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Relatos Ardientes

La camarera del bar me esperó al cerrar el turno

Era jueves y la semana se me había hecho eterna. Reuniones con clientes que no sabían lo que querían, correos sin terminar y un tráfico imposible me habían dejado con un solo deseo: una copa servida por alguien que no me hablara del trabajo.

El bar quedaba a tres cuadras de la oficina. Lo había visto cientos de veces y nunca había entrado. Esa noche empujé la puerta sin pensarlo demasiado. Adentro había luz baja, una rocola que sonaba bajito y media docena de clientes repartidos entre las mesas. Me senté en la barra y pedí un whisky en las rocas.

La chica que atendía me dio la espalda mientras servía. Llevaba el pelo recogido en una coleta alta y un chaleco negro encima de una camisa blanca arremangada hasta los codos. Cuando se giró para entregarme el vaso, lo primero que me asaltó fueron los ojos: verdes claros, casi grises bajo la luz amarilla.

—¿Día pesado? —preguntó.

—Eterno —contesté—. Si no me equivoco, este whisky es la primera cosa amable que me pasa hoy.

Sonrió y se quedó un segundo de más mirándome antes de irse a atender a otra mesa. Le di un sorbo al whisky y, sin querer, la seguí con la vista. Se movía detrás de la barra con la naturalidad de alguien que conoce cada centímetro de su trabajo. Cuando volvió a pasar cerca, le hice un gesto con la mano.

—Otro igual, por favor.

—Marchando.

—Por cierto, soy Mariana —dije mientras servía.

—Lucía —contestó, y me extendió la mano por encima de la barra. Tenía los dedos finos, las uñas cortas, sin pintar. El apretón duró un segundo más de lo necesario.

El segundo whisky lo bebí más lento. Cada vez que ella pasaba, intercambiábamos una frase corta. Que de dónde era. Que cuánto tiempo llevaba en la ciudad. Que si siempre trabajaba los jueves. Nada importante, pero todo dicho con esa intensidad que se le pone a una conversación cuando las dos saben que no están hablando solo de lo que parece.

En un momento me incliné sobre la barra y le solté sin pensarlo demasiado:

—Tienes unos ojos que no son justos para los clientes.

Soltó una risa corta, sorprendida.

—Es la primera vez que alguien me lo dice así, sin rodeos.

—No rodeo cuando estoy cansada. Te invito a un trago cuando termines.

Miró el reloj que tenía detrás de la caja.

—Salgo en cuarenta minutos. Si me esperas, acepto.

—Te espero.

***

Los cuarenta minutos se hicieron interminables. Pedí un agua para no seguir tomando y saqué el teléfono. Respondí dos correos del trabajo solo por ocupar las manos. Cada vez que ella se acercaba a poner una copa en la barra, intercambiábamos una mirada que era ya un compromiso silencioso.

A los veinticinco minutos empecé a dudar. Tal vez me había dicho que sí solo para que no le insistiera. Tal vez salía por la puerta de atrás y yo me quedaba ahí, como una idiota, esperándola con un agua mineral. Decidí pedir la cuenta y largarme con dignidad. Estaba sacando la tarjeta cuando sentí unos dedos cubrirme los ojos por detrás.

—Adivina —dijo una voz bajita, muy cerca de mi oreja.

Se me cortó la respiración.

—Pensé que ya no salías.

—Pensaste mal —respondió—. ¿Sigue en pie el trago?

Se sentó a mi lado en el taburete. Se había soltado el pelo y se había cambiado el chaleco negro por una chaqueta de cuero corta. Olía a algo seco y caro, un perfume con notas amaderadas que no esperaba.

—¿Qué tomas cuando no estás trabajando? —pregunté.

—Lo mismo que tú.

Le hice una seña a su compañera de turno, que nos preparó dos whiskies. Esta vez Lucía se inclinó hacia mí mientras hablaba. La barra estaba alta y los taburetes muy juntos; nuestras rodillas se rozaron varias veces como por accidente, hasta que dejó de ser accidente y se quedaron pegadas.

—¿Tienes con quién volver a casa? —preguntó de pronto.

—No. Vivo sola.

—Yo también.

Asentí, despacio. No hizo falta decir más. Le acerqué la cara y la besé. Fue un beso corto, casi una pregunta. Ella me respondió con otro más largo, abriendo apenas los labios. Sabía a whisky y a un brillo de cereza suave. Cuando se separó, tenía las pupilas tan dilatadas que el verde apenas se veía.

—Sígueme —murmuró.

***

Pensé que íbamos a salir a la calle, a buscar un taxi, a ir a alguna casa. Me equivoqué. Bajó del taburete y se metió por un pasillo estrecho al fondo del bar. Yo la seguí intentando que no se me notara la urgencia en las piernas. Empujó la puerta del baño de mujeres, comprobó que no había nadie y echó el pestillo.

—¿Aquí? —pregunté con la voz tomada.

—Aquí —contestó, y me empujó contra la pared.

El frío de los azulejos me atravesó la camisa. Lucía me tomó las muñecas y me las sostuvo por encima de la cabeza con una sola mano. Era más fuerte de lo que parecía. Con la otra mano me recorrió el cuello, la clavícula, el escote. No me besaba todavía. Me estaba mirando como si quisiera memorizarme antes de tocarme.

—Llevo toda la noche pensando en hacer esto —dijo.

—Yo también.

