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Relatos Ardientes

El primer amanecer que pasamos juntas

La luz se filtró por las rendijas de la persiana y tiñó la habitación de un dorado tibio, como si la mañana hubiera entrado de puntillas para no molestar. Las sábanas todavía guardaban el calor de la noche. Afuera, la ciudad apenas empezaba a moverse.

Mariana fue la primera en abrir los ojos. Tardó unos segundos en reconocer dónde estaba, y no por el lugar, sino por la calma que sentía en el pecho. Tardó un segundo más en darse cuenta de que Daniela seguía abrazándola.

Durante años había despertado con la sensación de que algo faltaba, de que el mundo giraba demasiado rápido y ella iba siempre medio paso atrás. Esa mañana, por primera vez en mucho tiempo, no faltaba nada.

Daniela dormía con una serenidad que desarmaba. Su respiración era pausada, tibia contra el costado de Mariana, y cada exhalación le rozaba la piel del cuello como una caricia involuntaria.

Mariana no se movió. No quería romper ese instante. Hoy no, pensó. Hoy solo quiero quedarme.

Apoyó con cuidado la frente sobre el cabello revuelto de Daniela, aspiró su olor y cerró los ojos un segundo más. Quizá, solo quizá, había encontrado por fin algo que valía la pena no soltar.

Lo que Mariana no sabía era que Daniela ya estaba despierta. Llevaba unos minutos así, fingiendo dormir, queriendo grabar cada detalle: el peso del brazo sobre su cintura, el olor del algodón, el latido lento contra su espalda, el cosquilleo de tenerla tan cerca.

Y de pronto lo entendió con una claridad que casi dolía. Sí. Esto es amor.

No era admiración. No era el entusiasmo torpe de una ilusión pasajera ni una fantasía construida en soledad. Era amor, sencillo y presente, y estaba ahí, dentro de esa cama. No sabía desde cuándo lo llevaba guardado, pero ahora salía a flote sin pedir permiso, como el sol entre las persianas.

Los minutos siguieron pasando. Daniela intentó moverse sin despertarla, pero un beso cálido en el hombro la traicionó. Suave, medio dormido, casi un acto reflejo, seguido de un murmullo.

—Buenos días —dijo Mariana contra su piel.

Daniela sonrió. Se giró apenas para mirarla, con una ternura que ni ella misma sabía que tenía.

—Buenos días —respondió.

Las dos sonrieron como cómplices de algo sagrado. Con los ojos todavía pesados por el sueño intentaban descifrarse, leerse la una a la otra en silencio. Daniela habría querido quedarse así, perdida en la mirada de Mariana y rodeada por sus brazos.

Pero el reloj no compartía ese deseo. Era puntual, indiferente, un recordatorio cruel de que el mundo de afuera seguía girando sin pausas. Y peor aún: el recuerdo de su turno en el hospital llegó como una bofetada leve.

—Tengo que irme —dijo Daniela con un suspiro—. Hoy me toca cubrir pediatría.

—¿Tan temprano?

—Temprano no es, exactamente, pero sí. Mi jefe fue muy «generoso» dándome permiso para el viaje, y ahora me cobra la factura con turnos extra. Casi siempre me pone a trabajar cuando él está de guardia, y eso es… —se detuvo, buscando la palabra—, bueno, incómodo. Tengo la sensación de que me vigila.

Mariana frunció el ceño. No dijo nada, pero algo se le endureció en la mirada, un destello de algo parecido a los celos que ella misma no supo nombrar.

—Entonces déjame prepararte algo rápido —dijo, ya incorporándose en la cama—. No vas a salir de aquí sin desayunar.

Daniela asintió, abrazada todavía a la almohada que guardaba el olor de la otra.

Mariana se levantó sin prisa, se puso una camiseta vieja y se recogió el pelo en una coleta improvisada antes de irse a la cocina. Daniela la observó desaparecer tras la puerta y se quedó quieta un momento, permitiéndose sentir esa cosa nueva y desconocida que la habitación entera respiraba: hogar.

***

Se levantó, tomó una toalla del respaldo de la silla y se metió al baño. El agua tibia le despejó el sueño, pero no los pensamientos. Estaba pensando en ella. En su torpeza adorable. En el esfuerzo evidente que hacía por no salir corriendo. En esa calma extraña que le daba estar a su lado aunque no hicieran ni dijeran nada.

