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Relatos Ardientes

Lo que pasaba entre mamá y su mejor amiga

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Lucía llegaba a nuestra casa desde antes de que yo tuviera uso de razón. Los martes y los jueves eran suyos por derecho, aunque también aparecía los sábados, los días de lluvia y cada vez que mamá la llamaba con un «necesito que vengas» al que Lucía respondía siempre sin preguntar. Traía vino o bizcochuelo, a veces las dos cosas, y su risa, que era el tipo de risa que uno escucha y sonríe sin saber bien por qué.

Era la mejor amiga de mamá. Se conocían desde los veinte años, antes de los matrimonios, antes de los hijos, antes de todo lo demás. Esa clase de amistad que ya no necesita justificarse ni explicarse a nadie.

Yo tenía quince años cuando ocurrieron las tres cosas que voy a contar. Las viví como si fueran parte del paisaje normal de nuestra casa. Solo ahora, con veintidós, entiendo que no eran tan ordinarias como me parecieron entonces.

***

Una tarde de otoño me mandaron a casa antes de tiempo porque faltó la profesora de química. Volví caminando sola con los auriculares puestos, sin apuro, mirando las hojas secas en las veredas. Cuando abrí la puerta me recibió el silencio y, mezclado con él, un olor que reconocí enseguida: el aceite de masajes con aroma a almendras que mamá guardaba en el cajón del baño. Lo usaba para las contracturas. Siempre decía que era el único que funcionaba de verdad.

Desde el pasillo escuché risas. Suaves, bajas, las risas de las dos cuando estaban solas y de buen humor. Me avancé hacia el living y noté que la puerta de la habitación de mis padres estaba entreabierta, como siempre que no había nadie más en casa. Me asomé sin pensar, por costumbre.

Lucía estaba acostada boca abajo sobre la cama grande, con la cabeza apoyada en los brazos cruzados sobre la almohada. Llevaba el corpiño negro de encaje que le había visto mil veces, desabrochado, con la espalda completamente al descubierto. La piel le brillaba con el aceite. Mamá estaba sentada a su lado sobre el colchón, con las manos abiertas sobre los hombros de Lucía, trabajando en silencio y con calma.

— Ay, ahí, Valeria… justo ahí — murmuró Lucía, con la voz espesa de alguien que está medio dormida o muy relajada.

Mamá se inclinó un poco hacia adelante y los rulos le cayeron sobre la cara. Se los apartó con el antebrazo sin dejar de trabajar. La blusa que llevaba estaba desabotonada en los primeros botones y cuando se inclinó, el escote se abrió un poco más, dejando ver el borde del corpiño rojo que llevaba debajo.

Las dos me vieron al mismo tiempo.

— ¡Cami! — exclamó mamá, sin moverse, sin taparse. Con esa cara de alguien al que sorprenden haciendo algo completamente normal —. ¿Ya volviste?

Lucía levantó la cabeza apenas. Tenía las mejillas coloradas y el pelo pegado a las sienes por el aceite.

— Hola, linda. ¿Libre temprana?

— Faltó la profe de química — dije, todavía con la mochila colgando de un hombro —. ¿Qué están haciendo?

— Lucía tenía la espalda hecha un nudo — respondió mamá, volviendo a deslizar las manos por la piel aceitada de su amiga —. Le estoy dando un masaje. Andá a cambiarte y merendamos juntas, dale.

Me fui a mi cuarto. No me pareció extraño. Las había visto mil veces en corpiño, en toalla, compartiendo el baño después de la pileta en verano. Las amigas de toda la vida tienen esa clase de confianza que no necesita explicación ni disculpas.

Pero hoy recuerdo cosas que en ese entonces no registré.

Los pulgares de mamá hundiéndose en la curva donde la espalda de Lucía se junta con la cintura, y la manera en que se demoraban ahí, sin apuro, sin el ritmo mecánico de alguien haciendo un favor.

El sonido que hizo Lucía cuando eso pasó. Un suspiro que duró más de lo necesario, más grave y más lento de lo que ameritarían unas simples contracturas.

La forma en que los pechos de Lucía desbordaban por los costados del corpiño desabrochado cada vez que mamá aumentaba la presión, y cómo ninguna de las dos parecía incomodarse por eso en lo más mínimo.

Esa tarde merendamos las tres en la cocina. Galletitas y bizcochuelo, infusión para ellas y mate para mí. Todo fue completamente normal. Me fui a hacer la tarea y ellas siguieron hablando en voz baja, como siempre hacían cuando estaban juntas y la casa era suya.

Desde mi cuarto, entre párrafo y párrafo de historia, escuché sus risas una última vez. Esa risa baja, cómplice. La cerré y seguí estudiando.

