Mariela me eligió como su sumisa en una app de libros
Tenía dieciocho años recién cumplidos cuando descubrí Athenea, una aplicación pequeña donde la gente publicaba relatos por capítulos. No la usaba para leer. La usaba para perder el tiempo entre clases, mientras esperaba que un chico al que llamaba mi «casi algo» se dignara a contestarme los mensajes.
Aquel chico se llamaba Tomás. Cuando estaba de buen humor me trataba como si fuera la única mujer del mundo. Cuando no, podía pasarse tres días en silencio o aparecer borracho y agresivo.
La relación intermitente que teníamos me había enseñado dos cosas: que no quería seguir esperándolo, y que necesitaba aprender a desearme yo sola, sin pedir permiso.
Entonces apareció la publicación.
«Busco una baby. Mayor de edad. Discreción absoluta. Reglas claras. Escribir solo si saben lo que es ddlg.»
La firmaba una usuaria que se hacía llamar @ama_mariela. Su foto de perfil era un primer plano de unos labios pintados de rojo oscuro. Nada más.
Yo sabía perfectamente lo que era. Llevaba meses leyendo foros a escondidas, viendo videos, fantaseando con la idea de tener a alguien que me ordenara cuándo dormir, cuándo comer, cuándo correrme. La diferencia entre saberlo y atreverme era una pantalla y dos minutos de coraje.
Respondí su historia.
—Hola, vi tu publicación. Me interesa.
Tardó una hora en contestar. Lo sé porque conté cada minuto.
—¿Edad? —escribió.
—Dieciocho.
—¿Experiencia previa?
—Ninguna real. Solo lo que leí.
—Eso me gusta. Las que vienen entrenadas traen mañas que no son mías.
Esa noche no dormí.
***
Mariela tenía veintiséis años, vivía en otra ciudad y trabajaba dando clases particulares de inglés. Lo supe después de una semana entera de mensajes en los que ella preguntaba más de lo que respondía.
Cuál era mi color favorito. A qué hora me despertaba. Qué hacía cuando estaba sola en mi cuarto. Si me masturbaba pensando en hombres o en mujeres.
Le dije la verdad: en mujeres. Llevaba años diciéndome a mí misma que era una fase, y aquella noche, frente a una desconocida que ni siquiera sabía mi nombre real, lo confesé sin titubear.
—Bien —respondió—. Eso simplifica todo.
A los pocos días me envió un documento con las reglas. Eran veintitrés. Algunas me parecieron exageradas. Otras, francamente excitantes. Acordamos modificar cuatro. Las demás las firmé virtualmente, escribiendo mi nombre completo al final del documento como si aquello fuera un contrato real.
Las normas que más recuerdo eran simples y absolutas.
«Mi niña no se toca sin permiso.»
«Mi niña responde antes de cinco minutos cuando la llamo.»
«Mi niña usa la palabra de seguridad sin vergüenza.»
«Mi niña me dice mami cuando estamos en sesión.»
Ese fue el primer escalón. Llamarla mami por mensaje. Después por audio. Después por videollamada. Cada paso fue calculado por ella, no por mí.
***
La primera sesión completa la tuvimos un viernes a las once de la noche. Mi madre dormía en la habitación de al lado y yo había colgado una toalla en la rendija de la puerta para que no se filtrara la luz del teléfono.
—Quiero verte —escribió Mariela.
—Está mi mamá durmiendo.
—Por eso. Más silenciosa vas a tener que ser.
Acepté la videollamada con el corazón golpeándome el cuello. Su cara apareció en la pantalla por primera vez. Castaña, pelo a los hombros, ojos oscuros, los mismos labios rojos de la foto de perfil. Estaba sentada en una silla negra, con una camisa blanca abierta hasta el tercer botón.
—Hola, mami —susurré.
—Hola, mi amor. Sacate la remera.
No discutí. Me la saqué.
—El corpiño también.
Lo hice.
—Las manos a los costados. No te muevas.
Me quedé así, sentada en mi cama con la espalda apoyada en la pared, expuesta frente a una mujer a la que no había tocado nunca. Ella no decía nada. Solo me miraba. La cámara captaba mi respiración acelerada y los pezones endureciéndose por el frío y por su silencio.
—Sos hermosa —dijo después de un minuto larguísimo—. Y sos mía.
Esa palabra, «mía», me golpeó más que cualquier orden directa.
—¿Tenés algo con qué taparte la boca? —preguntó.
Tomé el pañuelo que usaba para el pelo y se lo mostré.
—Mordelo. No quiero que tu mamá te escuche.
Lo mordí.
—Ahora abrí las piernas. Despacio. Quiero ver todo.
Obedecí. No sé cuánto duró aquella primera sesión. Sé que terminé con el pañuelo empapado de saliva y las piernas temblando, y que Mariela me hizo pedir permiso tres veces antes de dejarme acabar.
