La sobrina del jefe me besó durante el apagón
Mi primer trabajo fue en un cibercafé del barrio. La tarea no tenía mucha ciencia: cobrar las horas de las computadoras, sacar fotocopias, vender recargas de saldo y, cuando no había clientes, barrer el suelo o acomodar las cajas de la bodega del fondo. El sueldo era modesto, pero para alguien que recién empezaba a moverse por su cuenta era más que digno.
Iba a la preparatoria por la mañana, hacía la tarea después de comer y a las cinco en punto ya estaba abriendo el local. Cerraba a las ocho. Casi siempre estaba sola en el mostrador, aunque la familia de mi jefe entraba y salía con frecuencia, porque la puerta del fondo conectaba el cibercafé con la cocina de su casa. Lo usaban como acceso secundario y, de paso, como excusa para preguntarme si ya había merendado.
Todos eran amables. La esposa de mi jefe me bajaba a veces un plato de arroz con guisado, y yo se lo agradecía con la sonrisa más sincera que tenía. Pero la persona que de verdad me marcó esos meses fue su sobrina: Camila.
Camila tenía diecinueve años, uno más que yo. Era de esas chicas que no parecían darse cuenta del efecto que provocaban, o quizá se daban cuenta perfectamente y disfrutaban no decirlo. Jugaba al softbol en un club cercano y pasaba por el cibercafé después de cada entrenamiento, con el pelo todavía recogido en una coleta y la mochila colgando de un hombro.
Tenía piernas firmes, de esas que se notan incluso bajo un pantalón ancho, y siempre llevaba shorts deportivos que parecían tres tallas más chicos de lo que debían. Las camisetas amplias no disimulaban nada; al contrario, marcaban la forma de sus pechos cada vez que se inclinaba sobre el mostrador para verme acomodar los tickets.
Al principio nos saludábamos y poco más. Después empezó a quedarse cinco minutos, luego diez. Apoyaba los codos en la madera del mostrador, me hacía preguntas tontas sobre la escuela y se reía con una sonrisa medio torcida que me ponía las mejillas calientes sin que yo entendiera por qué. Bueno, sí entendía. Lo que no aceptaba era que estuviera entendiendo bien.
No es lo que estás pensando, me repetía cada noche al cerrar el candado del local. Solo es simpática.
Pero las fantasías llegaban igual, sobre todo cuando estaba sola en mi cuarto y se apagaba la luz.
***
Aquella tarde el cielo se vino abajo. Llevaba dos horas lloviendo sin descanso cuando me di cuenta de que la calle se había convertido en un río. No había clientes. Yo estaba en falda, sin suéter, secando el agua que entraba por debajo de la puerta con un trapo viejo y maldiciendo el frío.
Entonces Camila entró corriendo, empapada hasta los huesos.
La camiseta blanca se le había pegado al cuerpo como una segunda piel. El short deportivo le chorreaba agua por las piernas, dejando un reguero hasta donde se detuvo, justo enfrente del mostrador. La coleta se le había deshecho a medias y el flequillo le caía sobre los ojos.
—Perdón por entrar así, voy a mojarte todo —dijo, tratando de quitarse el agua de la cara con el dorso de la mano.
—No te preocupes —respondí, y me odié por lo nerviosa que sonó mi voz.
—Me agarró la tormenta a tres cuadras. Se me quedó el paraguas en el club.
—Te vas a enfermar si sigues así.
No pude evitarlo. La camiseta blanca se le había vuelto transparente y el sostén oscuro debajo se notaba como si no llevara nada encima. Aparté la vista, pero no antes de que algo se me apretara en el estómago.
—Voy a ver si hay toallas en la bodega —dije, dándole la espalda casi a propósito para que no me viera la cara.
Caminé hasta el cuarto del fondo, encendí la luz y empecé a revolver las cajas. Tenía la cabeza demasiado caliente para concentrarme. Encontré dos toallas medio limpias debajo de unos cuadernos de muestra y, en el momento exacto en que las saqué, la luz se apagó.
Miré el interruptor. Seguía hacia arriba. No era un cortocircuito mío; era la tormenta, que había tumbado el suministro del barrio entero.
—¿Las encontraste? —Camila apareció en el marco de la puerta, una silueta recortada por la poca claridad gris que llegaba desde el local.
