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Relatos Ardientes

La sesión que terminó con Carla besándome en el diván

Soy Mercedes, tengo sesenta y dos años y llevo más de tres décadas ejerciendo como sexóloga clínica. Mi consulta está en un piso antiguo del centro de Barcelona, con techos altos, cortinas pesadas y una luz que siempre regulo a media intensidad. Hay quien viene buscando un diagnóstico. Hay quien viene buscando un permiso. Y hay quien viene sin saber que lo que necesita no son consejos, sino otra mujer que se atreva a tocarla por primera vez delante del marido.

Esa última categoría es la que más me gusta.

Llevo años con una metodología poco ortodoxa que algunos colegas consideran impropia y que mis pacientes describen como milagrosa. Cuando la conversación se atasca, cuando las palabras se vuelven una coraza, yo intervengo. Físicamente. Con uno de los dos. O con ambos. No siempre. Solo cuando lo veo en sus ojos. Y aquel viernes de mayo, en cuanto Carla y Mateo cruzaron la puerta, lo vi en los suyos.

Ella tenía treinta y cuatro años, melena oscura recogida a medias, una blusa de seda color crema que se le pegaba a los pechos y unos labios pintados de un rojo discreto, casi mate. Él tenía treinta y siete, alto, delgado, con la postura de un hombre acostumbrado a ser deseado y desentrenado en pedir lo que quería. Se sentaron muy juntos en el sofá, los muslos rozándose, como si llevaran tanto tiempo sin tocarse en serio que el roce ya les parecía una intimidad.

Crucé las piernas. Llevaba medias negras de costura y tacones, y dejé que la falda de tubo se subiera lo justo. La vista educa antes que las palabras.

—Llevamos doce años juntos —empezó Carla. La voz le salía firme, pero las manos le temblaban en el regazo—. Y desde hace dos, el sexo es una formalidad. Cinco minutos, luz apagada, dormir. Antes éramos otra cosa.

—¿Qué cosa? —pregunté.

—Algo que se reía —contestó ella, después de pensarlo.

Mateo asintió, mirándose los zapatos. Me gustó esa respuesta. La gente que sabe lo que ha perdido también sabe, en el fondo, dónde lo dejó.

—¿Han hablado de fantasías que no se hayan cumplido? —pregunté.

Carla se mordió el interior de la mejilla. Mateo levantó la vista. Hubo un cruce de miradas entre ellos que duró un segundo de más.

—Yo… —empezó ella, y se calló.

—Cuente —dije.

—Me excita la idea de estar con otra mujer —soltó, sin respirar—. Que él lo vea. Que él esté ahí. No quiero a otro hombre. Quiero a una mujer que sepa lo que está haciendo.

Mateo no protestó. Al contrario: noté cómo la tela de sus pantalones se tensaba discretamente sobre el muslo. La fantasía no era solo de ella. Era de los dos. Solo que él aún no se había permitido decirlo en voz alta.

Me incliné apenas. Lo justo para que el escote de mi blusa hiciera lo que tenía que hacer.

—Existe una terapia —dije, con la voz exactamente media tonalidad más baja que antes— que se llama intervención activa. No la ofrezco a todo el mundo. Yo participo. Con ella, con él, o con los dos. Y siempre con su consentimiento explícito.

Carla me sostuvo la mirada. Mateo cerró los ojos un momento, como quien se rinde.

—¿Tú harías eso? —preguntó ella.

—Lo hago cuando una pareja lo necesita —contesté—. Y vosotros lo necesitáis.

El silencio en la consulta se volvió denso, casi material. Lo dejé asentar. No quería que ninguno de los dos tomara una decisión que no fuera suya por completo. Después de un rato larguísimo, Carla se levantó del sofá, vino hasta mí, se inclinó y me besó.

No fue tímido. Fue un beso de mujer que llevaba años imaginándolo y que ya no podía permitirse imaginarlo más. Su lengua buscó la mía con una urgencia que ni ella sabía que llevaba dentro. Le sostuve la cara con las dos manos y la dejé hacer. Cuando se separó, tenía los ojos brillantes y la respiración acelerada.

