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Relatos Ardientes

Mi nueva compañera de piso me besó la primera noche

Llevaba meses planeando el traslado a Sevilla. Lo que para otros era una decisión de un fin de semana, para mí había sido un año entero de papeleos, ahorros y conversaciones tensas en la mesa familiar. A mis veintinueve años no aguantaba ni un curso más en el pueblo. Quería retomar los estudios de fotografía en la escuela del centro y, por primera vez en mucho tiempo, ponerme yo en el centro de algo.

Lucía había estudiado conmigo en bachillerato. Nos habíamos perdido la pista durante años, hasta que coincidimos en aquel verano de Cádiz dos años antes y retomamos la amistad como si nada. Vivía sola en un piso pequeño cerca de la academia y, cuando le conté mis planes, me ofreció su habitación de invitados sin pestañear.

—Te vienes y punto —me dijo por teléfono—. Y ya nos arreglamos con el alquiler.

De Lucía sabía lo justo. Que era diseñadora gráfica, que tenía una madre absorbente y que llevaba años sin pareja estable. De su vida íntima, nada. Habíamos compartido playa, sangrías y alguna confidencia tonta, pero nunca habíamos hablado de hombres ni de mujeres ni de nada que rozara el deseo.

Llegué un viernes a media tarde. El piso era una sorpresa: un dúplex con un ventanal enorme que daba a una plaza arbolada, suelos de madera vieja y un olor a café que parecía meterse en la ropa. Lucía me ayudó a subir las cajas, abrió una botella de vino y me dejó organizarme el sábado a mi ritmo. Para el mediodía, mis pocas cosas ya estaban colocadas. El resto lo iría mandando mi madre por mensajería, sin prisa.

—Esta noche te llevo a la zona buena —me anunció mientras cenábamos algo rápido—. Un bar de jazz, dos copas, y vuelves a casa enamorada de la ciudad.

Acepté sin pensarlo. Necesitaba salir, reírme, sentir que la mudanza había sido real.

Cada una se metió en su cuarto a vestirse. Me había guardado un vestido azul celeste para una ocasión así, de punto fino, ajustado pero discreto, con un escote en pico que no enseñaba demasiado. Me lo puse, me pinté los labios y, cuando salí al pasillo, Lucía aún estaba terminando.

—Te falta solo… —empezó, mientras salía descalza del cuarto, y la frase se le quedó colgada en la boca.

Se acercó muy despacio, con esa naturalidad de las amigas que se dicen «qué guapa estás» sin segundas intenciones. Levantó la mano y tocó el bajo del vestido, como si valorara el tejido.

—Este azul te hace algo —dijo en voz muy baja.

Sus dedos subieron sin tocarme la piel hasta la altura de mi cintura. Levanté la vista y la cara de Lucía estaba mucho más cerca de lo que esperaba. Olía a un perfume tibio, casi a madera. Sus ojos se quedaron fijos en los míos un segundo de más.

Y entonces lo hizo.

Acercó sus labios y los apoyó en los míos, sin presión, como si me preguntara algo. Mi cuerpo se retiró por reflejo. Di un paso atrás, abrí la boca para decir algo, pero no salió ninguna palabra. Lucía se había quedado quieta, con los brazos pegados al cuerpo y la mirada en el suelo, esperando que yo gritara o saliera corriendo.

No hice ninguna de las dos cosas.

Volví a acercarme. No sé qué me empujó. La sorpresa, la curiosidad, los meses de no haber besado a nadie. Le rocé los labios con los míos, casi pidiendo permiso, y ella, que ya se había dado por perdida, tardó un instante en reaccionar. Cuando lo hizo, fue distinto. Apoyó la mano abierta en mi mejilla y me besó de verdad, con la punta de la lengua dibujando el contorno de mi boca.

Nos separamos las dos a la vez, como si una alarma nos hubiera sonado dentro.

—Perdóname —dijo, deprisa, atropellándose—. Perdóname, de verdad. No sé qué me ha pasado. Me ponen las mujeres, Camila. Te he visto así y me he dejado llevar. No va a volver a pasar.

