Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La secretaria del gimnasio llamó a mi puerta

Carla me recibió en su oficinita del gimnasio casi al mediodía. Acababa de terminar su rutina de pesas, se había duchado y se disponía a revisar los papeles que Lucía le había dejado sobre el escritorio. Vestía, como siempre, ropa ajustada que resaltaba los músculos de sus brazos y de sus muslos, porque Carla era una de esas mujeres que vivían para el gimnasio. Me miró con el mismo desdén con que se mira a una cosa sin valor, exactamente igual que aquella madrugada en la que salté de su cama y comencé a vestirme bajo su mirada de dueña.

Cierto que lo había pasado bien en sus brazos. Cierto que tuve tres orgasmos seguidos y que el coño me quedó latiendo durante horas, hinchado y empapado después de que Carla me lo comiera como si fuera su desayuno, con esa lengua entrenada que me abría los labios y me chupaba el clítoris hasta hacerme gritar contra la almohada. Cierto que me había follado con dos dedos primero, después con tres, hasta que sentí que me partía por dentro, y que al final se sentó sobre mi cara y me obligó a mamarle el coño hasta que se corrió mojándome la barbilla. Pero Carla no figuraba entre mis preferencias a la hora de pensar en algo más serio que una noche.

—Tú dirás —dijo sin levantar la vista del papel.

—Solo quería avisarle que mañana es mi último día. Aquí tiene mi carta de renuncia.

—Pudiste dársela a Lucía. ¿O tenías algo más que decirme?

En ese instante odié a Lucía por haberme convencido. Odié a Carla por mirarme como si yo no existiera. Y me odié sobre todo a mí misma por haber aceptado, semanas atrás, la sugerencia de subir a su apartamento aquella tarde. «¿Siempre te vistes así?», había sido su única pregunta cuando me vio ponerme primero el sostén. Como si fuera un defecto. Como si yo le hubiera robado algo.

—No tengo nada más. Hasta luego.

***

Faltaban veinte días para los exámenes de diciembre. Ya no tenía trabajo, y lo que me quedaba por cobrar del gimnasio apenas iba a alcanzarme para comer un par de semanas. El diez aprobé la última asignatura del penúltimo curso de Publicidad, y con una depresión que me dejaba sin fuerzas para levantarme de la cama, empecé a repartir copias de mi currículum por toda la ciudad.

El dieciocho de diciembre amanecí tirada en el catre del cuartito que alquilaba. Hacía calor, un calor pegajoso de mediodía costero. Me quedaban unos pocos pesos: o pagaba el alquiler o comía. Podía hablar con doña Elena y pedirle unos días más, pero la sola idea me daba una vergüenza honda. El olor a guiso del cuarto vecino me llegó por debajo de la puerta y se me clavó en el estómago vacío.

No tenía hambre. Lo que sentía era desamparo, esa cosa fea que no es hambre pero pesa más.

Me bañé con un jarro y la palangana. Envuelta en una toalla salí a tirar el agua al patio y, cuando regresaba al cuarto, la vi a ella caminando por el pasillo. Pegué un respingo. Lucía siempre me había parecido bonita, aunque lo disimulaba con sus trajes entallados de secretaria. Esta vez no llevaba traje: una falda negra, una camiseta turquesa de cuello redondo, mocasines sin medias y un bolso de tela colgando del hombro.

—Vine a hablar contigo —dijo cuando estuvo frente a mí.

—Pasa.

La hice sentar en mi única silla y le pedí que no se diera vuelta mientras yo me vestía detrás de ella.

—¿Ibas a salir?

—Estaba decidiendo. Dime tú.

—Carla me corrió del gimnasio anteayer.

—¿Cómo? ¿Y eso?

—Es largo de contar.

Cuando me di vuelta, ya vestida con un pantalón de algodón y una camiseta sin mangas, encontré sus ojos llenos de lágrimas. Se las enjugó con los dedos sin hacer ruido. Le alcancé un paquetito aplastado de pañuelos de papel que estaba en mi mochila desde tiempos inmemoriales.

