamente erecto, apuntando duro como una piedra pequeña y rosada.
Daniela lo miró un segundo. Después se lo llevó a la boca.
Su lengua no improvisa. Eso fue lo primero que entendí. Primero lo lamió entero, con la lengua plana y caliente, dando vueltas alrededor de la areola sin tocarme la punta, hasta que sentí que se me tensaba el vientre esperando el contacto que no llegaba. Después cerró los labios sobre el pezón y empezó a succionar con un ritmo lento, profundo, que me tiró de algo por dentro. Cada vez que chupaba, sentía un tirón directo entre las piernas, como si la boca y el coño estuvieran unidos por un hilo invisible. Solté un sonido que no había planeado soltar, un gemido bajo que se me escapó de la garganta. Ella lo notó y sonrió sin separar la boca. Después me clavó los dientes suavemente en el pezón y yo arqueé la espalda sin querer.
Bajó el otro tirante con la misma calma. Mi vestido quedó en la cintura y su mano libre tomó la segunda teta. Sus dedos apretaron la carne con firmeza, después buscaron el pezón y lo pellizcaron con una precisión que me hizo abrir la boca. Rolaba el pezón entre el pulgar y el índice mientras seguía chupando el otro, alternando succión con lengüetazos rápidos que me hacían jadear. Era una coordinación precisa, pensada, que me dejó sin capacidad para pensar en otra cosa que no fuera lo que estaba sintiendo. Sentía cómo se me acumulaba el líquido entre los muslos, cómo la tanga se me pegaba a los labios ya empapados.
Paró un momento para mirarme. Tenía los labios brillantes de saliva y un hilo fino le colgaba del labio inferior al pezón que acababa de soltar.
—¿Habías estado con una mujer antes?
—No —dije, con la voz ronca.
—¿Y estás mojada?
Me quedé sin aire. Asentí.
—Decilo.
—Estoy mojada.
—Mojadísima —corrigió, y me metió una mano entre las piernas por encima del vestido enrollado. Apretó la palma contra mi coño a través de la tanga y sintió el charco que ya había ahí. Sonrió—. Empapada.
Intenté cubrirme con un gesto automático. Ella me tomó las manos con suavidad y las separó.
—No te tapes —dijo—. No hay nada que esconder.
Se acercó a mi boca. Me besó despacio al principio, dándome tiempo para decidir. No me alejé. El beso se volvió más profundo, su lengua metiéndose en mi boca y buscando la mía con una urgencia contenida, y mientras me besaba sus dedos siguieron trabajando por encima de la tanga, presionando el clítoris a través de la tela, dibujando círculos lentos que me hacían empujar las caderas contra su mano sin darme cuenta. Yo empecé a acariciarle la espalda sin pensar, siguiendo la curva de su cintura, bajando hasta el culo, apretándole las nalgas por encima de la tela mínima de sus bragas. Ella gimió dentro de mi boca cuando la agarré así.
***
Me ayudó a levantarme. Terminó de bajar el vestido hasta el suelo y quedé frente a ella en tanga, con las tetas al aire y los pezones brillantes de su saliva. Me miró durante un momento largo y limpio, sin urgencia, como alguien que finalmente tiene frente a sí algo que llevaba tiempo imaginando.
—Llevaba meses pensando en esto —dijo—. Meses masturbándome pensando en tu culo cuando te agachás en la cocina. En cómo se te marcan los pezones cuando salís de la ducha. En cómo debe saber tu coño.
Que me hubiera deseado en secreto. Que se hubiera hecho dedos pensando en mí en el cuarto de al lado. Esa confesión me calentó más que cualquier cosa que hubiera pasado hasta ese momento. Sentí una nueva oleada de humedad entre las piernas.
Me guió hasta la cama. Me recosté y ella se colocó sobre mí. Se sacó el top de un tirón y sus tetas quedaron libres, más pequeñas que las mías pero perfectamente redondas, con pezones oscuros y erectos. Se inclinó y me frotó los pezones contra los míos, piel contra piel, y esa sola sensación me arrancó otro gemido. Después empezó a bajar por mi cuerpo con la boca, sin saltarse nada: la clavícula, el espacio entre las tetas, el esternón, las costillas, el ombligo, donde metió la lengua y dio vueltas lentas. Cada pausa era deliberada. Sabía exactamente dónde detenerse para que yo tuviera tiempo de anticipar lo que vendría.
