Mi suegra me eligió la lencería y luego me eligió a mí
Me llamo Elena y voy a contar lo que pasó aquella tarde en casa de mi suegra. Tengo veintiocho años, soy delgada, de piel clara, con el pelo castaño hasta los hombros y un cuerpo al que cuido sin obsesión. Mi suegra, Marisol, me lleva veinte años largos. Es morena, ancha de caderas, con esa carne firme que algunas mujeres conservan después de los cincuenta. Pecho generoso, brazos suaves, una sonrisa que siempre me había parecido maternal.
Desde que conocí a Sebastián, su madre me trató como a la hija que nunca tuvo. Lo decía sin pudor, delante de todos, y a mí me enternecía. Llevamos cuatro años casados. Vivimos en otro barrio, en un apartamento pequeño que arreglamos con calma. A los suegros los visitamos cada quince días, comemos con ellos los domingos, los acompañamos en cumpleaños. Nunca había habido nada raro entre Marisol y yo. Hasta ese sábado.
Andrés, mi suegro, le propuso a Sebastián una salida de hombres. Bar, partido en pantalla grande, cerveza tibia hasta tarde. Mi marido aceptó porque hacía meses que no compartían un rato a solas. Marisol vio el hueco y lo aprovechó.
—¿Vienes conmigo, nena? —me preguntó—. Vamos de tiendas, comemos por ahí, hacemos lo que nos dé la gana.
Dije que sí sin pensarlo. Me apetecía. Sebastián me dejó en la puerta del centro comercial y se fue contento con su padre.
El día empezó tranquilo. Probamos vestidos, faldas, blusas que no compramos. Marisol se reía de mis dudas, me obligaba a salir del probador con cada prenda, y me miraba desde la butaca con la cabeza ladeada. Te queda muy bien, decía siempre, aunque a veces no fuera del todo verdad. Me sentí guapa. Hacía tiempo que nadie me prestaba esa clase de atención.
—Tengo una idea —dijo después de comer—. Vamos a darle una sorpresa a Sebastián. Lencería. Algo que lo deje sin aliento cuando vuelva.
Me dio un poco de vergüenza pero la seguí. Entramos en una tienda con luces rosas y dependientas que sonreían sin preguntar. Marisol se movió entre los percheros con criterio. Eligió para mí un conjunto rojo con medias de red, tanga finísimo y un sujetador de tirantes que apenas cubría los pezones. Confía en mí, dijo. Yo, por seguirle el juego, escogí para ella un baby doll morado con encaje en el escote. Me imaginé que mi suegro se moriría de gusto al verla.
Pagamos sin probarnos nada. Marisol dijo que esas cosas se prueban en casa, con calma, con una copa al lado.
Volvimos en su coche. Habló poco en el camino y puso una canción vieja, de las que escuchaba cuando era joven. Yo miraba por la ventana y pensaba en lo bien que se llevaban las cosas cuando no había que rendir cuentas a nadie.
—Sebastián tarda —dijo mirando el reloj al entrar—. Andrés también. Pasa, ponemos una película y nos olvidamos del mundo un rato.
Subimos a su habitación. Era la primera vez que entraba sola en ese cuarto. La cama era enorme, con sábanas claras, y el espejo de cuerpo entero apoyado contra la pared frente al armario. Marisol abrió un cajón de la cómoda y sacó una botella de licor de almendras escondida entre la ropa interior doblada.
—Andrés no sabe que la tengo —se rio—. Es mi secreto.
Sirvió dos copas. Brindamos sin decir nada y bebí más rápido de lo que debía. Encendió el televisor y puso una película que ninguna de las dos miró. Sacó las bolsas del día y empezó a colgar la ropa nueva. Cuando llegó a la lencería, levantó las cejas.
—Te toca probarte la tuya, nena.
—¿Ahora?
—Ahora. Y yo me pruebo la mía. A ver si acertamos los gustos.
Me encerré en el baño con el corazón un poco acelerado. Me desnudé despacio. Me puse las medias rojas, el tanga, el sujetador que dejaba todo a la vista. Me retoqué el pelo, pasé un dedo por los labios para borrar el carmín seco y me calcé otra vez los tacones que había usado todo el día. Me miré en el espejo. No me reconocí del todo.
Cuando volví a la habitación, Marisol estaba frente a su espejo, retocándose el labial. Me vio en el reflejo y se dio la vuelta despacio. El baby doll morado le sentaba como un guante. Las medias de encaje le marcaban los muslos. Caminó hasta ponerse los tacones, sin dejar de mirarme.