—Gracias —dijo, y sonrió a medias—. Mira, en realidad vine a hablarte de otra cosa. ¿Vamos a comer algo? Yo invito.

***

Fuimos a un comedor económico cerca de la catedral, en el casco antiguo. Comimos arroz con frijoles y tomamos jugo de tamarindo. La mesa era larga y se compartía, así que apuramos el plato y salimos al parquecito que daba al convento de Santa Clara. La brisa invernal era apenas un poco más fresca que en verano. Nos sentamos bajo un flamboyán que ya casi no tenía flores.

—Dime, Camila, ¿tú sabes pintar?

—¿Cómo? ¿Pintura artística?

—De la otra. Paredes, vidrieras, eso.

—Algo. Pintaba carteles para la parroquia de mi pueblo, y antes de pasarme a Publicidad estudié dibujo durante un año entero. ¿Por qué?

—Sabía que podía contar contigo. Mira, tú sabes que yo estudié decoración pero nunca trabajé en eso. La cuestión es que un tío mío tiene un amigo, un comerciante medio agarrado, que quiere abrir una tabaquería en la avenida y necesita pintar y decorar todo. Yo le pasé un presupuesto de veinticinco mil pesos.

—¿Veinticinco mil? ¿Y dices que es agarrado?

—Más los materiales.

Me quedé mirándola. Tenía las pestañas todavía mojadas y, sin embargo, los ojos le brillaban de una manera que no le había visto nunca.

—En una empresa de decoración le cobrarían el doble por lo mismo —siguió ella—. Yo sé pintar, pero necesito un diseño bueno. Algo que al señor le guste. Y para eso pensé en ti. ¿Te animas?

—¿A diseñar?

—No solo a diseñar, Camila. A fajarte a pintar conmigo. Si nos lo aprueba, empezamos mañana y terminamos el sábado.

—Estás loca, muchacha.

—No te eches para atrás. Vamos para allá, lo miras y me dices.

***

Nos bajamos de un autobús desvencijado en la esquina de la avenida Las Palmeras y caminamos seis cuadras hasta encontrar el local. La vidriera no era demasiado grande. Adentro se apilaban los estantes metálicos sin armar. Saqué una escuadra de la mochila, tomé las medidas de la vidriera y dibujé desde la acera un esquema frontal mientras Lucía contaba los estantes y grababa apuntes en un magnetófono de bolsillo.

Nos sentamos después en un banco de Plaza Mayor, junto a la fuente grande. Bosquejé una pipa de la que salían volutas de humo, y en cada voluta encerré algo: paisajes costeros, navíos de piratas, un cofre abarrotado de habanos, un atardecer marino. Después tracé un logotipo que ocuparía toda la puerta y le puse un nombre al negocio: «El Corsario. Tabaquería».

—¡Ay, Camila, eso sí está precioso!

—Necesitaría una computadora para hacerlo bien.

—Hay un cibercafé a dos cuadras. Vamos.

Me llevó casi dos horas terminar el diseño en el programa, e imprimimos varias copias.

—Esto está genial. Ya mismo se lo enseño al señor.

—¿No conviene hacer una alternativa, por si no le gusta?

—Le va a encantar, te lo aseguro. ¿Puedes empezar mañana? Si me ayudas a pintar todo, vamos a medias. ¿Te parece?

Acepté más por necesidad que por codicia. Su entusiasmo me cohibía. Quedamos a las ocho de la mañana frente al local.

***

Esa noche dormí mal. La luz que tenía Lucía en los ojos esa tarde se me había metido en algún lado y no se quería ir. Sentía que la conocía de toda la vida.