Yo me apoyé en la pared del pasillo. Tenía las piernas raras, como si me hubiera bebido una copa entera de un trago.

—Espera —dije.

—De verdad, no quiero que te sientas incómoda en tu propia casa el primer día. Vamos a salir y ya está, lo olvidamos.

—Lucía, espera.

La cogí de la mano. Era una mano más caliente que la mía. Me la quedé mirando como si nunca hubiera visto la suya, y sin pensarlo del todo, me llevé uno de sus dedos a la boca. Lo metí muy despacio, mirándola a los ojos. Lo solté igual de despacio.

—Nunca me había planteado si me gustaban las mujeres —admití—. Nunca lo había probado siquiera. Pero llevo dos minutos pensando que no quiero salir esta noche.

Lucía respiró hondo. Me apretó la mano.

—¿Sabes lo que dices?

—No. Pero quiero saberlo.

Tiró de mí hacia el baño principal, sin decir nada más. Allí encendió solo una luz lateral, la que iluminaba el espejo de medio cuerpo. Me apoyó la espalda contra la pared y se quedó mirándome unos segundos, como si me diera una última oportunidad de irme.

No me fui.

Me besó la frente. Luego la nariz, esa nariz mía que siempre me ha parecido demasiado pequeña, y se rió bajito contra mi piel. Me mordió la barbilla y volvió a mi boca, ahora ya sin ningún tipo de pregunta. La lengua le sabía a vino blanco. Las manos le bajaron por mis brazos, los acariciaron, y volvieron a subir hasta el inicio del cuello.

—Déjame a mí —dijo cuando le toqué la cremallera de su falda—. Quiero quitarte yo la ropa.

Se desvistió ella primero, sin teatro, sin coqueteo. Se quedó solo con un tanga negro y los ojos brillantes. Tenía el cuerpo más fuerte de lo que yo recordaba, los hombros un poco anchos, los pechos pequeños y firmes. Me apoyó las manos en las caderas y cogió el bajo del vestido. Lo subió milímetro a milímetro, como si quisiera memorizar lo que iba apareciendo. Cuando me lo sacó por encima de la cabeza, soltó el aire que llevaba aguantando.

—No llevas sujetador.

—Con este vestido no se puede.

Volvió a besarme y, esta vez, sus manos no se quedaron quietas. Bajaron por mi espalda y se acomodaron en mis nalgas, apretándolas, separándolas. Yo le acariciaba a ella la espalda, los omóplatos marcados, esa zona en la que la piel se vuelve más fina. Sin darme cuenta, uno de mis dedos rozó hacia abajo, entre sus glúteos, y la oí soltar un suspiro largo que me sorprendió a mí misma.

—Sigue —pidió.

Pero ella ya tenía otras ideas. Me empujó hacia la mampara de la ducha, abrió el grifo y dejó caer el agua templada sobre las dos. Mi pelo se pegó a la cara, el suyo a los hombros. Las braguitas blancas que llevaba terminaron en el suelo en algún momento, igual que su tanga. No supe cuándo. Solo sabía que su boca había bajado del cuello a los pezones y que el agua corría por todas partes.

—Date la vuelta —me dijo al oído.

Lo hice. Apoyé las palmas en los azulejos. El agua me caía por la espalda. Sentí cómo cogía gel, cómo me lo extendía por las nalgas con un dedo, despacio. Sentí cómo dibujaba círculos en un sitio donde nunca nadie me había tocado de esa manera. El jabón se fue, y entonces fue su lengua la que se quedó allí.

Apoyé la frente contra la pared. No pensaba. Ni siquiera podía pensar. Su mano derecha buscó por delante, encontró sin error lo que buscaba y empezó a moverse en círculos cada vez más cerrados. La lengua atrás, los dedos delante, el agua encima. Yo gemía contra los azulejos sin reconocer mi propia voz.

El orgasmo me sacudió las piernas. Me llegó por capas, primero como un calambre, después como una ola larga que no terminaba, y me dejó tan vacía que me resbalé hasta quedar sentada contra la pared. Lucía cerró el grifo y se arrodilló a mi lado.

