La desconocida del bar miraba solo a mi esposa
Era sábado, tercera semana de diciembre, y como cada fin de semana habíamos reservado en el bistró italiano que está a tres cuadras de casa. Camila y yo solemos ir ahí cuando queremos ponernos guapos sin viajar lejos. A las siete y media estábamos sentados frente al bar, con dos copas de Malbec y una conversación que llevaba años sin necesitar relleno.
Nos gusta sentarnos cerca de la barra porque desde esa esquina veo a los hombres mirar a mi esposa. Ella se hace la distraída, pero le encanta. Esa noche llevaba un vestido rojo con un escote profundo y el pelo recogido en un moño descuidado. Tenía los hombros desnudos y un brillo en la piel que la hacía verse comestible.
—Mami, hay tres tipos en la barra que no te quitan los ojos de encima —dije masticando un trozo de pan.
—Ya los vi —contestó sin girarse—. Que se masturben esta noche pensando en mí.
Algo, sin embargo, no cuadraba. Camila respondía a mis comentarios pero su mirada se escapaba detrás de mí, a una mesa que yo no podía ver. Cada cierto rato su sonrisa se torcía de una forma que reconocí enseguida. Era la sonrisa que reserva para cuando se le humedece la entrepierna.
—¿Qué tienes detrás de mí que te tiene tan ocupada? —pregunté.
—Cállate —susurró, mordiéndose el labio—. Hay dos mujeres en esa mesa. La que está de frente me mira sin disimular. Cada vez que da un trago, saca la lengua y se pasa la punta por los labios. Y me sonríe.
—No me dijiste que esta noche andabas en mujeres.
—No andaba, idiota. Andaba en ti. Pero esa de allá me tiene caliente.
Camila me había confesado años atrás que una de sus fantasías era estar con otra mujer. Lo dijo una vez, en voz baja, en un viaje de aniversario, y no lo volvimos a hablar. Yo lo archivé en la carpeta de cosas que ella diría si supiera cómo. Cuando veíamos porno, sin embargo, era ella la que respiraba más fuerte en las escenas con dos mujeres. Yo lo notaba; ella no lo confirmaba.
—¿Está buena? —pregunté.
—Bellísima. Piel morena, pelo negro hasta los hombros, labios carnosos que no son de este mundo. Y tetas, papi, tetas.
—Sóplale un beso.
—Estás loco. Hay gente.
—Tú nunca te fijas en la gente.
—No me fijo en la gente cuando salimos a putear. Hoy no salimos a putear.
—Hoy decides tú —respondí, bajando la voz—. Si quieres, te paro. Si no, mírala solo a ella. A nadie más.
Camila apoyó la copa, agachó un poco la cabeza y mandó el beso. Después fingió mirar la carta de postres con las mejillas encendidas.
—Se puso roja —murmuró, conteniendo una risita—. Y se sonrió.
Pasamos veinte minutos riéndonos del momento, inventando posibilidades, dejándolas estar como un cubito de hielo en la barra del que miras cómo se derrite.
—Para ya —pidió ella, apretando los muslos bajo la mesa—. Me estás haciendo mojarme de nuevo.
—¿Quieres probar?
—Ojalá. Pero ¿cómo?
—Préstame un bolígrafo.
Tomé una servilleta y escribí el nombre y el número de Camila, debajo la palabra «WhatsApp», y nada más. Le pregunté con qué iba vestida la otra.
—Vestido rojo, parecido al mío. Tiene un escote muy parecido.
—Perfecto.
Llamé al mesero, el mismo que atendía la mesa de detrás. Le pedí otra ronda para nosotros y le mandé un servicio igual al de ellas. Pero le rogué que pasara primero por la nuestra. Cuando vino, le pasé la servilleta doblada y le pedí que la entregara a la del vestido rojo.
Vi por el reflejo de la copa que se sorprendieron. La que estaba de espaldas a mí giró la cara y nos hizo un gesto de gracias con la cabeza. No estaba mal tampoco, pero la otra, la que tenía a Camila idiotizada, sí estaba a otro nivel. Ahí fue cuando me entró la calentura en serio. Sentí el pantalón apretarme.
