Mi joven paciente nunca había estado con una mujer
Me llamo Rocío y trabajo como terapeuta sexual desde hace casi una década. Tengo treinta y seis años, una consulta acogedora en pleno centro y una clientela bastante variada. No me considero mayor, pero tampoco soy ninguna jovencita, y eso me da una ventaja: las mujeres que vienen a verme sienten que pueden hablar conmigo de cualquier cosa sin sentirse juzgadas.
Lo que voy a contar pasó hace unos meses, con una paciente nueva que me llegó por recomendación. Se llamaba Mariela y, en cuanto la vi cruzar la puerta, supe que esa sesión iba a ser distinta.
Tendría unos veintitrés años, el pelo castaño largo recogido en una coleta floja, vaqueros ajustados y una blusa blanca que dejaba entrever el contorno del sujetador. Parecía sacada de una revista, con esa mezcla de inocencia y curiosidad que solo tienen las chicas que todavía no se conocen del todo.
—Pasa, ponte cómoda —le dije señalándole el diván—. Cuéntame, ¿qué te trae por aquí?
Se sentó con las rodillas muy juntas y las manos sobre el regazo, claramente incómoda. Le costó arrancar.
—Es que… cuando estoy sola, intentando explorar mi cuerpo, no consigo concentrarme. Empiezo bien, pero termino pensando en otras cosas y se me va el momento.
—¿No logras llegar al orgasmo? —pregunté intentando hacerle más fácil decirlo.
—No. Y la verdad es que no estoy segura de haber tenido uno de verdad alguna vez.
Se le encendieron las mejillas. Adoraba ese pudor que todavía conservaba; era poco habitual a estas alturas. Le hice un par de preguntas sobre su rutina, sobre sus parejas anteriores, sobre en qué pensaba mientras se tocaba. Las respuestas fueron casi todas iguales: imaginaba a alguien haciéndole el amor, pero nunca llegaba a meterse del todo en la fantasía.
—Mariela, lo que te pasa es bastante común. Muchas mujeres no saben darse el tiempo para entregarse a su propio placer. Estamos educadas para complacer al otro, no para escucharnos a nosotras mismas.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer?
Aquí venía la parte delicada. Tenía un protocolo para estos casos, una técnica que solía funcionar con mujeres bloqueadas como ella. Pero requería confianza, y la confianza requería un cierto grado de exposición.
—Hay un ejercicio que a veces propongo. Implica tocarte aquí, en la consulta, conmigo presente, guiándote. La idea es que aprendas a sostener la fantasía sin distracciones, en un entorno seguro. Te daría un traje de baño para que no estuvieras desnuda. ¿Te interesaría probar?
Se quedó pensándolo unos segundos. La vi mordiéndose el labio inferior y, por un instante, me imaginé otras cosas que podría hacer con esa boca. Aparté el pensamiento. Profesionalidad ante todo, me dije.
—Está bien —dijo al fin—. Confío en ti.
Fui al armario y elegí un bañador de los varios que guardaba para estos casos. Los tenía clasificados mentalmente: blancos opacos para las pacientes más reservadas, negros para las que pedían algo discreto. Y luego estaba el blanco semitransparente, ese que solo sacaba cuando algo en mi interior me decía que la sesión podía ir un poco más allá. Le di justo ese.
—Toma. Cámbiate en el baño, tranquila. Se abrocha por la entrepierna.
Mientras estaba dentro, oí el roce de la ropa al caer y luego el sonido suave del agua del lavabo. La esperé sentada en mi sillón, fingiendo concentrarme en el cuaderno de notas que tenía sobre las rodillas.
Cuando salió, me quedé sin aire un segundo.
El bañador se le ajustaba como una segunda piel. La tela blanca, al tensarse sobre el cuerpo, se volvía casi transparente. Se le marcaban los pezones, oscuros y pequeños, y el triángulo del vello púbico se adivinaba con una claridad que ella probablemente no había anticipado en el probador. Llevaba puestos sus tacones negros, había decidido no quitárselos.
—Esto es bastante más transparente de lo que parecía colgado —dijo cruzando los brazos a la altura del pecho.
—Disculpa, se me terminó el otro color. Pero estamos solas, ¿qué importa? Somos mujeres.
Bajó los brazos despacio, casi rindiéndose.