***

La segunda situación fue un viernes de julio. Papá estaba en un viaje de trabajo de tres días y mi hermana Daniela se había quedado a dormir en lo de una amiga del colegio. La casa era solo de mamá y, cuando la casa era de mamá, Lucía venía.

Me sumé a la película que pusieron, tirada en el sillón grande con la manta de polar hasta el mentón. Pero a los cuarenta minutos ya me estaba quedando dormida. Era una de esas historias románticas lentas que a ellas les fascinaban y que a mí me producían un sueño difícil de combatir.

— Me voy a dormir — anuncié, bostezando.

Mamá me besó en la frente. Lucía me revolvió el pelo con esa familiaridad de siempre.

— Descansá, preciosa.

Subí, me puse el pijama y me dormí casi sin darme cuenta.

Me desperté a las tres de la madrugada con ganas de ir al baño. La casa estaba en silencio pero desde el pasillo se filtraba una luz tenue. Bajé descalza, tratando de no hacer ruido, y me asomé desde la escalera para ver si alguien todavía estaba despierto.

El televisor seguía encendido, con la pantalla en el menú de inicio del streaming. En el sillón grande, cubiertas con la misma manta polar que yo había dejado al subir a dormir, las dos dormían.

Estaban abrazadas.

Lucía de lado, mirando hacia el respaldo del sillón. Mamá detrás de ella, en cucharita perfecta, con el brazo rodeándole la cintura. La cabeza de mamá descansaba contra la nuca de Lucía y sus cabellos se mezclaban sobre el almohadón. La manta se había corrido en el lado de Lucía y dejaba ver el bretel del corpiño que todavía llevaba puesto.

La mano de mamá estaba abierta sobre el vientre de su amiga.

Plana, tranquila, como si ese fuera el lugar más natural del mundo para una mano.

Me quedé mirándolas unos segundos. Sonreí bajito. Hacía frío esa noche y se querían como hermanas. Era completamente lógico que se hubieran acurrucado juntas para dormir. Yo misma me había dormido así con mamá cuando era más chica y tenía miedo de las tormentas.

Subí al baño, volví a mi cama y no le di más vueltas.

Hoy pienso en esa mano. En lo tranquila que estaba, en cuántas veces habrán dormido así sin que yo me enterara. En esas noches en que papá viajaba y Daniela dormía en otro lado y la casa era completamente de ellas dos.

Me pregunto si se daban cuenta de lo que hacían. Me pregunto si preferían no pensarlo.

***

La tercera fue la que más tiempo me quedó rondando en la cabeza, aunque en el momento tampoco la entendí mejor que las otras.

Volví a casa antes de tiempo una vez más, por la misma profesora. Esta vez, desde la calle ya escuché la música: algo lento y suave, lo que mamá ponía cuando quería desconectarse del día.

Abrí la puerta y me asomé al living.

Mamá estaba recostada en el sillón a lo largo, con la espalda apoyada contra el apoyabrazos y las piernas estiradas sobre los almohadones. Llevaba una remera de algodón fino y unos shorts cortos de verano. Los pies descalzos apoyados en el regazo de Lucía.

Lucía estaba sentada en el extremo del sillón, con las piernas cruzadas e inclinada ligeramente hacia adelante. Tenía el pie derecho de mamá sostenido entre ambas manos. Sobre la mesita auxiliar, un frasco pequeño de aceite abierto y un trapo doblado.

Los pulgares de Lucía se movían en el arco del pie. Despacio. Con una fuerza calculada que no era ni demasiado fuerte ni demasiado suave sino exactamente la correcta, como la de alguien que conoce bien ese cuerpo y sabe dónde presionar. Cada pasada iba desde el talón hasta la base de los dedos, que Lucía separaba uno por uno con cuidado antes de volver a juntar.

Las uñas de mamá estaban pintadas de rojo. Un rojo brillante, intenso, que reflejaba la luz de la tarde que entraba por la ventana.

— Dios, Lucía… ahí — murmuró mamá, con los ojos entrecerrados y la voz más grave de lo que le escuchaba en otras situaciones.

Lucía no respondió. Sonrió. Una sonrisa lenta, con los labios ligeramente entreabiertos y los ojos bajos, concentrados en lo que estaban haciendo sus manos. Luego levantó apenas la vista hacia el pie que sostenía y siguió, como si la hubiera mirado para decidir qué hacer a continuación.

Sus manos subieron por el empeine, rodearon el tobillo con movimientos circulares, bajaron de nuevo hacia el arco. El aceite brillaba bajo la luz. Los dedos de mamá se flexionaron levemente cada vez que la presión llegaba a cierto punto exacto.

Mamá soltó un sonido que no era solo un suspiro. Algo más largo, más grave, más profundo.

— Seguí así — dijo, casi sin voz —. Por favor.

