La tarde que Lucía me leyó mi relato más íntimo
Vino a comprarme el libro y se sentó en mi regazo dándome la espalda. «Léelo despacio, en voz alta», le pedí, mientras mis dedos empezaban a bajar por su vientre.
Vino a comprarme el libro y se sentó en mi regazo dándome la espalda. «Léelo despacio, en voz alta», le pedí, mientras mis dedos empezaban a bajar por su vientre.
Cuando me dijo que llevaba tres días con la regla no aparté la mano: la acerqué más, porque su sinceridad fue el principio de todo lo que vino después.
Nunca pensé que unas manos de mujer pudieran tocarme así. Cuando mi patrona me ofreció un masaje, no supe que estaba abriendo una puerta que ya no querría cerrar.
Mariana nunca había besado a otra mujer hasta esa noche. Volvió a casa temblando de deseo, sin imaginar que su hermanastra la observaba en la oscuridad.
Era su primer aquelarre y la más joven del círculo. Todas querían tocarla, pero ella solo buscaba a la rubia que la miraba desde el otro lado del fuego.
Cruzaba la calle cada mes para hacerme la cera, sin imaginar que la chica de manos suaves estaba esperando la misma señal que yo.
La detesté desde que entró: alta, callada, insoportable. Lo que no esperaba era pasar la noche imaginándola, ni lo que vendría después en la oficina vacía.
Saira trazó el círculo, encendió las velas y pronunció el nombre prohibido. Lo que apareció entre el humo no era un esclavo dócil: era una mujer que sonreía.
Acepté el reto sin pensarlo: besar cinco segundos a quien tuviera a mi derecha. Y a mi derecha estaba ella, la mujer que llevaba un año fingiendo no desearme.
Bajo las luces de la morgue sus manos no temblaban. Pero al cerrar los ojos volvía a sentirla contra los azulejos del vestuario, sudada, mordiéndole el cuello.
Cuando vi su cara en la cámara del portal, supe que la presa había seguido el rastro hasta la cueva. Solo faltaba decidir si la dejaba cruzar la línea.
Salió del baño con un cinturón de doble punta colgando de un dedo y una sonrisa que no admitía discusión. Naia nunca había visto algo así de cerca.
Cuando ella corrió el seguro de la puerta y dejó caer la cazadora sobre la silla, supe que aquellas horas en el camastro angosto no las íbamos a pasar durmiendo.
Cuando la puerta se abrió y ella entró con ese abrigo de cuero, supe que esa noche entre mujeres iba a cambiar algo dentro de mí que ya no podría volver a ignorar.
Vi a mi amiga comerse con los ojos el cuerpo de la chica más deseada de la facultad, y esa mirada despertó en mí una curiosidad que llevaba años fingiendo no tener.
Llevaba meses callando lo que sentía por ella. Y de pronto me pedía un beso para encender a su prometido, sin saber que iba a encender algo mucho más peligroso entre nosotras.
Releyó el mensaje cuatro veces y el corazón le latía como a los veinte. Tenía cincuenta y nueve años y una desconocida acababa de despertarle algo que creía perdido para siempre.
Llevaba años admirándola desde las gradas. Esa noche, con el coliseo vacío y la adrenalina del combate todavía en la piel, descubrí que ella también me miraba a mí.
Llevaba un short rojo que dejaba muy poco a la imaginación, y cada vez que se inclinaba sobre el cuaderno yo perdía por completo el hilo del apunte.
Cuando la sentí inclinarse en la oscuridad, creía que las pastillas me habían noqueado. No sabía que yo nunca las tomé y llevaba el día entero esperándola.