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Relatos Ardientes

Lo que pasaba entre mamá y su mejor amiga

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Lucía llegaba a nuestra casa desde antes de que yo tuviera uso de razón. Los martes y los jueves eran suyos por derecho, aunque también aparecía los sábados, los días de lluvia y cada vez que mamá la llamaba con un «necesito que vengas» al que Lucía respondía siempre sin preguntar. Traía vino o bizcochuelo, a veces las dos cosas, y su risa, que era el tipo de risa que uno escucha y sonríe sin saber bien por qué.

Era la mejor amiga de mamá. Se conocían desde los veinte años, antes de los matrimonios, antes de los hijos, antes de todo lo demás. Esa clase de amistad que ya no necesita justificarse ni explicarse a nadie.

Yo tenía quince años cuando ocurrieron las tres cosas que voy a contar. Las viví como si fueran parte del paisaje normal de nuestra casa. Solo ahora, con veintidós, entiendo que no eran tan ordinarias como me parecieron entonces.

***

Una tarde de otoño me mandaron a casa antes de tiempo porque faltó la profesora de química. Volví caminando sola con los auriculares puestos, sin apuro, mirando las hojas secas en las veredas. Cuando abrí la puerta me recibió el silencio y, mezclado con él, un olor que reconocí enseguida: el aceite de masajes con aroma a almendras que mamá guardaba en el cajón del baño. Lo usaba para las contracturas. Siempre decía que era el único que funcionaba de verdad.

Desde el pasillo escuché risas. Suaves, bajas, las risas de las dos cuando estaban solas y de buen humor. Me avancé hacia el living y noté que la puerta de la habitación de mis padres estaba entreabierta, como siempre que no había nadie más en casa. Me asomé sin pensar, por costumbre.

Lucía estaba acostada boca abajo sobre la cama grande, con la cabeza apoyada en los brazos cruzados sobre la almohada. Llevaba el corpiño negro de encaje que le había visto mil veces, desabrochado, con la espalda completamente al descubierto. La piel le brillaba con el aceite. Mamá estaba sentada a su lado sobre el colchón, con las manos abiertas sobre los hombros de Lucía, trabajando en silencio y con calma.

— Ay, ahí, Valeria… justo ahí — murmuró Lucía, con la voz espesa de alguien que está medio dormida o muy relajada.

Mamá se inclinó un poco hacia adelante y los rulos le cayeron sobre la cara. Se los apartó con el antebrazo sin dejar de trabajar. La blusa que llevaba estaba desabotonada en los primeros botones y cuando se inclinó, el escote se abrió un poco más, dejando ver el borde del corpiño rojo que llevaba debajo.

Las dos me vieron al mismo tiempo.

— ¡Cami! — exclamó mamá, sin moverse, sin taparse. Con esa cara de alguien al que sorprenden haciendo algo completamente normal —. ¿Ya volviste?

Lucía levantó la cabeza apenas. Tenía las mejillas coloradas y el pelo pegado a las sienes por el aceite.

— Hola, linda. ¿Libre temprana?

— Faltó la profe de química — dije, todavía con la mochila colgando de un hombro —. ¿Qué están haciendo?

— Lucía tenía la espalda hecha un nudo — respondió mamá, volviendo a deslizar las manos por la piel aceitada de su amiga —. Le estoy dando un masaje. Andá a cambiarte y merendamos juntas, dale.

Me fui a mi cuarto. No me pareció extraño. Las había visto mil veces en corpiño, en toalla, compartiendo el baño después de la pileta en verano. Las amigas de toda la vida tienen esa clase de confianza que no necesita explicación ni disculpas.

Cerré la puerta con pestillo porque tenía que terminar un trabajo de literatura, me puse los auriculares con la música a todo volumen y me tiré boca abajo en la cama con la carpeta abierta. Desde ese momento y hasta que me llamaron para merendar pasaron casi dos horas en las que no escuché absolutamente nada de lo que pasó del otro lado del pasillo.

Hoy, con veintidós años, con las conversaciones de whatsapp que vi sin querer en el celular de mamá el verano pasado y con lo que aprendí escuchándolas hablar en el patio las noches en que Lucía vuelve de visita y se queda a dormir, puedo reconstruir cada movimiento de esa habitación como si lo hubiera filmado.