—Tienes razón. Además… —dudó—, tienes una figura muy bonita tú también. No me hace sentir tan incómoda.
—Gracias, Mariela. La tuya es preciosa.
Y lo dije sin filtros, porque era verdad. Tenía las caderas estrechas, la cintura marcada y unos pechos pequeños y firmes. Una chica hecha para que la mirasen.
—¿Vamos? —le dije señalando el diván—. Quiero que te recuestes y cierres los ojos. Yo voy a colocarme detrás de ti para guiarte con la voz y, si te parece bien, con las manos sobre los hombros. Nada más. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Se acomodó. Apagué la lámpara grande y dejé encendida solo la de pie, que tenía una luz cálida y amarillenta. Le acaricié los hombros con la yema de los dedos, sin presionar, dibujando círculos lentos. Sentí cómo se le relajaba poco a poco el cuello, cómo los músculos cedían bajo mi tacto.
—Empieza despacio —murmuré junto a su oído—. Imagina lo primero que se te venga a la cabeza. Una mano que no es la tuya. Y, en lugar de pensar en cómo se ve, piensa en cómo se siente.
Sus dedos empezaron a moverse sobre la tela del bañador. Primero los pechos, despacio, dibujando los pezones por encima del tejido. Después bajó una mano hasta la entrepierna y la dejó ahí, presionando suavemente.
Yo seguía acariciándole los hombros. Le llevé las caricias hasta la espalda y, en un impulso que prefiero no analizar, le besé el cuello justo debajo de la oreja. Fue un beso suave, casi accidental.
Abrió los ojos.
—Rocío.
—Dime.
—¿Tú tienes otro bañador igual? ¿Te lo pondrías tú también?
Tragué saliva. Sabía perfectamente lo que esa pregunta significaba. Hay un momento en cada sesión en el que el guion deja de existir y empieza otra cosa. Habíamos llegado a ese momento.
—Sí, tengo —contesté—. ¿Por qué quieres que me lo ponga?
—No sé. Para sentirme más en confianza. Para no sentirme la única.
Asentí y entré al baño. Me quité la ropa con prisa, sin dejarme pensar demasiado. El bañador idéntico al suyo se me ajustó al cuerpo y me miré un segundo en el espejo. Pezones marcados, una sombra de pelo entre las piernas. Todavía estás a tiempo de ofrecerle un té y mandarla a casa, pensé. Pero salí.
Mariela me miró de arriba abajo y sonrió.
—Te queda muy bien.
—Es más transparente de lo que recordaba —dije medio riéndome.
—Te queda mejor a ti que a mí.
Volví a colocarme detrás del diván. Le pedí que cerrara los ojos otra vez. Reanudé las caricias en los hombros y la espalda, y le susurré que siguiera donde lo había dejado. Sus dedos volvieron a moverse, primero por encima del bañador y después, con un atrevimiento nuevo, deslizándose por debajo de la tela en la zona del pecho.
—Estás mucho más relajada —le dije al oído.
—Es por ti.
Esa frase me desarmó. Me incliné un poco más sobre ella y, sin decidirlo del todo, me quité la parte de arriba del bañador. La dejé caer sobre el respaldo del diván. Mis pechos quedaron al descubierto y, cuando me agaché de nuevo, los pezones le rozaron la espalda desnuda.
Se le cortó la respiración. Esperé, dispuesta a parar a la primera señal de que estaba cruzando una línea que no debía. Pero lo que hizo fue tomarme la mano y guiarla hasta su entrepierna, por encima del bañador húmedo.
—Mariela…
—No pares.
La acariciaba con la palma abierta, sintiendo la tela mojada bajo los dedos. Su respiración se aceleraba a cada minuto.
—¿Has estado con una mujer antes? —le pregunté en voz baja.
—No. Solo con chicos. Y la verdad es que no me ha gustado mucho. Es como si solo pensaran en ellos.
—Eso suele pasar.
—Pero esto… esto es distinto.
Mis dedos seguían trabajando por encima de la tela, mientras mi otra mano subía hasta su pecho y le pellizcaba un pezón con suavidad. Los gemidos empezaron a salirle bajitos, casi pidiendo permiso para existir.
Giró la cabeza hacia mí, con los labios entreabiertos. Tenía los ojos muy oscuros y la mirada pesada.