Al otro día, con los ojos legañosos y bostezando, fui hasta la avenida. Lucía apareció antes de las nueve en una camioneta de acarreo. Traía tres cajones con latas de pintura, una escalera, paquetes de periódicos viejos y una caja entera de pinceles y herramientas. El chofer nos ayudó a descargar todo.

Empecé de inmediato por la vidriera. El local se llenó de un olor insoportable a solvente. Lucía se improvisó una mascarilla con un pañuelo, y su pinta era la de una asaltante de diligencias del lejano oeste. Me dio una risa floja que me hizo bien después de tantos días sin reírme. La imité. Comimos una porción de pizza al mediodía y trabajamos hasta cerca de las ocho de la noche.

Yo misma no había sospechado la capacidad de trabajo que tenía Lucía. De lo poco que la conocía, siempre la había visto sentada frente a su computadora, impecable en su trajecito de oficinista que parecía cambiar de color cada semana. Ahora la veía con las manos manchadas, la frente brillante de sudor y una decisión que no le conocía.

Era apenas un poco más oscura que yo. Usaba el pelo suelto hasta los hombros, era un poco más rellenita, de caderas redondas y senos bien formados. A mí en cambio me molestaba ir al salón, así que llevaba el pelo corto, peinado con gel, y rara vez me ponía gorros. Lucía se había hecho uno con una bolsita de plástico.

El viernes terminé la vidriera. La dejé limpia, raspé con hojita de afeitar la pintura sobrante de los vidrios, retoqué blancos y huecos, y por la tarde ayudé a Lucía con el techo y las puertas de los baños. A las siete llegó el dueño. Era un hombre alto, de barriga prominente y bigotes gruesos, con lentes y una sencillez en el vestir que no concordaba con la imagen del agarrado que Lucía me había pintado. Detrás entraron dos muchachas que, evidentemente, eran sus hijas. Las dos festejaron lo bien que había quedado todo.

—Les pediría que mañana terminen de limpiar y armen los estantes —dijo el hombre—, y para que vea que no soy lo que dicen, aquí está lo que falta.

Sacó la chequera y extendió un cheque por los veintidós mil pesos pendientes.

—Lo de mañana se lo pago aparte, Lucía. Usted dirá cuánto.

—No se preocupe. Yo le aviso cuando terminemos.

***

A las cuatro de la tarde del sábado el local estaba limpio y los estantes armados. Nosotras, en cambio, estábamos exhaustas, muertas de hambre, cubiertas de polvillo y con un olor a solvente capaz de espantar a los mosquitos. El chofer cargó todo en la camioneta y nos llevó hasta la casa del tío de Lucía, desde donde ella llamó al señor para avisarle que estaba listo. Eran casi las seis cuando la camioneta nos dejó en su cuarto.

Su cuarto era más amplio que el mío. Tenía baño privado y una pequeña galería cerrada al frente. La dueña vivía al lado. Lucía estaba mejor equipada que yo: una neverita, un armarito de ropa, un equipo de música pequeño y un televisor. Me senté en la cama a ver dibujos animados mientras ella se duchaba.

—¿Quieres bañarte tú también? —me preguntó desde el baño.

—Es que no tengo ropa para cambiarme.

—Ven.

Me acerqué y entreabrí la puerta.

—Dime.

—Puedo prestarte algo si quieres.

Sopesé la posibilidad. No quería desairarla después de todo lo que había hecho por mí en esos días. Pero también sentí, por primera vez en la semana, una cosa nueva tirándome desde adentro.

—Está bien.

Lucía salió del baño envuelta en una camiseta larga de algodón. Abrió el roperito y sacó un vestido enterizo con flores estampadas en rojo y amarillo. Me lo dejó sobre la cama.

—¿Te apetece salir o pedimos pizza acá?

—Pizza. Pero compartimos.

—Somos millonarias esta noche. ¿Cervezas?

