Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que mi novia hizo conmigo en aquel probador

Sábado por la mañana, el centro comercial todavía vacío. Lucía me había despertado con un beso en el cuello y una propuesta inocente: «Vamos a comprar». Yo ya sabía que la inocencia, con ella, era siempre una palabra de tres sílabas y dos significados.

Iba cogida de su mano, como siempre que salíamos juntas. Me gusta caminar así con ella, sentir cómo su pulgar acaricia el dorso de mi mano cada pocos pasos, recordándome que está ahí. Lleva años haciéndolo y nunca se ha vuelto rutina.

Entramos en una boutique pequeña, de esas en las que la dependienta te mira de arriba abajo antes de saludarte. Lucía le devolvió la sonrisa con esa cortesía suya que siempre intimida un poco. A mí me dejó deambular sola entre los percheros mientras ella se quedaba en la entrada hablando del tiempo.

El vestido lo vi colgado al fondo, contra una pared blanca. Verde botella, manga francesa, falda con vuelo y un estampado de flores pequeñas en tonos coral. Lo bajé del perchero y me lo apoyé contra el cuerpo. Sentí los ojos de Lucía clavados en la nuca antes de oír sus pasos.

—Te queda el color —dijo, apareciendo a mi espalda.

—Me gustan las mangas y la falda —contesté, sin mirar la etiqueta.

—Peeeeero...

Levanté la vista al espejo y nos vi reflejadas: yo, con el vestido por delante; ella, detrás, sonriendo de esa manera que llevo aprendiendo a leer desde el primer día.

—Mucho escote —dije, terminando la frase por las dos.

Me guiñó un ojo. Volvió a apretarme la mano y tiró un poco hacia el fondo de la tienda, hacia los probadores.

—No mires el precio —me ordenó al pasar junto al cartelito plateado.

Apreté los labios. Quise replicar algo, pero las palabras se me quedaron donde se me quedan siempre con ella: en algún punto entre la garganta y la nuca.

***

Adentro del probador, la luz era más cálida que la del resto de la tienda. Cabíamos las dos sin tocarnos, pero Lucía cerró la cortina detrás de nosotras y se quedó pegada a mi espalda. Olía a su perfume de siempre, al de los días en que sabe que vamos a tardar.

Me ayudó a quitarme la chaqueta primero, después la blusa. Me bajó la cremallera de la falda con una lentitud que me erizó la piel del costado. Las braguitas no fueron problema: ya no las llevaba puestas. Lucía me las había guardado en su bolso esa misma mañana, antes de salir de casa, mientras yo me lavaba los dientes.

—Pruébatelo sin sujetador —dijo, deslizándome los tirantes por los hombros.

La miré en el espejo. Sonreía con la sonrisa de cuando ya ha decidido cómo va a terminar la mañana. Me solté el cierre yo misma y dejé caer el sostén sobre la banqueta del probador. Sus manos vinieron enseguida a recogerme los pechos por detrás, pequeños, demasiado pequeños siempre para mi gusto pero perfectos para el de ella, según me repite. Los pezones se me endurecieron en cuestión de segundos.

—Ahora sí —murmuró.

Levanté los brazos para que me pasara el vestido por la cabeza. La tela bajó fresca contra la piel, suave en los costados. Sentí su mano subir por mi espalda hasta encontrar la cremallera, y oí ese sonido que tantas veces nos había hecho reír por lo doméstico: la cremallera de un vestido nuevo cerrándose despacio.

Cuando me solté el pelo, abrí los ojos del todo y me miré.

El color me sentaba. Desde que me había vuelto pelirroja en marzo, Lucía no dejaba de comprarme cosas verdes: esmeraldas, botellas, pinos. Y el coral del estampado hacía juego con el pintalabios que me había puesto esa mañana, sin saber bien por qué, mientras la oía silbar en la cocina. Pero el escote me quedaba demasiado abierto, demasiado bajo. Los pezones se marcaban a través de la tela. No, no me iba a comprar este vestido.

Iba a girarme para decírselo cuando vi su cara en el espejo.

Ya no sonreía como antes. Me miraba con esa mezcla de ternura y voracidad que solo le conozco a ella, los párpados un poco caídos, los labios entreabiertos. Mi columna vertebral se enteró antes que mi cabeza.

—Ábrete de piernas —dijo bajito, dándome dos golpecitos suaves con el dorso de la mano en la cara interior del muslo.

Las piernas me obedecieron antes que la voluntad. Una, después la otra, hasta que sentí la tela del vestido tensarse ligeramente sobre las caderas.

—Apoya las dos manos en la pared, mi niña.

Me incliné como me pedía. El probador era estrecho y la pared estaba a un palmo. Al inclinarme, el escote se abrió todavía más; mis pechos quedaron casi al aire dentro de la tela, y sentí el roce frío de la pared en las palmas. La luz del techo me iluminaba la coronilla. Por debajo, la falda se levantaba un par de centímetros sobre el muslo derecho.

—No me mires a mí —oí, y su voz ya no era la misma de hacía un minuto—. Mírate a ti. Mira esos pechos, mira la cara que tienes. Mira los ojos.

Subí la vista al espejo. Estaba sonrojada, los labios entreabiertos, el pelo cayéndome sobre la frente. Detrás de mí, Lucía estaba inclinada, una mano metida bajo la falda del vestido, la otra apoyada en mi cadera. La tela de la falda se le abultaba en el antebrazo.

—¿Te das cuenta de lo guapa que estás? —preguntó.

