El día que mi hijastra trajo a su mejor amiga
Me llamo Renata y voy a contarles lo que pasó la tarde del jueves, cuando le levanté el castigo a Lucía. Tengo cuarenta y tres años y, aunque suene presumido, me cuido bien. Hay chicas de veinticinco que envidiarían cómo conservo el cuerpo. El pelo castaño claro me llega a media espalda, los ojos color miel, una cintura que todavía se marca, caderas curvas y unos pechos pequeños pero firmes que nunca me han dado problemas.
Cuando salgo a la calle, lo noto. Hombres y mujeres me miran, y eso me gusta más de lo que debería admitir. No soy lesbiana, o al menos no lo era hasta hace poco. Pero hay cosas que una mujer descubre tarde, y ya no se pueden desaprender. Eso se lo debo a Lucía, mi hijastra.
Mi marido seguía de viaje y, después de varios días de silencio entre Lucía y yo, decidí perdonarla. Ella es muy joven y, por más que me tuviera ocupada cada noche dándole pecho o lamiendo lo que se dejara lamer, necesitaba a sus amigas. Necesitaba reír con alguien de su edad, contar tonterías, salir. Así que le dije que sí, que invitara a una a casa. No voy a mentir: también quería ver cómo eran ellas dos a solas, si se tocaban o si solo eran amigas.
El jueves por la tarde mandé al chofer y a la mucama a hacer recados largos. No quería testigos, y mucho menos que alguien le contara a mi marido que había levantado el castigo. Lucía no paraba de besarme la mejilla, el cuello, los labios. Cada beso me ponía un poco más caliente. Le sugerí que se pusiera un vestido fresco, claro, cómodo. Yo elegí uno parecido, ligero y con un escote que no engañaba a nadie. Tenía el presentimiento de que esa tarde no iba a ser solo de niñas jugando.
Sonó el timbre cerca de las cinco. Bajé yo a abrir. En el porche estaba Camila, la amiga. Rubia, ojos azules, el pelo largo suelto sobre los hombros. Era un poco más rellena que Lucía, pero con una cintura estrecha y unos pechos enormes que el escote negro no se molestaba en disimular. El short blanco se le pegaba a la entrepierna de una manera que casi no era ropa.
—Tú debes ser la mami de Lucía —dijo, y antes de que yo respondiera me besó en la boca.
No fue un beso corto. Fue un beso con la punta de la lengua rozándome el labio inferior, como una pregunta. Me quedé en blanco. Lucía apareció detrás de mí, riendo.
—Camila, no pierdes el tiempo —dijo, y la empujó suave por el hombro—. Esos besos son míos.
Las dos se rieron con esa complicidad que solo tienen las chicas que ya se han visto desnudas. Yo me ruboricé, y eso me pareció ridículo a mi edad. Las hice pasar al salón.
***
Lucía y Camila se abrazaron en el recibidor y empezaron a besarse delante de mí sin ninguna vergüenza. No era un saludo. Era una de esas escenas en las que las lenguas se buscan, los labios brillan de saliva y los cuerpos se aprietan hasta que se oye la respiración del otro. Lucía tenía la mano en la cintura de Camila, Camila la tenía un poco más abajo, en la curva del trasero.
Sentí el calor subiéndome por el cuello. Carraspeé.
—Niñas, tranquilas. Están en el salón todavía. Suban a la habitación de Lucía, jueguen un rato. Yo les llevo unos refrescos y algo dulce.
Se miraron con malicia, me dieron un beso cada una en la mejilla —Camila demasiado cerca de los labios— y subieron tomadas de la mano. Las oí reírse escaleras arriba. Me quedé en la cocina un minuto largo, apoyada en la encimera, intentando entender qué me estaba pasando entre las piernas.
Preparé la bandeja con dos limonadas, unos bombones y un par de fresas. Subí despacio, escalón a escalón, escuchando. Cuando llegué al pasillo del segundo piso, las risas ya no venían de la habitación de Lucía. Venían del fondo. De mi dormitorio.
Empujé la puerta con el hombro.
Lucía y Camila estaban sentadas en mi cama. Mi cama de matrimonio. Camila había perdido la camiseta en algún momento del camino. Lucía tenía la mano debajo del short blanco de su amiga y la besaba en el cuello mientras Camila echaba la cabeza hacia atrás. Los pechos de Camila, libres, eran grandes, redondos, con los pezones rosados y duros. Lucía le besaba uno y se reía al mismo tiempo, como si fuera un juego que llevaban años practicando.
Los vasos temblaron en la bandeja. Sonaron.