Salió envuelta en la toalla, secándose el pelo con otra más pequeña. Iba hacia la silla donde había dejado su ropa cuando escuchó la voz de Mariana asomándose por la puerta entreabierta.

—Dani, ya está listo el desa… —Se detuvo.

Daniela giró por reflejo al oírla, sin darse cuenta de que la toalla se había aflojado. En una fracción de segundo, cayó al suelo.

El silencio fue absoluto.

Daniela abrió los ojos como platos y sintió que la cara le ardía de golpe, un calor que le subió desde el cuello hasta las orejas. Mariana se quedó quieta. Solo un segundo.

Pero bastó.

La imagen quedó grabada en su mente con una precisión casi cruel, como una fotografía tomada sin permiso: las tetas de Daniela plenas y firmes, con los pezones erizados por el frío, la barriga plana bajando hasta ese coño depilado que dejaba ver los labios rosados y brillantes de humedad; la curva de la cadera, la piel todavía mojada. Mariana sintió que se le secaba la boca y que, por debajo de la camiseta vieja, sus propios pezones se le endurecían de golpe.

Mariana se giró de inmediato, torpe, como si el suelo le quemara los pies, obligándose a dejar de mirar mientras algo desconocido —o quizá demasiado conocido— le subía por el pecho y le bajaba, sin permiso, hasta el bajo vientre.

—¡Perdón, perdón! No… no quería —balbuceó, retrocediendo hacia el pasillo—. Solo venía a avisarte. No vi… te juro que no…

No pudo terminar la frase, porque muy dentro de sí sabía que sí quería. Que llevaba toda la mañana queriendo. Que se moría por meterle la lengua entre esos muslos y mamarle el coño hasta que gritara su nombre.

Daniela recogió la toalla a toda prisa, roja como nunca. Pero no estaba molesta. Tampoco avergonzada en el mal sentido. Solo sorprendida. Y, en el fondo, agradecida, porque con ella no sentía miedo, y esa reacción atolondrada le provocaba una ternura difícil de explicar. Le gustó, incluso, saber que Mariana la había visto entera; le gustó imaginar qué habría estado pensando en ese segundo eterno.

Desde la puerta, Mariana seguía murmurando disculpas con la mirada clavada en el suelo.

—Mari —dijo Daniela, ya con la toalla firme alrededor del cuerpo y una sonrisa apenas contenida—. Tranquila. Fue un accidente.

—Sí, claro, pero igual… no debí entrar así.

Daniela se acercó despacio hasta la puerta y la miró con dulzura.

—Si de todas las personas del mundo tenía que pasarme esto —dijo en voz baja—, me alegra que hayas sido tú.

Mariana alzó la vista. No dijo nada. Solo tragó saliva.

Pero en su mente la imagen seguía viva: los pezones duros, el vello mínimo sobre el pubis, el brillo húmedo entre los labios del coño. No por morbo, ni por un deseo inmediato y burdo, sino por lo hermoso —y sí, también por lo brutalmente caliente— que resultaba tener tan cerca lo que alguna vez había creído inalcanzable. Apretó los muslos disimuladamente al notar que las bragas se le estaban humedeciendo.

***

Daniela terminó de vestirse con la ropa cómoda que Mariana le había prestado. Le había ofrecido tantas opciones como tenía, solo para que se sintiera en casa dentro de aquel espacio que aún le era ajeno.

Desayunaron en silencio, pero no fue un silencio incómodo. Al contrario. Daniela, con las mejillas todavía tibias, servía el café con una torpeza encantadora, derramando una gota en el plato y limpiándola con el dedo. Mariana no decía nada. Solo la observaba, apoyada en la encimera, con la taza entre las manos.

Esa mirada fija provocó un temblor en los labios de Daniela, y eso que ya estaba completamente vestida. Un temblor que le bajó por el cuello, por los pezones que se marcaban debajo de la camiseta prestada, y le terminó apretado entre los muslos.

El deseo no era nuevo. Pero nunca había sido tan evidente.

Mariana se levantó y estiró el cuello con un gesto perezoso.

—Voy a darme una ducha rápida. No tardo. Así te llevo a tu departamento y de ahí al hospital.

Lo que en realidad quería era que el agua fría le bajara un poco la temperatura, esa que le subía cada vez que miraba a Daniela demasiado tiempo. Necesitaba tocarse, meterse los dedos y sacarse de encima ese calor antes de hacer una locura.