Apenas mamá escuchó la puerta de mi cuarto cerrarse y la música que yo puse fuerte para concentrarme, se inclinó otra vez sobre Lucía. Pero esta vez las manos no le trabajaron ningún nudo. Los pulgares le bajaron por la columna, se abrieron sobre las caderas y se metieron por debajo del cuerpo, buscando esas tetas grandes que se desbordaban del corpiño desabrochado contra el colchón.

— ¿Cerró? — murmuró Lucía, sin levantar la cara de la almohada.

— Con música a todo lo que da. No escucha ni un cañón — respondió mamá, y le agarró los pezones desde abajo, apretándoselos entre el pulgar y el índice hasta escucharla soltar un gemido ahogado contra la funda.

— Dios, Valeria… hace dos semanas que no puedo con esto — jadeó Lucía, girando la cadera contra la cama para buscar fricción —. Todo el día pensando en tu boca.

Mamá le rió en la nuca, esa risa baja que yo escuché mil veces sin entender de qué se reían. Le mordió el trapecio, le pasó la lengua por el hombro aceitado, le lamió la piel salada entre los omóplatos. Después le bajó las manos por la cintura hasta el elástico de la bombacha y se la corrió de un tirón hasta las rodillas.

— Date vuelta. Quiero verte la cara cuando te venga.

Lucía rodó sobre la espalda. El corpiño desabrochado le colgaba de los brazos y las tetas se le derramaron a los costados. Se lo terminó de sacar por los codos y quedó completamente desnuda, con el pelo pegado a la frente y el coño ya brillante de humedad entre los muslos abiertos.

Mamá se arrodilló entre sus piernas y le miró el coño mojado un segundo largo, sin apuro, antes de bajarse la blusa por los hombros. El corpiño rojo que yo había visto de reojo cuando llegué a la casa quedó a la vista, y después también en el suelo. Lucía estiró las manos hacia arriba, le atrapó las tetas, le pellizcó los pezones grandes.

— Chupame, dale. Mamame las tetas primero.

Mamá le bajó por el cuello, le mordió la clavícula, le mamó los pezones uno tras otro con la boca bien abierta, dejándoselos brillantes de saliva. Lucía le hundía la cabeza contra el pecho con las dos manos, gimiendo cada vez más fuerte, sin miedo, porque sabía que yo del otro lado del pasillo no escuchaba nada.

Cuando mamá le bajó por el vientre y le hundió la boca en el coño, Lucía se arqueó entera. Mamá le abrió los labios mojados con dos dedos y le pasó la lengua completa de abajo hacia arriba, deteniéndose sobre el clítoris para chupárselo despacio, con los labios cerrados alrededor, jugando con la punta de la lengua contra el capuchón. Lucía le clavaba los muslos a los costados de la cabeza y le tiraba del pelo.

— No pares… por favor no pares… así, así…

Mamá siguió. La chupó con la habilidad de veinte años de conocerse ese coño de memoria, alternando la punta de la lengua sobre el clítoris con dos dedos que le entraban y salían mojados de flujo, curvándose adentro, buscando ese punto que Lucía tenía marcado como un botón. El colchón crujía con cada empuje, la cabecera golpeaba apenas contra la pared, y Lucía se mordía el dorso de la mano para no gritar.

Se corrió con la boca de mamá pegada al coño, temblando entera, con los muslos cerrándose alrededor de la cabeza de su amiga de toda la vida. Mamá no la soltó. Le siguió lamiendo despacio, tragándose el flujo de la corrida, calmándola con la lengua hasta que Lucía le pidió que parara porque no aguantaba más.

Entonces mamá subió por el cuerpo aceitado de Lucía, se sacó los pantalones y la bombacha empapada, y se le sentó en la cara sin pedirle permiso. Lucía le agarró el culo con las dos manos, se lo separó, y le hundió la lengua en el coño con hambre de dos semanas, mamándoselo desde abajo mientras mamá se apoyaba contra la cabecera y se estrujaba las tetas gimiendo esos sonidos graves que yo había escuchado de refilón durante el falso masaje.

— Chupame más fuerte, Luci, así… así me gusta a mí… me voy a correr en tu cara…

Se corrió arriba de la cara de Lucía dos veces seguidas. La primera rápida, ahogada contra la palma de su propia mano. La segunda larga, con un espasmo que le duró en las piernas medio minuto entero y que le arrancó a Lucía la saliva mezclada con la corrida por las comisuras de los labios.