—Estás preciosa —dijo.
—Tú también.
Me cogió de la mano y me llevó frente al espejo grande. Nos quedamos las dos ahí, mirándonos. Ella me pasó las manos por la cintura, lentas, sin disimulo. Bajó hasta las nalgas y apretó con suavidad.
—Tienes un cuerpo de envidia, nena.
—El tuyo no se queda atrás.
Le rocé los pechos por encima del encaje. Era una broma, una respuesta de chica que sigue el juego, pero me detuve más de lo necesario. Ella no me apartó la mano. Sus dedos subieron a mi cara. Me rozó el labio inferior con el pulgar y me miró a los ojos.
—Me gustaría acostarme contigo —dijo en voz baja—. ¿Quieres?
No sé por qué dije que sí. Tal vez por el licor, tal vez porque llevaba toda la tarde mirándola sin saber que la miraba. Tal vez porque su voz no era la de mi suegra en ese momento, era la de una mujer que sabía exactamente lo que quería.
Me besó. Su boca era más blanda que cualquier boca que hubiera probado. Su lengua se movió dentro de la mía con una calma que no tenía Sebastián. Yo temblaba. Era la primera vez que estaba con una mujer y todo me parecía nuevo: el olor de su perfume mezclado con el mío, la suavidad de su pecho contra el mío, la manera en que sus uñas me recorrían la nuca.
Bajó una mano por mi vientre y se metió bajo el tanga. Sus dedos encontraron mis labios y la palma presionó el clítoris con un movimiento corto, conocido, hecho mil veces. Solté un gemido pequeño contra su boca. Ella sonrió sin separarse.
—Estás muy mojada, nena.
—Calla.
Se rio. Me besó el cuello, bajó por la clavícula, me dejó marcas de carmín en la piel que tardarían en irse. Me llevó hasta la cama y me empujó suave para que apoyara el torso boca abajo sobre el colchón. Las piernas se quedaron fuera, los tacones en el suelo. Me quitó el tanga con dos dedos.
Lo que vino después me costó procesarlo. Me abrió las nalgas y empezó a comerme con una lengua que sabía exactamente dónde ir. No era prisa, era método. Sus dedos entraban y salían de mí mientras la boca trabajaba en otro lado. Yo apretaba las sábanas con los puños y mordía la almohada para no gritar y que algún vecino la oyera.
***
Cuando terminó conmigo de espaldas, me hizo darme la vuelta de una nalgada blanda. Apenas abrí las piernas se lanzó contra mi sexo y me devoró. Hacía mucho que nadie me besaba ahí con tanta concentración. Sebastián era cariñoso pero apurado. Marisol era distinta. Cada lametón parecía meditado, cada caricia tenía intención. Le agarré la cabeza con una mano y con la otra jugué con mis pechos. Me daba vergüenza estar así delante de ella, pero la vergüenza se mezclaba con el placer y dejaba de pesar.
Me quité el sujetador. Quedé desnuda salvo las medias y los tacones, que se clavaban en el colchón cada vez que arqueaba la espalda. Ella subió los besos hasta mis muslos, lamió la piel por encima del encaje, levantó una de mis piernas hasta el aire y la besó por dentro. Sin avisar me metió dos dedos. Solté un gemido fuerte y miré al techo, después la miré a ella. Estaba lamiéndome el empeine, justo donde la tira del tacón apretaba la piel.
—Acaba para mí, nena —me pidió.
Cerré las piernas con su mano todavía dentro. Mi cuerpo se arqueó solo. Tuve un orgasmo largo, ruidoso, que me dejó temblando varios segundos. Ella siguió moviendo los dedos hasta que ya no podía más. Cuando los sacó, los chupó delante de mí, sin apartar la mirada.
Algo se rompió en ese instante. Me incorporé como si me hubieran soltado un resorte. Le agarré la mano, le saqué los dedos de la boca y los reemplacé con mi lengua. Fue un beso largo, sucio, sin reglas. Le quité el baby doll de un tirón. Sus pechos cayeron pesados contra mi cara y los chupé como si llevara meses esperándolos. Iba a meterle los dedos cuando me detuvo.
—Espera. Bájate.
Me bajé de la cama y me arrodillé en la alfombra. Ella se levantó frente a mí, abrió las piernas y se acercó hasta que su sexo me quedó a la altura de la boca. Me agarró la nuca y me apretó contra ella.
—Hazlo como te apetezca. Yo te guío.
