La amiga de mi hija me confesó que me deseaba
Quiero contar lo que me pasó porque escribirlo me ayuda a creérmelo. Hace años que leo este tipo de relatos a escondidas, y nunca pensé que un día tendría algo mío que aportar. Pero aquí estoy, escribiendo desde el sofá de mi casa, con una taza de café que ya se enfrió, intentando explicar cómo es que a los cuarenta y cuatro años descubrí algo de mí que ni siquiera había sospechado.
Me llamo Mercedes. Soy divorciada desde hace cuatro años. Dejé al padre de mis hijas cuando ya no aguantaba más sus gritos en la cocina ni la forma en que me hablaba delante de las niñas, como si yo fuera una empleada lenta a la que había que repetirle todo dos veces. La mayor, Daniela, tenía dieciocho cuando firmé los papeles; Sara, la pequeña, acababa de cumplir trece. Hoy una está terminando la carrera y la otra entra al bachillerato el curso que viene. Las dos lo encajaron mejor de lo que yo esperaba. Creo que en el fondo, ellas también estaban hartas.
Soy una mujer corriente. Mido un metro cincuenta y ocho, peso lo justo, tengo bastante pecho para mi cuerpo y, después de criar a dos niñas a base de tetada, eso se nota. No me quejo. Me miro al espejo y veo a una mujer que ha sobrevivido. Eso me basta la mayoría de los días.
Mi vida después del divorcio se fue acomodando alrededor de la rutina del barrio. Vivo en una calle estrecha de casas pegadas, donde todo el mundo se conoce desde hace décadas y las puertas suelen estar abiertas. Mi vecina de enfrente, Begoña, fue mi salvavidas en los meses más duros. Hablábamos a diario, a veces en el rellano, a veces sentadas en el banco de la esquina mientras fumábamos un cigarro a escondidas de sus hijos y de los míos. Begoña tiene una hija un año menor que Daniela. Se llama Lucía, y desde pequeñas eran inseparables.
Lucía siempre fue una chica diferente. Llevaba el pelo muy corto, vestía pantalones anchos y camisas de hombre, y caminaba con esa seguridad que a mí me faltaba a su edad. Todo el barrio lo sabía, aunque nadie se lo decía a la cara. A mí me daba igual; era buena chica, simpática, educada, y le tenía un cariño enorme. Cuando Daniela se iba a estudiar fuera los fines de semana, Lucía pasaba por casa a verme. Decía que no quería que me sintiera sola. Nos partíamos de risa viendo programas de cotilleo y comiendo pipas en el sofá. Éramos amigas. Eso era todo. O eso creía yo.
***
Una tarde de mayo, hace algo más de un año, Lucía vino a casa con una cara distinta. La conozco lo suficiente como para saber cuándo algo le anda dando vueltas en la cabeza. Se sentó en el filo del sofá, sin apoyar la espalda, y empezó a darle vueltas a la pulsera que llevaba en la muñeca.
—Mercedes, tengo que decirte una cosa y prefiero soltarla de golpe —dijo.
Yo bajé el volumen de la televisión y la miré.
—Dime, cariño.
—Me gustas. No como amiga. Me gustas tú.
Me quedé sin palabras. No sé cuánto tiempo tardé en reaccionar. Pude haberle dicho cualquier cosa, pude haber soltado una broma, pero me quedé mirándola con la boca entreabierta como una tonta. Ella se levantó, se pasó las manos por el pelo y siguió hablando, ahora más deprisa, como si tuviera miedo de arrepentirse.
—No te lo digo para que pase nada. Te lo digo porque me ahogaba callármelo. Sé que tú no eres de esas y no espero nada. Solo quería que lo supieras. Y quería decirte también que tienes que salir más, que mereces que alguien te quiera bien, que no te conformes con estar sola por cómo te dejó él.
Tragué saliva. Intenté responder algo coherente.
—Lucía, eres una niña. Tienes diecinueve años.
—Tengo veinte la semana que viene —dijo medio sonriendo—. Y no soy una niña.
Nos quedamos las dos en silencio un rato larguísimo. Le dije que necesitaba pensar, que no sabía qué decirle, que la quería mucho como amiga y que no quería que aquello rompiera nada. Ella asintió, me dio un beso en la mejilla y se fue.
Esa noche no pegué ojo. Me di cuenta de dos cosas a la vez. La primera, que no estaba enfadada. La segunda, que me había gustado que me lo dijera. Llevaba años sin sentirme deseada por nadie, y de repente la chica de enfrente, esa muchacha guapa de ojos oscuros y manos firmes, me había puesto en la cara que yo todavía era algo. Me metí la mano por debajo del pijama sin pensarlo, casi sin permiso, y me encontré el coño mojado como no lo había estado en años. Me froté el clítoris despacio, imaginándome su boca ahí, y me corrí mordiendo la almohada para no despertar a las niñas. Eso me dejó dándole vueltas a la almohada hasta el amanecer.
