Mi primera mujer descubrió mi lado más oscuro en su cama
Durante mucho tiempo coleccioné amantes que podrían haber sido mis padres. Hombres maduros, casados algunos, viudos otros, que me enseñaron a conocer mi cuerpo con una paciencia que ningún chico de mi edad sabía tener. Aprendí muchísimo con ellos. Aprendí lo que me gustaba y, sobre todo, lo que me ponía. Pero un día me cansé del olor a tabaco rancio y a colonia barata. Necesitaba probar otra cosa.
Mis amigas me arrastraban casi cada sábado a la misma discoteca de siempre, una en el centro con la música demasiado alta y los chicos demasiado borrachos. Ninguno me llamaba la atención. Eran torpes, predecibles, ansiosos. Mientras ellos se peleaban por invitarme a una copa, yo me dedicaba a mirar a las mujeres. A cómo bailaban, a cómo se reían, a cómo se tocaban el pelo cuando alguien las miraba demasiado tiempo.
Una noche, Camila, la más aventurera del grupo, propuso cambiar de aires. Había abierto un local nuevo cerca del puerto, La Reja, con música electrónica más suave y luz tenue. Aceptamos sin discutir. Yo me puse un vestido negro corto, los labios rojos y unas botas hasta la rodilla. No iba a buscar nada en particular. O eso me decía.
Fue ella la que se fijó en mí.
Estaba apoyada en la barra cuando la vi acercarse. Llevaba un pantalón ajustado, una camiseta blanca con un escote que rozaba lo indecente y el pelo recogido en un moño desordenado. Tendría unos veintisiete o veintiocho años, mayor que yo, pero no demasiado. Se llamaba Renata. Me lo dijo mientras me pedía un mojito sin preguntarme si yo quería uno.
—Vine porque te vi desde la pista —dijo sin rodeos—. ¿Bailas conmigo o te quedas mirando?
Me quedé sin palabras durante un segundo. Después miré a mis amigas. Camila me hizo un gesto con la cabeza que significaba «ve, ya». Acepté.
Bailamos pegadas. Renata sabía moverse y sabía dónde poner las manos sin pasarse de la raya. Me rozaba la cintura, me apartaba el pelo del cuello, me hablaba al oído cosas que no tenían demasiado sentido pero que me erizaban la piel. Cuando me besó, no hubo decisión consciente. Pasó.
Nos dimos los teléfonos antes de que mis amigas me arrastraran al taxi.
***
Quedamos cuatro veces en tres semanas. Paseos por la rambla, una película en un cine viejo donde no había nadie, dos cenas en restaurantes de barrio. Renata era inteligente, sarcástica y sabía exactamente lo que estaba haciendo. Llevaba escotes cada vez más bajos. Faldas cada vez más cortas. Cuando se sentaba frente a mí, cruzaba y descruzaba las piernas con una lentitud calculada, mostrándome unas braguitas siempre distintas. Negras de encaje. Blancas con un lazo ridículo. Rojas de seda.
Me pillaba mirándola y sonreía. No decía nada. Solo sonreía y volvía a beber su copa de vino como si no estuviera haciéndome arder por dentro.
Yo le seguía el juego. Llevaba blusas con un botón menos cerrado de lo necesario, me apoyaba sobre la mesa de manera que el escote se abriera. Aparentábamos ser dos chicas tímidas en una primera cita. En realidad nos estábamos cazando con paciencia.
—Sé que nunca has estado con una mujer —me dijo una de esas noches, removiendo el postre con la cucharita—. ¿Te gustaría que te enseñara?
Asentí sin pensarlo. Pagamos la cuenta y salimos.
***
Vivía en un piso pequeño en un quinto sin ascensor. Subimos las escaleras agarradas de la mano, riéndonos como si fuéramos adolescentes. En el rellano me besó con una intención distinta a la de la discoteca. Más profundo, más lento, sin prisa. Cuando entramos, ya estábamos las dos sin aire.
Le agarré los pechos por encima de la camiseta y se rio contra mi boca. Por fin los tenía entre las manos después de semanas mirándolos. Eran grandes y se rendían a la presión con una blandura deliciosa. Le saqué la camiseta. Ella se quitó el sujetador y dejó al descubierto unos pechos que caían apenas, naturales, con los pezones oscuros y duros antes incluso de que se los tocara.
Me los llevé a la boca. Pasé la lengua de uno a otro mientras ella se sujetaba a mis hombros y suspiraba contra mi pelo. Yo no podía pensar. Solo lamer, morder con suavidad, oírla respirar más rápido.
—Despacio —murmuró—. Vamos al cuarto.
Me llevó de la mano a su habitación. Era pequeña, con una cama doble cubierta por una colcha gris. La miré a ella, miré la cama y entendí que iba a tener que tomar una decisión. Renata me había estado provocando durante semanas. Me había enseñado las bragas en cada cena. Me había rozado al pasar por su lado. Me había mordido el labio en plena calle.
Yo no iba a ser la chica dulce que ella esperaba.
—Llevas mucho tiempo poniéndome cachonda a propósito —le dije, agarrándola por la barbilla—. Ahora vas a aprender lo que es bueno.
Me miró sorprendida. Asustada y excitada al mismo tiempo. Vi cómo se le abrían los ojos un milímetro de más.
La besé fuerte. Le aparté la melena del hombro y le mordí el cuello. Ella gimió. Le bajé el cierre de la falda y se la dejé caer hasta los tobillos. Cuando le bajé las braguitas de seda roja, su sexo brillaba ya de humedad.
