La extranjera que sometió a la reina amazona
La isla de Helíada era de las mujeres y nada más que de las mujeres. Llevaba siglos siéndolo, desde que las primeras guerreras desertaron de las polis del continente y juraron sobre una hoguera no volver a dejarse mandar por ningún hombre. Quien llegaba con verga moría en la playa antes de que la arena le secara los pies.
Marpesa era la reina. Tenía treinta y dos veranos, una cicatriz larga que le bajaba del hombro al pecho izquierdo y un modo de mirar que hacía bajar la vista hasta a las más viejas del consejo. Llevaba doce años al mando y nadie recordaba haberla visto perder un duelo, ni con la lanza ni con la mirada.
Las noches de luna llena, las amazonas se reunían en la poza tibia que se abría al pie del volcán. Era un baño compartido, un rito y una fiesta. Se desnudaban en silencio, se metían en el agua oscura y, una por una, dejaban que las manos se buscaran. Allí no había rangos. Una recluta podía meter los dedos en la boca de una capitana sin pedir permiso, y la capitana le mordía la muñeca para devolverle el gesto. Lo que importaba era el deseo, y el deseo no obedecía órdenes.
Marpesa siempre presidía desde la roca más alta. Le gustaba mirar antes de bajar. Le gustaba elegir.
Esa noche había elegido a Tirea, una arquera nueva, de pelo cortísimo y muslos firmes. La había tirado contra una piedra plana, le había abierto las piernas con la rodilla y le había chupado el clítoris hasta que Tirea le clavó las uñas en los hombros y gritó algo que no era una palabra. Marpesa se incorporó con la boca brillante y la sonrisa torcida.
—La próxima vez que dispares en el entrenamiento, no tiembles —le dijo.
—No tiemblo, mi reina.
—Acabas de temblar diez veces.
Las amazonas alrededor rieron. Tirea se cubrió la cara con el brazo, todavía agitada. Marpesa se metió otra vez en el agua y se dejó flotar boca arriba, con los pezones asomados al aire frío y el pelo abierto como un abanico negro.
Entonces escuchó el grito de la centinela.
—¡Vela en el horizonte!
***
El barco era pequeño, una barcaza sin remeros visibles, y avanzaba con una calma que no tenía sentido en un mar sin viento. Marpesa salió desnuda del agua, agarró la lanza que tenía siempre clavada en la arena y caminó hacia la orilla con paso firme. Doce amazonas la siguieron. Las demás se quedaron en la poza, alertas, con los arcos al alcance de la mano.
La barcaza tocó tierra. De ella bajó una sola mujer.
Era alta, más alta que Marpesa, y llevaba una túnica gris que le caía hasta la mitad del muslo. Tenía el pelo rubio ceniza, suelto y mojado por la espuma, y unos ojos tan claros que parecían de metal pulido. No traía arma. No traía nada. Caminó hasta el centro del semicírculo de amazonas y se detuvo a tres pasos de la punta de la lanza de Marpesa.
—Esto es Helíada —dijo Marpesa—. Sabes lo que les pasa a las que llegan sin invitación.
—Lo sé —contestó la mujer. Tenía una voz baja, casi divertida.
—¿Y aun así viniste?
—Vine porque me llamaste.
Marpesa no se rió. Sintió un pinchazo en la nuca, ese instinto que tantas veces le había salvado la vida antes de un combate. La mujer la miraba como si ya supiera qué iba a hacer Marpesa antes de que Marpesa lo decidiera.
—Yo no llamé a nadie.
—Llamas todas las noches, reina. Cuando te metes en la poza y eliges. Cuando te acuestas con las que ya te conocen y ninguna te resiste de verdad. Llamas algo que no sepa rendirse a la primera. Aquí estoy.
El semicírculo de amazonas no respiraba. Una de las jóvenes, atrás, dejó caer la lanza por accidente y el ruido sonó como un trueno. Nadie se movió.