—No te molestes más. Desde acá puedo pedir un taxi.

—De ninguna manera. Yo te traje y yo te llevo —dijo con una voz que era mitad orden, mitad juego.

Daniela asintió y se quedó sentada, terminando el café, mientras Mariana desaparecía hacia el baño como un rayo.

Sola en la cocina, Daniela ya no podía contener lo que sentía. Ver esa mirada penetrante recorriéndola durante aquella fracción de segundo le había revuelto algo por dentro, algo que llevaba demasiado tiempo dormido. Se preguntó qué habría pasado si los papeles se hubieran invertido, si hubiera sido ella la que entrara por error, la que viera a Mariana desnuda bajo la luz de la mañana. Se la imaginó: las tetas más pequeñas que las suyas pero firmes, los pezones oscuros, el coño estrecho entre los muslos apretados. Sintió cómo se le humedecían las bragas prestadas.

No deberías dejar que tus pensamientos te controlen, se dijo. Pero ya era tarde: se había apretado, sin darse cuenta, el borde del asiento entre las piernas, y el roce contra el clítoris le había mandado una descarga que la hizo respirar hondo.

Esperó unos segundos. Contó hasta diez. Y fue imposible retenerlo.

Se levantó sin pensarlo demasiado. Ya no quería huir del deseo. No con ella.

***

Se acercó al baño. La puerta estaba entreabierta y el vapor empezaba a colarse por la rendija, dibujando volutas tibias en el aire del pasillo. Tocó suavemente con los nudillos.

—¿Mari?

—¿Sí? —respondió Mariana desde dentro, la voz amortiguada por el rumor del agua.

Daniela empujó la puerta. Mariana estaba de espaldas, bajo el chorro, sin nada encima. Su piel brillaba con el vapor y el agua le resbalaba por la espalda hasta perderse en la curva de la cintura, seguía por la raya del culo firme y se colaba entre las nalgas. No había notado que Daniela estaba ahí, observándola a través del vidrio empañado de la mampara.

Con el corazón desbocado, Daniela empezó a sacarse la ropa prestada. La camiseta cayó primero, después el pantalón, y por último las bragas empapadas que se despegaron de su coño con un tirón húmedo. Deslizó la puerta de vidrio y puso un pie dentro. Fue entonces cuando Mariana se giró.

—¿Todo bien? —preguntó con una voz tranquila que no se correspondía con el temblor que sentía por dentro. Y con lo que vio, ese temblor se convirtió en un latigazo directo al bajo vientre: Daniela ahí, desnuda otra vez, esta vez a propósito, con los pezones duros apuntándole y el coño depilado brillando bajo la luz.

Daniela sonrió con picardía, mordiéndose apenas el labio.

—Ahora sí estamos a mano.

Mariana la miró fijamente. Esta vez no intentó bajar la vista solo hasta los ojos: la recorrió entera, sin disimulo, deteniéndose en las tetas, en el vientre, en la V perfecta que se abría entre sus muslos.

El vapor las envolvía, espeso y tibio, borrando los contornos del mundo. El agua caía entre las dos como una cortina viva.

Daniela dio un paso más. Pero se detuvo al notar que Mariana retrocedía apenas, casi un reflejo, y justo ahí la vergüenza volvió a apoderarse de ella.

—Creo que estoy yendo demasiado rápido… —murmuró—. Perdón. No quiero arruinar esto.

Se giró, avergonzada, dispuesta a salir.

Pero no alcanzó.

Mariana la rodeó desde atrás, suave y firme a la vez. Un brazo le cruzó la cintura y la acercó hasta que sus cuerpos quedaron pegados. La piel mojada de Daniela se estremeció contra la de ella. Sintió las tetas duras de Mariana clavándosele en la espalda, los pezones erectos raspándole la piel como brasas.

Y cuando quiso soltarse, Mariana deslizó la otra mano despacio, abierta, sobre su pecho. Fue una conexión exacta, milimétrica, como si ya conociera de memoria cada centímetro de aquel cuerpo. Le apretó una teta, le rodó el pezón entre los dedos hasta que Daniela dejó escapar un gemido bajo que se ahogó en el ruido del agua.

Daniela cerró los ojos. Sintió la respiración de Mariana en la nuca, el roce de sus labios subiendo hacia el lóbulo de la oreja. La otra mano de Mariana bajó por su vientre, despacio, sin apuro, y se detuvo justo encima del pubis. Un dedo se coló hacia abajo, apenas rozó el clítoris hinchado, y Daniela dio un respingo.

