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Relatos Ardientes

El audio secreto que me delató ante mi compañera

Aquella tarde de mayo el calor pegaba en la parada del autobús como si alguien hubiera abierto la puerta de un horno. Mara llevaba veinte minutos esperando, sudando bajo la camiseta, cuando vio a la chica del helado.

Era una desconocida de pelo corto y oscuro, sentada en el banco de enfrente, lamiendo un cucurucho de nata con una concentración casi devota. Mara intentó mirar a otro lado. No lo consiguió. La lengua de la chica trazaba círculos lentos alrededor de la bola, sus dedos recogían las gotas que escapaban hacia el cono, y luego se llevaba esos dedos a la boca con una naturalidad que rozaba lo indecente.

Una gota cayó por el cono y aterrizó en el escote de la chica, manchándole la piel. La chica la limpió con el dedo. Se chupó el dedo.

No es normal estar así de salida, pensó Mara. No es normal mirar así a alguien que no ha hecho nada más que merendar.

Cuando los ojos de la chica del helado se cruzaron con los suyos, Mara apartó la vista y se concentró en sus zapatillas. Cuando llegó el autobús subió la primera, se sentó al fondo y juró que se daría una ducha fría en cuanto pisara su casa.

***

El piso estaba en un cuarto sin ascensor de un bloque viejo. El marco de la puerta se hinchaba con el calor y había que empujar con el hombro para abrir. Mara empujó. Entró. Y lo primero que vio fue a Iris en el sofá.

Iris, su compañera de piso desde hacía un año y medio. Iris, con la que compartía botellas de vino los viernes y series los domingos. Iris, a la que llevaba seis meses deseando con la intensidad de una adolescente y la torpeza de quien no sabe cómo hacer para que la otra persona se entere.

Esa tarde Iris llevaba puesta una camiseta blanca de tirantes vieja y ancha, tan gastada que se transparentaba un poco, y unas bragas negras de algodón que se le pegaban al cuerpo como si las hubieran cosido sobre la piel. Tenía los pies descalzos apoyados en la mesa baja del salón y se estaba pintando las uñas. El pelo pelirrojo le caía asimétrico sobre un lado de la cara, dejándole la nuca al descubierto.

—Llegas pronto —dijo Iris sin levantar la vista del pincel.

—Sí. Calor.

Brillante respuesta. Mara se odió un poco más a sí misma y se sentó en el sillón individual, lo más lejos posible.

Hablaron de cosas sin importancia. Iris tenía una cita esa noche —siempre tenía citas— y Mara tenía la tarde libre. Iba a encerrarse en su cuarto con el aire acondicionado y a hacer cualquier cosa que no fuera mirar a su compañera. Lo había decidido antes de cruzar la puerta. Lo había vuelto a decidir cinco veces desde que entró.

Pero entonces Iris abrió un yogur, le quitó la tapa de aluminio y se puso a lamerla. Despacio. Con una lengua que parecía no tener fin.

Mara se levantó, murmuró algo sobre tener trabajo pendiente y se metió en su habitación.

***

La cama era estrecha, de noventa centímetros, pero le bastaba. Cerró la puerta, encendió el aire, se quitó las zapatillas. Se tumbó boca arriba y miró el techo intentando pensar en cualquier cosa que no fuera la lengua de Iris recogiendo la nata de un yogur.

Oyó la puerta del piso cerrándose. Iris ya se había ido.

Se quedó sola con el zumbido del aire y la película mental de las dos últimas horas: la chica del helado, los dedos chupándose la nata, la lengua de Iris en la tapa del yogur, el contorno de las bragas negras adivinándose bajo la camiseta transparente.

Tenía dos opciones, y las conocía bien.

La primera era llamar a alguno de los dos chicos de su agenda que estaban siempre disponibles. Polvos rápidos, eficientes, sin demasiado cariño. Pero esa tarde no quería eso. Esa tarde quería una boca paciente sobre cada centímetro de piel, una lengua que tuviera tiempo, manos que supieran detenerse en los sitios correctos.

La segunda era el plan que llevaba meses funcionando.

Se levantó, fue al armario y sacó el archivador metálico que escondía al fondo, debajo de una pila de jerséis de invierno. Dentro había un reproductor de mp3 viejo, de los que ya nadie usaba, y unos auriculares cerrados que aislaban del ruido exterior. Lo había comprado precisamente para eso, para que no quedara registro en el móvil ni rastro en ningún historial.

El reproductor solo contenía un archivo, titulado de manera deliberadamente anodina: «track_07_final.mp3».

***

Aquel archivo era el resultado de tres noches de trabajo silencioso frente al ordenador, hacía cinco meses. Mara había sido becaria en una emisora local durante un año y sabía usar software de edición de audio. Eso, combinado con un descubrimiento casual una noche cualquiera, había producido esto.

El descubrimiento había sido una actriz amateur de cine para adultos, de las que tienen tres vídeos en plataformas oscuras y luego desaparecen. La mujer no se parecía físicamente a Iris en nada: era rubia, alta, mayor. Pero su voz era casi idéntica. El mismo timbre, la misma cadencia, los mismos jadeos rotos que Mara había oído más de una vez a través de las paredes finas del piso, cuando Iris llevaba a alguien a su habitación.

Mara había descargado todo el material que pudo encontrar de aquella actriz, había aislado los gemidos, las frases, las respiraciones. Había cortado todo lo que no le servía. Había recompuesto los fragmentos hasta construir una secuencia coherente, una sola escena: la voz de Iris hablándole a ella. Solo a ella.

Cada vez que pulsaba play, durante un cuarto de hora, Iris era suya. En su cabeza, al menos.