Marpesa la examinó de pies a cabeza. La extranjera no tenía cicatrices. No tenía marcas de remo en las manos. No tenía absolutamente ninguna razón para estar allí, salvo la que acababa de decir.
—¿Quién eres? —preguntó Marpesa.
—Iolea. No te dice nada el nombre, lo sé. Te lo va a decir mañana.
***
El consejo se reunió en la choza grande. Cuatro ancianas, dos capitanas, Marpesa. La extranjera esperó afuera, sentada en la arena con las rodillas pegadas al pecho, como si no le importara morir.
—Hay que matarla —dijo una de las ancianas—. La ley es la ley.
—No trae arma —contestó otra—. Y dice cosas que no son normales. ¿Y si es una mensajera?
—¿Mensajera de quién?
La anciana se encogió de hombros. Marpesa miraba el fuego.
—Yo voy a hablar con ella —dijo al final—. A solas. En mi choza. Si mañana no salgo, harán lo que tengan que hacer.
Las capitanas se miraron. Una abrió la boca, la cerró. Marpesa salió antes de que alguien protestara.
—Ven —le dijo a Iolea.
Iolea se levantó sin sacudirse la arena y la siguió.
***
La choza de la reina estaba en lo alto, separada del resto. Tenía una sola entrada, una hoguera baja, una cama de pieles y una mesa con dos cuencos de vino. Marpesa entró, dejó la lanza apoyada contra la pared y se sentó en la cama. La extranjera se quedó de pie, observando.
—Quítate la túnica —dijo Marpesa.
—No vine para que me revises.
—Aquí entras desnuda o no entras.
Iolea sonrió de costado. Se desató el hombro derecho, después el izquierdo, y dejó caer la túnica al suelo de un solo gesto, sin prisa, sin pudor. Tenía el cuerpo de alguien que jamás había trabajado: ni músculo de guerrera ni grasa de comodidad, sino algo intermedio que Marpesa no había visto nunca. Los pezones pequeños y rosados, las caderas suaves, el pubis sin depilar. Y los ojos, los mismos ojos de metal, mirándola sin parpadear.
Marpesa también se quitó la única tira de cuero que le cruzaba el torso. Quedaron las dos desnudas, la hoguera entre ellas, sin decir nada durante un largo rato.
—Ven aquí —dijo Marpesa al final.
—No.
Marpesa levantó la cabeza.
—¿Cómo «no»?
—No. Si me quieres, ven tú.
Nadie le decía así a Marpesa hacía años. Sintió la rabia subirle al pecho, y abajo, mucho más abajo, sintió otra cosa que no le gustó reconocer. Esto no va a quedar así.
Se levantó. Caminó hasta Iolea con paso lento, midiendo. Le agarró la mandíbula con una mano, le inclinó la cabeza hacia atrás y la besó en la boca como besaba a las reclutas la primera vez: para que se acordaran de quién mandaba. Iolea le devolvió el beso sin resistirse y sin entregarse. Era una boca tibia, blanda, que no daba pelea pero tampoco rendía nada.
Marpesa la empujó contra la mesa. Le abrió las piernas con la rodilla y le metió dos dedos de un solo movimiento. Iolea inhaló, eso sí, pero no gimió. Marpesa la miró a los ojos y le movió los dedos despacio, después rápido, después despacio otra vez, buscando la reacción que conocía de memoria en todas las demás. Iolea estaba mojada, ardiente por dentro, pero no se rompía. Le sostenía la mirada con una calma imposible.
—¿Qué te pasa? —murmuró Marpesa—. Estás chorreando y no dices nada.
—Estoy esperando a que me hagas sentir algo —contestó Iolea.
Marpesa retiró la mano. Se quedó un segundo mirándole los dedos brillantes, la respiración propia que se había acelerado, el calor que le subía por la cara. Sintió, por primera vez en muchos años, algo parecido a la vergüenza.
—Acuéstate —ordenó.
—No.
—Acuéstate.
—No, reina. Acuéstate tú.
