Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche que mi amiga de la facultad se acostó conmigo

Salí con varios compañeros de la carrera a celebrar el fin del cuatrimestre. Habíamos terminado los exámenes y necesitábamos soltar todo eso que llevábamos guardado durante semanas. Elegimos un bar que estaba de moda en el centro, de esos con luces rojas y música que te obliga a mover las caderas aunque no quieras.

Bebí más de lo que tenía planeado. Tequila, cerveza, un par de cócteles dulces que me fueron entrando con demasiada facilidad. Para cuando dieron la una de la mañana, mis amigos empezaron a despedirse uno por uno. Camila, una compañera de mi grupo de estudios, todavía tenía energía. Vivía lejos, en las afueras, y le habían cancelado el Uber tres veces seguidas.

—Quédate conmigo —le dije—. Tomo un cuarto en el hotel de la esquina. Mañana volvemos juntas.

Aceptó sin pensarlo demasiado. Caminamos las dos cuadras agarradas del brazo, riéndonos de cualquier tontería. Yo llevaba un top con brillos verdes que me apretaba el pecho, una minifalda negra que se me subía cada vez que daba un paso largo, y unos tacones que ya no aguantaba ni un minuto más.

El cuarto era pequeño pero decente. Una cama matrimonial, una ventana que daba a un callejón y un televisor que ninguna de las dos pensaba encender. Me tiré boca arriba sobre el edredón sin siquiera quitarme los zapatos.

—Estoy muerta —murmuré.

—Y yo. Pero, ¿de verdad piensas dormir con ese top?

Me incorporé apenas. Tenía razón. La tela me estaba dejando una marca roja debajo del pecho.

—No tengo nada para cambiarme. Olvidé la mochila en casa de Diego.

—Yo te ayudo —dijo Camila, arrodillándose en la cama a mi lado.

Sus manos eran ligeras. Me ayudó a sacarme el top por la cabeza y después la falda, que se quedó enredada en mis tacones hasta que pateé los zapatos al piso. No usaba sostén esa noche, solo una tanga negra. Me cubrí el pecho con el brazo, más por costumbre que por vergüenza. Habíamos compartido vestidor en la facultad muchas veces.

—Gracias —le dije, y me dejé caer otra vez en la almohada.

***

No sé cuántos minutos pasaron. Quizás cinco, quizás diez. Yo estaba en ese punto en el que el sueño no termina de venir, en el que escuchas tu propia respiración y la de la persona al lado. Y la de Camila la sentía cerca, demasiado cerca.

—¿Estás bien? —pregunté sin abrir los ojos.

—Tengo frío —contestó.

—Subo la calefacción.

—No, déjala. Mejor abrázame.

Lo diría después: no sé si fue el alcohol o si fue otra cosa, pero le hice caso. Me giré, ella se acomodó contra mi pecho y sentí su mano apoyada sobre mis costillas. Al principio quieta. Después con un movimiento mínimo, apenas un roce hacia arriba, hacia mis senos.

Abrí los ojos.

—¿Qué haces?

—Te doy un masaje —susurró—. Vas a dormir mejor.

Quería reírme, decirle que estaba loca, pero no me salió ningún sonido. Sus dedos recorrieron la curva de mi pecho con una suavidad que no me esperaba. Después se llevó dos dedos a la boca, los humedeció y volvió a tocarme. El pezón se me puso duro de inmediato, traicionándome.

—Te gusta —no era una pregunta.

No supe qué responder. Camila se acomodó más abajo, apoyó la cabeza sobre mi vientre y, sin avisar, me lamió un pezón. Lento al principio, después con la punta de la lengua moviéndose en círculos pequeños. Me arqueé sin querer.

—Camila…

—¿Has estado alguna vez con una mujer?

—Nunca.

Era la verdad. Nunca me habían atraído las chicas, ni siquiera había fantaseado con eso. Los hombres siempre habían sido lo único que me prendía. Pero ahí, con su boca caliente sobre mi piel, no quería que se detuviera por nada del mundo.

***

Su mano bajó por mi vientre hasta el borde de la tanga. Se detuvo un segundo, esperando a que yo dijera algo. No dije nada. Tomó eso como un permiso.

Sus dedos pasaron por encima de la tela primero, dibujando círculos lentos. Yo ya estaba mojada, lo notaba en cómo la tanga se pegaba a mí. Después coló un dedo por debajo del elástico y me tocó directamente. Solté un gemido bajo que me sorprendió a mí misma.

—Estás mojadísima —dijo.

Hundió el dedo dentro de mí. Despacio, hasta el fondo. Lo sacó y volvió a entrar, esta vez con dos. El ritmo me iba volviendo loca. Cerré los ojos y dejé que pasara, que mi cuerpo respondiera por su cuenta.

—¿Te gustaría que juntáramos las nuestras? —preguntó, deteniéndose justo cuando empezaba a sentir que iba a explotar.

—¿Cómo?

—Tijera. Es lo que más me gusta. Pero tendrías que sacarte la tanga.