Hasta ese momento yo no había tenido nada de morbo con Lucía. Solo me caía bien. Me desnudé, abrí el chorro de la ducha, y cuando ella entró al baño a dejarme una toalla limpia me sobresalté. Más que el susto, me sorprendió cómo me miraba. Me clavó los ojos en las tetas primero, después en el triángulo de vello entre las piernas, y me repasó entera como se repasa a alguien a quien te vas a coger. Mis pezones se pusieron duros casi sin permiso. Lucía sonrió.

—Tus cañones sí apuntan lindo —dijo riendo, y no dejó de mirarme la entrepierna.

Me enjaboné despacio. Me llené el cuerpo de espuma mientras ella se quedaba en el marco de la puerta. Deslicé la mano con jabón por los pechos, me demoré en los pezones tirándolos apenas hacia afuera, y bajé por el vientre hasta rozar el pubis. Le di la espalda, arqueé un poco la cintura para que se me marcara el culo, y cerré el chorro un momento, como si necesitara seguir enjabonándome también por dentro. Metí dos dedos entre mis nalgas, resbalé el jabón por la raya, y bajé hasta rozar los labios del coño que ya me palpitaba. Su mirada me prendía algo en el vientre que llevaba mucho tiempo apagado. Hacía más de un año que mi sexo solo trazaba idilios de fantasía. Cuando abrí de nuevo el agua y me di vuelta, Lucía seguía ahí, con la respiración pesada y las tetas empujando la camiseta de algodón. Decidí improvisar, aunque el pánico me carcomía.

—Huy, qué frío —dije mirándola a los ojos. Extendí la mano para tomar la toalla y me envolví en ella—. ¿Quieres ayudarme?

Lucía asintió. Tenía la respiración entrecortada y las manos le temblaban un poco mientras me deslizaba la toalla por la espalda, por el vientre, hasta que la dejó caer al piso. Se quedó un instante ahí, arrodillada casi, con la cara a la altura de mi pubis, respirando el olor a jabón y a hembra mojada que me subía de entre las piernas. Le vi la tentación en los ojos, la boca entreabierta, la lengua asomando apenas. Sin preámbulos le tomé la cara y la besé en la boca. Le metí la lengua entera, le mordí el labio de abajo, le chupé la saliva. Era la primera vez que era yo quien manejaba una situación así. La saqué del baño y la senté en mi regazo, sobre la cama, sin dejar de besarla.

Le levanté la camiseta despacio, hasta que sus pezones erguidos quedaron exactamente al alcance de mi boca. Eran oscuros, gruesos, se le habían puesto duros como perdigones. Jugué con ellos. Dejé que mi lengua barriera las areolas, los rodeé con la punta, los soplé, y después me llené la boca con una teta entera, la chupé fuerte, tirando hacia arriba, hasta que Lucía soltó un quejido y se me clavó las uñas en los hombros. Se los apreté con los dientes, mordí primero uno y después el otro, y con los dedos le pellizqué el que me quedaba libre, tironeándoselo mientras ella terminaba de quitarse el resto de la ropa. Cuando quedó desnuda, la empujé de espaldas sobre el colchón. Su piel olía a jabón, a perfume de jazmín y a algo más, algo suyo, un olor almizclado que le subía desde el coño abierto. A mí solo me importaba transportarla más allá de ese cuarto, más allá de ese barrio rumoroso, más allá de la ciudad nocturna que ya estaba lejos.

Le abrí las piernas con las manos y me quedé mirándole el sexo. Era un coño gordito, de labios oscuros y carnosos, con un vello negro y espeso que se le abría en dos por el centro. Estaba mojada. Se veía brillar entre los pliegues, y del clítoris hinchado le colgaba una gota que le resbalaba hacia el ano. Me relamí.

—Mira cómo estás —le dije—. Toda mojada por mí.

