Encontré a mi novia desnuda con otra mujer
Unas semanas antes había pasado algo con Lucrecia, la amiga más cercana de mi madre. No estaba planeado, no debió ocurrir y, sin embargo, ocurrió una tarde de jueves en su sala. Cuando terminamos, me hizo prometer dos cosas: que aquello no se iba a repetir, y que le iba a conseguir una costurera de confianza para arreglar unos vestidos que se le habían quedado estrechos en la cintura.
Cumplí con la segunda promesa unos días después. Le mencioné a mi novia. Adriana llevaba años cosiendo desde el comedor de su piso, tenía dedos rápidos, una máquina vieja que sonaba como un motor de barco y una mirada que no se le escapaba a nadie. La presenté como si fuese cualquier conocida del barrio.
—Mucho gusto —dijo Lucrecia, sin levantar la voz más de lo necesario.
—El gusto es mío —contestó Adriana.
Nada más. Le había pedido a mi novia, casi suplicado, que no mencionara nada de lo nuestro delante de la clienta. Ella había aceptado sin preguntar por qué. Por la cara de Lucrecia esa tarde, parecía que tampoco quería hacerme preguntas. Las dos se dieron la mano con una corrección de manual, hablaron de medidas, de telas y de plazos, y me retiré convencido de que había salido bien.
No le di importancia a los detalles. Tendría que habérsela dado.
Pequeñas cosas. La forma en que Lucrecia sirvió café a Adriana sin preguntarle cómo lo tomaba, como si ya lo supiera. La risa demasiado breve de mi novia cuando salimos a la calle. El comentario que ella soltó dos días después, sin que viniera a cuento, diciendo que Lucrecia «era una mujer muy interesante». Lo archivé como un cumplido educado y seguí con mi vida.
***
Una mañana de sábado sonó el teléfono. Era Adriana.
—¿Puedes acompañarme a casa de Lucrecia? Le tengo que probar el vestido y necesito que alguien me ayude a cargar la máquina. Hay que rematar los últimos ajustes.
Acepté sin pensar mucho. Pasé por su piso media hora después y conduje hasta el barrio alto, donde Lucrecia vivía en una casa de dos plantas con jardín de baldosas. Cuando nos abrió la puerta, llevaba puesta una bata de seda fina, color hueso, que se le pegaba al cuerpo cada vez que se movía. Por debajo se le adivinaba un sujetador negro y un calzón haciendo juego.
—Pasad —dijo, como si yo fuese un extraño que venía con la modista.
Me dejé caer en el sofá del salón con un vaso de agua que no había pedido. Adriana cargó la bolsa de las telas escaleras arriba y Lucrecia la siguió. La puerta del dormitorio se cerró por arriba con un chasquido seco. Encendí la televisión, busqué un canal de fútbol y bajé el volumen para no molestarlas con la prueba.
Pasaron diez minutos sin que ocurriera nada raro. Quince. Veinte. Empecé a fijarme en otros sonidos: pasos arrastrados sobre la madera, una risa contenida, el chasquido de una percha contra la pared. Después llegó lo que me hizo levantar la cabeza del sofá: un gemido bajo, casi un suspiro, justo lo suficiente para no estar seguro de haberlo oído.
Apagué la tele.
El segundo gemido sí lo escuché claro. Y el tercero llegó acompañado de una voz que reconocí al instante: era la de Adriana, mi novia, diciendo el nombre de Lucrecia con una intimidad que no me dejaba dudas.
***
Tendría que haberme ido. Tendría que haber salido a la calle, dado una vuelta a la manzana y vuelto fingiendo no haber oído nada. Pero la sangre se me había bajado a los pies y la calentura me había subido a la nuca. Me levanté del sofá, me quité los zapatos y subí las escaleras pisando por los bordes, donde la madera no cruje.
La puerta del dormitorio estaba entornada. No abierta del todo, no cerrada del todo. Un ángulo justo para que un curioso pudiera mirar sin ser visto.
Y miré.
