Vi a mi mujer entregarse a nuestra amiga del gimnasio
Llevamos casados muchos años. Somos un matrimonio que ya pasó los cuarenta, con un buen sexo, aunque quizá menos del que me gustaría. La rutina nos arrastra, los hijos, el trabajo, la hipoteca: ya se sabe. Pero entre semana y semana hemos sacado tiempo para vivir cosas que nunca pensé contar a nadie. Esta es una de ellas, y todavía me cuesta creer que pasara.
Mi mujer es una mujer de pechos grandes que, pese a los años, siguen firmes. Tiene un culo trabajado en el gimnasio, redondo, con algo de celulitis pero excitante. No es una modelo, es una mujer real que envejece bien y a la que sigo deseando como el primer día. Y, por lo que vais a leer, no soy el único.
En el gimnasio coincidimos con un grupo que poco a poco se fue convirtiendo en algo más que caras conocidas. Acabamos quedando para cenar de vez en cuando, para tomar copas los viernes. Entre ese grupo había una pareja de mujeres, casadas en aquel entonces. Una era femenina hasta la punta del pelo, espectacular, con una sonrisa que paraba el tráfico. La otra, a la que llamaré Lorena, era más masculina en sus gestos, más directa, con dos pechos que se le marcaban siempre debajo de cualquier camiseta del gimnasio.
Lorena tenía la costumbre de saludar a mi mujer con dos besos largos y, de paso, un abrazo en el que aprovechaba para apretarle los pechos contra los suyos. Lo hacía sin disimulo, delante de todos, delante de mí. Mi mujer se reía, le seguía el juego, le devolvía el abrazo. A mí me ponía cachondo verlas, y creo que ellas dos lo notaban.
—Tu mujer está cada día más buena —me dijo Lorena un día, sin venir a cuento, en la barra del bar.
—No te lo discuto —contesté.
—Algún día se la voy a robar un rato.
Me lo dijo medio en broma, medio en serio, y se fue. Yo me quedé con el vaso en la mano y un cosquilleo entre las piernas que no esperaba.
***
El matrimonio de Lorena se rompió ese mismo invierno. Pasó por una temporada gris, dejó de venir al gimnasio, y la perdimos un poco la pista. Hasta que la encontramos en un supermercado, una tarde cualquiera, del brazo de otra mujer. Y joder, si la anterior era espectacular, la nueva era de otro planeta. Una morena alta, con unos ojos verdes que parecían contestar antes de que abrieras la boca. La llamaré Bárbara.
—Mira a quién tenemos aquí —dijo Lorena en cuanto nos vio.
Nos abrazó a los dos, con el mismo apretón de tetas de siempre para mi mujer y una palmada en el hombro para mí. Bárbara nos sonrió, nos dio la mano y se metió en la conversación como si nos conociera desde hacía años.
—Tenéis que venir a cenar a casa —soltó Lorena—. Cualquier día de estos.
—Cuando quieras —contestó mi mujer.
—Este sábado.
Y así, sin haberlo pensado, teníamos plan para el sábado.
***
Llegamos a su casa a las nueve. Vivían en un piso amplio, con la luz justa, música suave y velas en el comedor. Bárbara abrió la puerta y, antes de saludarnos, ya había hecho su trabajo. Llevaba unos leggings tan ceñidos que no dejaban un solo milímetro a la imaginación. Una camisa blanca abierta hasta el tercer botón, descalza. Mi mujer me miró de reojo y arqueó una ceja, divertida.
Detrás apareció Lorena, con un top corto que le marcaba los pezones y unos vaqueros bajos. Vino directa a mi mujer, le metió los pechos contra los suyos, le dio dos besos que rozaron la comisura de los labios y se rió.
—Cómo te he echado de menos.
Yo ya estaba palote en el recibidor.
Pasamos al salón. Bárbara nos sirvió una copa antes de que nos sentáramos. Cenamos en la mesa baja, sobre cojines, lo cual obligaba a mi mujer a sentarse con las piernas cruzadas y el vestido subiéndose cada vez que cambiaba de postura. Lorena no le quitaba ojo, y Bárbara, sentada a mi lado, tampoco le quitaba ojo a Lorena.