—Quédate conmigo —susurró Mariana, justo junto a su oído—. No te vayas. Quiero comerte entera.

Daniela no se resistió. Sabía perfectamente lo que pasaría si se giraba, pero ya no podía contener ese deseo, así que lo hizo. Quedó frente a ella, las dos respirando agitadas bajo el agua, las tetas rozándose, los muslos buscándose entre el vapor.

Se miraron.

Y se besaron.

No como las otras veces. No con la timidez de quien tantea un terreno desconocido. Esta vez fue un beso largo, hondo, con las lenguas enredándose sin pudor, mordiéndose los labios, chupándoselos. Las manos de Daniela buscaron la espalda de Mariana, recorrieron sus hombros, bajaron hasta agarrarle el culo con las dos manos y apretarla contra ella. Mariana gimió dentro de su boca.

Fue un encuentro sin prisas y a la vez desesperado, lleno de descubrimientos. De suspiros que se ahogaban contra la piel del cuello. De pieles que se hablaban sin necesidad de palabras. Mariana trazó con los dedos el contorno de sus caderas, se agachó y le tomó una teta con la boca. Se la chupó entera, con hambre, tirando del pezón con los dientes hasta que Daniela dejó escapar un grito que rebotó en los azulejos.

—Mari, joder… —jadeó Daniela, agarrándole la cabeza con las dos manos, hundiéndole más la cara contra su pecho.

Mariana pasó a la otra teta, la lamió despacio, dibujando círculos alrededor del pezón antes de mamarlo hasta dejárselo enrojecido y palpitante. Bajó besando el vientre, arrodillándose bajo el agua que le caía en la espalda, y se detuvo con la boca a un centímetro del coño de Daniela.

—Abre las piernas —dijo, y su voz sonó ronca, distinta, cargada de una autoridad que ninguna de las dos le conocía.

Daniela obedeció. Apoyó una mano en la mampara para no caerse y separó los muslos. Mariana se acercó todavía más, pasó la lengua plana y ancha por toda la raja del coño, desde abajo hasta arriba, y terminó con un beso lento sobre el clítoris hinchado.

—Ay, dios, Mari, no pares… —jadeó Daniela, empujando las caderas hacia adelante.

Mariana no paró. Le abrió los labios del coño con los dedos y clavó la lengua dentro, la sacó y volvió a meterla, la enroscó alrededor del clítoris, lo chupó como si fuera un caramelo. La saliva se mezclaba con los jugos de Daniela y con el agua que caía sobre ambas. Le metió un dedo, después dos, y empezó a follársela mientras seguía mamándole el clítoris, sintiendo cómo el coño se le apretaba alrededor a cada embestida.

Daniela ya no podía sostenerse. Se agarraba de los hombros de Mariana, de su pelo mojado, de la barra de la ducha. Echó la cabeza hacia atrás contra los azulejos y se mordió el labio para contener un sonido que terminó escapando de todos modos, un gemido largo y agudo que se hizo eco entre las paredes húmedas.

—Me voy a correr, Mari, me voy a correr —jadeó, con la voz quebrada.

Mariana le clavó los dedos más adentro, curvándolos, apretando el punto exacto que la hacía temblar, y le chupó el clítoris con más fuerza. Daniela abrió la boca en un grito mudo, se le doblaron las rodillas, y el orgasmo la sacudió entera. Sintió cómo el coño le latía alrededor de los dedos de Mariana, cómo las piernas le temblaban sin control, cómo un chorro tibio de sus propios jugos se mezclaba con la saliva de la otra y bajaba por el interior de sus muslos junto al agua.

—No pares —pidió, en un hilo de voz, aunque ya casi no podía tenerse en pie.

Mariana la sostuvo por las caderas mientras terminaba de correrse, lamiéndole el coño con suavidad, apurando cada estremecimiento. Cuando por fin se levantó, tenía la boca brillante y una sonrisa nueva, una que Daniela no le había visto nunca.

—Ahora te toca a ti devolverme el favor —murmuró Mariana contra su boca, dándole a probar su propio sabor en un beso largo y sucio.