Después se quedaron abrazadas, desnudas y aceitosas entre las sábanas revueltas, con las piernas cruzadas y las bocas todavía buscándose. Se rieron bajito. Esa misma risa cómplice que yo escuchaba a lo lejos sin entender. Se ducharon juntas en el baño de mis padres — mamá tenía la costumbre de dejar entrar a Lucía al baño matrimonial, otro detalle al que nunca le presté atención —, se vistieron, cambiaron las fundas de la almohada, ventilaron abriendo la ventana al patio.

Cuando yo bajé de mi cuarto con la carpeta bajo el brazo, todo olía a jabón y a aceite de almendras y las dos estaban en la cocina cortando bizcochuelo como si nada.

Esa tarde merendamos las tres en la cocina. Galletitas y bizcochuelo, infusión para ellas y mate para mí. Todo fue completamente normal. Me fui a hacer la tarea y ellas siguieron hablando en voz baja, como siempre hacían cuando estaban juntas y la casa era suya.

Desde mi cuarto, entre párrafo y párrafo de historia, escuché sus risas una última vez. Esa risa baja, cómplice. La cerré y seguí estudiando.

***

La segunda situación fue un viernes de julio. Papá estaba en un viaje de trabajo de tres días y mi hermana Daniela se había quedado a dormir en lo de una amiga del colegio. La casa era solo de mamá y, cuando la casa era de mamá, Lucía venía.

Me sumé a la película que pusieron, tirada en el sillón grande con la manta de polar hasta el mentón. Pero a los cuarenta minutos ya me estaba quedando dormida. Era una de esas historias románticas lentas que a ellas les fascinaban y que a mí me producían un sueño difícil de combatir.

— Me voy a dormir — anuncié, bostezando.

Mamá me besó en la frente. Lucía me revolvió el pelo con esa familiaridad de siempre.

— Descansá, preciosa.

Subí, me puse el pijama y me dormí casi sin darme cuenta.

Escuché desde el techo cómo abajo seguía la música de la película, cómo pasaban los diálogos lentos, cómo mamá se rió una vez de algo que Lucía le dijo en voz baja. No me di cuenta cuando el ruido de la película se apagó. Estaba profundamente dormida.

Con lo que sé ahora, con las noches en que las escuché conversar en el patio pensando que yo ya estaba durmiendo, con las cosas que se dicen dos mujeres que llevan cuarenta años queriéndose de esta forma, puedo reconstruir esa noche sin mucho esfuerzo.

Apenas dejaron de escuchar mis pasos arriba, mamá cortó el sonido de la película con el control remoto sin decir nada. Lucía la miró desde el otro extremo del sillón. Mamá bajó la manta polar hasta el piso y le hizo un gesto con la mano para que se acercara.

Lucía se le trepó encima. La estaba esperando desde que yo dije que me iba a dormir. Le montó las piernas a los costados de las caderas y le agarró la cara con las dos manos.

— Callada — le murmuró mamá contra los labios.

— Se durmió como una piedra. La conocés — respondió Lucía, y le pegó la boca a la boca.

Se besaron largo, con lengua, con esa hambre acumulada de dos amigas que solo pueden hacerlo cuando la casa es enteramente suya. Mamá le metió las manos por debajo del suéter, le desabrochó el corpiño de un manotazo, le agarró las tetas por debajo de la ropa mientras Lucía se movía sentada arriba de ella, restregándole el coño mojado contra el pubis a través de la ropa.

Se sacaron las prendas rápido, torpes, sin ganas de perder ni un segundo. El pantalón de mamá voló al piso, la remera de algodón fino le quedó a mitad del brazo colgada del codo. Lucía terminó desnuda de la cintura para arriba con la pollera arremangada hasta la cintura y sin bombacha.

— Chupame las tetas primero — le pidió Lucía, empujándoselas contra la cara —. Fuerte, como te gusta.

Mamá le mamó los pezones uno detrás del otro, largo y con voracidad, mientras Lucía se movía sentada arriba de ella con el coño empapado apoyado contra el pubis de mamá. Se restregaba con la boca abierta, gimiendo bajito, buscando fricción contra el hueso, con el pelo cayéndole en la cara.

— Así no me alcanzas — jadeó Lucía después de un rato —. Necesito tu lengua ya.

Se bajó al piso, se acomodó de rodillas entre las piernas de mamá y le hundió la cara en el coño con toda la naturalidad del mundo. Le pasó la lengua completa varias veces, le abrió los labios con los dedos, le chupó el clítoris con los labios cerrados alrededor mientras le metía dos dedos por delante y uno humedecido en saliva por el culo, moviéndolos al mismo ritmo.