***
Lucía desapareció durante casi dos semanas. No venía a casa, no me cruzaba con ella en la calle, y cuando le preguntaba a Begoña, su madre se encogía de hombros y decía que estaba rara. Yo sabía por qué. Me dio una pena enorme.
Al final fui yo la que llamé a su puerta. Le pedí que bajáramos a tomar un café al bar de la esquina. Aceptó sin mirarme a los ojos. Caminamos en silencio hasta la mesa del fondo, esa que casi nadie usa porque está debajo del aire acondicionado.
—No quiero perder a mi amiga —le dije—. Eso para empezar. Y te quiero pedir perdón por haberme quedado muda el otro día. Me pillaste tan de sorpresa que no supe responder.
—No tienes que pedirme perdón —contestó ella.
—Sí tengo. Porque lo que me dijiste me hizo bien. Me hizo sentir bien. Y te lo escondí.
Levantó la cabeza despacio. Tenía los ojos vidriosos.
—¿En serio?
—En serio. No sé qué hacer con eso, Lucía. No sé qué pensar. Pero no quiero que te alejes de mí.
Aquella tarde volvimos a casa juntas. Le dije que me acompañara a hacer unos recados al centro y caminamos un rato por las calles del casco viejo, hablando de todo y de nada. Era extraño. Por momentos parecía que iba con mi hija. Por momentos no. Por momentos sentía que ella me miraba cuando yo no me daba cuenta, y cuando giraba la cabeza, le pillaba apartando la vista. Era un juego nuevo y no sabía las reglas.
Pasaron unos días más, volvimos a las tardes de sofá y de risas, y poco a poco nos relajamos. Las miradas seguían ahí, pero ya no nos quemaban.
***
Una tarde de jueves estábamos las dos solas en mi casa. Mis hijas habían salido y la tele daba un programa que ninguna de las dos veía de verdad. Nos reíamos por una tontería, no recuerdo bien cuál, y de pronto me giré y le dije:
—Bésame.
Lucía se quedó quieta.
—¿Estás segura?
—Quiero saber qué se siente. Solo eso.
Se acercó despacio, sin tocarme con las manos. Apoyó los labios en los míos con una delicadeza que jamás había recibido de un hombre. Era un beso limpio, sin prisa, sin lengua al principio. Olía a champú y a jabón blanco. Cuando me separé, tenía el corazón en la garganta.
—Otra vez —le pedí.
Esta vez no fue tan tímido. Me sujetó la nuca con una mano y abrió un poco la boca. Sentí su lengua suavecita rozar la mía, y noté un calor que me bajó por el cuello hasta el estómago, directo a las bragas. Le dejé las manos en la cintura, debajo de la camiseta, y noté su piel firme, sin marcas ni operaciones, una piel joven que olvidé que existía. Ella subió una mano despacio por mi costado y me apretó una teta por encima del sujetador, y yo solté un gemido contra su boca que ni yo misma me esperaba.
—Joder, Mercedes —murmuró contra mis labios.
Nos besamos durante mucho rato, cada vez más cerdas, con la lengua entera dentro de la boca de la otra, mordiéndonos los labios. Empecé a tocarla con torpeza, sin saber dónde poner las manos, hasta que le agarré una teta pequeña y firme por debajo de la camisa y le pellizqué el pezón que ya tenía duro. Ella se rió bajito y me metió la mano por debajo de la falda, subiendo por el muslo hasta rozarme el coño por encima de las bragas. Estaba empapada. Se me escapó un jadeo cuando me apretó el clítoris con la yema del dedo por encima de la tela.
—Estás mojadísima —me dijo al oído.
Me asusté de lo que me estaba pasando por dentro. Le pedí que paráramos. Ella se separó al momento, sin protestar, y se quedó sentada esperando a que yo volviera a respirar normal, con la mano todavía temblando sobre mi rodilla.
—Tranquila, Mercedes. No tiene que pasar nada que tú no quieras.
Al día siguiente la llamé por teléfono. Hablamos casi dos horas. Le dije que quería intentarlo, que no podía prometerle nada, que no sabía adónde iba aquello pero que no quería frenarlo. Aceptó sin pedirme garantías.
***
El sábado siguiente se alinearon los planetas. Daniela se iba con la familia de una amiga a pasar el fin de semana en Peñíscola. Sara dormía fuera, en el cumpleaños de una compañera del instituto que se celebraba en una casa de campo. Yo me iba a quedar sola en casa por primera vez en meses. Le mandé un mensaje a Lucía.