Daniela no necesitó más. Le dio la vuelta, le apoyó la espalda contra los azulejos fríos y se arrodilló ante ella. Le abrió los muslos con las manos y se quedó un segundo mirándola: el coño de Mariana era estrecho, con los labios apretados y un vello oscuro y corto sobre el pubis, y ya brillaba de humedad que no era solo agua.

—Estás empapada —susurró Daniela, y hundió la cara entre sus piernas.

La lamió con hambre, sin pudor, aprendiendo sobre la marcha. Pasaba la lengua por toda la raja, la enroscaba sobre el clítoris, lo chupaba hasta oírla gemir. Mariana le agarró la cabeza con las dos manos y le movió la cara contra su coño, marcándole el ritmo, restregándose sin vergüenza.

—Así, Dani, así, no pares —jadeaba, con la voz rota—, méteme los dedos, por favor…

Daniela obedeció. Le metió un dedo primero, sintiéndolo apretado y ardiendo, después otro. Empezó a follársela despacio y a chuparle el clítoris al mismo tiempo, imitando lo que le habían hecho a ella. Los muslos de Mariana empezaron a temblar. El agua caía sobre las dos, sobre el pelo de Daniela pegado a la frente, sobre la espalda arqueada de Mariana.

—Voy a correrme… ay… Dani, me corro, me corro —gimió Mariana, apretándole la cara con más fuerza contra su coño.

Daniela le clavó los dedos más adentro y le mamó el clítoris con todas sus ganas. Mariana se dobló hacia adelante con un grito ahogado, todo su cuerpo sacudido por el orgasmo, y Daniela sintió las paredes del coño apretarse una y otra vez alrededor de sus dedos, empapándoselos.

Y aquella ducha, que había empezado como un escape, se convirtió en un refugio. Allí dentro no existía el mundo, ni el reloj, ni el turno del hospital, ni el jefe que vigilaba. Solo dos cuerpos y dos historias encontrándose por fin, sin culpa y sin disfraces.

Se volvieron a besar, todavía temblando, saboreándose la una en la boca de la otra. Y no pararon ahí. Mariana volvió a apoyarse contra los azulejos, tiró de Daniela contra ella y entrelazaron las piernas. Se restregaron coño contra coño, los clítoris hinchados rozándose bajo el agua, moviéndose despacio primero y después con desesperación. Se agarraban del culo la una a la otra, se mordían el cuello, se chupaban los pezones erizados.

—Otra vez, Mari, hazme correr otra vez —jadeaba Daniela contra su oreja.

Y Mariana empujaba más fuerte, hueso contra hueso, coño contra coño, sintiendo el clítoris de la otra frotándose contra el suyo, los jugos mezclándose entre ellas hasta que ya no supieron cuál era de quién. Se corrieron otra vez, casi juntas, aferradas la una a la otra, con las bocas pegadas para ahogarse los gemidos.

Las últimas prendas que Daniela aún no se había quitado —porque ya no había ninguna— eran las de la contención. Cayeron también, empapadas por el vapor y el deseo, hasta que entre las dos no quedó nada más que agua, saliva y un temblor común. Sus respiraciones se acompasaron, sus manos aprendieron caminos nuevos, y el tiempo, por una vez, tuvo la decencia de mirar hacia otro lado.

Cuando por fin se detuvieron, frente con frente, los corazones desbocados y las pieles ardiendo bajo el agua que ya empezaba a enfriarse, ninguna de las dos dijo nada. No hacía falta.

En medio del aliento entrecortado y del temblor que aún les recorría los labios, ambas comprendieron algo a la vez.

Ese amanecer no había marcado el inicio del día.

Había marcado el inicio de ellas.

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Valora este relato

Comentarios(8)

LuciaBA77

Me quede sin palabras. Que bien narrado, se siente cada segundo.

CuriosaNocturna

Por favor segui escribiendo, necesito saber como termina todo entre ellas dos.

MarcelaBsAs

increible. me recordo a algo que vivi hace años y que nunca habia podido poner en palabras. gracias por esto

Romi_23

Ese principio!!! Te quedas pegada al relato desde el primer parrafo.

Marta_Ndv

Muy delicado y sensual a la vez. Raro encontrar algo así por acá.

BradoVelez

excelente!!!

Sole_RL

Me gusto muchísimo como describis las dudas antes de actuar. Eso es lo que le falta a muchos relatos, el momento antes de decidirse. Muy bien logrado.

ClaraMdq

Segui así, escribís muy lindo. Esperando el proximo!

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