— Dios, Luci… así… no pares…

Mamá arqueó la espalda contra el sillón, se agarró el pelo con las dos manos, y se corrió mordiéndose el antebrazo para no despertarme. Se le sacudieron los muslos alrededor de la cabeza de Lucía. Cuando terminó de temblar, subió las piernas al respaldar del sillón y se dejó lamer un rato más, temblando, mientras Lucía le seguía chupando despacio y le acariciaba las tetas con la mano libre.

Después cambiaron. Lucía se acostó de espaldas sobre el sillón, con las piernas abiertas y los pies apoyados en el respaldo, y mamá se le acomodó entre los muslos. Le comió el coño con esa boca que ya conocía perfecto, chupándole el clítoris y alternando con lengüetazos largos desde el culo hasta arriba, hasta hacerla correrse dos veces seguidas. La segunda vez con dos dedos adentro curvándose hacia arriba y el pulgar apretándole el clítoris, y Lucía tuvo que taparse la boca con las dos manos para ahogar el grito.

Cuando se calmaron, quedaron tiradas en el sillón, desnudas, riéndose como se ríen las dos cuando la casa es suya. Se pusieron los corpiños otra vez, más por costumbre que por pudor. Se cubrieron con la manta polar. Se acomodaron en cucharita, mamá detrás de Lucía, con el brazo alrededor de la cintura y la palma abierta sobre el vientre. Ese vientre que yo iba a ver una hora después cuando bajara al baño creyendo que solo estaban durmiendo abrazadas.

Se durmieron así.

Me desperté a las tres de la madrugada con ganas de ir al baño. La casa estaba en silencio pero desde el pasillo se filtraba una luz tenue. Bajé descalza, tratando de no hacer ruido, y me asomé desde la escalera para ver si alguien todavía estaba despierto.

El televisor seguía encendido, con la pantalla en el menú de inicio del streaming. En el sillón grande, cubiertas con la misma manta polar que yo había dejado al subir a dormir, las dos dormían.

Estaban abrazadas.

Lucía de lado, mirando hacia el respaldo del sillón. Mamá detrás de ella, en cucharita perfecta, con el brazo rodeándole la cintura. La cabeza de mamá descansaba contra la nuca de Lucía y sus cabellos se mezclaban sobre el almohadón. La manta se había corrido en el lado de Lucía y dejaba ver el bretel del corpiño que todavía llevaba puesto.

La mano de mamá estaba abierta sobre el vientre de su amiga.

Plana, tranquila, como si ese fuera el lugar más natural del mundo para una mano.

Me quedé mirándolas unos segundos. Sonreí bajito. Hacía frío esa noche y se querían como hermanas. Era completamente lógico que se hubieran acurrucado juntas para dormir. Yo misma me había dormido así con mamá cuando era más chica y tenía miedo de las tormentas.

Subí al baño, volví a mi cama y no le di más vueltas.

Hoy pienso en esa mano. En lo tranquila que estaba, en cuántas veces habrán dormido así sin que yo me enterara. En esas noches en que papá viajaba y Daniela dormía en otro lado y la casa era completamente de ellas dos.

Me pregunto si se daban cuenta de lo que hacían. Me pregunto si preferían no pensarlo.

***

La tercera fue la que más tiempo me quedó rondando en la cabeza, aunque en el momento tampoco la entendí mejor que las otras.

Volví a casa antes de tiempo una vez más, por la misma profesora. Esta vez, desde la calle ya escuché la música: algo lento y suave, lo que mamá ponía cuando quería desconectarse del día.

Abrí la puerta y me asomé al living.

Mamá estaba recostada en el sillón a lo largo, con la espalda apoyada contra el apoyabrazos y las piernas estiradas sobre los almohadones. Llevaba una remera de algodón fino y unos shorts cortos de verano. Los pies descalzos apoyados en el regazo de Lucía.

Lucía estaba sentada en el extremo del sillón, con las piernas cruzadas e inclinada ligeramente hacia adelante. Tenía el pie derecho de mamá sostenido entre ambas manos. Sobre la mesita auxiliar, un frasco pequeño de aceite abierto y un trapo doblado.

Los pulgares de Lucía se movían en el arco del pie. Despacio. Con una fuerza calculada que no era ni demasiado fuerte ni demasiado suave sino exactamente la correcta, como la de alguien que conoce bien ese cuerpo y sabe dónde presionar. Cada pasada iba desde el talón hasta la base de los dedos, que Lucía separaba uno por uno con cuidado antes de volver a juntar.