Estaban las dos en la cama, desnudas. El vestido que Adriana había venido a probar colgaba descuidado del respaldo de una silla, junto con la bata de seda y el sujetador negro. Lucrecia tenía el pelo recogido en lo alto con una pinza de carey. Adriana lo llevaba suelto, cayéndole sobre los hombros.
Mi novia estaba sentada a horcajadas sobre Lucrecia, inclinada hacia adelante, besándola en la boca con una lentitud que yo no le había visto jamás. No era el beso de quien empieza algo. Era el beso de quien retoma una conversación interrumpida. Las manos de Lucrecia le recorrían los muslos de arriba abajo, sin prisa, deteniéndose en la cara interna, en la parte alta, donde la piel es más fina.
Mi cuerpo respondió antes que mi cabeza. Sentí la erección apretarme contra la cremallera del pantalón y la respiración cortándose en mitad del pecho. Estaba viendo a las dos mujeres con las que me había acostado. Juntas. Y nadie me había invitado.
***
Adriana se deslizó hacia abajo por el cuerpo de Lucrecia. Le besó el cuello, el hueco entre los pechos, el vientre, y le abrió las piernas con las dos manos como quien abre un libro conocido. La cara entre sus muslos, la lengua trabajando con una destreza que sólo se aprende practicando. Lucrecia, con la cabeza echada hacia atrás y la pinza del pelo a punto de soltarse, le agarraba la nuca para guiarla.
—Así. Más arriba. Ahí.
Mi novia obedeció. No era la primera vez que lo hacía. Lo supe en cómo se movía, en la seguridad con la que introdujo dos dedos a la vez, en el ritmo que adoptó sin esperar instrucciones. Esas dos se habían visto antes, sin mí, y se habían contado cosas que yo no sabía.
Lucrecia se corrió con un gemido largo, mordido contra el dorso de su propia mano. Las piernas le temblaron, las caderas se le levantaron de la cama y luego se desplomó hacia un costado, riéndose bajito como una adolescente. Adriana le besó el vientre, el hueso de la cadera, el muslo, antes de subir despacio hasta su boca otra vez.
***
Pensé que iban a parar. Que aquello era el final del cuento. Yo seguía detrás de la puerta, con la mano metida en el pantalón, intentando no respirar más fuerte de lo necesario.
Pero Lucrecia abrió el cajón de la mesilla y sacó un arnés con un consolador grueso. Lo dejó caer sobre la sábana con la misma naturalidad de quien deja unas llaves al volver a casa.
—Hoy te toca a ti —le dijo a Adriana, y se sentó en el borde de la cama para colocárselo.
Mi novia tomó el consolador con las dos manos y se lo metió en la boca. Lo lamió de arriba abajo, lo cubrió de saliva y se lo devolvió a Lucrecia para que se ajustara las correas alrededor de las caderas. Cuando estuvo lista, Adriana se puso a cuatro patas sobre el colchón, mirando hacia el espejo del armario, justo en el ángulo que mejor me dejaba verla desde la rendija de la puerta.
Lucrecia se colocó detrás. Le agarró la cintura con las dos manos, posicionó el consolador y, sin avisar, se lo metió todo de un solo empuje.
Adriana soltó un gemido que me atravesó. Un gemido profundo, animal, completamente distinto a cualquiera que yo le hubiese sacado en nuestra cama. Arqueó la espalda, la cabeza se le fue hacia adelante y el pelo le cayó sobre la cara.
—Sí. Sí. No pares.
Lucrecia no paró. Embestía a un ritmo constante, controlado, con una mano firme en la cadera de Adriana y la otra subiendo por su espalda. Y entonces, con dos dedos de la mano libre, le buscó el ano y empezó a meterlos despacio.
Casi me caí de espaldas contra la pared del pasillo. Mi novia jamás había dejado que yo la tocara así. Llevábamos dos años juntos y, cada vez que insinuaba la posibilidad, Adriana cambiaba de tema con una sonrisa cortés y un beso en la sien. Y aquí estaba ella, abriéndose como una flor para una mujer que apenas conocía oficialmente.
