La chica del juego virtual me llamó esa madrugada
Hace casi dos años descubrí, por puro aburrimiento, que dentro de aquel juego de realidad virtual también vivían mujeres como yo. Había entrado pensando que sería un sandbox más, parecido a los Sims o a Roblox, con avatares ridículos y conversaciones de adolescentes. Pero algo te atrapa cuando entiendes que detrás de cada muñequita de píxeles hay alguien que respira al otro lado de la pantalla, alguien que escribe lento, que duda, que también está sola a las dos de la mañana con la mano metida entre las piernas.
Aquella noche en particular estaba estresada por el trabajo, sin ganas de escribir ni una línea más, con esa especie de calentura terca que aparece cuando llevas demasiados días encerrada en ti misma. No quería nada serio. No quería ni siquiera a alguien que conociera mi cara. Solo quería distraerme, dejar de pensar y, si la noche se ponía interesante, meterme dos dedos en el coño con la ayuda de la voz de una desconocida.
Cargué el juego, escogí el avatar de siempre —una chica de pelo violeta con un crop top demasiado pequeño— y fui directa al salón principal, esa zona donde la gente se queda parada haciendo emotes mientras intenta encontrar con quién hablar. Había unas diez personas. Tres me llamaron la atención de inmediato: una rubia con falda escolar que reía sola en una esquina, una pelirroja con tatuajes en los brazos y una chica de pelo corto sentada en el sofá virtual, los pies cruzados, mirando hacia ningún lugar.
Esa última era Lúa. Lo supe cuando me acerqué y leí el nombre flotando sobre su cabeza.
—¿Esperas a alguien? —le escribí en el chat de proximidad.
—A nadie en particular —respondió ella—. ¿Y tú?
—Tampoco. Solo quería ver caras.
—Aquí no hay caras —contestó—. Solo máscaras.
Me hizo gracia. Me senté a su lado en el sofá. Estuvimos un rato en silencio, lo que en un juego como ese significa que las dos veíamos cómo el avatar del otro respiraba con su animación predeterminada. Después empezamos a hablar de tonterías: del bug del día, de los servidores caídos, de la gente que entraba solo para hacer el ridículo.
—¿Tienes Telegram? —tecleó al rato, sin levantar el avatar—. El chat de aquí es lento y se borra solo.
Lo pensé dos segundos. Le pasé el usuario.
***
Lúa escribía como si llevara horas eligiendo cada palabra. Tardaba en responder, pero cuando respondía las frases caían enteras, sin faltas, con una calma que me ponía nerviosa. Me preguntó por mi nombre real. Le dije uno falso, Aitana, y ella respondió que el suyo también era falso pero que prefería seguir siendo Lúa.
—Mejor así —escribí—. Si me conocieras de verdad te aburrirías.
—Lo dudo.
—Lo digo en serio. Soy de las que aparecen un mes en la vida de alguien y se van sin avisar.
—Yo también —escribió—. Quizá por eso me acerqué.
Estuvimos un par de horas así, contándonos historias chiquitas. Que ella estudiaba algo relacionado con animación y trabajaba en un café de barrio. Que vivía sola con dos gatas que se llamaban como personajes de un manga viejo. Que llevaba meses sin follarse a nadie porque la última chica con la que había estado le dejó un vacío raro, no de amor, sino de costumbre de tener otra boca en las tetas antes de dormir.
—¿Tú? —preguntó.
—Lo mismo. Pero con un chico. Y prefiero no pensarlo.
—¿No piensas en chicas?
—Pienso en todo lo que me distraiga. Ahora mismo pienso en tu boca, por ejemplo.
—Empezamos bien —contestó, y el punto final de esa frase me golpeó entre las piernas.
Me mandó una foto entonces. Solo de los pies sobre la cama, con un edredón blanco y la luz amarilla de una lámpara baja. Las uñas pintadas de azul oscuro. Nada más. Pero me bastó para imaginar la habitación completa, el silencio, el olor a desodorante de chica que vive sola, y de paso me imaginé subiendo con la lengua por esos tobillos hasta encontrarle el coño.
Le devolví otra foto mía, también inofensiva: la pantalla de la tele apagada reflejando mi pierna desnuda, un trozo de la camiseta vieja con la que dormía. Una imagen tan banal que solo podía leerse de una manera: estoy en la cama sin bragas, sigue.
—Se te ven los muslos —escribió—. ¿Llevas algo debajo?
—Nada.
—Enséñame.
No le mandé foto. Le mandé un audio de tres segundos, la respiración corta, el crujido de la sábana al abrir las piernas. Ella tardó medio minuto en contestar.