—No esperaba esto, Rocío. Yo…
No la dejé terminar. Le besé la boca despacio y, después de un instante de sorpresa, me devolvió el beso con una entrega que me hizo perder cualquier discurso profesional que pudiera tener preparado.
—Déjame enseñarte lo que es disfrutar de verdad —le susurré.
Asintió.
***
Le pedí que se recostara del todo en el diván y me arrodillé en el suelo, entre sus piernas. Le abrí los muslos despacio, casi con reverencia. El bañador blanco estaba empapado en la entrepierna, y la tela se le pegaba al sexo dibujándole los labios con una claridad que me hizo respirar hondo.
Empecé besándola por encima del tejido, dejando que mi lengua se mezclara con su humedad. Después desabroché el corchete inferior del bañador y la dejé descubierta. Estaba rosada, recién depilada, brillante.
La besé despacio, con la lengua plana primero, dibujando círculos amplios, y después concentrándome en su clítoris con la punta. Ella subió las manos por su propio cuerpo y se pellizcó los pezones, gimiendo cada vez más alto.
—Rocío, nadie me había besado así nunca…
—¿Te gusta?
—Sí, sí, no pares, por favor.
Cuando vi que estaba a punto de llegar, le tomé una mano y se la llevé a su propio sexo, indicándole que se acompañara con los dedos. Una de las cosas que enseño en mis sesiones es que el placer debe aprender a sostenerse por sí mismo, no a depender solo del otro.
Mariela me obedeció. Se introdujo dos dedos despacio y siguió moviéndolos al ritmo que mi lengua le marcaba.
El orgasmo le llegó en oleadas. Arqueó la espalda, dejó escapar un gemido largo y agudo, y después se le escaparon varios más, pequeños, como temblores que iban y venían. La sentí contraerse contra mis dedos, contra mi boca, mientras le acariciaba los muslos para acompañarla en la bajada.
Cuando abrió los ojos, los tenía húmedos. No de tristeza. De algo más difícil de nombrar.
—Qué vergüenza, no quería que pasara esto…
—No tengas vergüenza. ¿Te ha gustado?
—Mucho. Demasiado.
Le sonreí y le tomé la mano para llevársela a mi propio muslo. La subí despacio, hasta dejarla muy cerca de mi entrepierna. Después me deshice del bañador yo también.
—Nunca le he hecho esto a otra mujer —dijo casi en un susurro.
—¿Quieres aprender?
—Sí. Quiero.
Se incorporó y se arrodilló a mi lado en el suelo. Me besó primero la boca y después fue bajando despacio, por el cuello, por los pechos. Se detuvo un buen rato en mis pezones, como descubriendo lo que se sentía al chupar otros que no fueran los suyos.
—Dime cómo te gusta.
—Tú haz lo que sientas. Yo te aviso.
Bajó hasta colocarse entre mis piernas. Empezó con miedo, con la lengua tímida, dando pequeños besos por encima del sexo. Después se animó, fue probando, fue entendiendo el ritmo. Tenía buen instinto. Cuando dio por fin con el punto exacto, se me cortó la respiración.
—Ahí, Mariela. Ahí no pares.
Me obedeció. Y mientras yo me deshacía en gemidos, ella seguía mirándome con esos ojos enormes desde abajo, sin perder detalle. Me corrí mirándola, viendo cómo su lengua resbalaba contra mí, sintiéndola hambrienta de algo que había estado buscando sin saberlo.
Cuando terminamos, le pedí que se recostara y subí a colocarme sobre ella en sentido contrario, de modo que mi boca quedó otra vez junto a su sexo y el suyo justo bajo el mío. Volvimos a besarnos en silencio, sin prisa, dejando que el cuerpo de la otra fuera el mapa.
Tardamos en bajar. Cuando por fin nos quedamos abrazadas en el diván, desnudas y un poco temblorosas, supe que la sesión había dejado de ser una sesión hacía mucho rato.
—¿Y ahora qué? —me preguntó.
—Ahora te vistes, te tomas un café conmigo y, la semana que viene, si quieres, repetimos.
Se rió bajito.
—¿Como paciente tuya?
—Como lo que quieras ser.
Se quedó pensándolo. Después me besó otra vez, despacio, y me dijo que sí.
Desde aquel día Mariela viene una vez por semana. Ya no necesita el bañador. Pero a veces, por nostalgia, se lo pone igual.