«Ven a cenar. Y trae cepillo de dientes».
Llegó a las nueve, con una botella de vino blanco y la sonrisa más nerviosa que le había visto nunca. Cenamos cualquier cosa, pasta con un par de latas, sentadas en la mesa de la cocina. Hablábamos poco. Ella se levantaba a buscar el sacacorchos, yo me levantaba a buscar la sal, y cada vez que nos cruzábamos en el medio metro entre la nevera y la encimera, nos rozábamos a propósito.
Después de cenar nos sentamos en el sofá. Encendimos la tele para tener un ruido de fondo. Lucía apoyó la mano sobre mi muslo, por encima del pantalón, y la dejó ahí, sin moverla. Yo cerré los ojos. Esa quietud me puso más nerviosa que cualquier caricia.
Empezamos a besarnos como adolescentes, primero en el sofá, después de pie en el pasillo, después contra la puerta del dormitorio. Me metió la rodilla entre las piernas y yo empecé a restregarme contra su muslo sin poder controlarlo, como una perra en celo, apretando el coño contra ella por encima de los vaqueros. Me desnudó despacio, prenda por prenda, como si me estuviera quitando una venda. Me bajó la cremallera de la falda y la dejó caer al suelo. Me sacó la blusa por la cabeza. Cuando me vio en sujetador, se quedó mirándome un segundo y me dijo:
—Eres preciosa.
Yo solté una risa floja y le contesté que no dijera tonterías. Pero lo dijo con tanta convicción que me la creí media hora más tarde, cuando me tenía tumbada en la cama con las tetas al aire y me besaba el cuello con esa boca pequeña y caliente.
Me desabrochó el sujetador con una mano, mirándome a los ojos, y cuando se me cayeron las tetas sueltas sobre el pecho soltó un gruñido bajito y bajó la cabeza para chupármelas. Me metió un pezón entero en la boca, y con la lengua empezó a darle vueltas alrededor mientras me apretaba la otra teta con la mano. Yo arqueé la espalda contra el colchón. Nunca me habían chupado las tetas así, con hambre, como si fueran lo único que le importaba en el mundo. Pasó de un pezón a otro, mordiéndolos suavecito, tirando de ellos con los labios hasta dejármelos hinchados y rojos. Me metió una mano por dentro de las bragas y encontró el coño chorreando.
—Madre mía, Mercedes. Estás empapada.
—Cállate y sigue —le contesté, con una voz que no reconocí como mía.
Me arrancó las bragas de un tirón por los tobillos. Se quedó de rodillas al pie de la cama, mirándome abierta de piernas ante ella, y no dijo nada durante unos segundos. Yo pasé la vergüenza de mi vida y a la vez la mayor calentura de mi vida. Ella se acercó despacio, me separó los muslos con las dos manos, y me sopló el coño antes de tocarlo, y solo con eso ya sentí un tirón por dentro. Empezó a besarme la cara interna de los muslos, subiendo, bajando, sin llegar nunca a donde yo quería, hasta que le agarré la cabeza con las dos manos y le pedí por favor.
—Por favor, Lucía, cómemelo ya.
Bajó la boca sobre mi coño y me lo lamió entero de abajo arriba, con la lengua plana, sin prisa, como si estuviera saboreando un helado. Solté un grito. Me lo comió durante minutos larguísimos, alternando lengüetazos anchos con chupetones directos al clítoris, metiéndome la lengua entre los labios del coño y sacándola brillante de mis flujos. Cuando notó que empezaba a temblarle a los muslos, me metió dos dedos dentro sin dejar de chuparme el clítoris, y me curvó los dedos buscando ese punto que ningún hombre había encontrado en veinte años. Lo encontró a la primera. Me corrí gritando, agarrada al cabecero con las dos manos, con las piernas cerradas alrededor de su cabeza. Ella no paró. Me siguió chupando mientras yo temblaba, hasta que me corrí otra vez seguida, más fuerte, tan fuerte que me quedé sin voz.
Cuando por fin levantó la cara, tenía la barbilla brillante hasta el cuello y una sonrisa de tonta. Se subió a la cama, se puso encima de mí y me besó en la boca, y yo me probé a mí misma en su lengua. Me pareció lo más guarro y más bonito del mundo a la vez.
—Ahora tú —me dijo.
La desnudé con manos torpes. Le quité la camisa de hombre botón a botón, le bajé los pantalones anchos por las caderas estrechas, y me la encontré sin sujetador debajo, con dos pechos pequeños de pezones oscuros. Le di un beso en cada uno antes de bajar. Nunca en mi vida había tocado un coño que no fuera el mío. Me quedé mirándolo unos segundos, muerta de miedo y muerta de ganas a la vez. Ella abrió las piernas y me guio la cabeza sin presionar, dejándome tomar mi ritmo.