La cena fue larga. Tres botellas entre los cuatro, una conversación que pasó del gimnasio a las parejas, de las parejas al sexo, del sexo a lo que cada uno había probado y a lo que no. Mi mujer, que no suele beber tanto, tenía ya los ojos brillantes y la lengua suelta.
—Yo nunca he estado con una mujer —confesó, mirando a Lorena.
—¿Y eso por qué? —contestó Lorena, sin pestañear.
—Porque nunca se me presentó la ocasión.
Bárbara se rió por lo bajo y se levantó. Volvió de la cocina con un porro entre los dedos. Lo encendió con calma, dio una calada larga y se lo pasó a Lorena. Lorena dio dos caladas y se lo pasó a mi mujer.
—Yo no fumo —dijo ella.
—Hoy sí.
Mi mujer dio una calada corta, tosió y dio otra más larga. A los cinco minutos estaba apoyada en el sofá con la cabeza echada hacia atrás, los ojos entrecerrados y una sonrisa boba en la cara que yo nunca le había visto.
***
Bárbara se levantó. Dijo que tenía que ir a acostar a su hija, que se había despertado. Cerró la puerta del salón al salir. Lorena no perdió ni un segundo.
Se sentó al lado de mi mujer en el sofá, le apartó el pelo del cuello y le dio un beso suave detrás de la oreja. Mi mujer abrió los ojos, lo justo para mirarla, y los volvió a cerrar. Lorena bajó la boca, le mordió el cuello con cuidado, le lamió la curva del hombro. Yo, en el sillón de enfrente, no movía un músculo.
De los mordiscos pasó al beso. En la boca, con la lengua entera. Mi mujer no apartó la cara: abrió los labios, dejó que la lengua de Lorena entrara, y a los pocos segundos era ella la que la besaba a ella. Las manos de Lorena le subieron por la cintura, por las costillas, hasta los pechos. Por debajo de la blusa.
—Llevo años queriendo comerte los pezones —le susurró Lorena, casi sin separar los labios de su boca.
Mi mujer se desabrochó la blusa ella misma. Se quitó el sujetador, lo dejó caer al suelo y empujó la cabeza de Lorena contra sus pechos. Lorena empezó a chupar un pezón mientras le pellizcaba el otro con dos dedos. Mi mujer gimió bajito por primera vez en toda la noche, un gemido cortado que no estaba dirigido a mí.
Yo me llevé la mano al pantalón. La tenía dura desde hacía rato y empecé a frotarla por encima de la tela, despacio, sin hacer ruido. No te muevas. No interrumpas. No estropees esto.
***
Lorena iba alternando los pezones cuando se abrió la puerta del salón. Bárbara entró, descalza, en silencio. Se quedó un momento parada, mirando a su mujer comerse a la mía. Sonrió. Vino hacia mí, hacia el sillón, y se sentó en el reposabrazos.
—Tranquilo —dijo en voz baja—. Disfruta.
Le pasé la mano por la espalda y la fui bajando hasta el culo. Por encima de los leggings, primero. Después metí la mano por debajo de la cintura elástica. No llevaba bragas. La piel le quemaba. No hizo el menor gesto para apartarme.
Mientras tanto, Lorena se había quitado el top. Sus pechos, los que yo había mirado durante años por encima de las camisetas del gimnasio, estaban ahora delante de la cara de mi mujer, que se los mordía con una hambre que no le conocía. Lorena tenía la cabeza echada hacia atrás y gemía sin disimulo.
De pronto, Lorena tiró de los pantalones de mi mujer. Se los bajó junto con las bragas casi de un tirón, hasta los tobillos, y se arrodilló en el suelo. Le abrió las piernas y bajó la cara entre ellas. Mi mujer se llevó una mano a la boca para no gritar.
—Mira lo que hace —me susurró Bárbara al oído—. Mira cómo se la come.
