El disfraz de Santa que encendió nuestra noche
Las fiestas llegaban a toda velocidad y ya teníamos decidido dónde pasaríamos la Nochebuena: con Mariana, la hermana de Valeria. Cuando se lo confirmamos, Mariana casi lloró. Me mandó un mensaje esa misma tarde agradeciéndome, diciéndome que veía a Val diferente, más liviana, más ella misma. Me agarró desprevenida ese mensaje. Tuve que cerrar los ojos un momento antes de responder, porque cuando alguien desde afuera nota algo bueno y se toma el trabajo de hacértelo saber, eso pesa de una manera difícil de explicar.
Valeria había ido varias veces a lo de su hermana durante esos días, y una noche volvió con algo en la cara que yo ya conocía bien: quería contarme algo pero no sabía cómo empezarlo. Se quitó el abrigo, dejó las llaves en la mesada y se quedó parada en la cocina con ese silencio suyo que siempre anuncia algo.
—Tomás te saluda de lejos y se escapa —dijo al final.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Supongo que no digirió que estés conmigo. Pensábamos que el tema iba a ser con Mariana, y resulta que el conflicto viene por otro lado.
Tomás era el hijo mayor de Mariana. Antes de conocer a Val, habíamos tenido dos encuentros. Nada serio, nada con futuro, pero tampoco algo que se borra fácil. Cuando Valeria apareció en mi vida y todo cambió en cuestión de semanas, él quedó en un lugar incómodo. No me sorprendía. Lo que me sorprendía era no haberlo previsto antes.
Me acerqué a Val, le pasé el brazo por el cuello y la besé despacio, con calma.
—No te preocupes. Voy a hablar con él. Si entiende, bien; si no, ya veremos.
—No tenés por qué hacerlo, Sofi. Él eligió no decir nada cuando podría haberlo hecho. El tren pasa una sola vez, y si te quedás en el andén, ese ya era el resultado posible.
—¿Cuándo te volviste tan filósofa?
—Desde que vivo con vos —dijo, y me sonrió de ese modo que todavía me descoloca un poco.
***
Unos días después nos pusimos con los regalos. Hicimos una lista en el sofá, con mate y una manta entre las dos, como si fuera un proyecto importante.
—¿Nos regalamos algo entre nosotras? —pregunté.
—Me parece bien.
—Pensé en una depiladora. De esas que sirven para todo, incluso para la zona íntima. Las maquinitas desechables me tienen agotada.
—A mí también. Sí, dale.
Quedó cerrado en menos de dos minutos. Pero yo tenía otro plan que no le conté. Desde hacía una semana había estado mirando online un disfraz de Santa Claus en versión femenina, rojo y ajustado, con detalles blancos en el borde. Esa tarde lo había comprado. Lo escondí en el fondo del placard, detrás de un par de cajas, con la misma seriedad con la que se esconde algo verdaderamente valioso.
***
El 23 de diciembre llegó cargado de cosas por hacer. Yo había preparado el día anterior un matambre casero para comer frío en la cena previa, y Val casi se indignó cuando lo descubrió en la heladera esa mañana.
—Hija de puta —dijo, tapándose la boca con las dos manos—. Yo tenía pensado comprarlo ya hecho. ¿Cuándo aprendiste a hacer matambre?
—Siempre supe. Nunca te lo había mostrado.
—Sos increíble —me dijo, y me abrazó fuerte, con la cabeza apoyada en mi hombro—. Contigo gané la lotería, te juro.
—Me estás haciendo poner colorada —respondí, y era completamente verdad.
—Otro día te enseño a hacerlo vos también. Ahora voy al baño, ya vengo.
Entré al dormitorio, saqué el disfraz del fondo del placard y me cambié ahí mismo. Corpino rojo con ribete blanco, una minifalda a juego que no cubría demasiado, una tanga del mismo color y medias largas que llegaban hasta el muslo. Me puse un poco de perfume, me miré en el espejo dos segundos y salí antes de arrepentirme.