Era la primera vez que comía a una mujer. Empecé despacio, lamiendo lo que sobresalía, probando un sabor que no conocía y que me gustó más de lo que esperaba. Su clítoris estaba duro, grande, fácil de encontrar. Movía la lengua como si lamiera otra cosa, sin saber muy bien qué estaba haciendo, pero ella gemía y eso me daba seguridad. Más arriba. Así. No pares. Yo iba siguiendo sus instrucciones como una alumna nueva. Quise pensar en Sebastián un segundo para calmarme, pero el cuerpo de su madre era demasiado evidente para pensar en nadie más.
—Métela —me dijo.
Metí la lengua. Su sexo era apretado y suave a la vez. Cada vez que la sacaba me llevaba un poco de ella en la boca. Mis manos subían y bajaban por sus muslos. Le agarré las medias, las estiré, las solté de golpe contra la piel. Ella se rio entre gemidos y dejó de darme instrucciones. Se rindió al disfrute.
Sentí sus piernas tensarse. Le tembló el vientre. Cuando llegó el orgasmo, llegó con sorpresa. Un chorro caliente me llenó la boca antes de que pudiera apartarme. Tragué lo que pude, me separé un poco, y todavía siguió mojándome la cara, el pelo, los pechos. Marisol gritó algo que no entendí. Cuando paró, se sentó en el borde de la cama tomando aire, los pechos subiendo y bajando.
Me levanté empapada y volví a besarla. Ella me lamió las gotas que tenía en el pecho y se rio bajito.
—No me había pasado nunca con nadie, nena. Nunca.
—¿Nunca habías estado con una mujer?
Negó con la cabeza. La miré con otros ojos. Tantos años casada, tantos años callando algo que ni ella misma sabía que llevaba dentro. Le di otro beso, más despacio.
Nos acostamos juntas. Yo entre sus piernas, ella debajo. Nuestros sexos se tocaban sin que nadie los guiara. Empecé a moverme con la cadera y ella me siguió. La posición era torpe y caliente al mismo tiempo. Le agarré los pechos, ella me agarró las nalgas, y a cada empuje íbamos más rápido. Yo me veía por encima del hombro en el espejo grande y la imagen me daba vergüenza y placer en partes iguales.
***
Y entonces se me fue la cabeza. Empecé a fantasear con Sebastián entrando por la puerta. No con horror, con deseo. Lo imaginaba detrás de mí, duro, viendo a su madre debajo de su mujer. Y peor todavía: lo imaginaba pasándome de largo, eligiéndola a ella, metiéndosela mientras yo miraba. Quería que la deseara. Quería verlos juntos delante de mis ojos. La fantasía se me coló sin pedir permiso y me hizo apretarme más contra Marisol.
Sentí su dedo en mi ano y abrí los ojos. Ella se estaba penetrando con la otra mano. Eso me terminó de empujar. Le di el beso más largo y morboso que pude. Mi cuerpo explotó por segunda vez. Bajé una mano y le metí dos dedos buscando ese punto que las mujeres encontramos más rápido que cualquier hombre. Tardó pocos segundos. Acabó otra vez, en silencio, mordiéndome el hombro.
Nos quedamos quietas. Nos miramos sonriendo, sin decir nada. Me dijo que había estado intensa al final, y yo no le conté la fantasía porque no encontré las palabras. Me acosté a su lado, con una pierna sobre la suya, y nos dimos besos pequeños hasta que el cansancio nos hizo cerrar los ojos.
Dormí mejor de lo que había dormido en meses.
Al día siguiente me vestí con mi ropa normal. Guardé la lencería al fondo del bolso. Cuando Sebastián pasó a buscarme me preguntó si lo habíamos pasado bien. Le dije que sí, que su madre era una mujer increíble, y le di un beso largo en la boca para callarme cualquier cosa que pudiera salirme.
De eso hace ya tres meses. Marisol y yo no hemos vuelto a estar solas. Nos miramos en las comidas familiares, nos rozamos la mano al pasar los platos, y nadie sospecha nada. Pero yo no dejo de pensar en aquella tarde. Y menos todavía dejo de pensar en la fantasía que se me apareció encima de ella, con su hijo metido en su sexo y yo mirando sin poder intervenir.
A veces me pregunto si Sebastián tendrá algo parecido en la cabeza con su madre. Si lo provoco con cuidado, si le suelto la idea poco a poco, ¿estallará o me echará de casa? ¿Le cuento primero a él o me animo a contarle a Marisol mi fantasía? Las dos puertas me dan miedo. Las dos me calientan.
Vosotras que leéis tantas historias, ¿qué haríais en mi lugar?