—Quiero que empieces conmigo —susurró—. Y que él mire desde ahí, sentado, sin tocarse todavía.

Mateo tragó saliva. Movió la silla un par de centímetros hacia atrás, como para verlo todo mejor, y se quedó quieto, las manos sobre los muslos. Obediente. Eso me gustó de él. Le iba a venir bien aprender a esperar.

***

El diván de mi consulta no es un diván cualquiera. Lo elegí yo misma hace doce años: tapizado en lino crudo, ancho como una cama de matrimonio, con cojines bajos. Llevé a Carla hasta allí de la mano. La hice sentarse en el borde y me arrodillé entre sus piernas.

—Mira a tu marido —le dije—. Quiero que él vea tu cara mientras te desnudo.

Le desabotoné la blusa uno a uno, sin prisa. Cada botón era una respiración. Cuando se la abrí, el sujetador era negro, sencillo, sin encaje. Lo mejor de su cuerpo no necesitaba adornos. Le bajé los tirantes con los pulgares y se lo desabroché por la espalda. Sus pechos, llenos, pesados, con los pezones grandes y oscuros, cayeron suaves. Le pasé los nudillos por debajo de uno, despacio.

—Míralo a él —repetí.

Carla giró la cabeza. Mateo la observaba como si estuviera viendo a su mujer por primera vez. Y de algún modo lo estaba.

Bajé la cabeza y le besé un pezón. Solo con los labios, sin lengua, como un saludo. Luego le pasé la lengua alrededor, formando un círculo. Cuando se lo metí en la boca y succioné suave, Carla gimió por primera vez. Un sonido bajo, gutural, que llevaba mucho tiempo guardado.

—Joder —musitó Mateo desde la butaca.

—Aún no se toca —le advertí sin mirarlo—. Aún no.

Le quité a Carla la falda y las medias. Las bragas eran de algodón blanco. La realidad de las bragas de la mujer que ya no se viste para que la deseen. Se las bajé despacio y se las saqué por los tobillos. Tenía el sexo depilado, los labios ligeramente abiertos, y entre ellos brillaba la humedad que llevaba acumulando desde que había decidido entrar a mi consulta.

Le abrí más las piernas con las palmas. Me incliné, le aparté los labios mayores con los pulgares y le pasé la lengua de abajo hacia arriba, una sola vez, lenta. Carla se arqueó como si la hubiera tocado un cable.

—Por dios, Mercedes —jadeó.

Repetí el gesto. Después busqué su clítoris con la punta de la lengua y empecé a moverla en círculos pequeños, sin apretar mucho. Le metí dos dedos a la vez, despacio, sintiendo cómo se cerraban sus paredes alrededor. Carla me agarró el pelo con las dos manos.

—No pares, no pares…

Yo no paraba. Tenía treinta años de práctica para saber cuándo bajar el ritmo y cuándo subirlo. Le subí el ritmo cuando vi que las piernas le empezaban a temblar y se lo bajé en cuanto la sentí demasiado cerca. Le iba a regalar un orgasmo lento. De los que se sienten en la cara interna de los muslos antes que en el sexo.

Mateo, en la butaca, se había llevado una mano al pantalón. Por encima de la tela.

—Tú aún no —le repetí.

Se quedó quieto. Pobre. Y bueno.

***

Cuando Carla se corrió, lo hizo agarrada al borde del diván con las dos manos, mordiéndose el labio para no gritar, las caderas elevándose contra mi boca en una serie de espasmos que duraron casi un minuto. Tuve que sujetarla por la cadera para que no se me escapara.

Después la dejé respirar. Le pasé la mano por el vientre, suave, hasta que su pecho dejó de subir y bajar tan rápido.

—Ahora él —dije.

Carla giró la cara. Mateo seguía sentado, con la erección marcada bajo la tela y los ojos vidriosos.

—Ven —le dije—. Quítate la ropa y túmbate al lado de ella.

Obedeció. Tenía un cuerpo bonito, deportivo sin ser excesivo, y entre las piernas una erección dura, recta, que se le pegaba contra el vientre. Le indiqué que se tumbara junto a su mujer. Carla, todavía aturdida por su orgasmo, ladeó la cabeza para mirarlo.

