El momento que ella llevaba meses prometiéndome
Llegamos al apartamento en silencio. El paseo de vuelta del bar había sido tenso: Valeria no dejaba de apretarme la mano con esa fuerza que no sabe si es miedo o alivio. Lo que había pasado con su prima Irene nos había revuelto la noche entera.
Irene no sabía lo que éramos. Pensó que éramos algo casual, algo sin nombre, y cuando propuso aquello en voz baja sobre la mesa, con el vino a medias, Valeria se tensó como una cuerda. Irene es la clase de persona que llena el silencio con propuestas. No lo hacía con maldad. Simplemente no sabía.
Valeria sí sabía. Sabía exactamente lo que éramos y lo que no estaba dispuesta a compartir con nadie.
Ya en casa, ella se fue al baño y yo me quedé en la sala, todavía con el abrigo puesto. Cuando salió, me miró de una manera que reconocí de inmediato: era esa mirada que tenía cuando quería decirme algo pero prefería mostrármelo en lugar de explicarlo.
—Amor —dijo con voz baja, sin mover apenas los labios—, ¿no me querías hacer algo que te llevo tiempo prometiendo?
Entendí enseguida. Hacía meses que Valeria me había hecho esa promesa. Lo había dicho en uno de esos momentos en que el deseo te hace generosa. Después, cuando llegó el momento, se echó atrás. Sin drama, sin pelea, simplemente no pudo. Y yo no la presioné, porque no era eso lo que quería.
Pero esa noche era ella quien lo pedía.
Me acerqué y la besé despacio. Ella respondió con una urgencia que hacía días que no le sentía.
—Sí, libertina —le dije contra la boca, y ella se rió en voz baja.
Se fue al baño a prepararse y yo entré en el dormitorio. Me desnudé sin perder el tiempo, fui al cajón y saqué el arnés. Nunca lo habíamos usado para esto. Para otras cosas, sí, pero no para esto. Mientras me lo colocaba, revisé que el lubricante estuviera a mano, en la mesilla, donde lo había dejado preparado.
Cuando Valeria salió del baño, yo ya estaba lista.
Estaba completamente desnuda sobre la cama, recostada de lado, mirándome con esa confianza tranquila que solo se construye con el tiempo. Tenía el cuerpo lleno de luz tenue y la expresión serena. No nerviosa. Decidida.
Mientras me colocaba el dildo interno en su posición, solté un suspiro que no pude contener. Valeria lo notó y sonrió de un modo que era a la vez tierno y completamente obsceno.
—Noto que estás encendida —dijo.
—Mucho —respondí, sin mentirle—. Quiero hacer esto bien.
Ella se incorporó ligeramente en la cama y tomó el dildo con la mano. Lo estudió un momento, como si calibrara algo, y luego lo acercó a su boca con una lentitud deliberada que me cortó la respiración. Lo que hizo entonces no tenía ninguna prisa. Lo tomó despacio, con la lengua, con los labios, mirándome todo el tiempo. Yo estaba de pie frente a ella y apenas podía mantener la postura. El dildo interno hacía su trabajo sin que yo hiciera nada, y el espectáculo que tenía delante era demasiado.
—Para —le dije al fin, con la voz más ronca de lo que habría querido—. O vamos a terminar antes de empezar.
Ella soltó una carcajada baja y se colocó en cuatro sobre el borde de la cama.
Me arrodillé detrás de ella y empecé por lo más lento. Le separé las nalgas con cuidado y bajé la boca hasta allí: lengua plana, sin apuro, alternando entre un punto y otro, escuchando cómo su respiración se acompasaba. Valeria apoyó la cabeza en los brazos y dejó escapar un sonido que no era exactamente un gemido sino algo más profundo, más íntimo.
Cuando noté que estaba lista, alcancé el lubricante y fui generosa. Lo apliqué con la yema de los dedos, despacio, con cuidado. Valeria no dijo nada. Solo respiró.
Me incorporé, apoyé el dildo suavemente contra la entrada y le pregunté en voz baja:
—¿Estás bien, amor?
—Sí —respondió ella, con la voz enterrada en las sábanas—. Despacio.
Hice una presión mínima, apenas lo suficiente. El cuerpo de Valeria respondió con un sonido ahogado que no era dolor sino sorpresa. Me detuve.
—Respira —le dije.
Respiró. Yo también.
Avancé un poco más. Ella abrió un espacio para recibirme y yo seguí, centímetro a centímetro, con más paciencia de la que pensaba que tenía. No había urgencia. No había reloj. Solo ese espacio pequeño entre las dos, construido a base de tiempo y de confianza.
—Más —me dijo al fin.
Y la complací.
Cuando entré del todo, nos quedamos quietas un instante. Yo tenía las manos sobre sus caderas, ella tenía los puños apretados en las sábanas. Luego comenzó el movimiento: suave al principio, un ritmo que los dos cuerpos tardaron un momento en encontrar. Valeria empezó a soltarse. Sus hombros se relajaron, su espalda cambió de curva. Los sonidos que hacía ya no eran de concentración sino de algo que empezaba a parecerse al placer.
Cambiamos de posición sin interrumpirnos del todo: primero de costado, ella apretada contra mi pecho con las piernas entrelazadas, sintiendo cada movimiento con más intensidad. Después la puse de espaldas, con sus piernas sobre mis hombros, y así pude verle la cara.
Eso fue lo que me deshizo.
Verla. Los ojos entrecerrados, el labio inferior entre los dientes, una expresión que era completamente suya y que yo conocía mejor que nadie. Aceleré el ritmo, el dildo interno respondía a cada movimiento, y en algún momento preciso que no supe identificar los dos orgasmos llegaron a la vez: el de ella y el mío, entrelazados de un modo que ninguna de las dos podría haber explicado a nadie.