***

Se desnudó. Se tumbó. Se puso los auriculares y subió el volumen hasta el límite que sus tímpanos podían soportar sin queja. Cerró los ojos.

Empezó con una sonrisa, un suspiro y una frase susurrada.

—Hola, cariño. ¿Te gusta lo que ves?

Mara movió las manos por debajo de su propia camiseta, se pellizcó los pezones, sintió el escalofrío recorrerla desde la nuca hasta la entrepierna. La voz seguía hablándole, contándole que se estaba desnudando, que estaba mojada, que tenía ganas. Mara veía a Iris haciéndolo. Veía la camiseta blanca cayendo al suelo, los pechos pequeños y firmes asomando, las bragas negras bajando por las caderas. Veía las pecas de los hombros que había memorizado tantas tardes de domingo.

—Mira cómo me toco para ti —decía la voz—. Mira cómo me pongo cuando pienso en ti.

Mara metió dos dedos en su sexo. Estaba empapada y no le sorprendió. Llevaba empapada desde la parada del autobús. Empezó a moverlos despacio, en círculo, presionando con la palma contra el clítoris en cada vuelta. La voz subía de intensidad. Los suspiros se volvían jadeos. Los jadeos se volvían algo más.

—Mira cómo me abro para ti.

Mara cambió de postura, se subió a la almohada y se frotó contra ella con los dedos dentro. La cama crujía un poco. Le daba igual. Estaba sola. El cable de los auriculares se le había enredado en un brazo y le rodeaba un pecho como una cuerda, pero le daba igual eso también.

—Quiero tu lengua aquí.

Sacó la lengua sin darse cuenta. Se imaginó a Iris arrodillada entre sus piernas, mirando hacia arriba con esos ojos verdes brutales que tenía. Se imaginó a Iris diciéndole exactamente lo que el audio decía, con esa misma voz, pero esta vez de verdad.

—Voy a comerte. Vas a ver lo que mi boca sabe hacer.

Mara llegó al borde rápido y se quedó ahí, suspendida, durante lo que le pareció una eternidad. La voz del audio se corrió primero, larga y sonora, y la dejó preparada para correrse ella, como sabía que pasaría, porque la había editado precisamente así. Pocos segundos después, con los dedos hundidos hasta los nudillos y la otra mano apretándose un pecho con fuerza, Mara se corrió como hacía meses que no se corría. Largo. Sucio. Con los ojos cerrados, la boca abierta y un grito que probablemente se oyó por todo el rellano.

***

Tardó un rato en moverse. Cuando lo hizo, lo hizo todo despacio.

Se quitó los auriculares. Guardó el reproductor en el archivador. Cerró el armario. Se puso el pijama corto, el de Mickey Mouse que llevaba años usando aunque ya le quedaba ridículo. Se peinó con los dedos. Salió al pasillo con la sensación de calma blanda que llega después del sexo bueno, descalza sobre el parqué tibio.

Iris estaba en el sofá. Con la misma camiseta vieja, las mismas bragas negras, los pies otra vez sobre la mesa.

A Mara se le cayó el alma a los pies.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, sin que la voz le saliera del todo.

—Me han cancelado los planes —dijo Iris, sin mirarla del todo, con esa media sonrisa rara que Mara nunca conseguía leer—. Hace media hora.

Media hora. Suficiente para haber estado en el salón mientras Mara se corría a tres metros de pared. Suficiente para haberlo oído todo, porque los auriculares solo aíslan hacia dentro y los gritos hacia afuera salen perfectamente.

Mara se tapó la cara con las manos. Los ojos se le pusieron vidriosos sin que pudiera evitarlo.

Iris se levantó del sofá y se acercó. Le puso una mano en el hombro. La rodeó con un brazo, casi con torpeza, como quien intenta consolar a alguien sin saber muy bien cómo.

—No pasa nada, mujer. Es lo más normal del mundo. Yo también lo hago. Todo el mundo lo hace.

Mara asintió contra el hombro de Iris, sin poder mirarla todavía.

Y entonces Iris añadió, en ese tono burlón con el que decía todo lo importante para que pareciera intrascendente.

—Joder, tía, vaya forma de correrte. Tiene que dar gusto comerte. Lástima que no te gusten las chicas.

Mara abrió los ojos.

Iris ya se daba la vuelta para volver al sofá, indiferente, como si acabara de hacer un comentario sobre el tiempo. Era el momento. Era exactamente el momento que llevaba meses esperando, el resquicio, la grieta por la que asomar la cabeza y decir lo que tenía que decir.

—Sí que me gustan. Sobre todo tú.

Lo dijo. Lo dijo de verdad.

Pero la garganta se le había secado de los nervios y de la vergüenza, y la voz le salió en un hilo que apenas movió el aire entre las dos. Iris ya estaba sentándose en el sofá, alcanzando el mando, encendiendo la televisión. El sonido del telediario tapó cualquier cosa que Mara hubiera podido decir.

Iris no la oyó.

Mara se quedó un instante de pie en el pasillo, con la frase ya dicha, con el coraje ya gastado, sabiendo perfectamente que no iba a poder repetirla. No esa noche. No al día siguiente. Probablemente nunca.

Se rió un poco, una risa fea que solo escuchó ella.

Aquella tarde la voz de una Iris falsa le había dado uno de los mejores orgasmos de su vida. Y la voz de la Iris verdadera, la única que importaba, la había dejado muda justo cuando hablar habría servido para algo.

Volvió a su cuarto, se metió en la cama y apagó la luz.

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Comentarios (2)

vale_lm

que tension!!! me tuvo pegada hasta el final sin poder parar

lectora_incognita

Por favor necesito la segunda parte, no puedo quedarme con esa intriga

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