Me besó por fin, y esta vez no fue una pregunta. Fue una respuesta entera. Bajó la mano que me había recorrido el escote y me desabrochó la blusa de un solo tirón. Los botones cedieron sin ruido. Me bajó las copas del sujetador sin desabrocharlo y se inclinó a chuparme un pezón. La lengua le iba en círculos muy lentos. Me arqueé contra ella sin querer y solté el aire por la boca.

—Bajito —susurró sin soltarme las manos—. No quiero que nos saquen.

Asentí mordiéndome los labios. Me concentré en respirar por la nariz mientras ella se ocupaba del otro pecho con la misma calma metódica. Después de un rato me soltó las muñecas, solo para empujarme hacia el lavabo. Me sentó encima del mármol frío. Me abrió las piernas con las dos manos.

—Me toca verte yo a ti —dije, y le tiré de la chaqueta.

Se dejó hacer. Le quité la chaqueta, le saqué la camisa por la cabeza. Tenía un sujetador de algodón gris muy simple que en cualquier otro contexto no me habría parecido nada y que en ese baño me pareció el objeto más erótico del mundo. Le desabroché el pantalón vaquero y se lo bajé hasta media pierna. Llevaba ropa interior negra de algodón, también simple, también perfecta.

Le pasé la mano por encima de la tela y sentí la humedad. Apreté con dos dedos en círculos lentos. Lucía dejó caer la cabeza hacia atrás y soltó un sonido grave que tuvo que tragarse a la mitad.

—Bajito tú también —le dije.

Hicimos contacto visual y nos reímos con la boca cerrada. Aparté la tela hacia un lado y deslicé dos dedos. Estaba mojada. La sentí cerrarse alrededor de mis dedos como si tuviera todo decidido desde hacía rato. Empecé a moverme, despacio al principio, después con más ritmo. Ella me agarró el pelo de la nuca y apoyó la frente en mi hombro.

—No pares —murmuró—. Por favor.

No paré. Subí el ritmo. Con el pulgar le rozaba el clítoris a cada empuje. Le sentí la respiración rota contra el cuello. Cuando se vino, me mordió el hombro para no gritar. La marca todavía me duraba al día siguiente.

Se quedó un segundo apoyada contra mí, recuperando el aire. Después levantó la cabeza, sonrió y se arrodilló entre mis piernas.

—Ahora tú —dijo.

Me desabrochó el pantalón, me lo bajó junto con la ropa interior y me dejó sentada en el filo del lavabo. El espejo del baño me devolvía una imagen que no parecía mía: el pelo revuelto, la camisa abierta, los pechos a la vista, las piernas separadas. Era yo y al mismo tiempo era otra. Me gustó las dos.

La lengua de Lucía me arrancó la primera oleada casi sin esfuerzo. Tenía un instinto raro para encontrar el ángulo exacto. Llevaba la mano izquierda en mi cadera, sosteniéndome firme contra el mármol, y la derecha la tenía libre. Después de un rato me di cuenta de por qué.

Sacó del bolsillo del pantalón un pequeño vibrador, de los que caben en la palma de la mano. Lo encendió en su intensidad más baja. Me miró por encima de mis piernas, pidiendo permiso sin palabras. Asentí. Lo pegó contra mi clítoris mientras seguía con la lengua un poco más abajo. La combinación me arrancó el orgasmo en menos de un minuto. Me tuve que tapar la boca con las dos manos para no gritar.

—Calla, calla —dijo bajito, riéndose contra mi muslo.

—Tú tienes la culpa —protesté sin aire.

No me dejó descansar. Subió un dedo y lo pasó muy despacio por un sitio que no esperaba que tocara. Me tensé.

—¿Te molesta? —preguntó.

—No —dije, y era verdad.

Lo hizo con cuidado, sin prisa. El vibrador seguía donde estaba. Entre las dos sensaciones, sentí que la cabeza se me iba a otra parte. Me corrí otra vez, más fuerte, con un temblor que me bajó por las piernas y me dejó la espalda contra el espejo. Lucía me sostuvo hasta que paré de moverme.

***

Nos sentamos en el suelo del baño, las dos a medio vestir, riéndonos como dos adolescentes. El mármol del lavabo nos había dejado las nalgas heladas. Nos pasamos un buen rato besándonos sin más, sin urgencia, con la boca todavía caliente del whisky y de lo otro.

Alguien tocó la puerta. Nos miramos. Aguantamos la risa.

—Un momento —gritó Lucía, perfectamente compuesta a pesar de tener la camisa al revés.

Nos vestimos en treinta segundos. Yo me arreglé el pelo en el espejo mientras ella se pasaba las manos por la cara como si nada. Salimos como si hubiéramos entrado a lavarnos las manos. La chica que esperaba afuera ni nos miró.

Volvimos a la barra. Pedimos un último trago. Ya no necesitábamos hablar de lo que había pasado, pero tampoco lo evitábamos. Le pasé una servilleta con mi número apuntado y la dirección de mi edificio debajo.

—Llámame cuando quieras repetir. O ven directamente.

Lucía guardó la servilleta en el bolsillo de la chaqueta sin mirarla. Después me miró con la misma fijeza con la que me había mirado antes de besarme en la pared del baño.

—Esto se repite —dijo—. Te lo aseguro.

Salí del bar con el hombro mordido, el pelo todavía a medio peinar y una sensación rara en el cuerpo, como si me hubieran encendido por dentro y se hubieran olvidado de apagarme. Caminé hasta el coche pensando que ya tenía algo que hacer la próxima semana, y que el bar de las tres cuadras se me había vuelto, de un jueves para otro, el sitio más importante de la ciudad.

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Comentarios (1)

LuzNocturna

Increible relato!! me mantuvo al borde todo el tiempo. Bravo!

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