Nos quedamos quietas. Valeria con los ojos cerrados. Yo con la frente apoyada en su rodilla.
Tardé un rato en quitarme el arnés. Cuando lo hice, me dejé caer a su lado y estuvimos así un tiempo sin hablar.
—Hija de puta —dijo ella al final, con una sonrisa que contradecía completamente las palabras—. Cómo lo has hecho.
—Bien, espero.
—Muy bien. —Hizo una pausa.— No me hiciste daño.
—Te puse bastante lubricante —le expliqué—. Con el tiempo no hará falta.
—Ya. —Se quedó pensativa.— Tú me lo habías prometido también, y lo cumpliste.
—Lo recordaba.
Valeria se volvió hacia mí y me dio un beso largo, sin urgencia. Después puse la palma de la mano sobre su espalda y la acaricié despacio, y ella se arrimó un poco más.
—¿Tienes alguna molestia? —le pregunté.
—Algo de ardor, pero no es malo. —Suspiró contra mi cuello.— Me gusta cuando me cuidas así.
La acaricié sin apuro hasta que la sentí más relajada. Humedecí la yema del dedo y lo deslicé suavemente sobre la zona, hundiéndolo apenas de tanto en tanto, solo para calmarla. Valeria contuvo el aliento y luego lo soltó despacio.
—Me vas a calentar de nuevo —dijo.
—Shhh. Te calma el ardor.
—Sí —concedió—. Lo sé. Y por eso mismo me está calentando.
Me reí. Ella también.
***Preparamos algo rápido en la cocina: lo que había en la nevera, sin mucho plan. Mientras ella cortaba, yo puse agua a hervir, y en ese orden doméstico de moverse por la cocina encontramos el ritmo de siempre. Seguíamos desnudas. No había prisa por cambiarlo.
Nos sentamos a cenar en la barra, como solíamos, sin demasiadas ceremonias. Fue entonces cuando caí en algo que llevaba días dando vueltas en mi cabeza.
—Se acercan las fiestas —dije.
Valeria levantó los ojos del plato.
—Las primeras que vamos a pasar juntas —añadí.
Ella se quedó quieta un momento. Luego soltó una risa breve, un poco sorprendida de sí misma.
—Dios mío, tienes razón. No lo había pensado.
—¿Qué hacías antes?
Valeria apoyó el tenedor en el borde del plato. Hubo un silencio que no era pesado, solo honesto.
—Las últimas que pasé bien fueron con mi hermana Elena —dijo—. Antes de todo lo que pasó con Marcos.
Yo conocía esa historia en sus líneas generales, no en los detalles. No hacía falta conocerlos todos.
—Entonces habla con Elena —dije—. Navidad con tu familia, Año Nuevo con la mía.
Valeria me miró.
—¿Con tu familia?
—Llevan tiempo queriendo conocerte. Y yo quiero que te conozcan.
Hubo otro silencio. Este más cargado.
—¿Estás segura? —preguntó ella.
—Completamente.
Ella asintió despacio, como quien acepta algo que le cuesta creer que sea real. Bajó los ojos al plato y los volvió a levantar. Los tenía más brillantes de lo habitual.
—Tu hermana estuvo contigo cuando estabas mal —añadí—. Es lógico que ahora vea que estás bien.
Valeria no respondió enseguida.
—Para —dijo al fin—. Que me vas a hacer llorar encima de la cena.
—No te lo permito —respondí, completamente en serio, y ella se rió.
—Te quiero mucho, ¿sabes?
—Lo sé. Yo también a ti.
Terminamos de cenar con esa ligereza que a veces viene después de decir lo que importa. Recogimos juntas: ella lavaba, yo secaba, y en algún momento me dio un palmazo en la cadera que me hizo soltar el trapo.
—Esa me la debes —le dije.
—Anótala —respondió ella, yéndose ya hacia el dormitorio con una sonrisa.
***Me lavé los dientes y entré al cuarto. Valeria ya estaba en la cama, con la lamparilla encendida, el teléfono en la mano, que dejó sobre la mesilla cuando me oyó entrar.
Me metí a su lado. Ella apagó la luz y nos quedamos un momento en la oscuridad, los dos cuerpos orientándose el uno hacia el otro como siempre, como si lleváramos haciendo eso toda la vida.
—¿Tienes sueño? —pregunté.
—No del todo —dijo ella.
No hacía falta decir más.
Lo que siguió fue distinto a lo de antes: más tranquilo, más conocido. Sin arnés, sin lubricante, sin promesas pendientes. Nos tomamos el tiempo que quisimos, alternando quién llevaba y quién seguía, hasta que acabamos las dos boca abajo con la respiración entrecortada y la cabeza apoyada en el muslo de la otra.
El orgasmo llegó despacio, acumulado, y cuando llegó no fue una sacudida sino una ola larga que tardó en retirarse. Valeria lo notó también y apretó los dedos contra mi cadera sin decir nada.
Después nos quedamos enredadas, agotadas, con la respiración lenta y el cuerpo pesado de una manera que es difícil de distinguir del bienestar.
Valeria se acomodó contra mi hombro y estuvo así un momento antes de hablar.
—Ha sido un buen día —dijo.
—Empezó mal —le recordé.
—Sí. —Hizo una pausa larga.— Pero terminó bien.
Tenía razón. Me quedé escuchándola respirar hasta que el ritmo se volvió regular y supe que dormía. Afuera, la ciudad seguía con su ruido sordo de siempre. Aquí dentro, todo estaba exactamente en su lugar.