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Relatos Ardientes

La noche que Lucía me enseñó a desear mujeres

Hace cuatro años, después de un encierro que se sintió eterno, decidí que era el momento de conocerme de verdad. Tenía veintidós años y arrastraba algo desde la infancia que nunca terminé de mirar de frente. Me gustaban los chicos, sí, había salido con varios y me había acostado con un par. Pero las mujeres siempre me ponían nerviosa de otra manera. No era envidia ni admiración. Era un calor distinto, más callado, que se me quedaba en el estómago cuando alguna me sonreía demasiado.

Nunca había hecho nada al respecto. La vida me había empujado por el camino fácil, y el camino fácil era acostarme con hombres. Hasta que una noche, sola en casa, con dos copas de vino encima y unas ganas que no se me iban con la mano, hice algo que jamás imaginé que haría: me bajé una de esas aplicaciones.

No soy de redes. No me gusta que un algoritmo me conozca. Pero esa noche el deseo pesaba más que el pudor, y configuré el perfil para que solo me mostrara mujeres. Pasé treinta o cuarenta caras hasta que apareció ella.

Se llamaba Lucía. Veintiséis años, pelo negro larguísimo, una sonrisa torcida en cada foto, como si supiera algo que el resto del mundo no. Tenía una foto en top blanco, en la que sus pechos llenaban el encuadre sin ser vulgar. Otra en bata, sin maquillaje, mirando a la cámara como si me retara. Le di me gusta sin pensarlo demasiado y bloqueé el teléfono.

A los diez minutos vibró. Match.

—Hola —escribió ella.

—Hola —contesté.

Estuvimos media hora dándole vueltas a lo mismo, como si las dos necesitáramos pedir permiso para reconocer lo obvio. Yo le decía que era heterosexual con curiosidad. Ella me decía exactamente lo mismo. Hetero curiosas, repetimos las dos como un mantra que nos salvaba de definirnos. La negación nos hacía menos vulnerables. Las dos sabíamos que eso era mentira y ninguna lo iba a admitir esa noche.

A medianoche me mandó una foto de sus pechos saliendo de una camiseta blanca de algodón. No era una foto burda. Era una foto pensada. Le dije que no podía dejar de imaginarme con la boca en ellos, y le pregunté si vivía lejos. Me pasó su dirección sin contestar.

Pedí un Uber a las dos de la mañana. Me puse un vestido negro corto sin pensar mucho, ropa interior nueva, y bajé temblando. El conductor no me dijo nada en todo el trayecto. Yo miraba el GPS y se me cerraba el estómago en cada esquina.

Lucía vivía en un cuarto piso de un edificio antiguo, con un portal de madera oscura que olía a humedad. Me abrió con un babydoll de color crema, casi transparente, y una sonrisa que me terminó de poner las piernas blandas. Detrás de ella, en el salón, había vino servido en dos copas, un plato pequeño con bombones de chocolate y una vela encendida sobre la mesa baja.

—Pasa —dijo en voz baja, como si los vecinos pudieran oírnos a esa hora.

Nos sentamos en el sofá. Pusimos una película que ninguna de las dos miró. Lucía hablaba demasiado, gesticulaba demasiado. Yo notaba que estaba nerviosa, y eso me dio fuerza. Cuando hizo una pausa para beber, le quité la copa de la mano, la dejé en la mesa y la besé.

El primer beso fue suave. Cerrado. Casi de respeto. El segundo ya fue otra cosa. Le mordí el labio inferior y ella se rió contra mi boca con una risa nerviosa que se convirtió en suspiro cuando le metí la lengua. Tenía la boca cálida y le sabía a vino tinto y a algo dulce que después entendí que era el chocolate.

Bajé por su cuello con la boca abierta. Le aparté el tirante del babydoll con dos dedos y le dejé un pecho al descubierto. Era exactamente como lo había imaginado: pesado, blanco, con el pezón oscuro y duro de frío o de ganas. Me lo metí entero en la boca y Lucía soltó un sonido que no era un gemido todavía, era un suspiro entrecortado, como si no se creyera lo que estaba pasando.

—Dios —murmuró—. No sabes cuánto llevaba esperando esto.

Yo tampoco lo sabía hasta esa noche.