Fui al baño. Cuando regresé, Camila me pasó el teléfono por debajo de la mesa.
—Renata: «Hola, gracias por la bebida, son muy amables. Encantada de conocerte, me llamo Renata».
—Camila: «A tu orden. Me gustaría conocerte un poco más de cerca si tú quieres. ¿Más tarde? ¿O tienes algún plan?».
—Renata: «Claro que quiero. Plan no tengo. ¿Y tu marido?».
—Camila: «Él está conmigo en esto. ¿Eres casada?».
—Renata: «No. Justo esta noche celebro mi divorcio con una amiga».
—Camila: «Pues si te animas, sigues la celebración con nosotros».
—Renata: «Mmm, suena interesante. Mi amiga ya quiere irse a dormir y a mí me queda noche».
Camila le mandó la dirección de la casa antes de que se arrepintiera.
—Renata: «Está bien».
***
Salimos del bistró sin mirar atrás. En el carro, durante el camino a casa, ella estuvo callada, con la mano apretándome el muslo. No hablaba, pero respiraba como si llevara cargando algo pesado.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Estoy nerviosa. Más que nerviosa.
—Si no quieres, no abrimos la puerta.
—Quiero. Por eso estoy nerviosa.
A las once y media ya estábamos en casa, descalzos, con la luz de la terraza encendida y una botella de vino abierta. A las doce empezamos a pensar que Renata se había arrepentido. A las doce y cuarto sonó el teléfono.
—Disculpa la hora —dijo Renata—. Tuve que dejar a mi amiga en su casa y se me hizo tarde. Además, ha sido una noche caliente y necesito un baño. ¿Sigue en pie?
—Aquí estamos esperándote —respondió Camila—. Y si quieres baño, tenemos piscina.
—¿Piscina? Pero no traje traje de baño.
—Mismo cuerpo, mi amor. Te presto uno. O sin nada, como hacemos nosotros.
Renata se rió. Dijo que llegaba en veinte minutos. Tardó treinta.
Cuando abrió la puerta, las dos se midieron de arriba abajo sin disimular. Renata era más alta de lo que parecía sentada, con la piel del color del caramelo y el pelo todavía un poco mojado en las puntas. Olía a jazmín y a algo más, algo que no supe identificar y que se me metió en la cabeza para no salir más.
Les dije que se fueran a la terraza, que yo preparaba los tragos. Después de un rato, Camila se llevó a Renata a recorrer la casa con la excusa de prestarle algo cómodo. Pasaron quince minutos. Cuando volvieron, venían tomadas de la mano.
Renata estaba vestida igual que Camila: un short corto y un camisón fino atado con una cinta. Mi esposa se lo había puesto antes de salir hacia la cena, así que el conjunto no era casualidad. Parecían mellizas, con la diferencia evidente de que una tenía la piel morena y la otra clara, y de que las dos llevaban dentro la misma curiosidad mal contenida.
Nos sentamos en el sofá largo de la terraza, los tres con un trago en la mano. Conversamos cosas tontas durante un rato, lo justo para bajar la tensión. Después, sin avisar, empecé a empujarla otro lado.
Camila estaba a mi lado, mecía las piernas, abriendo y cerrando los muslos. Como el short era cortísimo y no llevaba nada debajo, cada cruce dejaba ver lo justo. Renata lo notó. Apartaba la mirada un segundo y la devolvía dos segundos después. Empecé a acariciarle el muslo a Camila con la mano izquierda, despacio, mientras seguíamos hablando del divorcio de Renata y de la última película que vimos. Renata miraba la mano. Se le notaba que no sabía dónde ponerse.
—Renata, ¿alguna vez estuviste con una mujer? —pregunté de golpe.
Se rió de nervios. Se mordió el labio.
—No, nunca. Pero es algo que tengo en la cabeza desde la adolescencia.
—¿Nunca te tocaste con una? ¿Ni un beso de borrachera?
Miró a Camila antes de contestar.
—Nada.
—Camila también es curiosa. Coquetearon toda la cena. Aquí estoy yo, y no me molesta que pase lo que tenga que pasar.