Val estaba de espaldas en la cocina, revolviendo algo en la olla.
—Oh, oh, oh... ¡Feliz Navidad! —dije.
Se dio vuelta. Se quedó absolutamente inmóvil. Tardó varios segundos en reaccionar.
—Loca —dijo por fin, con los ojos muy abiertos—. Para Navidad faltan dos días todavía. Y con ese disfraz me vas a matar antes de llegar.
—Ese es exactamente el plan —respondí—. Mañana llegamos tarde a lo de Mariana. El 25 estamos destruidas. ¿Cuándo vamos a tener tiempo para estar solas?
—Tenés razón —dijo, y ya no sonreía—. No te muevas de ahí.
***
Desapareció hacia el dormitorio y volvió con un paquete envuelto en papel plateado, que sostuvo con las dos manos como si pesara.
—Abrilo —dijo.
Lo abrí despacio. Tardé un segundo en entender lo que tenía delante: un dildo con sopapa, de un tamaño considerablemente generoso, de silicona negra y superficie mate.
—Dios mío —dije.
—¿Te gusta?
—Me encanta. Esperá, que te toca a vos.
Busqué la caja de la depiladora que había envuelto esa mañana y se la entregué. La abrió con más cuidado del que la situación requería, y cuando vio lo que era levantó la vista con una sonrisa enorme.
—¿La usamos juntas?
—Obvio. Pero primero lo otro.
***
Tomé el dildo, le pasé la lengua por la base de la sopapa y lo pegué a la pared del baño, a una altura que me pareció razonable. Lo observé un momento. Lo acaricié con la palma de la mano, despacio.
—Me lo estás mirando como si fuera tuyo —dijo Val desde la puerta, con los brazos cruzados.
—Es nuestro —la corregí.
Me acerqué, me incliné hacia adelante y lo besé en la punta. Escuché que ella soltaba el aire lentamente. Sus manos encontraron la minifalda por detrás, me la levantaron con cuidado y me bajaron la tanga de un tirón. Me incliné más, apoyé las palmas en la pared fría y saqué la cadera hacia atrás. Sus dedos me exploraron primero, con calma, y después su lengua comenzó a lamerme el ano con una concentración que me hizo doblar los codos y bajar la cabeza.
Cuando me incorporé y me di vuelta, ella ya estaba de pie frente a mí, con los ojos oscuros. Nos besamos sin apuro. Guié su mano hasta que colocó el glande en la entrada de mi ano. Empujé yo misma hacia atrás, respirando despacio, dejándome abrir poco a poco. La sensación de llenura me subió por la espalda como una descarga.
—Dios —murmuró Val—. Te lo estás metiendo todo.
—Poco a poco —dije entre dientes, sin detenerme.
Me acercó una silla. Apoyé las manos en el respaldo y empecé a moverme, hacia adelante y hacia atrás, encontrando el ritmo sola. Una palmada en la nalga me arrancó un grito corto. Val ya se había quitado la ropa sin que yo me diera cuenta y se colocó frente a mí, apoyada en los azulejos. Me puse de rodillas sin pensarlo y la lamí entera, con la cadera todavía moviéndose hacia atrás, encontrando el dildo cada vez.
Terminamos casi al mismo tiempo. Yo primero, con un jadeo que no pude contener. Ella un momento después, con la mano apretándome el pelo con fuerza.
Nos miramos. Ninguna dijo nada por unos segundos.
—Hija de puta —dijo Val por fin.
—Hija de puta —repetí yo, y nos reímos las dos al mismo tiempo.
***
—Me toca —dijo Val, cuando se le pasó la risa.
—¿Por dónde lo vas a usar? —pregunté, aunque sospechaba la respuesta.
—Por atrás. Como vos.
La tomé de la mano y la miré a los ojos antes de responder.
