Mi prima me enseñó algo que no debí descubrir esa tarde
Aquella tarde de viernes, Lucía decidió pasarse por casa de sus primas sin avisar. Llevaba semanas sin verlas y le apetecía perder un par de horas charlando de cualquier cosa. Tocó el timbre, esperó, y la puerta se abrió. Era su tía Carmen, con el delantal puesto y olor a guiso a la espalda.
—Hola, tía. ¿Está Marina?
—Sí, sube. Lleva toda la tarde encerrada en su cuarto.
Lucía subió las escaleras de dos en dos, sin pensar demasiado. La puerta del cuarto estaba entornada y el pasillo, en silencio. Empujó la madera sin llamar y se asomó dispuesta a soltar una broma. No le salió nada. Solo un grito corto, ahogado, antes de cerrar de un golpe.
En la cama, su prima Marina estaba tumbada, completamente desnuda, con las piernas abiertas y un consolador entrando y saliendo de su cuerpo. El plástico violeta brillaba bajo la luz de la lámpara. Marina se incorporó tan rápido que casi se cae, pero Lucía ya no estaba allí para verlo. Había bajado las escaleras sin mirar atrás, con la cara ardiendo.
—¿Ya te marchas? —le preguntó su tía desde la cocina, sorprendida.
—Sí, solo venía a traer una cosa. Adiós.
Caminó hasta su casa sin saber dónde apoyar los ojos. Cada vez que pestañeaba volvía a ver la misma escena. No puedo creer lo que acabo de ver. Se metió en su cuarto, se tiró boca arriba en la cama y se tapó la cara con un cojín.
Quince minutos después le sonó el móvil. Era Marina.
—Tía, por favor, no se lo cuentes a nadie. A nadie, ¿vale? Te lo pido.
—Tranquila, no voy a decir nada. Pero me he quedado muerta. No me lo esperaba… qué corte, te lo juro.
—Ya, ya lo sé, qué corte. Pero no pasa nada, ¿eh? Es solo para pasar un rato. No es nada raro.
—Calla, calla, que me muero de la vergüenza otra vez.
—En serio, no es para tanto. Al principio yo también me sentía así. Lo probé en casa de una amiga del trabajo y me gustó. Es eso, nada más. Pero no se lo cuentes a nadie, te lo pido.
—¿Pero tú… o sea, te has acostado con ella?
—Qué va, mujer. Nada de eso. Solo el consolador y los dedos. Cada una por su lado.
—¿Y no te corta que te vea?
—No, porque ella también está a lo suyo. A veces ponemos algo en la tele, una peli porno o así, y nos calentamos. Es eso.
—Dios, no sé ni qué decirte. Me da hasta cosa hablar de esto contigo.
—¿Quieres venir mañana y te enseño? Mis padres se van con mi hermano al centro comercial. Tenemos toda la tarde.
—¡Qué dices! Ni de broma.
—Tú piénsalo. Si no quieres, no haces nada. Solo charlamos.
Esa noche Lucía no durmió bien. Le daba vergüenza solo de pensarlo, pero la imagen de Marina volvía cada vez que cerraba los ojos. Se sorprendió a sí misma metiendo la mano debajo de la sábana y apartándola al segundo, asustada de lo que estaba a punto de hacer. Tenía veinte años y nunca se había tocado en serio. Lo había intentado una vez, en la ducha, y se había rendido a los dos minutos sin saber muy bien qué buscaba.
***
El sábado por la tarde acabó tocando el timbre de la casa de su prima. Tenía las manos frías y el estómago revuelto. Marina abrió con una sonrisa tranquila, como si estuvieran quedando para tomar un café.
—Pasa, anda. Te he hecho un Cola Cao. ¿Quieres galletas?
Marina llevaba una camiseta vieja de su hermano que le llegaba a media pierna, sin sujetador, eso saltaba a la vista. Se sentaron en el sofá y hablaron de cualquier cosa durante media hora: del trabajo, de una serie que las dos estaban viendo, de la prima pequeña. Lucía intentó no mirarla demasiado.
—¿Te animas? —preguntó Marina al fin, dejando la taza en la mesa—. De verdad, no pasa nada. Estás conmigo, hay confianza. Si no te gusta, paramos y ya está.
—No lo sé, Marina. Es que…
—Mira.
Marina se levantó y se quitó la camiseta delante de ella. Debajo solo llevaba las bragas. Sus pechos eran pequeños, los pezones se le pusieron duros al rozar el aire. Lucía se quedó mirando un par de segundos más de lo que pretendía y desvió los ojos.
—Venga, vamos al cuarto. Allí te desnudas tú. Si ya me viste a mí ayer entera, no hay nada nuevo.
Lucía subió las escaleras detrás de su prima. Le costaba respirar, no de miedo, de otra cosa. Era un cosquilleo bajo, en algún sitio entre el ombligo y los muslos, que reconocía sin haber sentido antes con esa intensidad.
Entraron en la habitación. Marina cerró la puerta con cuidado, le dio una vuelta a la llave por costumbre y fue al armario. Sacó el consolador violeta del día anterior y lo dejó encima de la colcha.
—Tía, ni de broma me meto eso —dijo Lucía dando un paso atrás.
—Tranquila, eso es para mí. Tú hoy empiezas por otras cosas. Quítate la ropa, anda.
Lucía se sacó la camiseta por la cabeza, despacio. Después los vaqueros. Se quedó en sujetador y bragas, mirándose los pies. Cuando levantó la vista vio que Marina ya se había quitado las bragas y se había metido la mano entre las piernas. Lo hacía con naturalidad, como si Lucía no estuviera delante.