—Guarda eso —tecleó—. Lo quiero para después. Vuelve al juego.
***
—Volvamos al juego —escribió a la media hora—. Hay una sala privada al norte del mapa. Casi nadie entra.
Cargué el juego sin pensarlo. Mi avatar de pelo violeta apareció a su lado en una cabaña con paredes de madera y ventanas que daban a un bosque renderizado a medias. Ella ya había cambiado de ropa: un vestido corto, los pies descalzos, animación de respiración acelerada.
—No sabía que se podía hacer esto aquí —escribí.
—Hay cosas que solo se hacen cuando no estás mirando el foro oficial —respondió.
Hizo que su avatar se acercara al mío. Mi pulso se aceleró sin razón aparente, porque eran píxeles, y aun así no eran solo píxeles. Activó un emote que yo no había visto antes: las manos de su personaje subieron por la cintura del mío. Tuve que buscar en mi menú la manera de responder. Encontré un gesto similar y mi avatar le devolvió la caricia, despacio, como si las dos estuviéramos midiendo hasta dónde iba a llegar la otra.
—¿Tienes los cascos puestos? —escribió—. Necesito que escuches.
Me los puse. Ella abrió el chat de voz por primera vez. Su voz era baja, algo ronca, con un acento que no supe ubicar. Dijo mi nombre falso despacio, como probando si me sostenía bien.
—Aitana.
—Aquí estoy.
—Dime qué estás haciendo de verdad. No el avatar. Tú.
Me costó hablar. Le dije que estaba en la cama, con el portátil apoyado en las rodillas. Que no llevaba pantalones. Que la habitación estaba a oscuras excepto por la luz del monitor. Que tenía los pezones tiesos contra la camiseta y una mano ya apoyada sobre el pubis, todavía por encima, esperando permiso. Le dije la verdad, todo, sin adornos.
—Bien —contestó—. Quiero que cierres los ojos un momento.
Los cerré. Los cascos solo dejaban entrar su voz y un ruido suave de fondo, como si moviera la sábana.
—Piensa que estoy ahí. No el avatar. Yo. Y que acabo de poner la mano sobre tu pierna. Subo despacio. No te toco todavía. Solo te acaricio el interior del muslo con las uñas. ¿Lo sientes?
—Sí —dije, y la voz me salió ronca.
—Ábrete un poco más para mí. Baja la mano. Quiero que te toques por encima del coño, sin meter los dedos. Solo la palma, apretando.
Obedecí. Apreté con la palma y sentí el calor mojado que ya empapaba abajo. Ella escuchó el suspiro que se me escapó y se rió, esa risa baja que ya me conocía sin conocerme.
—Estás húmeda —dijo—. Ni me lo tienes que confirmar.
—Empapada —contesté.
—Perfecto. Ahora sepárate los labios con dos dedos. Déjatelo abierto. Pero no metas nada todavía.
***
Me abrí como me pidió. El aire de la habitación me tocó el clítoris y se me erizó todo hasta la nuca. Del otro lado de los cascos oí un ruido húmedo, corto, y entendí que ella también tenía la mano metida entre las piernas.
—¿Te estás tocando? —le pregunté.
—Desde que te vi entrar en el salón —respondió—. Llevo dos horas mojada por tu culpa.
—Enséñame cómo lo haces.
—Círculos. Lentos. Con el dedo del medio sobre el clítoris. Sin meterme nada, porque si me meto algo ahora me corro en un minuto y no quiero.
—Yo quiero verte correr.
—Y yo quiero oírte a ti primero. Hazme caso. Baja el dedo del medio. Empieza a hacer lo mismo que yo, círculos, despacio, sin prisa. Cuenta en voz alta hasta veinte.
Empecé a contar. Al llegar al ocho la voz me temblaba. Al doce ya no contaba, gemía los números. Ella me escuchaba respirar y me guiaba con una calma insoportable, como si tuviera un cronómetro en la cabeza.
—Ahora mete un dedo —murmuró—. Solo uno. Hasta el fondo. Y quédate quieta.
Metí el dedo y se me escapó un jadeo largo. Estaba tan mojada que entró sin resistencia, y por dentro sentía los latidos como un tambor pegado a la yema.
—Mételo y sácalo despacio —dijo ella—. Que suene. Quiero oír lo mojada que estás.
Lo hice. El ruido húmedo llenó el micrófono. Al otro lado, Lúa gimió por primera vez en voz alta, un gemido corto y agudo que me atravesó igual que si me hubiera lamido la oreja.