No supe qué contestar. Solo asentí, porque sus dedos ya me estaban separando los labios de abajo con una delicadeza que dolía.

Un dedo entró hasta el fondo de un solo movimiento. Mordí el labio inferior con todas mis fuerzas para no soltar ningún ruido. La dependienta seguía hablando del tiempo en la entrada. Una clienta había entrado hacía un minuto y andaba revolviendo en los percheros, justo al otro lado de la cortina. Oía sus tacones contra el suelo de tarima.

—Ni se te ocurra cerrar los ojos —dijo Lucía, y su otra mano me agarró el culo por debajo del vestido, los dedos clavados.

Lo conseguí a duras penas. Mantuve los ojos abiertos a fuerza de respirar muy hondo por la nariz. Su dedo entraba y salía con ritmo, y mis pechos comenzaron a moverse dentro del escote al compás. Me pareció obsceno verme así, y al mismo tiempo no podía dejar de mirar.

El pelo se me cayó sobre la cara, otra vez. Lucía me lo recogió con la mano libre, lo enrolló en su puño y tiró suavemente hacia atrás. Mi cuello quedó descubierto en el reflejo. Vi las pecas que me empezaban en el escote, las mismas que ella se sabía de memoria.

—Voy a darte uno de los tuyos, pelirroja —susurró pegando la boca a mi oído—. Uno de los que me gustan a mí.

Tragué saliva.

—Y voy a comprarte este vestido, ¿sabes por qué?

Negué con la cabeza. No podía hablar. Lo que estaba sintiendo ya no me dejaba hablar.

—Porque lo vas a dejar empapado.

Justo entonces metió otro dedo. Y la voz me salió sin querer. Apenas un gemido, pero suficiente para que la mujer del otro lado de la cortina dejara de pasar perchas durante medio segundo.

La mano que me sujetaba el pelo se me vino a la boca antes de que pudiera reaccionar. Lucía me amordazó con la palma, los dedos clavados en mi mejilla, y siguió moviendo la otra dentro de mí sin perder el ritmo.

—Calladita, mi niña —dijo en mi oreja—. Calladita.

Asentí con la palma de su mano todavía sobre mis labios. Sentí la efervescencia esa que nos conocemos las dos, ese instante previo al primer chorrito, el calambre que empieza en el bajo vientre y sube hasta los pezones. Apreté los muslos contra su mano sin querer. Ella aceleró.

El primero salió enseguida. Mojó la cara interior de la falda del vestido y goteó por mis muslos. El segundo me lo arrancó moviendo los dedos hacia arriba, en ese ángulo que solo encuentra cuando quiere encontrarlo. Vi en el espejo cómo mi vientre se contraía debajo de la tela verde, cómo mi cara se descomponía contra su mano, cómo mis pechos botaban dentro del escote.

No grité gracias a su palma. Pero lo pensé. Lo pensé tan fuerte que estoy segura de que me lo escuchó dentro de la boca.

Cuando me dejó vacía y se incorporó, retiró la mano de mis labios despacio. Vi en el reflejo cómo se chupaba dos dedos sin dejar de mirarme.

—Gracias, señora —murmuré.

Sonrió. Esa sonrisa nueva, la satisfecha, la que aparece cuando le ha salido todo como ella había decidido.

—Todavía no —dijo.

***

Me ayudó a salir del vestido con cuidado, casi con dulzura, como si lo hubiera pagado ya. La falda estaba manchada por dentro, una mancha oscura sobre el verde. Lo dejó colgado del perchero del probador, sin prisa, después me ayudó con la blusa y la falda mías. Me puso de nuevo el sujetador. Me arregló el pelo con los dedos. Me limpió el pintalabios corrido con un pañuelo de su bolso.

Cuando salimos del probador, mis braguitas seguían en su bolso, donde habían estado todo el rato.

Llevó el vestido a la caja con esa naturalidad suya. La dependienta sonrió, comentó algo del color, lo plegó con papel de seda. No miró la mancha. O hizo como que no la miraba.

Lucía pagó sin enseñarme el ticket.

Salimos a la galería del centro comercial, la luz blanca volvió a darnos en la cara, y me cogió de la mano otra vez, con su pulgar buscando el dorso del mío, como siempre.

—¿Café? —preguntó.

—Café —contesté.

Caminamos así, cogidas, hasta la cafetería de siempre. Por debajo del vestido limpio de hoy, mis muslos seguían mojados. Por debajo de su sonrisa de costumbre, ella ya estaba pensando en la siguiente tienda.

Valora este relato

Comentarios (9)

Titi_cba

buenisimoo!! que relato, gracias

LauraNight

Se hizo corto, quede con ganas de mas. Esperando la continuacion por favor!

curiosito77

Muy bien narrado, se nota que lo vivis mientras lo escribis. Felicitaciones de verdad

NocheRosa22

jaja me recordo a algo que me paso con una amiga en un local... ya se imaginan. Muy buen relato

Mariela_99

Primera vez que comento pero tuve que hacerlo. Que bueno esto, muchas gracias!

rodrigo_baires

Los detalles estan perfectos, se siente real. Sigue escribiendo, tenes mucho talento

Pame_404

Ay dios jajaja :) nunca lei algo tan bien contado. Tremendo final

SolMarinaB

Me encanto como esta escrito, cercano y sin pasarse de la raya. Ojalá haya segunda parte, nos deja en un suspenso tremendo

Chepe92

increible relato!! mas asi porfavor

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.