Las dos se voltearon. No se cubrieron. No se apartaron. Sonrieron, las dos a la vez, con esa misma sonrisa traviesa de cómplices. Se levantaron de la cama, me quitaron la bandeja de las manos y la dejaron sobre la mesita. Después me agarraron de las muñecas y me llevaron al borde de la cama, como si fuera yo la invitada y no ellas.
—Mami —dijo Lucía—, queremos que seas la mami de las dos.
—Tenemos hambre —dijo Camila—. Queremos teta.
***
Me bajaron los tirantes del vestido sin esperar respuesta. Mis pechos quedaron al aire, y cada una se colocó a un lado. Lucía empezó por el izquierdo, Camila por el derecho. Sentí las dos bocas a la vez en mis pezones, una mordiendo suave, la otra lamiendo en círculos. Se cruzaban de vez en cuando, soltaban mi pezón para besarse encima de mi pecho, dejando que la saliva me cayera por la piel. Yo no podía hablar. Solo respiraba con la boca abierta.
Esto no estaba bien. Esto no era posible. Y, aun así, no quería que parara.
Camila se bajó hacia mi vientre, lamiéndome la piel todavía húmeda de las dos. Llegó al borde del vestido y me lo levantó. Lucía aprovechó para tumbarme en la cama y se quedó arriba, junto a mi cara, mordiéndome el cuello y apretándome los pechos con las dos manos. Su lengua entraba en mi boca como si fuera la dueña de todo, de mí, de la casa, de su amiga, de aquella tarde.
Camila se ocupó de lo otro. Primero por encima del encaje de la tanga, lamiendo despacio, con la cara hundida entre mis piernas. Sentir esa lengua a través de la tela era una crueldad calculada. Yo quería su boca directamente en mi piel, y ella lo sabía. Apartó la tanga con dos dedos, sin urgencia, y empezó a morderme suavemente el clítoris, que ya sobresalía hinchado. Luego me penetró con la lengua y, al mismo tiempo, un dedo curioso me buscó el otro agujero.
Mis manos encontraron los pechos de Lucía. Eran tibios, pesados, increíbles. La atraje hacia mi boca y empecé a chuparlos como si fuera yo la niña con hambre. Ahora no sabía quién amamantaba a quién. Le mordía los pezones, le tiraba suave, le besaba el contorno. Lucía gemía y me apretaba la cabeza contra su pecho.
No tardé mucho en correrme. Le llené la cara a Camila con todo lo que tenía, y ella se rio, satisfecha. Lucía se inclinó sobre su amiga y le limpió la cara con la lengua, despacio, sin perderse una gota.
***
Camila se puso a cuatro patas en mi cama y me miró por encima del hombro.
—Mami, quiero que me comas. Por delante y por detrás.
No me hice rogar. Le abrí las nalgas con las dos manos y empecé por el agujero más pequeño, lamiendo el círculo cerrado y rosado mientras dos dedos míos se hundían en su sexo empapado. Camila gemía contra la almohada y movía las caderas hacia atrás, buscando más. A mi lado, Lucía se había abierto de piernas en la otra mitad de la cama y, desde esa posición, Camila estiraba el cuello para devolverle el favor: la lamía y le metía dos dedos al mismo tiempo, marcando un ritmo lento, profundo.
Lucía me buscó la mano libre. Me la jaló hacia su boca y me besó, mezclando su lengua con el sabor de su amiga que aún tenía yo en los labios. Después Camila se giró y nos ofreció su trasero a las dos. Lucía se quedó con el agujero más estrecho, sin decir nada, y a mí me dejó el otro. Metí un dedo, luego dos, mientras Lucía hundía la cara entre los muslos de su amiga.
***
Cambiamos otra vez. Lucía se tumbó boca arriba en mi cama. Camila se sentó sobre su cara, mirando hacia los pies, y yo me coloqué encima de Lucía haciendo una tijera con sus piernas. Su sexo y el mío se rozaban húmedos, los dos abiertos, los dos buscándose. Camila se inclinó hacia adelante para besarme, y entre las tres se formó algo que no sé describir bien: un ritmo, un olor, un calor compartido. El cuarto entero olía a sexo y a perfume de niña.
No duró mucho. En pocos minutos las tres gritamos al mismo tiempo, una encima de la otra, sin saber bien qué cuerpo era de quién. Nos derrumbamos en mi cama, yo en el medio, una a cada lado, las dos respirando en mi cuello.
Se durmieron así, con un pezón mío en la boca. Camila roncaba apenas. Lucía sonreía dormida.
Yo me quedé mirando el techo, escuchando el reloj del pasillo, pensando que ya nada iba a ser igual. Y entonces, abajo, oí la puerta.
Habían vuelto los empleados.
En otra ocasión les cuento cómo fue ese despertar.