—Decímelo otra vez.
—Por favor, mami.
—No te oigo.
—Por favor, mami, dejame acabar.
—Acabá para mí. Mirándome.
Lo hice mirándola. Y cuando terminé, ella sonrió como quien acaba de ganar algo.
***
Las semanas siguientes se convirtieron en una rutina extraña. De lunes a jueves vivía mi vida normal: clases, almuerzos con mis amigas, llamadas eternas con Tomás que ya casi no me importaban.
Los viernes a las once en punto, sin que ella me lo recordara, yo estaba lista. Bañada, depilada, con la habitación a oscuras, el teléfono cargado y la toalla en la puerta.
Mariela fue subiendo el grado de las sesiones poco a poco. Primero solo videollamadas y órdenes. Después me pidió que comprara cosas: una venda de tela, un par de medias largas, una vela que no fuera perfumada.
Yo gastaba la plata que ahorraba dando clases de matemática a chicos del barrio y mentía en casa diciendo que me compraba ropa.
Una noche me ordenó que me atara las muñecas a la cabecera de la cama con las medias.
—Probá si podés zafarte —dijo.
Probé. No pude.
—Bien. Ahora sos solo mía.
Esa noche apagó la cámara de su lado. Solo escuché su voz durante cuarenta minutos, dándome instrucciones que yo solo podía obedecer con las caderas y la respiración, porque las manos no me servían.
Me dijo cuándo subir el ritmo, cuándo bajarlo, cuándo parar al borde y esperar. Me hizo esperar cinco veces. La quinta vez lloré de frustración.
—Eso es lo que quería —dijo entonces—. Ahora sí. Acabá.
Acabé llorando. Cuando colgamos, le mandé un mensaje que no sabía cómo escribir: «gracias, mami». No supe explicarme a mí misma por qué le agradecía. Solo sentía que había hecho algo bien por primera vez en mucho tiempo.
***
Me enamoré, claro. Habría sido ingenuo pensar que no me iba a pasar.
Me enamoré como se enamoran las baby de sus dueñas en la mayoría de las historias que después leí: a solas, sin que la otra lo supiera del todo, llenando los huecos con fantasías que ella no había prometido.
Le mandaba mensajes a las dos de la tarde diciéndole que la extrañaba. Ella respondía con un emoji y poco más. Le proponía hacer una sesión extra fuera del viernes. Ella decía que no, que las reglas eran las reglas.
Le preguntaba si pensaba en mí cuando no estábamos en sesión. Ella respondía: «Pienso en mi niña cuando me sirve pensar en ella.»
Esa frase la copié en un cuaderno.
Por momentos la odié. Por momentos creí que iba a poder cambiarla, sacarla de su rol, convertir aquello en algo parecido a una relación real entre dos mujeres que se gustaban. Era ridículo. Ella nunca me prometió nada que no estuviera firmado en el documento.
Y aun así, jueves tras jueves, viernes tras viernes, yo seguía esperando las once.
***
La última sesión fue casi un año después de la primera. No supe que sería la última hasta semanas más tarde, cuando ella dejó de contestar mis mensajes y entendí que el contrato había terminado sin ceremonia.
Esa noche me pidió algo distinto. Quería que me grabara sola, sin ella en la llamada, haciendo todo lo que me había enseñado en doce meses. Que le mandara el video después.
—¿Y si lo guardás? —pregunté.
—Lo voy a guardar.
—¿Para qué?
—Para mí. Para acordarme de la nena que entrené.
Hice el video. Me llevó casi dos horas grabarlo. Repetí cada gesto, cada palabra, cada pose que ella me había enseñado, hablándole a la cámara como si fuera ella.
«Sí, mami.»
«Como vos quieras, mami.»
«Gracias, mami.»
Cuando se lo envié, me respondió con un audio de doce segundos.
—Mi niña aprendió todo —dijo—. Estoy orgullosa.
Fue lo último que escuché de su voz.
***
Después vino el silencio. Una semana. Dos. Un mes. Le escribí preguntando si estaba bien. Le escribí diciéndole que la extrañaba. Le escribí diciéndole que me dolía.
Bloqueé su número, lo desbloqueé, lo volví a bloquear. Hasta que un día acepté que aquello no había sido una historia de amor, ni siquiera una historia de sexo. Había sido una clase. Larga, paciente, brutal. La clase que yo necesitaba para entender qué era lo que me gustaba realmente.
Hoy, siete años después, sigo prefiriendo a las mujeres. Sigo prefiriendo obedecer en la cama, aunque ahora elijo mejor a quién.
Cuando me piden que les cuente cuál fue mi primera vez de verdad, no menciono al chico de la secundaria. Menciono a una desconocida que se hacía llamar Mariela, que vivía en otra ciudad, y que un viernes a las once de la noche me enseñó, con una camisa blanca y una orden suave, que yo era suya antes de saberlo.