—Sí. Si quieres puedes secarte aquí antes de subir.
Aceptó sin decir más. Entró, le pasé una toalla y me quedé apoyada en el umbral, vigilando el mostrador y esperando que volviera la corriente. La oía moverse a mi espalda. La oía respirar. La oía pasar la tela por la piel con un sonido suave y húmedo que no podía sacarme de la cabeza.
Cuando giré, sin querer, había dejado la camiseta colgando del borde de una caja y estaba exprimiéndola sobre la cubeta de fregar el suelo. El sostén oscuro le marcaba el contorno de los pechos, todavía mojados, brillantes a la luz que se filtraba desde la puerta.
Aparté la mirada al segundo. Tarde.
—¿Te incomoda? —preguntó, con esa sonrisa.
—No, perdón. No había visto que…
—Mírame si quieres —dijo, sin reproche. Como si fuera la cosa más natural del mundo.
Me ardía la cara. Me ardía todo. Camila siguió secándose, ahora pasándose la toalla por los muslos, y cada movimiento separaba un poco más el sostén de la piel. Yo daba miraditas culpables, rápidas, como una ladrona. No me sentía así desde aquella madrugada de julio en casa de Lorena, cuando dormimos en la misma cama y yo no pude pegar un ojo.
Estás trabajando, me dije. Compórtate.
Camila se enderezó, se acercó despacio y se paró frente a mí con la camiseta arrugada todavía en la mano. Me sostuvo la mirada un segundo, dos, tres. La dejó caer al piso. Y entonces me besó.
***
Fue un beso torpe, casi tímido, pero bastó. Cuando se separó, ya ninguna de las dos quería irse a ningún lado. El olor a lluvia se mezclaba con el de su piel y me había quedado sin excusas mentales.
Se inclinó hacia mi oído.
—He visto cómo me miras —susurró—. No me molesta. Eres linda.
Lo que siguió fue una mezcla de torpeza y deseo. Yo nunca había tocado a una mujer así. Lo más cerca que había estado de algo parecido era esa madrugada de julio, una almohada y demasiada imaginación. Pero ahora sus manos estaban en mi cintura, las mías en su espalda, y la bodega olía a tormenta y a algo que todavía no sabía nombrar.
—Estás temblando —me dijo contra la boca.
—No es de frío.
Volvió a besarme, esta vez más firme. Sus dedos se metieron bajo mi blusa y rozaron la piel de mi espalda; un escalofrío me recorrió de arriba abajo. Pasé la mano por encima del sostén oscuro, todavía húmedo, y al apretar suavemente Camila soltó un gemido bajo, contenido, que me prendió como un cerillo.
Me tomó la muñeca y me guió hasta el broche. Lo desabroché casi sin pensarlo. La prenda cayó al suelo, sobre la camiseta, y por un segundo me quedé quieta, mirándola.
—Voy a creer que nunca habías visto otra —dijo, divertida.
—No así —admití.
Bajé los labios por su cuello, despacio, y le besé la clavícula, el hombro, el contorno de los pechos. Camila se dejó hacer un rato y después, impaciente, me empujó suavemente contra la pared del fondo, entre las cajas de papel y los garrafones vacíos. Me mordió la curva del cuello y sentí las rodillas ceder.
Su short mojado rozó mi muslo. Lo agarré por la pretina y se lo bajé con una facilidad que no me reconocía, hasta los tobillos. Tuve que parpadear dos veces para asimilar lo que estaba viendo.
No supe quién guió a quién. De pronto estábamos enredadas entre las cajas, con la lluvia sonando contra el techo de chapa como un murmullo lejano. Sus dedos se deslizaron por debajo de mi falda y rozaron el borde de mi ropa interior, donde ya hacía rato que la humedad no era de lluvia. Cuando encontraron mi punto sensible y empezaron a moverse en círculos lentísimos, arqueé la espalda contra la pared y se me escapó un jadeo que no logré tragarme.
Yo no quise quedarme atrás. Bajé la mano por su vientre, plano y duro de tanto correr en el club, hasta el calor entre sus muslos. Camila separó las piernas un poco y movió las caderas para guiarme. Cuando mis dedos se hundieron en ella, un gemido ronco le vibró contra mi cuello.