O que conocía mucho más de lo que yo sabía.
Me apreté el pantalón con más fuerza, mordiéndome el labio para no hacer ruido. La sensación de quedarme fuera, de no haber sido invitado, me daba más calor que la propia escena. Era una rabia caliente, sin dirección concreta, mezclada con un deseo que no había sentido nunca por nadie.
***
Adriana se corrió primero. Largamente, ruidosamente, sin contención. Las dos cayeron a un lado, jadeando, y Lucrecia se quitó el arnés y lo arrojó al suelo con un golpe suave. Después se besaron otra vez, lentas, recuperando el aliento.
—Una más —pidió Adriana en un susurro—. Quiero sentirte sin nada en medio.
Y entonces hicieron lo último.
Se entrelazaron las piernas, una sobre la otra, como dos tijeras abiertas que buscan cerrarse. Sus sexos se encontraron en el centro y empezaron a moverse, rozándose, sosteniéndose la una a la otra por la pantorrilla. Lucrecia con los ojos cerrados, Adriana mirándola fijo, sin parpadear. El ritmo subió, las dos respiraban a la vez y se corrieron casi al mismo tiempo, con un grito ahogado que se les quedó atrapado en la garganta.
Después, silencio.
Bajé las escaleras igual que las había subido, pisando los bordes, sin respirar. Volví al sofá, me coloqué los zapatos y abrí la televisión otra vez. Cuando empecé a oír pasos arriba, ya estaba sentado fingiendo leer el periódico del día anterior, con las piernas cruzadas para disimular lo que aún no se me había bajado del todo.
***
Bajaron media hora después, vestidas, peinadas, recompuestas. Lucrecia con la misma bata de seda anudada en la cintura. Adriana con el pelo recogido en una coleta que antes no llevaba.
—Perdona la tardanza, mi amor —dijo mi novia, dándome un beso casto en la mejilla—. El vestido estaba más amplio de lo que pensaba. Hay que apretarlo de la cintura y subir el dobladillo. Vamos a tener que volver otro día.
—Es que Adriana tiene unas manos maravillosas —añadió Lucrecia, sirviéndome más agua sin que yo se la hubiese pedido—. Trabaja con muchísimo detalle.
—Ya me he dado cuenta —contesté, mirando un punto fijo de la pared del salón.
Las dos se rieron a la vez, brevemente, y se cruzaron una mirada que yo, esta vez sí, reconocí. La misma mirada que se cruzan dos personas que comparten un secreto y saben que el secreto no va a salir de la habitación.
Salimos de la casa de Lucrecia diez minutos después. En el coche, Adriana puso la radio y no habló más que para indicarme algún giro en la rotonda. Yo no pregunté nada. Tampoco habría sabido por dónde empezar.
***
Esa noche dormí con ella en su piso.
Le hice el amor como no se lo había hecho en meses, quizá nunca. La besé pensando en cómo besaba a Lucrecia. La toqué pensando en cómo Lucrecia la había tocado. Le abrí las piernas, le metí los dedos, la escuché gemir con la misma voz profunda que había oído detrás de la puerta entornada y, por un instante, creí que iba a confesar lo que sabía.
Pero no lo hice. No quería romper el hechizo. No quería que, la próxima vez que ella subiera a probar un vestido, yo no fuese invitado a quedarme abajo.
Cuando se durmió, le aparté el pelo de la frente y me quedé mirando el techo un buen rato. Pensé en todas las cosas que mi novia había decidido no contarme y, sin embargo, había decidido enseñarme. Pensé en Lucrecia, en la facilidad con la que las dos habían armado aquella tarde, en la coreografía perfecta del beso en la puerta y del gemido en el dormitorio.
Pensé que, a veces, lo prohibido no es lo que pasa a tus espaldas. Es lo que pasa delante de tus ojos sin que nadie te haya dicho que mires.