Cuando llegó a mis caderas me quitó la tanga con calma, deslizándola por los muslos hasta sacarla y tirarla al suelo. Se quedó un segundo parada, mirando entre mis piernas. Yo tenía el coño depilado y sentía cómo los labios se me abrían solos por la excitación, mojados, brillando en la luz tenue.
—Dios —murmuró—, qué coño más lindo tenés.
Me abrió las piernas del todo con las manos, agarrándome de los muslos y separándolas. Después bajó la cabeza y empezó.
Primero pasó la lengua entera desde abajo hasta arriba, lenta, recogiendo todo lo que había ahí. La sentí gemir contra mi coño cuando me probó, un gemido de satisfacción que me vibró en la carne. Después empezó a lamerme los labios uno por uno, chupándolos entre los suyos, tirando de ellos con suavidad. Cuando llegó al clítoris no lo atacó directo: dio vueltas alrededor, cada vez más cerca, hasta que yo estaba levantando las caderas buscando el contacto. Recién entonces lo tomó entre los labios y empezó a succionar suave, alternando con la punta de la lengua que dibujaba figuras que no podía identificar.
Conocía cada ángulo, cada variación de presión, cada pequeño cambio de ritmo que lleva a alguien exactamente al límite sin dejarlo cruzar antes de tiempo. Cuando me sintió a punto de reventar, aflojó y volvió a los labios exteriores, dejándome jadeando con las manos aferradas a las sábanas. Después subió de nuevo. Y de nuevo aflojó. Tres veces me llevó al borde y me dejó ahí, temblando.
Después metió un dedo. Lo hizo despacio, sintiendo cómo mi coño se cerraba alrededor de él, y empezó a moverlo buscando ese punto adentro que hacía que me arqueara. Cuando lo encontró, agregó un segundo dedo y empezó a curvarlos hacia arriba, presionando con un ritmo constante mientras seguía chupándome el clítoris. Sentí que se me caía el techo encima. Alternó la lengua con los dedos con una precisión que no parecía aprendida sino innata. Prestó atención a mis reacciones, ajustó lo que hacía según lo que yo le iba mostrando sin querer. Aumentó el ritmo de los dedos hasta que hacían un ruido húmedo, obsceno, cada vez que entraban y salían.
—Corré para mí, mami —murmuró contra mi coño—. Corré en mi boca.
Cuando llegué al orgasmo, fue tan intenso que cerré los ojos con fuerza y me mordí el labio para no gritar. Me convulsioné entera, las piernas cerrándose sobre su cabeza sin que yo pudiera controlarlo, el coño apretándole los dedos con espasmos que me sacudieron desde el vientre. Ella no paró: siguió lamiendo y chupando mientras yo me corría, alargándomelo hasta que empecé a empujarle la cabeza porque no aguantaba más. Recién entonces levantó la cara. Tenía la barbilla y las mejillas mojadas de mí, brillantes, y se pasó el dorso de la mano lentamente por la boca sin dejar de mirarme.
Daniela me miró con una sonrisa tranquila, como alguien que acaba de terminar un trabajo bien hecho.
—Tu turno —dijo, y se movió hacia arriba.
***
Se sentó a horcajadas sobre mi pecho por un momento, dejándome sentir el calor húmedo de su coño a través de las bragas contra mi piel. Después se levantó, se sacó las bragas y volvió a acomodarse, esta vez subiendo hasta que su coño quedó justo encima de mi cara. Se sostuvo del cabecero y bajó despacio.
—Sacame la lengua —dijo.
Le saqué la lengua. Ella bajó hasta que su coño rozó apenas la punta y después empezó a moverse encima, restregándose contra mi cara, dándome el olor y el sabor de ella todo junto. Estaba tan mojada como yo. Sentí cómo se me llenaba la boca de líquido tibio y ligeramente salado.