—No quiero quitármela.

—Yo me saco la mía. Tú déjala. Apenas la hacemos a un lado.

Se sentó en la cama frente a mí, se quitó la única prenda que le quedaba y abrió las piernas. Tenía el sexo brillante, depilado por completo. Me hizo un gesto con la mano para que me sentara igual que ella, frente por frente.

Le hice caso.

Camila se acercó más, hasta que nuestras piernas se cruzaron. Abrió su sexo con dos dedos para mostrarme lo que quería hacer. Después empujó las caderas hacia delante y la sentí. El contacto fue eléctrico. Yo todavía tenía la tanga puesta, así que era la tela y su carne, pero aún así me dolió de placer.

Empezó a moverse en un vaivén lento, golpeando suave contra mí. Después en círculos. Cada vuelta me arrancaba un sonido que no podía contener. Me corrí la tanga a un lado sin pensarlo, ya no soportaba la barrera. El primer roce piel con piel me sacudió.

—Así —murmuró Camila—. Así.

Estuvimos un rato largo de esa forma. Cuando nos separábamos un segundo para acomodarnos, se formaban hilos finos entre las dos. Era la cosa más obscena y más excitante que había visto en mi vida.

***

En algún momento yo quedé encima de ella, presionándole el sexo con el mío, sosteniéndome con las manos sobre la cama. Camila tenía los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás. Yo sentía que estaba cerca.

Y entonces sentí otra cosa. Algo que no era el orgasmo. Tenía ganas de orinar. Me detuve de golpe.

—¿Qué pasa? —protestó ella, abriendo los ojos.

—Necesito ir al baño.

—Ahora no. Ya casi llegaba.

—No puedo aguantar.

Camila se incorporó sobre los codos. Me miró con una sonrisa rara, como si acabara de descubrir un secreto.

—¿Puedo confesarte algo?

—Dime.

—Me gusta que lo hagan encima de mí. Cuando estoy haciendo tijera con alguien. Es un fetiche que tengo desde hace años.

Me quedé sin palabras. No por asco —aunque me sorprendió—, sino porque nunca había escuchado a nadie decirlo con esa naturalidad.

—Vamos a manchar la cama.

—Tienes razón. Al baño.

Nos paramos como pudimos, sosteniéndonos la una a la otra para no caernos. El baño era pequeño, con el piso de azulejos blancos. Camila se sentó en el suelo y abrió las piernas. Me indicó con la barbilla que hiciera lo mismo. Me senté frente a ella, junté mi sexo con el suyo, igual que en la cama.

Esperó. Yo cerré los ojos y dejé que pasara. Apenas un par de segundos, no más, pero ella se llevó una mano a la boca para ahogar el sonido cuando se vino. Yo temblé entera, no de un orgasmo, sino de la rareza del momento, de lo extraño y lo intenso que era estar haciendo eso con una compañera de la facultad.

***

Volvimos a la cama después de limpiarnos. Camila me empujó contra el colchón, se subió encima y empezó a moverse rápido, durísimo. Me sostuvo las muñecas y me las clavó contra la almohada. Esta vez sí me corrí. Fue largo, como una ola que no terminaba nunca. Aplasté la cara contra su hombro para no despertar al cuarto de al lado.

Cogimos dos veces más esa noche. La segunda con sus dedos dentro de mí mientras me besaba el cuello, mordiendo apenas la piel debajo de la oreja. La tercera con la boca, ya con el sol empezando a entrar por la cortina. Cuando me corrí por última vez, eran casi las seis de la mañana y no podía recordar la última vez que había estado tan agotada y tan despierta a la vez.

Dormimos abrazadas hasta el mediodía. Cuando nos despertamos, ninguna dijo nada del tema. Bajamos a desayunar, devolvimos las llaves y caminamos hasta el metro como si nada. Solo al despedirnos en el andén, Camila me besó en la comisura, no en la boca, no en la mejilla, justo en el medio.

—Si alguna vez se repite, búscame.

***

Han pasado varios meses. Me siguen gustando los hombres, no ha cambiado eso. Ninguna mujer me ha hecho voltear en la calle desde aquella noche. Pero sé que si me cruzo con Camila otra vez, si vuelve a haber un bar, una madrugada y un hotel, no voy a decirle que no.

Y si alguien me pregunta, lo digo sin dudarlo: si eres mujer y nunca has estado con otra, hazlo. Aunque sea una vez. Vas a tener orgasmos que no creías posibles, y vas a aprender cosas de tu propio cuerpo que ningún hombre te ha enseñado en años.

Valora este relato

Comentarios (3)

SabrinaQ

increible!! me encantó de principio a fin, de las mejores historias de esta categoría que leí en mucho tiempo

MarisolVH

Por favor hace una segunda parte, quedé con ganas de mas. Me dejó pensando todo el día jajaja

TintaNocturna

Me gustó mucho como lo narraste, se siente autentico. No es fácil transmitir eso sin que suene forzado, muy buen trabajo.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.