—Cógeme, Camila —jadeó ella—. Hace tanto que no me coge nadie…

Le pasé la lengua desde el ano hasta el clítoris, en un lengüetazo largo y plano que le hizo levantar las caderas de la cama. Repetí el movimiento tres, cuatro veces, chupándome después los labios como si estuviera bebiendo de una fruta. Le abrí el coño con dos dedos, dejé el clítoris expuesto, hinchado, brillante, y me clavé ahí con la punta de la lengua. Le hice círculos, primero lentos, después rápidos. Se lo chupé como se chupa un caramelo, tirando de él con los labios, mordisqueándolo apenas. Lucía abría y cerraba las piernas contra mi cabeza, me acariciaba el pelo corto, respiraba hondo. Le metí dos dedos en el coño de golpe y sentí cómo se le apretaba adentro, caliente, empapado. La follé con los dedos mientras le chupaba el clítoris, entrando y saliendo, curvándolos hacia arriba para tocarle ese punto rugoso que la hacía retorcerse. Su pelvis empezó a moverse hacia arriba, embistiendo mi cara, mis manos buscaron sus senos y le pellizqué los pezones fuerte, y cuando toda su piel se agitó en un latido tibio, gimió bajito, después más fuerte, mientras el cuerpo le temblaba entero y me inundaba la boca con un chorro tibio y espeso. Se apretó contra mí y me besó en el cuello.

—Gracias —murmuró—. Gracias. Hacía tanto que…

Le acaricié los cabellos. Ella se me quedó mirando la cara empapada de su corrida, sonrió con una picardía nueva, y me limpió con la lengua, chupándome los labios, la barbilla, el mentón, saboreándose a sí misma en mi boca. Cuando ella sintió mis pezones endurecidos contra los suyos, me besó todo el cuerpo, me recorrió como si me estuviera explorando, me chupó el cuello, me mordió los hombros, me llenó las tetas de saliva y de dientes. Me atrapó un pezón entre los labios y me lo tironeó hasta que grité. Después bajó, me lamió el ombligo, me mordisqueó las caderas, y en pocos segundos su lengua fue un cálido estilete que se demoró en mi sexo. Me abrió el coño con los pulgares y se hundió hasta la nariz, respirando fuerte contra mi vello, chupándome los labios uno por uno, metiéndome la lengua bien adentro como si fuera una verga chiquita. Me buscó el clítoris y no lo soltó más. Se lo chupó con la boca entera, moviendo la cabeza, y me metió al mismo tiempo dos dedos en el coño y uno mojado en el culo. Cerré los ojos como si soñara, para despertarme enseguida sacudida por un orgasmo que me obligó a morder la almohada para no gritar. Sentí que la corrida me subía desde las plantas de los pies, me atravesaba el vientre, y me estallaba en la cabeza como un relámpago. Se me apretó todo alrededor de sus dedos y ella siguió chupándome hasta que le dije basta con la voz rota.

***

Era de noche y estábamos transpiradas. La oscuridad del cuarto se había llenado del zumbido de los mosquitos. Quise decir algo, pero los labios de Lucía me cerraron la boca.

Volvimos al baño y nos duchamos juntas, esta vez sin pretextos. Bajo el chorro tibio nos enjabonamos una a la otra, y sus manos jabonosas se demoraron en mis nalgas, se me metieron entre las piernas, me abrieron el coño y jugaron ahí hasta que la mordí en el hombro para no correrme otra vez de pie. Yo le enjaboné las tetas, se las apreté hasta hacerla gemir, y le pasé un dedo enjabonado por el culo hasta metérselo hasta el nudillo. Ella se apoyó contra la pared y me pidió que siguiera. Se lo hice hasta que se le doblaron las rodillas. Después ella se puso el vestido que me había prestado y salió a pedir la pizza. Yo encendí el ventilador y desde la cama busqué música en la radio. Cuando volvió, se desnudó otra vez y se acostó a mi lado. Nos dormimos hasta que nos despertó el muchacho del pedido. Comimos lo justo para retomar fuerzas.