—Escuchame. Te ayudo, pero vamos despacio. Solo lo probaste una vez. No quiero que te duela ni que te lleves una mala experiencia. Si en algún momento querés parar, paramos sin drama.
—No voy a querer parar —dijo, con esa expresión suya que no tiene nombre pero que significa exactamente lo que parece.
Busqué la crema que teníamos en el botiquín. Volví al baño, donde el dildo seguía pegado a la pared como una presencia silenciosa y algo solemnemente ridícula.
—Inclinarte —le pedí.
Se inclinó. Le unté el ano con crema despacio, con cuidado, y le introduje un dedo. Ella soltó un sonido que era mitad queja y mitad otra cosa completamente distinta. La tomé del pelo con la otra mano y la giré para besarla. Tenía los ojos un poco húmedos, de concentración o de algo más, no estaba segura.
—¿Bien?
—Sí —dijo—. Seguí.
La coloqué frente al dildo y la guié con las manos en sus caderas. Ella misma abrió las piernas, buscó el ángulo con una determinación que me desarmó, y empujó hacia atrás. Solté un sonido involuntario cuando la vi metérselo hasta el fondo en dos movimientos.
—¿Lo tenés todo? —pregunté.
—Lo tengo todo —dijo, con la voz levemente transformada.
—Movete. Despacio. Así.
Empezó a moverse. Yo me puse de rodillas delante de ella y la lamí mientras lo hacía. Sus manos me buscaron la cabeza. Sus caderas encontraron el ritmo solas, con más seguridad de la que yo esperaba. Tardó menos de lo que imaginé.
Cuando terminó, se quedó apoyada en la pared con los ojos cerrados y una sonrisa que parecía de otra dimensión.
—Es hermoso —dijo después de un momento—. No hay vuelta atrás con esto.
—No la hay —confirmé—. Bienvenida.
***
Lavé el dildo con agua caliente y jabón, con la misma tranquilidad con la que se lava cualquier utensilio doméstico. Val se metió a la ducha. Cuando salió, la hice inclinarse y le revisé el ano con más atención de la que probablemente era necesaria.
—¿Cómo lo tenés?
—Bien, mamá —dijo, riéndose.
—Boba.
Le puse un poco de crema, le di un beso en la nalga y me incorporé. Agarré el envoltorio del dildo que había quedado en el piso y busqué las medidas impresas en el cartón: veintitrés centímetros.
—Val —llamé.
—¿Qué?
Le mostré el número sin decir nada más.
Ella lo miró. Se encogió de hombros con una indiferencia que me pareció completamente fabricada, y eso me hizo reír durante un buen rato.
***
Más tarde, mientras comíamos de pie en la cocina —el matambre, un poco de pan, dos vasos de vino blanco frío— le conté que le había mandado un mensaje a Tomás ese mismo día.
—¿Y?
—Lo leyó. No respondió.
—Un idiota —dijo, sin darle más importancia de la que merecía—. Que no se le ocurra hacer ningún escándalo mañana en la cena de Mariana.
—No va a pasar nada.
—Lo sé. Pero si pasa, se arma.
—Val.
—Estoy tranquila —dijo, y sonó completamente tranquila—. Estamos bien nosotras, ¿no? Estamos juntas, nos queremos, acabamos de coger bien y encima tenemos comida rica. No hace falta nada más que eso.
Me acerqué y la besé. Tenía razón, como casi siempre.
Esa noche nos fuimos a la cama temprano. Seguíamos en ropa interior —el corpino del disfraz había quedado tirado en algún rincón del baño— y nos dormimos abrazadas, con la ventana entreabierta y el ruido de la ciudad preparándose para las fiestas.
Al día siguiente era el 24. Nos esperaba la mesa larga, la familia de Val y Tomás con su silencio incómodo. Pero eso era mañana.
Esa noche éramos solo nosotras dos, y había sido perfecta.