Las dos se quedaron mirando, sonriendo como dos adolescentes que se acaban de pillar copiando. Me levanté, les pedí que se pusieran de pie y las puse una frente a la otra. Les acerqué las cabezas, les pedí que cerraran los ojos y dejé que se rozaran los labios. Empezaron con timidez, un picoteo, otro, una risita corta. Después se buscaron en serio.
Las abracé desde el lado y mi erección, ya descarada, chocaba con el muslo de cada una. Se despegaron, se miraron, se rieron. Camila buscó mi reacción. Le di un beso largo, con lengua. Después le toqué la mejilla a Renata.
—¿Puedo besarlo? —preguntó Renata a mi esposa.
—Pues claro, mi amor.
Me prendí de su boca. Tenía el labio inferior carnoso, como había anunciado Camila, y un sabor a menta y vino. Mi esposa se acercó y nos enredamos los tres en un beso con lenguas. Después me aparté un paso para mirarlas. Se comían las bocas y se buscaban con las manos por encima de la tela.
No aguanté más. Me quité el short y me senté en el sillón a masturbarme con calma, mirando.
Fue Camila la que tomó la iniciativa. Le desató la cinta del camisón a Renata y le bajó la tela hasta la cintura. Le chupó las tetas con esa devoción que pone cuando algo le gusta de verdad. Renata le sostenía la cabeza con una mano y se apretaba la otra teta libre con la suya. Tenía los ojos cerrados y gemía bajito.
Camila siguió chupando y le metió una mano dentro del short. Empezó a masajearle el clítoris. A Renata se le escapó un grito corto. Levantó la vista, me buscó y se quedó congelada cuando me vio masturbarme mirándolas. Se mordió el labio sin soltar a Camila. Mantuvo la mirada fija en mi mano y en lo que pasaba debajo. Después invirtió la posición: agarró a mi esposa, le bajó el camisón y empezó a chuparle las tetas a ella. Camila me miró con una sonrisa de niña traviesa. Era la primera vez que me veía masturbarme mientras ella estaba con otra mujer.
—Vamos a ducharnos antes de seguir —propuso Camila después de un rato—. Estoy pegajosa.
Pero antes de irse se arrodilló frente a mí y me la metió en la boca. Tiró a Renata para que se arrodillara a su lado. Las dos se la pasaron lamiendo, desde la punta hasta los testículos. Sus lenguas se cruzaban, se separaban, se buscaban. Estuve a punto de venirme y las paré.
—Quietas. Váyanse a la ducha. Después.
Camila me dio un beso. Renata me apretó el sexo en la mano y se rieron las dos como si compartieran un chiste viejo.
***
Esperé unos minutos antes de subir con tres copas frías. Cuando entré al baño, los dos cuerpos estaban cubiertos de jabón. Camila tenía a Renata abrazada por la espalda, le besaba el cuello y le pasaba la esponja por las tetas. Renata estaba de frente a la puerta. Me clavó los ojos en cuanto entré. Tenía un coño hermoso, recortado, con un poco de pelo oscuro y los labios gruesos como los de la boca. Volví a endurecerme.
Se despegaron de la pared, dieron un trago largo y Camila me pidió que entrara. Me quité la camiseta, dejé los vasos y me metí. Mi esposa siguió pegada a la espalda de Renata. Ella y yo nos buscamos la boca. Le frotaba el clítoris con la punta. Renata gemía fuerte, me empujaba con la mano para que la penetrara y yo solo le metía la punta y se la sacaba. Quería verlas a ellas dos primero. Quería esa imagen guardada antes de cualquier otra cosa.
En uno de esos forcejeos, Renata me puso las manos en las nalgas y tiró hacia ella con fuerza. Echó la cadera hacia adelante. Me la tragó hasta el fondo de un solo golpe. Gritó como si la quemaran. Gritó de verdad. Le bajaron lágrimas.
—¿Te duele? —pregunté, parándome.
—No. Dame. Por favor, dame.
Pensé que Camila se iba a molestar. No habíamos hablado de esto. Pero ella se estaba masturbando contra el muslo de Renata. Se acercó, me besó y me dijo al oído:
—Dale duro, papi. Llénala. Después se la saco yo y me la bebo.