Esperaba sentir torpeza. No la sentí. Empecé a lamerla siguiendo el instinto, buscándole el clítoris primero, chupándolo con la misma pausa con la que ella me había hecho a mí. La escuché responder, noté qué presión le hacía apretar los muslos contra mis mejillas, qué variaciones le arrancaban sonidos involuntarios. Cuando gemía más fuerte, insistía. Cuando bajaba el ritmo, yo bajaba el mío. Metí las manos en su culo y le separé las nalgas, sintiendo cómo se me apretaba contra la boca. Después bajé la lengua hasta la entrada del coño y la metí adentro, todo lo que pude, y ella soltó un grito que se cortó en la mitad.
—Sí, así, mami, así.
Alterné la lengua entre el clítoris y la entrada, subí y bajé, chupé, mordí suave, hasta que la sentí temblar sobre mí. Le clavé las uñas en el culo y le apreté la cara más contra su coño. Ella empezó a moverse encima, cabalgándome la lengua, con las manos cerradas en el cabecero y la cabeza tirada hacia atrás. Cuando se corrió, fue con un gemido largo que llenó el cuarto y con una descarga de humedad que me bañó la boca y el mentón. Sentí las contracciones contra mi lengua, la vi arquearse encima de mí, y no la solté hasta que ella misma se dejó caer de costado, jadeando.
Se dejó caer a mi lado.
Las dos respirábamos fuerte. Yo tenía la cara empapada; ella todavía temblaba levemente. Me giró la cabeza hacia ella y me besó, chupándose de mi boca su propio sabor, y ese beso me hizo sentir otra vez el tirón entre las piernas.
La habitación estaba quieta salvo por eso.
***
No supe cuánto tiempo pasamos así, en silencio, mirando el techo. La luz de afuera había cambiado. Era de noche ya, y el pasillo estaba en penumbra. Daniela tenía una mano apoyada en mi vientre, con los dedos rozándome distraídamente el vello del pubis, y ese contacto mínimo me estaba manteniendo encendida.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —respondí. Era verdad, aunque no sabía del todo qué hacer con esa verdad.
Daniela se giró hacia mí. Tenía una expresión seria que no esperaba.
—No tienes que complicarte la cabeza con esto.
—No me la estoy complicando.
—Bien.
Su mano bajó unos centímetros más y sus dedos empezaron a acariciar los labios de mi coño, todavía sensibles, todavía mojados. Cerré los ojos.
—Otra vez —murmuró—. Antes de dormir.
Metió dos dedos adentro sin dejar de mirarme y empezó a moverlos lento, buscando el punto que ya había memorizado. Con el pulgar me frotaba el clítoris en círculos pequeños. Yo abrí las piernas sin decir nada, entregándome al ritmo que ella me marcaba. Esta vez fue más callado, más largo, un orgasmo que subió despacio y me dejó sin fuerzas, mordiéndome el interior de la mejilla, apretándole la muñeca con las dos manos para que no parara.
Cuando terminé, ella se sacó los dedos, se los llevó a la boca y los chupó uno por uno, mirándome. Después estiró el brazo y apagó la lámpara de la mesita de noche.
—Quédate un rato más —dijo.
Me quedé.
***
No tengo un nombre para lo que empezó esa tarde. No hay uno que no suene demasiado simple o demasiado dramático para lo que fue. Lo que sí sé es que algo se reorganizó en mí de una manera que no tenía vuelta atrás. Que cuando Ricardo llamó al día siguiente y me preguntó cómo iba todo, le dije «tranquilo, sin novedades» con la voz completamente firme, mientras Daniela me tenía la mano metida entre las piernas debajo de la mesa de la cocina, jugándome con dos dedos adentro y sonriéndome desde el otro lado del mantel. Que cuando Daniela volvió a llamar a mi puerta la semana siguiente, la abrí sin hacerme preguntas que no tenían respuesta y me dejé desnudar contra la pared del pasillo.
Y que algo en mí, que durante años había estado cerrado sin que yo lo supiera, esa tarde decidió no volver a cerrarse.