—Mete otro —jadeó—. Dos dedos. Y con la otra mano tócate el clítoris.
Metí el segundo dedo y usé la izquierda para el clítoris. Follarme a mí misma escuchándola respirar era una cosa nueva, algo que no había sentido con ningún hombre, con ninguna chica. Estaba abierta, expuesta a una voz que no tenía cara, y esa voz me estaba manejando el coño mejor que la mayoría de las manos que habían estado ahí.
—Más rápido —le pedí.
—No. Más lento. Aguanta. Quiero que te corras cuando yo te diga.
—No voy a poder.
—Puedes. Baja el ritmo. Aprieta las piernas. Aguántame un minuto más.
Cerré los muslos con los dedos dentro y me quedé casi quieta, temblando. Del otro lado la oí acelerar, la respiración se le rompía en trocitos, y de pronto la escuché soltar una palabrota bajita, casi un susurro:
—Joder, me estoy corriendo, Aitana, córrete conmigo, córrete ahora.
Solté los muslos, moví los dedos rápido, aplasté el clítoris con la palma de la otra mano y me vine con un gemido que no supe controlar. Fue un orgasmo largo, sucio, de esos que te dejan la cara ardiendo y las piernas mojadas hasta las rodillas. Ella se corrió al mismo tiempo, la oí decir mi nombre falso dos veces, deshecho, medio ahogado, y después solo respiración.
—Sigue —murmuró cuando ya casi había terminado—. No te pares ahora. Sácame otro.
No me paré. Volví a los círculos con los dedos empapados y me hizo correrme una segunda vez, más corto, más eléctrico, mordiendo la almohada para no despertar al edificio entero. Tampoco ella se detuvo. La escuché acabar por segunda vez con un grito ahogado contra la manga de su sudadera.
Y los avatares quietos en la cabaña parecían dos estatuas inútiles mientras, del otro lado de las pantallas, dos mujeres se acababan a sí mismas en silencio, escuchando la respiración de la otra como si fuera la única prueba de que aquello estaba pasando de verdad.
Cuando terminé, me quedé un momento sin saber qué hacer con el cuerpo. Los dedos me olían a mí, la sábana estaba empapada debajo del culo, y no me atrevía ni a moverme. Lúa también se quedó callada. Después la oí tragar saliva.
—¿Sigues ahí? —preguntó.
—Sí.
—¿Estás bien?
—Mejor que en mucho tiempo. Tengo los dedos chorreando.
—Chúpatelos —dijo—. Yo ya me chupé los míos.
Me los llevé a la boca sin pensarlo. Me lamí despacio, uno por uno, y solté un suspiro largo en el micrófono para que ella lo oyera. Del otro lado se rió, satisfecha, como quien cierra un libro que le gustó.
***
Hablamos un rato más, ya sin tensión. Me contó que era la primera vez que hacía algo así con alguien del juego. Le dije que yo había chateado antes con varias chicas —y con varios chicos también— pero que nunca había llegado a esto, a correrme dos veces con la voz de una desconocida metiéndose por los cascos. Que normalmente me apartaba antes, porque sabía cómo terminaban estas cosas: ellas seguían su vida, yo desaparecía sin avisar, y a los dos meses ya no recordaba ni los apodos.
—¿Vas a desaparecer? —preguntó.
—Probablemente.
—Yo también.
No nos prometimos nada. No intercambiamos teléfonos reales, ni redes sociales con nombre verdadero. Solo el usuario del juego y el de Telegram, que cualquiera de las dos podía borrar sin dejar rastro.
Antes de cerrar sesión hizo un último emote: su avatar se inclinó hacia el mío y le dio un beso en la mejilla. Yo respondí con otro. Después salimos las dos del juego al mismo tiempo, sin decirnos adiós.
Han pasado meses. Nos hemos hablado tres o cuatro veces más, siempre tarde, siempre a esa hora rara donde nadie tiene nada que perder, y siempre acabando con los dedos dentro y la voz rota. Sé que tarde o temprano una de las dos dejará de contestar. Sé también que cuando eso pase no voy a buscarla. Es así como funciona esto: aparecemos para algo, nos damos lo justo y nos vamos antes de que la otra empiece a esperar algo más.
Pero aquella primera noche, mientras me quitaba los cascos y miraba la pantalla del juego con la cabaña vacía, con el coño todavía palpitándome y los dedos oliendo a mí, supe que en algún lugar otra mujer estaba haciendo exactamente lo mismo —apagar la lámpara, doblar la sábana empapada, sonreír sola— y por un momento dejé de sentirme tan desconocida.