Lucía se mordió el labio inferior y siguió.

Fue en ese momento cuando mamá me vio.

— ¡Cami! — Abrió los ojos sin sobresaltarse, sin apartar los pies del regazo de Lucía —. ¿Ya volviste, amor?

Lucía también levantó la vista. La sonrisa no desapareció.

— Hola, preciosa. Tu mamá pasó el día de compras con esas sandalias nuevas. Le estoy aflojando los pies para que mañana pueda caminar bien.

La explicación era perfecta. Mamá siempre se quejaba de los pies después de usar zapatos nuevos o pasar mucho tiempo parada. No había nada que cuestionar.

— ¿Preparo algo para merendar? — ofrecí, dejando la mochila en el sillón de al lado —. Creo que hay alfajores.

— Sí, por favor — respondió mamá, cerrando los ojos otra vez cuando las manos de Lucía retomaron el ritmo —. Y un vaso de agua fría si podés, que estoy muerta de sed.

Subí a la cocina. Desde arriba seguía llegando la música lenta y, entre canción y canción, el sonido suave de la voz de mamá.

Preparé la merienda, bajé, y las tres estuvimos un rato juntas. Galletitas, alfajores, té. Lucía habló de una serie que estaba mirando. Mamá hizo preguntas. Yo comí mirando el teléfono sin prestar demasiada atención.

Absolutamente normal.

Hoy esa escena me resulta imposible recordar de la misma manera.

Porque yo también sé lo que produce que te masajeen los pies con esa clase de atención sostenida. El calor que empieza en la planta y sube despacio por las pantorrillas, por los muslos, hasta instalarse en otro lugar. Cuando uno está predispuesto, ese masaje no se queda en los pies. Nunca se queda solo en los pies.

La forma en que Lucía sostenía el pie de mamá era demasiado atenta. Demasiado lenta. Había algo en esa sonrisa que no soltó en ningún momento, en la manera en que mamá se entregaba a eso sin ningún reparo, que no encajaba únicamente con la dinámica de dos amigas que se consienten después de un día largo.

O quizás sí encajaba. Quizás el cariño de cuarenta años tiene esa textura cuando es verdadero, y el límite entre el afecto profundo y el deseo se vuelve difuso sin que ninguna de las dos lo haya decidido, sin que ninguna lo nombre ni lo reconozca.

No lo sé. Probablemente no me corresponde saberlo.

***

Lo que sí sé es que las tres situaciones terminaron igual: con las dos riéndose en voz baja de algo que yo no escuché, como si compartieran un idioma propio al que nadie más tenía acceso y que se cerraba apenas aparecía alguien más en la habitación.

Lucía se mudó hace tres años a otra ciudad por trabajo. Sigue siendo la mejor amiga de mamá. Se llaman los domingos sin falta y se visitan dos o tres veces al año. Cuando se encuentran en la puerta de casa, el abrazo que se dan no tiene prisa. Siempre me pareció un abrazo distinto al que mamá les da a sus otras amigas, aunque no sabría decir exactamente en qué.

Yo las miro y pienso en esas tres tardes. En las manos de Lucía sobre la espalda de mamá. En la cucharita en el sillón a las tres de la madrugada, esa mano abierta y tranquila sobre el vientre de la otra. En el pie sostenido con una delicadeza que no era solo funcional, y en esa sonrisa que Lucía mantuvo durante todo el tiempo, lenta y cómplice.

No sé si algo pasó entre ellas. No sé si lo que vi era lo que parecía ser o algo más. Tal vez nunca hubo nada concreto, ninguna palabra dicha, ningún límite cruzado. Tal vez todo existió en ese espacio intermedio donde las cosas son posibles pero no se nombran, donde uno puede pretender que no siente lo que siente y la otra puede fingir que no lo nota.

Pero tampoco puedo seguir recordándolo como si no significara nada.

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4.3 (15)

Comentarios (8)

LuciaMar85

Que historia mas intrigante, quede enganchada desde el principio. Esperando la continuacion!

SandraMorales

Me encanto como jugás con los dos tiempos, el de antes y el de ahora. Muy buena la idea.

Manu1987

Segunda parte ya!! no podés dejarnos asi jajaja quede con muchas preguntas

Persefone

Muy bien escrito. Se nota que sabés narrar, no es facil lograr ese tono. Sigue asi!!

MartinaBsAs

A mi me paso algo parecido, cosas que de chica no entendia y de grande cobran otro sentido. Me identifiqué mucho

turista

Corto pero con mucho fondo. Ganas de leer mas!

duncan74

La perspectiva retrospectiva esta muy bien lograda. Enhorabuena por el relato

rosameler

Hize bien en leerlo antes de dormir, ahora no voy a poder jajaja. Muy bueno!!

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