—¿Camila?

Yo lloraba. No de pena. Lloraba de algo que no sabía nombrar.

—Perdona —murmuré—. Soy tonta. Es que… nunca había sentido nada así.

—No eres tonta. —Me apartó el pelo mojado de la frente—. No tienes que pedir perdón por sentir.

—¿Y ahora qué hago?

—Yo no soy quién para decirte qué hacer. Pero, si me pides consejo, déjate llevar. Lo que pida el cuerpo. Cuando lo pida.

Me ayudó a salir de la ducha, me secó con una toalla grande y me dejó plantada en medio del baño, envuelta en la tela. Yo quería devolverle algo. Algo. Cualquier cosa.

—Quiero hacértelo a ti —dije.

—Vente al cuarto.

***

El dormitorio de Lucía olía a lavanda y a algo más, a piel, a sábanas usadas que aún no llegan a desordenadas. Se tumbó boca arriba sobre el edredón sin quitarlo. Abrió las piernas apoyándose en los codos y, sin ninguna vergüenza, me miró.

—Querías compensarme. Te enseño.

Me arrodillé entre sus piernas. No sabía dónde poner las manos, dónde poner la lengua, qué ritmo seguir. Empecé despacio, casi con miedo, con lametones largos y espaciados.

—Más cerca —pidió—. Y un poco más arriba.

Le hice caso. Sus caderas se levantaron solas y noté cómo se le marcaban los músculos del estómago cada vez que yo subía. Probé con los dedos, primero uno, luego dos, mientras la lengua se quedaba donde ella me había indicado. Me sentía torpe, pero sus gemidos me decían lo contrario. Cada vez que cambiaba algo, ella se aferraba un poco más a las sábanas.

—No pares.

No paré. Y cuando se corrió, me apretó la cabeza contra ella con una fuerza que no me esperaba, sin soltarme hasta que el temblor se le pasó. Me retiré con la barbilla mojada y los ojos llenos de algo nuevo. Orgullo, supongo.

Ella tiró de mí hacia arriba, hasta tenerme a su altura. Nos sentamos enfrentadas en la cama, apoyándonos las cabezas en el hombro de la otra durante un rato largo. Después empezó a buscarme la boca otra vez, despacio, casi con dulzura. Los besos fueron subiendo de intensidad sin que ninguna de las dos lo decidiera del todo.

Acabamos con las piernas entrelazadas, sus muslos contra los míos, los sexos rozándose con un ritmo que no pude controlar. Sus manos buscaban mis pechos, los míos los suyos. Nos mordíamos el labio, nos clavábamos los dedos en la espalda. El roce abajo se volvió insoportable, y casi a la vez nos vino el segundo orgasmo, el de las dos, que nos dejó riéndonos sin aliento.

Nos lavamos la cara, nos cambiamos de sábanas, volvimos a la misma cama sin acuerdo previo. Ella se acurrucó de costado y yo me pegué a su espalda, con la nariz hundida en su pelo todavía húmedo.

—Lucía —dije al cabo de un rato.

—Dime.

—Me da miedo todo lo que estoy pensando ahora.

—¿Qué piensas?

—Que llevo veintinueve años creyendo una historia sobre mí y, en un par de horas, alguien la ha tirado a la basura.

Lucía giró la cabeza y me dio un beso corto en la comisura de la boca.

—No te he tirado nada. Solo te he abierto una puerta. Mañana te despiertas y decides si la cruzas o la cierras.

—No pretendía liarte. Solo ha pasado.

—Yo tampoco. —Se rió bajito contra mi cuello—. Y me alegro mucho de la conclusión a la que has llegado.

No dije nada más. Me quedé un rato mirando el ventanal del salón, que se veía desde la cama, y pensé que la ciudad nueva ya había empezado a explicarme cosas que el pueblo nunca me había contado.

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Comentarios (2)

Vale_BA

Increible!!! me encanto de principio a fin

LuciaVelez

Por favor seguila, quede con ganas de saber que paso despues!!

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