No te detengas, no pienses, no se te ocurra pensar.

Le chupé los dos pechos, despacio, alternando, mientras le metía la mano por debajo del babydoll. Tenía la piel del vientre caliente. Bajé hasta el elástico de la ropa interior y noté la humedad atravesando la tela. Le besé por encima del algodón y ella levantó las caderas pidiendo más sin decir nada.

—Cómemela —dijo de pronto, sin abrir los ojos—. Ya.

Le aparté la braga hacia un lado en lugar de bajársela. Era la primera vez en mi vida que tenía la cara entre las piernas de otra mujer y me dio un golpe de inseguridad. No sabía qué hacer. Saqué la lengua y la pasé entera, de abajo arriba, lentísimo, como había leído mil veces y nunca había probado.

Lucía se arqueó. Me agarró el pelo con las dos manos y me apretó la cara contra ella.

—Así —dijo—. Justo así.

El sabor no era como me habían dicho. No era desagradable ni intenso. Era suave, levemente salado, con algo metálico al fondo. Me concentré en el clítoris, lo aprendí con la lengua como si estuviera estudiando un mapa. Probé con la punta. Probé con toda la lengua aplastada. Probé succionando despacio. Cada cosa que hacía me la confirmaba con un gemido distinto. Cuando le metí dos dedos, los apretó tan fuerte que pensé que me iba a romper algo.

Tardó poco. Demasiado poco para mi orgullo. Me dijo «no pares, no pares» en un susurro casi infantil, y se vino contra mi boca temblándole los muslos a ambos lados de mi cabeza. Yo me quedé ahí, lamiéndola despacio, hasta que me tiró del pelo con suavidad para apartarme.

—Me toca —dijo, mirándome con los ojos brillantes.

Me empujó contra el sofá y me arrancó la ropa interior literalmente. Oí cómo se desgarraba la costura y me dio igual. Cuando bajó la cabeza, lo hizo sin preámbulos. Llegó directa al clítoris y empezó a chuparlo con una intensidad que no era de aficionada. O tenía mucha más práctica que yo, o llevaba años fantaseando con esto en su cabeza.

—Lucía —jadeé—. Más despacio, voy a…

No me hizo caso. Me metió tres dedos sin pedir permiso, los curvó hacia arriba y siguió con la lengua sin perder el ritmo. Le propuse, como pude, ponernos en sesenta y nueve. Aceptó subiéndose encima de mí en silencio.

Le agarré las caderas y la guié hasta mi boca. Ella, mientras tanto, me lamía entera. La sentí bajar por mi entrepierna hasta zonas que ningún chico se había atrevido a tocar nunca. Cuando me metió la lengua entre las nalgas, di un respingo y solté un gemido tan alto que ella se rió contra mí.

—Tranquila —dijo—. Hoy todo está permitido.

Me metió un dedo donde nadie me había metido nada. Su lengua seguía en mi clítoris. Yo intentaba seguir comiéndola a ella, pero perdí el ritmo, perdí la coordinación, perdí todo. Tuve un orgasmo que me dejó hueca por dentro. Largo. Doloroso de lo bueno que fue.

Cuando bajamos a la tierra estábamos las dos sudando, riéndonos como dos adolescentes. Me agarró la mano y me llevó a la ducha. Bajo el agua caliente seguimos. Nos comimos otra vez, de pie, con la espalda contra los azulejos. Yo le mordía el cuello, ella me sujetaba una pierna en alto y me lamía sin descanso. Pensé que iba a venirme una segunda vez ahí mismo, pero algo en la casa nos cortó.

—Mis padres llegan en una hora —dijo de pronto, mirando el reloj de la pared del baño—. Igual menos.

—¿Tus padres? —pregunté, aún jadeando.

—No saben que me gustan las mujeres —añadió, y por primera vez en toda la noche bajó la mirada.

Respeté el silencio que vino después. Me sequé, me vestí, le di un beso largo en la puerta y dije que llamaba al Uber.

Mientras esperaba al coche en el portal, oí la llave girar arriba. No había pasado la hora. Lucía abrió de un brinco, agarró a su padre por el codo y empezó a hablar de cualquier cosa para que no entrara al salón. Yo me quedé congelada en el pasillo. El hombre me miró un segundo, me sonrió como se sonríe a una amiga de la hija, y entonces sus ojos bajaron a mis labios todavía hinchados y al cuello rojo de mordiscos.