—Anda, suéltate el sujetador. Si tienes mejores tetas que yo, mujer.
Lucía se llevó las manos a la espalda. Notó el broche soltarse y la prenda caer. Sus pechos quedaron al aire, más grandes que los de Marina, más pesados. Por algún motivo, eso la hizo sentir menos torpe, casi orgullosa.
Marina dio un gemido bajo, casi un suspiro, y se tumbó sobre la cama. Sin dejar de mirar a Lucía, abrió las piernas y empezó a acariciarse el clítoris con dos dedos. Tenía el sexo depilado y brillante. Estiró el brazo, alcanzó el consolador y se lo deslizó dentro despacio.
—Quítate las bragas y haz lo mismo que yo. Sin pensarlo mucho.
Lucía obedeció. Se sentó al borde de la cama y se llevó la mano al pubis. Al principio no sentía gran cosa, solo cosquillas, una incomodidad rara. Marina, en cambio, ya estaba completamente entregada. Gemía bajito y el consolador entraba y salía con un ruido húmedo que llenaba la habitación.
Marina se incorporó. Sin sacar el juguete de su cuerpo, gateó por la cama hasta quedarse a su lado, casi pegada a ella. Lucía se quedó quieta. Notaba el calor de su prima en la piel, el muslo de Marina rozando el suyo. Marina bajó la cabeza y le pasó la lengua por un pezón. Despacio, sin prisa. Lucía cerró los ojos.
—¿Te gusta?
—Sí —contestó en voz tan baja que casi no se oyó.
Marina le chupó el otro pezón, esta vez con más insistencia, y al mismo tiempo le puso la mano libre entre las piernas. Le apartó los dedos torpes y buscó el clítoris ella misma. Lo encontró a la primera. Lucía sintió un latigazo recorrerle todo el cuerpo, desde el pubis hasta la nuca. Soltó un quejido que no quería soltar.
—Tranquila, déjate llevar. Yo te enseño.
La mano de Marina trazaba círculos lentos al principio, después un poco más rápidos. Lucía notó que se le mojaba, que el placer subía de un sitio al que no había llegado nunca. Empezó a respirar por la boca. Marina le metió un dedo, despacio, midiendo su reacción, y empezó a moverlo dentro y fuera.
Le costó muy poco. Quizá un minuto, quizá dos. Lucía sintió que algo se acumulaba en el bajo vientre y reventaba de golpe, como una ola que se rompe. Se retorció en la cama y cerró los muslos sobre la mano de su prima. Por un instante dejó de existir todo lo demás: la habitación, la vergüenza, el ruido de la calle. Solo había aquello.
—Joder —dijo cuando volvió en sí—. Joder.
—¿Bien? —Marina sonreía.
—Demasiado bien.
Lucía se dejó caer de espaldas, agotada, con la piel cubierta de un sudor fino. Cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, Marina ya no estaba a su lado. Estaba entre sus piernas.
—Espera, espera, qué haces…
Pero Marina ya tenía la cara entre sus muslos. Le pasó la lengua por toda la abertura, despacio, recogiendo lo que el orgasmo había dejado. A Lucía se le escapó otro gemido. Esto no debería estar gustándome. Pero le gustaba. Le gustaba mucho. La lengua de su prima dibujaba círculos pequeños sobre su clítoris, se metía dentro, volvía a salir. Le agarró las caderas con las manos y la sujetó contra la cama, sin dejarla escapar.
El segundo orgasmo le llegó más despacio que el primero, pero más hondo. Lucía sintió que se le doblaba la espalda sobre el colchón y que se le escapaba un grito largo. Después se quedó quieta, casi dormida, oyendo su propia respiración.
Cuando abrió los ojos, Marina estaba al otro lado de la cama, tumbada, masturbándose otra vez con el consolador. Tenía la mirada perdida, los labios entreabiertos. Lucía se la quedó mirando, todavía sin fuerza para moverse. Marina aceleró el ritmo. El plástico violeta entraba y salía cada vez más rápido. Soltó un gemido largo, agudo, y se quedó tumbada, vencida sobre las sábanas revueltas.
Durante un rato no hablaron. Solo se oía el aire entrando y saliendo de los dos pechos. Marina giró la cabeza y la miró con una sonrisa cansada.
—¿Quieres probar el consolador?
—No, hoy ya he tenido bastante. De verdad. Por hoy he aprendido bastante. —Lucía se rio en voz baja—. ¿De dónde lo has sacado?
—Me lo regaló mi amiga. La del trabajo.
—Marina… ¿tú eres lesbiana?
—¡Que no, mujer! Te lo juro. Solo que cuando estamos calientes nos da por ahí. A ella le he comido el coño alguna vez y ella a mí también. Pero después cada una a su casa, y a vivir.
—Qué fuerte. —Lucía se incorporó hasta quedar sentada—. Lo del oral… —se le escapó la risa—. ¿A qué sabe?
—¿Qué crees, que es un pastel? Salado, un poco raro al principio. Pero te acostumbras. ¿Quieres probar el mío? —Marina se rio y le tiró un cojín.
—Ni de broma. Hoy no.
—Hoy no. Pero ya verás como vuelves. Esto engancha.
Lucía no contestó. Se levantó de la cama y empezó a buscar las bragas por el suelo. Vas a volver. Vas a volver y lo sabes. Marina ya se estaba poniendo la camiseta vieja por encima.
—Vístete, anda, que mis padres están al caer. Y bórrate esa cara de tonta, que se te nota a la legua.
Lucía sonrió y se puso los vaqueros sin decir nada. Sabía que tenía toda la semana por delante para pensar en aquella tarde. Y que el sábado siguiente, probablemente, volvería a llamar al timbre.