Las uñas de mamá estaban pintadas de rojo. Un rojo brillante, intenso, que reflejaba la luz de la tarde que entraba por la ventana.

— Dios, Lucía… ahí — murmuró mamá, con los ojos entrecerrados y la voz más grave de lo que le escuchaba en otras situaciones.

Lucía no respondió. Sonrió. Una sonrisa lenta, con los labios ligeramente entreabiertos y los ojos bajos, concentrados en lo que estaban haciendo sus manos. Luego levantó apenas la vista hacia el pie que sostenía y siguió, como si la hubiera mirado para decidir qué hacer a continuación.

Sus manos subieron por el empeine, rodearon el tobillo con movimientos circulares, bajaron de nuevo hacia el arco. El aceite brillaba bajo la luz. Los dedos de mamá se flexionaron levemente cada vez que la presión llegaba a cierto punto exacto.

Mamá soltó un sonido que no era solo un suspiro. Algo más largo, más grave, más profundo.

— Seguí así — dijo, casi sin voz —. Por favor.

Lucía se mordió el labio inferior y siguió.

Fue en ese momento cuando mamá me vio.

— ¡Cami! — Abrió los ojos sin sobresaltarse, sin apartar los pies del regazo de Lucía —. ¿Ya volviste, amor?

Lucía también levantó la vista. La sonrisa no desapareció.

— Hola, preciosa. Tu mamá pasó el día de compras con esas sandalias nuevas. Le estoy aflojando los pies para que mañana pueda caminar bien.

La explicación era perfecta. Mamá siempre se quejaba de los pies después de usar zapatos nuevos o pasar mucho tiempo parada. No había nada que cuestionar.

— ¿Preparo algo para merendar? — ofrecí, dejando la mochila en el sillón de al lado —. Creo que hay alfajores.

— Sí, por favor — respondió mamá, cerrando los ojos otra vez cuando las manos de Lucía retomaron el ritmo —. Y un vaso de agua fría si podés, que estoy muerta de sed.

Subí a la cocina. Puse el agua a calentar, saqué los alfajores del armario, corté el limón, elegí las tazas con calma. Desde arriba seguía llegando la música lenta y, entre canción y canción, el sonido suave de la voz de mamá.

Hoy sé lo que pasó abajo mientras yo preparaba la bandeja.

Apenas escucharon que yo abría la heladera arriba, Lucía soltó el pie de mamá y le pasó la mano por la pantorrilla. Le subió por la parte interna del muslo, despacio, con la palma bien abierta contra la piel. Llegó al borde de los shorts cortos de verano y se le metió por debajo sin cambiar el ritmo.

— Sacatelos — le pidió, con la voz baja pero clara —. Rápido, que la tenemos arriba.

Mamá se levantó del sillón, se bajó los shorts y la bombacha en un mismo movimiento y las dejó caer al piso, junto a las sandalias nuevas. Se volvió a acostar como estaba, con la espalda contra el apoyabrazos, pero ahora con las piernas abiertas y la remera de algodón fino subida hasta debajo de las tetas.

Lucía se acomodó entre sus muslos. Le pasó la lengua por el vientre, se la clavó en el ombligo, le bajó por el pubis y le comió el coño con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Mamá le agarró el pelo con las dos manos, le sostuvo la cabeza donde la necesitaba y empezó a moverse contra su cara sin dejar de escuchar los ruidos que yo hacía arriba.

— Con la lengua nomás… no me hagas terminar rápido, quiero que dure — susurró mamá.

Lucía obedeció. Le lamió el clítoris con la punta de la lengua durante un rato largo, sin apuro, sacándole a mamá esos gemidos graves que yo había escuchado unos minutos antes sin entenderlos del todo. Le metió un dedo, después dos, después tres, curvándolos adentro despacio, mientras seguía lamiendo. Mamá se apretaba las tetas por debajo de la remera, se pellizcaba los pezones, murmuraba el nombre de Lucía cada vez más ahogado.

— Chupame el clítoris, dale… fuerte…

Cuando escucharon el chirrido de la puerta del microondas — yo estaba calentando el agua — Lucía subió el ritmo. Le cerró los labios alrededor del clítoris y se lo chupó con firmeza, hundiéndole los dedos con fuerza, buscando el punto exacto que había venido preparando durante toda la tarde con la excusa del masaje. Mamá se corrió mordiéndose el labio, empujando la cadera contra su cara, tratando de no gemir demasiado fuerte. Le duró un buen rato. Le siguió temblando en las piernas mientras Lucía la calmaba con la lengua, lamiendo lento entre los muslos hasta hacerla bajar.