Yo me desnudé delante de los dos. Sin teatralidad. Con la naturalidad de una mujer que sabe lo que su cuerpo cuenta a los sesenta y dos años y no necesita inventarse nada. Carla me siguió con la mirada, fascinada, mientras me deslizaba las bragas por las piernas. Sus ojos en mí pesaban más que los de Mateo.

Me coloqué a horcajadas sobre el muslo de Mateo y bajé la pelvis hasta la boca de Carla. Ella, recién corrida, todavía con la respiración rota, abrió los labios y me lamió como si llevara doce años practicándolo en secreto. Su lengua era tímida al principio, exploratoria, y luego se volvió firme, certera. Encontró mi clítoris a la tercera pasada. A la quinta ya me había hecho cerrar los ojos.

—Despacio —le dije, acariciándole la cabeza—. Tenemos toda la tarde.

Mateo, debajo, miraba hacia arriba con la cara de un hombre que estaba siendo iniciado en algo. No sabía dónde meter las manos. Le agarré las suyas y se las puse sobre los pechos de su mujer. Eso sí. Eso podía hacerlo.

—Acaríciala —le ordené.

La obedeció.

***

Pasamos la siguiente hora reorganizándonos en formas que ellos dos no habían imaginado y que yo había orquestado decenas de veces antes. Carla y yo nos comimos la una a la otra mientras Mateo nos miraba y se acariciaba sin terminar nunca, porque cada vez que se acercaba al borde, una de las dos le decía que esperara. Después le permitimos entrar en el juego: la dejé a ella encima de él, montándolo despacio, mientras yo le besaba a Carla en la boca y le pellizcaba los pezones. La cara que puso Mateo cuando vio a su mujer besar a otra mujer mientras él estaba dentro de ella es algo que no se olvida en doce años más de matrimonio.

Carla volvió a correrse así, montada sobre su marido y con mi boca en la suya. Esta vez no se mordió el labio. Esta vez gritó. Mateo aguantó como pudo unos segundos más y se vino dentro de ella, con la frente apoyada contra mi hombro y una mano agarrándome el muslo como si tuviera miedo de caerse.

Acabamos los tres tumbados sobre el diván, sudados, jadeantes, con el olor a sexo de tres cuerpos llenando una habitación pequeña. Carla tenía la cabeza apoyada sobre mi pecho. Mateo le acariciaba la espalda con una ternura que parecía nueva en él. No hablamos durante varios minutos. No hizo falta.

—Esto —murmuró ella finalmente— es lo que se había muerto.

—No se había muerto —contesté—. Solo estaba esperando a que alguien le abriera la puerta.

Mateo se incorporó sobre un codo y me miró.

—Mercedes, ¿esto es… una sola sesión?

Sonreí. Le pasé un dedo por la mandíbula, sin contestar.

Volverían. Siempre vuelven. Y la próxima vez la que llevaría la voz cantante sería Carla, no yo. Porque mi trabajo, aunque parezca lo contrario, no es ocupar el espacio de nadie. Mi trabajo es enseñar a una pareja a recordar cómo se mira a la otra persona cuando todavía no la conoce.

Después se vistieron despacio. Mateo le abotonó la blusa a Carla con un cuidado que no había puesto al desabrochársela. Ella le ajustó el cuello de la camisa. Pequeños gestos de pareja que vuelve a casa habiendo encontrado algo.

En la puerta, Carla se giró.

—¿Podemos pedir hora para dentro de quince días?

—Podéis —dije—. Pero traed algo nuevo. Una fantasía nueva. La que no os habéis atrevido todavía.

Cerró la puerta detrás de ellos.

Me quedé sola en la consulta, todavía desnuda, sentada en el borde del diván. Me serví un dedo de jerez de la botella que guardo en el cajón del escritorio. Me sienta bien después de una sesión. No por el alcohol, sino por el ritual.

A las cinco tenía a otra pareja en agenda. Otra historia. Otra puerta cerrada que probablemente, también, llevaba demasiado tiempo cerrada.

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Comentarios (1)

LectoraAnsiosa

Que historia tan bien escrita, me atrape desde el primer parrafo. Sigue publicando!

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