Renata empezó a venirse a los dos minutos. Le temblaban las piernas y el cuerpo entró en una sacudida larga. Camila y yo tuvimos que sujetarla para que no se cayera en el plato de la ducha. Me la saqué a tiempo para no acabar. Quería guardarlo. Nos enjuagamos y salimos.
Mientras yo me secaba, Camila tomó una toalla y empezó a secar a Renata. Lo hacía con una lentitud deliberada, dándole besos suaves en cada centímetro que ya había secado. Renata cerraba los ojos y suspiraba. Cuando Camila se agachó para secarle las piernas, le pasó la lengua por el clítoris, apenas un roce.
—No, por favor —pidió Renata, dándole un tirón suave a Camila—. Dame unos minutos. Estoy demasiado sensible. No te molestes, sí quiero, pero necesito un segundo.
Se abrazaron mojadas y se dieron un beso largo, parecido al de la terraza pero sin público que disimular. Después, las dos se secaron rápido y se fueron a la habitación. Yo bajé a la cocina con la excusa de los tragos.
***
Cuando volví, escuché los gemidos de Renata desde el pasillo. Me asomé despacio. Camila estaba entre sus piernas. Llevaba años imaginando esa escena. Me apoyé en el marco de la puerta, con un trago en una mano y la otra trabajando despacio. Renata le apretaba la cabeza a Camila contra el coño con las dos manos hasta que la dejó venirse en su lengua. Después subió, dándole besos por todo el cuerpo, hasta su boca.
Se quedaron acariciándose de lado, mirándose. Renata empujó a Camila para que se acostara de espaldas y se subió encima. Le besó el cuello y le bajó por las tetas con calma. Camila le hundía los dedos en el pelo mojado. Renata siguió bajando hasta el coño y empezó a devolverle el favor.
Entré a la habitación sin que me invitaran. Renata estaba apoyada en sus rodillas con el culo levantado. Me coloqué detrás. Le besé las nalgas, le abrí, le pasé la lengua. Iba del culo a la vagina y vuelta. Las tres voces, en algún momento, ya no se distinguían entre sí. Camila, que tenía los ojos cerrados, los abrió de golpe cuando notó que Renata gemía distinto.
—Papi, métesela —dijo, mirándome—. Métesela ya, coño. Hace años te pido verte dándole verga a otra delante de mí.
Le agarró la cabeza a Renata y la apretó contra su coño.
—¿Quieres que él te lo meta y te llene? —le preguntó.
—Sí —contestó Renata sin despegar la boca.
Empecé a darle desde atrás mientras Camila me miraba con los ojos enormes.
—Así, papi, así. No pares. Mírale la cara, le encanta. ¿Te gusta, Renata? ¿Te gusta?
—Aaay sí, qué hombre tienes. Dame, dame.
Camila gozaba viendo. Lo entendí muy bien en ese momento: era el reverso exacto de cuando yo la miraba a ella con otros. Renata empezó a venirse otra vez y se prendió al clítoris de mi esposa. Yo le di más fuerte. Camila empezó a venirse también, intentando mantener los ojos abiertos para no perderse nada, pero el orgasmo le ganó y los apretó. Renata me apretó por dentro de una forma que no había sentido nunca, como si me apretara y me soltara, una y otra vez. Me vine con tanta fuerza que sentí un pinchazo en el meato. Duró tres segundos. Después, solo placer.
Nos derrumbamos los tres encima de Camila. No pasaron ni diez segundos cuando ella soltó un bufido enorme y nos empujó hacia los lados.
—Par de pendejos, ¿ustedes creen que son de algodón?
Nos reímos los tres. Se nos hicieron las seis de la mañana sin enterarnos. Sonó la alarma del despertador, la que pongo para salir a correr los fines de semana. Camila me miró desde la almohada con cara de pocas amigas.
—No vas a correr, ¿verdad?
—Voy a correr dentro de ti en un rato —contesté.
Renata se quedó casi todo el día en casa. Desayunamos los tres, volvimos a la piscina, dormimos un rato. Después se fue con una sonrisa que llevaba años sin sonreír. Lo hemos hecho dos veces más desde entonces. La última me limité a mirarlas. Ya no me hacía falta nada más.