No dijo nada. Se llevó la mano al pantalón, se tocó por encima de la tela un instante y, mientras Lucía seguía hablando sin mirarlo, le dijo en voz baja:

—Voy a distraer a tu madre. Tenéis dos minutos.

Lucía se quedó pálida. Yo bajé las escaleras del edificio sin esperar el ascensor.

***

El Uber llegó en ese momento. Cuando estaba abriendo la puerta de atrás oí pasos detrás de mí. Era Lucía, en pijama, descalza, con los ojos brillantes.

—Voy contigo —dijo, y se metió en el coche.

—¿Qué haces? —le pregunté en un susurro.

—Tengo que hacerte venir otra vez —contestó—. No me has dejado terminar lo que empecé en la ducha.

El conductor, un hombre de unos cincuenta años, nos miró por el retrovisor sin entender. Lucía se inclinó hacia el asiento delantero, le puso un par de billetes en la palanca de cambios y le dijo:

—Llévanos a su casa. Después me devuelves a la mía. Y, hagas lo que hagas, no nos mires por el espejo.

El hombre tragó saliva, asintió y arrancó. No volvió a abrir la boca en toda la noche.

Lucía me subió el vestido por encima de las caderas en cuanto el coche aceleró. Me lamió por encima de la braga, mordió, y luego apartó la tela y me chupó el clítoris a ritmo del semáforo. Yo me agarré al asidero del techo y mordí la manga de mi propia chaqueta para no gritar. En un semáforo en rojo, se subió encima de mí, se sacó la ropa interior por una pierna del pijama y empezó a rozar su sexo contra el mío con un movimiento lento y obsceno.

Por el espejo retrovisor, el conductor no nos miraba. Pero su brazo derecho se movía con un ritmo que no era el de quien cambia marchas.

Lucía se rió en mi oído.

—Le está gustando.

—A mí también —reconocí.

Llegamos a mi portal con las dos al borde de venirnos otra vez. Bajé del coche con la respiración entrecortada, la besé en la boca con la puerta abierta, le dije buenas noches y subí sin mirar atrás.

***

Esa fue la única vez que nos vimos durante mucho tiempo. Cada una volvió a su vida, a sus novios, a sus apariencias. Nos seguimos por redes. Nos dimos «me gusta» a fotos. Nada más.

Hasta que un día, casi dos años después, me crucé con ella en la presentación de un libro. Mi novio de entonces le dio la mano. Su pareja me dio dos besos. Y nosotras nos miramos como dos animales que reconocen a otro de su misma especie.

Esa misma semana se convirtió en mi amante. Las dos seguíamos teniendo pareja. Las dos seguíamos diciendo en voz alta que éramos heterosexuales con una buena amiga lesbiana. Nadie sospechaba nada. Nos veíamos en hoteles, en casas prestadas, en aparcamientos, en baños de bares. Hicimos el amor en sitios donde una persona cuerda no se atrevería ni a pensarlo.

Hoy las dos seguimos solteras. Las dos seguimos sin contarle a nadie lo nuestro. No estoy enamorada de Lucía. Lo tengo clarísimo. Estoy enamorada de lo que pasa cuando estoy entre sus piernas, y sospecho que ella siente lo mismo conmigo.

A veces, cuando me pregunta si dejaría a algún hombre por ella, le contesto siempre lo mismo: yo no dejé un hombre. Dejé de mentirme.

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Comentarios (6)

SilviaMdq

Que relato tan hermoso, me llegó al corazón. Muy bien escrito!!

NocheViajera

Por favor, necesito una segunda parte. Me dejaste con muchisimas ganas de saber qué pasó despues...

LucianaM

Me encanto la forma de contarlo, se siente muy real y honesto. Esas madrugadas que uno nunca olvida... Un beso grande!

Lector_Curioso

¿Y cómo terminó esa historia? Quede con mucha curiosidad jajaja. Muy buen relato!

Roxita_baires

Los Uber guardan cada historia... este relato me hizo acordar a algo que me pasó hace unos años. Muy bien escrito, felicitaciones.

LaLectura_ok

Excelente!! sigue escribiendo asi

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