—Haz lo que te apetezca. Todo me va a gustar.
Le pasé la lengua entera por la vulva, de abajo arriba, como me había hecho ella. Sabía a sal y a algo dulce a la vez. Me perdí el miedo en la segunda lamida. Encontré su clítoris pequeño y duro y empecé a mamárselo despacio, con los labios, mientras le metía un dedo dentro con cuidado. Lucía gimió alto, agarró las sábanas, arqueó las caderas contra mi boca. Eso me dio valor. Le metí un segundo dedo y aceleré la lengua. Ella empezó a decirme guarradas.
—Sigue así, joder, mámame el coño, me estoy corriendo, me estoy corriendo, Mercedes...
Se corrió apretándome la cara contra su coño, con los muslos cerrados alrededor de mi cabeza y una serie de gemidos cortos que me pusieron a mí otra vez a punto sin tocarme.
Hicimos el amor durante horas. No exagero. Empezamos sobre las once y vimos amanecer abrazadas. Nos comimos por turnos, nos frotamos los coños uno contra otro con las piernas entrelazadas, nos metimos los dedos hasta que ya no sabíamos de quién eran las manos, nos corrimos las dos a la vez con las lenguas en la boca de la otra. Me hizo cosas que jamás había probado, y otras que sí, pero nunca de aquella manera. Me lamió el culo también, sin avisar, y me arrancó un gemido que no sabía que estaba dentro de mí. Lo más sorprendente no fue el sexo en sí; fue la paciencia. Lucía no tenía prisa. Se tomó su tiempo con cada parte de mi cuerpo, sin pedir nada a cambio, hasta que dejé de pensar y solo sentí.
Al amanecer estábamos las dos en silencio, mirando el techo. Me giré y le dije medio en broma:
—¿Y ahora qué somos? ¿Novias?
—Eso depende de ti —contestó ella.
—Pues novias.
Se incorporó sobre un codo, me miró con los ojos brillantes y me pidió que me sentara sobre su cara. Me subí a la cama con las rodillas a cada lado de su cabeza, agarrada al cabecero por delante, y bajé despacio hasta apoyarle el coño en la boca. Ella me agarró el culo con las dos manos, me clavó los dedos en las nalgas y me tiró hacia abajo, obligándome a sentarme del todo sobre su cara. Empezó a comerme como una hambrienta, con la lengua metida hasta el fondo, meneando la cabeza contra mi coño. Yo me agarré al cabecero con las dos manos y empecé a frotarme sobre su boca sin poder pararme, cabalgándole la lengua, mirando cómo mi coño se restregaba sobre su cara mientras ella abría los ojos para mirarme desde abajo. Me metió la lengua en el culo también, alternando, y con un dedo se puso a jugarme el clítoris al mismo tiempo. Me hizo temblar de una manera que yo creía reservada a las películas. Me corrí encima de su boca dos veces seguidas y me caí desplomada a su lado, empapada de sudor y de saliva, con el coño palpitando como si tuviera vida propia.
***
Hablar con Begoña fue más fácil de lo que pensábamos. Su madre nos escuchó, se quedó callada un momento, y luego soltó una carcajada y dijo que llevaba años esperando esa conversación. Con Daniela fue distinto. Se sorprendió, le costó un par de días digerirlo, y al final me abrazó y me dijo que solo quería que estuviera bien. Sara, con sus dieciséis, lo aceptó como aceptan los adolescentes las cosas raras: con un encogimiento de hombros y un «vale, mamá, lo que tú digas».
Llevamos algo más de un año juntas. No vamos pregonándolo por el barrio, pero tampoco nos escondemos. Lucía se queda a dormir varias noches a la semana, incluso cuando las niñas están en casa. Ellas saben dónde duerme. Lo respetan. A veces desayunamos los cuatro y parece la cosa más natural del mundo.
Mi vida sexual es la que nunca tuve. Tengo orgasmos que antes creía que se inventaban en las novelas. Me río más, duermo mejor, me visto con más cuidado. He vuelto a sentirme mujer, y no porque alguien me lo haya dicho, sino porque yo misma me lo creo cuando me miro al espejo, con el coño todavía dolorido de la noche anterior y una sonrisa que no se me borra.
Escribo todo esto con su permiso. Lucía me ha leído el borrador y se ha reído con algunas partes. Creo que voy a seguir contando lo que vivimos, porque aún quedan muchas cosas que me gustaría compartir. Por ahora me quedo con esta primera, la del día en que me atreví a decirle que me besara y descubrí que el deseo no entiende de edades, ni de géneros, ni de lo que el barrio espera de una.