Se levantaron rápido. Mamá se puso los shorts, se pasó las manos por el pelo, se acomodó la remera. Lucía se limpió la boca con el dorso de la mano, se enjuagó con el vaso de agua que tenía en la mesita, agarró el frasco de aceite y el trapo doblado como si fuera lo más natural del mundo. Se sentó otra vez con las piernas cruzadas en el extremo del sillón y esperó.

Cuando yo bajé con la bandeja, mamá tenía otra vez los pies apoyados en su regazo y Lucía le sostenía el tobillo derecho con la calma perfecta de alguien que solo está aflojando unas contracturas.

Preparé la merienda, bajé, y las tres estuvimos un rato juntas. Galletitas, alfajores, té. Lucía habló de una serie que estaba mirando. Mamá hizo preguntas. Yo comí mirando el teléfono sin prestar demasiada atención.

Absolutamente normal.

Hoy esa escena me resulta imposible recordar de la misma manera.

Porque yo también sé lo que produce que te masajeen los pies con esa clase de atención sostenida. El calor que empieza en la planta y sube despacio por las pantorrillas, por los muslos, hasta instalarse en otro lugar. Cuando uno está predispuesto, ese masaje no se queda en los pies. Nunca se queda solo en los pies.

La forma en que Lucía sostenía el pie de mamá era demasiado atenta. Demasiado lenta. Había algo en esa sonrisa que no soltó en ningún momento, en la manera en que mamá se entregaba a eso sin ningún reparo, que no encajaba únicamente con la dinámica de dos amigas que se consienten después de un día largo.

O quizás sí encajaba. Quizás el cariño de cuarenta años tiene esa textura cuando es verdadero, y el límite entre el afecto profundo y el deseo se vuelve difuso sin que ninguna de las dos lo haya decidido, sin que ninguna lo nombre ni lo reconozca.

Ahora sé que lo habían nombrado hacía mucho. Que lo habían decidido hacía mucho más. Que solo yo, la nena que entraba y salía de la casa con la mochila colgada del hombro, era la que no lo veía.

***

Lo que sí sé es que las tres situaciones terminaron igual: con las dos riéndose en voz baja de algo que yo no escuché, como si compartieran un idioma propio al que nadie más tenía acceso y que se cerraba apenas aparecía alguien más en la habitación.

Lucía se mudó hace tres años a otra ciudad por trabajo. Sigue siendo la mejor amiga de mamá. Se llaman los domingos sin falta y se visitan dos o tres veces al año. Cuando se encuentran en la puerta de casa, el abrazo que se dan no tiene prisa. Siempre me pareció un abrazo distinto al que mamá les da a sus otras amigas, aunque no sabría decir exactamente en qué.

Yo las miro y pienso en esas tres tardes. En las manos de Lucía sobre la espalda de mamá. En la cucharita en el sillón a las tres de la madrugada, esa mano abierta y tranquila sobre el vientre de la otra. En el pie sostenido con una delicadeza que no era solo funcional, y en esa sonrisa que Lucía mantuvo durante todo el tiempo, lenta y cómplice.

Sé que pasó. No lo digo. No me toca a mí decirlo. Sigo poniendo la mesa cuando Lucía viene de visita, sigo prestándole mi cuarto para que duerma cuando papá está de viaje, sigo bajando por las mañanas y encontrándolas en la cocina con dos tazas y la misma risa baja que las acompaña desde antes de que yo naciera.

Pero tampoco puedo seguir recordándolo como si no significara nada.

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Comentarios(8)

LuciaMar85

Que historia mas intrigante, quede enganchada desde el principio. Esperando la continuacion!

SandraMorales

Me encanto como jugás con los dos tiempos, el de antes y el de ahora. Muy buena la idea.

Manu1987

Segunda parte ya!! no podés dejarnos asi jajaja quede con muchas preguntas

Persefone

Muy bien escrito. Se nota que sabés narrar, no es facil lograr ese tono. Sigue asi!!

MartinaBsAs

A mi me paso algo parecido, cosas que de chica no entendia y de grande cobran otro sentido. Me identifiqué mucho

turista

Corto pero con mucho fondo. Ganas de leer mas!

duncan74

La perspectiva retrospectiva esta muy bien lograda. Enhorabuena por el relato

rosameler

Hize bien en leerlo antes de dormir, ahora no voy a poder jajaja. Muy bueno!!

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