Nos movimos al mismo ritmo, sin acuerdo previo, una respondiendo a la otra. La oía respirar entrecortada y sentía cómo se cerraba alrededor de mí. Mi otra mano subió a su pecho, jugó con el pezón endurecido y le arrancó otro temblor.
Camila apretó el paso con los dedos, curvándolos dentro de mí con una precisión que me llevó al borde demasiado rápido. Yo respondí igual, presionando más fuerte. Un calor abrasador se me acumuló en el vientre y empezó a expandirse en oleadas. Le clavé las uñas en la espalda sin querer.
Ella llegó primero. Se tensó como un arco contra mí, ahogó un gemido contra mi hombro y eso fue suficiente para empujarme a mí también. Me deshice en espasmos largos, temblando, sosteniéndome de ella para no caer.
***
Quedamos un momento abrazadas, jadeando, sin saber qué decir. La lluvia seguía golpeando afuera. Después se movió con una lentitud que parecía premeditada, como si supiera exactamente lo que quería enseñarme a continuación.
Se arrodilló frente a mí. Me subió la blusa unos centímetros y me besó el vientre, dejando un rastro húmedo con la lengua. La sensibilidad después del orgasmo me hizo arquearme de nuevo. Sus manos me separaron los muslos con firmeza y, cuando sentí su aliento cálido sobre mi piel más sensible, gemí antes incluso de que me tocara.
La primera pasada de su lengua fue suave, casi exploratoria. La segunda, más profunda. Después succionó con delicadeza y luego con verdadera hambre. Mis caderas se alzaron solas; le tomé el pelo y la apreté contra mí sin pensar.
Metió dos dedos dentro de mí mientras la boca no paraba. El segundo orgasmo me cayó encima como una ola. Mordí mi propio antebrazo para que no se oyera en el local. Quedó esa imagen clavada por años: ella arrodillada, mirándome desde abajo, con los labios brillantes.
No pensaba quedarme en deuda. La levanté despacio, la giré contra la pared y empecé un camino de besos por la nuca, por la espalda, hasta la curva firme de sus glúteos. Tenían la marca del deporte, redondos y trabajados. Los abrí con las manos, vacilé un segundo y bajé la cabeza.
Un sabor salado, denso, distinto a todo lo que había probado. La lengua trabajó por instinto, en círculos lentos, succionando lo que encontraba. Camila ahogaba los gemidos contra el antebrazo apoyado en la pared, pero algunos se le escapaban igual y se mezclaban con el ruido del agua afuera.
Cuando llegó por segunda vez, le temblaron las piernas y casi se viene al suelo. La sostuve por las caderas, sin parar, hasta que me apartó suave de los hombros porque ya no aguantaba más.
***
Nos sentamos en el piso, una al lado de la otra, con la espalda contra las cajas y la respiración rota. Tardamos en hablar. Después llegaron las risas, esas risas tímidas y satisfechas que aparecen cuando ya no hay nada que esconder.
Camila me miró de costado con la sonrisa de siempre.
—Nada mal para alguien de tu edad —dijo.
No supe qué contestar. Solo me reí, con el corazón todavía a mil y la certeza de que algo había cambiado de manera definitiva.
Nos levantamos. Yo me acomodé la falda y la blusa; ella se peleó con la camiseta mojada que se le había arrugado en el piso. Justo en ese instante, como si alguien lo hubiera calculado, la luz volvió. Iluminó la bodega y dejó al descubierto dos manchas húmedas en el suelo, allí donde habíamos estado sentadas.
Le di un último beso rápido y, en el segundo en el que íbamos a separarnos, sonó la campanilla del mostrador. Un cliente. Salí casi corriendo a atenderlo, tratando de que no se me notara nada.
Camila apareció un minuto después, peinándose con los dedos. Cruzamos miradas. Me guiñó un ojo y desapareció por la puerta que conectaba con la casa.
Durante los tres meses siguientes, hasta que terminó la temporada de lluvias, nuestros encuentros se volvieron una rutina secreta con dos reglas no escritas: que fueran rápidos, y que siempre quedaran disimulados por el ruido del agua afuera.
Cuando paró de llover, paramos también. Pero el recuerdo de aquel primer trabajo me lo quedo entero, sin descontar ni una gota.