***
Marpesa no supo nunca explicar por qué obedeció. Después diría que tenía curiosidad, que quería ver hasta dónde llegaba el atrevimiento de la extranjera antes de matarla. La verdad era otra. La verdad era que el cuerpo le hervía y la voz de Iolea le había bajado por la espina como un dedo helado, y de pronto, después de doce años de elegir, quería que eligieran por ella.
Se acostó boca arriba en las pieles. Iolea se arrodilló al pie de la cama y la miró un momento entero, como si la estudiara, como si midiera dónde apretar primero.
Le puso una mano abierta sobre el vientre. Solo eso. La mano abierta, palma caliente, sin moverla. Marpesa sintió el calor pasar por la piel, entrar, bajar. Apretó los dientes para no decir nada.
Iolea le bajó la mano. Despacio. Le pasó los dedos por el pubis como si lo peinara, le rodeó el clítoris sin tocarlo, le abrió los labios con dos dedos y los volvió a cerrar. Cada gesto era una espera. Cada espera era una pregunta que Marpesa no quería contestar.
—Pídemelo —dijo Iolea.
—No te pido nada.
—Bueno.
Iolea retiró la mano y la puso en el muslo. Marpesa tragó saliva. Su cuerpo gritaba lo que ella no decía. El clítoris le latía, los muslos se le contraían, y por dentro estaba tan hinchada y resbaladiza que sintió las pieles humedecerse debajo.
—Baja —dijo finalmente. Le salió ronco.
—¿Cómo?
—Baja la boca. Por favor.
Iolea sonrió. Era la primera vez que sonreía de verdad esa noche. Le separó las piernas con suavidad y bajó.
***
Le chupó el clítoris despacio, sin prisa, como si tuviera toda la eternidad. Cada vez que Marpesa se arqueaba, Iolea se separaba un segundo y soplaba aire frío, dejándola al borde. Y volvía. Marpesa apretó las pieles con los puños, después se llevó las manos a sus propios pezones, después a la nuca de Iolea, queriendo apretarle la cabeza contra ella, pero Iolea le agarró las muñecas, las puso sobre la cama y siguió chupando como si no la oyera.
—Por favor —susurró Marpesa—. Por favor.
Iolea le metió un dedo. Después otro. Curvó los dedos hacia arriba y empezó a apretar un punto exacto que Marpesa nunca le había mostrado a nadie porque ni ella misma sabía bien dónde estaba. La lengua le seguía bailando alrededor del clítoris, lenta, exacta, y los dedos adentro pulsaban con un ritmo distinto, encontrado, que era casi insoportable.
Marpesa intentó respirar y no pudo. Intentó hablar y le salió un sonido grave que no reconoció como propio. Las caderas le subieron solas, la espalda se le arqueó, y entonces sintió ese calor brutal subir desde adentro, expandirse, romperla. El orgasmo le llegó como una ola que no tenía forma de parar. Se aferró a los hombros de Iolea, la pelvis le tembló contra su boca, y oyó su propia voz gritar algo que no era el nombre de la extranjera ni el de nadie.
Cuando se aquietó, Iolea subió a tumbarse a su lado, sin secarse la cara. Le pasó un dedo por la cicatriz del pecho.
—Eso te faltaba, reina.
Marpesa no contestó. Tenía los ojos clavados en el techo de la choza. Sentía el cuerpo flojo, vencido, y algo nuevo en la boca del estómago. Esto no me lo había hecho nadie.
—¿Quién eres? —preguntó otra vez. Le salió en susurro.
—Una mujer que te andaba buscando.
—¿De qué dios?
—De ninguno. De mí misma. Igual que tú.
Marpesa giró la cabeza para mirarla. Iolea tenía esa sonrisa lenta, casi triste, de alguien que sabía más de lo que decía. Marpesa quiso preguntar mil cosas y no preguntó ninguna.
—Duerme —dijo Iolea—. Mañana vas a tener que explicar muchas cosas a tus capitanas.
—¿Te vas?
—Todavía no.
Marpesa cerró los ojos. Esa fue la última noche en que durmió creyendo que el poder y el deseo eran la misma cosa.