***
Yo miraba. Vaya si miraba. Veía la lengua de Lorena moverse, veía la cadera de mi mujer levantarse del sofá, veía sus muslos cerrarse alrededor de la cabeza de la otra. Mi mujer le agarró el pelo y la apretó contra ella. Lorena le metió dos dedos y mi mujer pegó un respingo.
Bárbara, a mi lado, me había bajado la cremallera y me había sacado la polla. Empezó a hacerme una paja lenta, mirándome a la cara, no a la mano. Mientras tanto, mi otra mano había llegado a su coño por dentro de los leggings: estaba empapada, caliente, y latía. Le metí dos dedos y ella suspiró sin dejar de mover la mano.
—Tu mujer está disfrutando mucho —me dijo, sin reproche, casi orgullosa.
—Y la tuya.
—La mía siempre disfruta.
***
Lorena se levantó. Se desnudó del todo, dejando los vaqueros y las bragas en un montón en el suelo, y volvió al sofá. Se subió encima de mi mujer, a horcajadas, y le puso el coño en la boca. Mi mujer, que diez minutos antes no había estado con una mujer en su vida, le agarró las caderas y empezó a comérselo como si llevara haciéndolo toda la vida.
Bárbara me ayudó a levantarme. Llegamos al sofá. Yo me quedé detrás del cuerpo de Lorena, con su culo y su coño a la altura de mis ojos. Era un coño completamente depilado, abierto, brillante. Iba a inclinarme, pero Bárbara se me adelantó: se arrodilló, le pasó la lengua a su mujer y se cruzó, allá arriba, con la lengua de la mía. Las dos lamiéndola al mismo tiempo.
Eso me dejó libre el culo y el coño de Bárbara. Le bajé los leggings hasta los muslos, le abrí las nalgas y le metí la lengua donde encontré sitio. Ella gimió alto por primera vez. Mi mujer me oyó moverme y abrió los ojos. Me buscó con la mirada por encima del muslo de Lorena. Le sostuve la mirada. No dejó de comerse a Lorena en ningún momento.
***
Lorena fue la primera en correrse, con la cara apretada contra el coño de mi mujer y los dedos clavados en el respaldo del sofá. Mi mujer se corrió pocos segundos después, todavía con la lengua dentro de Lorena, temblando entera. Las dos cayeron una encima de la otra, jadeando, sudadas, riéndose por lo bajo.
Entre las dos se ocuparon de Bárbara. La tumbaron en el sofá, le quitaron los leggings del todo, y se turnaron. Mi mujer se atrevió a bajarse y le chupó el clítoris con la torpeza honesta de la primera vez. Lorena la corrigió, le enseñó el ritmo, le marcó la presión con dos dedos sobre los suyos. Bárbara se corrió en menos de tres minutos, sujetándose a los pelos de las dos.
—De rodillas —pedí, y me sorprendí del tono de mi propia voz—. Las tres. A cuatro patas, en el suelo.
No protestaron. Se bajaron del sofá las tres y se pusieron en fila, sobre la alfombra, con los culos en alto y las cabezas apoyadas en los antebrazos. Tres culos diferentes, tres coños abiertos, tres mujeres esperando. Yo me quedé de pie detrás de ellas, con la polla en la mano, mirando.
Me corrí en menos de un minuto, y fue uno de los orgasmos más fuertes que recuerdo. Cayó parte en la espalda de Lorena, parte en el suelo. Las tres se rieron, una se giró, y la noche se fue apagando entre besos perezosos y otra copa que ya no recuerdo quién sirvió.
***
No ha vuelto a repetirse. Lorena y Bárbara siguen viviendo en el mismo piso, nosotros seguimos yendo al gimnasio, y de vez en cuando nos cruzamos en la barra del bar. Lorena le sigue dando dos besos largos a mi mujer y le sigue apretando las tetas. Bárbara me sigue mirando con esos ojos verdes que contestan antes de que pregunte. Pero no ha habido segunda noche, todavía.
Cuando lo recordamos, en la cama, mi mujer y yo follamos como si tuviéramos veinte años. Ella me cuenta lo que sintió, yo le cuento lo que vi. Y los dos sabemos, sin decirlo, que el sábado que volvamos a aquella casa no va a haber cena.