—Mírate —le susurré—. Y eso que todavía no he empezado.
La giré, la incliné contra el borde de la cama y le di un azote en la nalga derecha. Renata soltó un quejido. Pero no se apartó. Le di otro, esta vez más fuerte, y ella arqueó la espalda como si lo estuviera pidiendo.
—Abre más las piernas.
Obedeció. Le pasé la mano entera por entre los muslos, abierta, sintiendo cuánto chorreaba. Le metí dos dedos sin avisar y ella gritó. Pero su cuerpo me apretaba, queriendo más.
—Eres una guarra —le dije al oído—. Llevas semanas pidiéndomelo con cada falda, con cada escote. ¿Creías que no me iba a dar cuenta?
—Sí —respondió jadeando—. Quería que te dieras cuenta.
La giré de nuevo y la tumbé boca arriba. Me arrodillé entre sus piernas. Nunca había hecho lo que estaba a punto de hacer, pero el cuerpo me pedía instintos que ningún hombre me había enseñado. Pasé la lengua por sus labios y supe que aquello no se me iba a olvidar nunca. Su sabor, su olor, los sonidos que hacía cuando le tocaba justo el sitio.
—No pares —pidió—. Por favor, no pares.
No paré. Trabajé con la lengua en círculos, en líneas, succioné con los labios y le clavé las uñas en los muslos cuando intentó cerrar las piernas. Cuando vi que estaba a punto, levanté la cabeza un segundo.
—Pídelo.
Renata me miró con la boca entreabierta, los ojos brillantes.
—Por favor.
—Más alto.
—Por favor, déjame correrme.
Volví a bajar y terminé el trabajo. Cuando se vino, se le escapó un grito que tuvo que ahogar mordiéndose el dorso de la mano. Su cuerpo se sacudió tanto que casi me tira de la cama.
***
Después fui yo la que se tumbó boca arriba. Renata se recuperó en pocos minutos y se metió entre mis piernas con un hambre que no esperaba. Lamió, chupó, gimió contra mi sexo como si nunca hubiera probado nada igual. Yo me agarré al cabecero y dejé que me hiciera correr en muy poco tiempo. Sentía cada vibración de sus gemidos contra mí, y eso, sumado a lo que acababa de hacerle, me llevó al borde antes de poder defenderme.
Después subió, se montó sobre mí y juntó su sexo con el mío. Las dos estábamos empapadas. Empezó a moverse, lenta primero, después más rápido, frotando su clítoris contra el mío con una desesperación que la hizo correrse otra vez encima de mi cara. Cuando terminó, se dejó caer a mi lado, sudada, riéndose por lo bajo.
—Nunca me habían tratado como a una guarra —me dijo, todavía con la voz rota—. Pensé que iba a tener que enseñártelo todo. Y mira tú.
—Aprendí con los mejores —respondí.
—¿Qué quieres decir?
No le contesté. Le besé el hombro y la abracé contra mi pecho. Algunas cosas se las cuentas a una amante; otras te las llevas a la tumba.
***
Estuvimos seis meses juntas. Seis meses en los que aprendí a manejar el cuerpo de una mujer mejor que ningún hombre me había manejado nunca a mí. Aprendí a azotarla justo en el sitio donde más le gustaba. Aprendí a insultarla cuando se ponía demasiado dulce y a tratarla bien cuando la veía frágil. Aprendí, sobre todo, lo que me ponía a mí.
Y lo que me ponía cada vez más era imaginarla con otro cuerpo encima.
Empecé a susurrárselo cuando estaba a punto de correrse. Le hablaba de una polla gruesa abriéndose paso en su culo mientras yo le comía el coño. Le decía que la quería ver suplicar como me suplicaba a mí. Al principio se reía. Después se quedaba callada. Después gemía más fuerte cada vez que se lo describía.
—No me harías eso —decía después, todavía agitada—. ¿Verdad?
—Solo si tú me lo pides —le respondía.
Una noche, mientras le metía tres dedos y le mordía un pezón, me lo pidió.
—Hazlo —dijo—. Búscame uno.
No respondí de inmediato. La hice correrse primero. Después, mientras ella recuperaba el aire con la cabeza apoyada en mi vientre, me quedé mirando el techo y empecé a pensar en cómo iba a encontrar al hombre indicado.
***
Esa misma semana publiqué un anuncio. No fui sutil. Pedí un hombre maduro, experimentado, con un cuerpo grande y una actitud sucia. Pedí a alguien que supiera azotar sin pasarse, decir guarradas sin sonar a parodia, y disfrutar del juego sin sentirse el protagonista. Recibí decenas de respuestas. Casi todas eran descartes. Hombres jóvenes que mentían sobre la edad. Tipos torpes que adjuntaban fotos borrosas. Otros que escribían como si estuvieran respondiendo a un anuncio de trabajo.
Al final me quedé con dos. Hablamos por teléfono varias noches. Los dos me convencieron. Elegí al que me sonó más calmado, más seguro de sí mismo. Antes de presentárselo a Renata, sin embargo, decidí probarlo yo primero. Necesitaba estar segura de que era el indicado antes de meterlo en mi cama y en la suya.
Quedamos un viernes a las nueve. Renata no sabía nada todavía. Iba a ser una sorpresa.
Pero esa, queridos lectores, es otra historia.