Después la tumbé bocabajo sobre la cama, le abrí las nalgas con las manos, y le comí el culo mientras le metía tres dedos en el coño desde atrás. Le lamí el ojete apretado, se lo ensalivé bien, le empujé la punta de la lengua adentro hasta que ella gemía contra la almohada. La follé con la mano así, con la palma golpeándole el culo cada vez que empujaba, hasta que se corrió gritando en la almohada, con el coño chorreándome por el brazo. Después me monté encima de su cara, le refregué el coño contra la boca, y le ordené que me chupara. Me lo mamó con hambre, sacándome la lengua bien afuera, y me corrí encima de ella empapándole el mentón. Nos quedamos hechas pedazos, tiradas de a través en la cama, con las piernas enredadas y el olor a sexo pegado a las sábanas.

Pasamos el domingo encerradas, desnudas, durmiendo y despertándonos a intervalos raros. Cada vez que abríamos los ojos era para meternos la lengua o los dedos entre las piernas. Nos comimos el coño de mil maneras, nos hicimos el 69 hasta perder la cuenta, nos frotamos los sexos hasta correrenos apretadas una contra la otra. Nos contamos todo, incluso hablamos de Carla. En algún momento Lucía se rió bajito contra mi cuello y dijo:

—Tal vez deberíamos darle las gracias, ¿no crees?

Al volver a mi cuarto esa noche le pagué a doña Elena dos meses de alquiler adelantados y repasé la lista de direcciones donde tenía que entregar más currículums. No podía dejar de pensar en Lucía, en su coño abierto, en su lengua, en cómo gemía cuando le metía los dedos en el culo. Pero, por intuición más que por experiencia, decidí controlarme. Iba a esperar que ella me buscara de nuevo. Me acosté a las nueve y di muchas vueltas antes de dormir, con la mano metida entre las piernas.

A las siete de la mañana me despertaron unos golpes en la puerta. Salté de la cama y abrí. Era Lucía, demacrada, con ojeras y una sonrisa que se le escapaba a pesar de ella.

—No pude dormir. Estuve a punto de venir anoche, pero pensé que te ibas a molestar.

—Niña tonta. Yo tampoco podía dormir, pero pensé que tal vez necesitabas tu tiempo.

—Yo te necesito a ti —dijo, y le tembló la voz.

Cerré la puerta del cuartucho y encendí el calentador eléctrico para preparar café. Lucía se recostó en mi cama y yo me eché a su lado y la abracé. Nos quedamos dormidas otra vez. Me despertó el zumbido de la cafetera. Ella bebió su café con ganas y dijo que estaba delicioso.

—¿Quieres hablar? —pregunté.

Su mirada tenía un aire de picardía nuevo, distinto, de mujer que ya sabe lo que quiere. Se llevó la taza a la boca, sopló el café, y con la otra mano se abrió las piernas debajo de la falda para que yo le viera que no llevaba nada abajo. El coño le brillaba de mojado hasta el muslo.

—Sí —dijo, mientras empezaba a desabrocharse el botón de arriba—. Mucho. Pero después.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios(8)

SofiRios22

Buenisimo!!! me encanto todo, tremendo relato

LauMendoza

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de mucho mas!

Valentina_91

Me recorde a una situacion parecida que me paso hace tiempo. Esa tension antes de que algo pase... lo capturaste genial. Muy real.

MarceloGBA

Se hizo corto aunque no lo era jaja, de esos relatos que te enganchan desde el principio. Seguí publicando!

CuriosaLect77

¿Vas a continuar la historia? quede muy intrigada con el final

NocheRL

tremendo, sin palabras

GabyPalermo

El titulo me llamo la atencion y el relato no defraudó para nada. Se lee fluidisimo y se siente autentico. Muy buen trabajo!

Romina_pba

Uno de los mejores de la categoria que lei ultimamente. La atmosfera que creas es increible, te hace sentir ahi. Espero el proximo relato!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.