Lo que mi tía vio tras la puerta entreabierta
Los días siguieron pasando con la misma rutina de siempre. Mi tía Nieves no terminaba de levantar cabeza, todavía hundida en aquel decaimiento que arrastraba desde que enviudó, y Pilar seguía a su lado, pendiente de ella a todas horas, como llevaba haciendo media vida.
Pero algo había cambiado en Pilar desde su viaje, y mi tía lo notó.
—No me has contado nada de tu estancia en Valencia con Marisol y sus amigas —le dijo una tarde, mientras recogían la cocina—. ¿Qué tal lo pasaste?
—Es verdad, no te he contado nada —contestó Pilar, esquivando un poco la mirada—. La verdad es que pensaba que no te interesaba demasiado.
—Te lo pregunto porque no sé si son cosas mías o no, pero te veo distinta. Más alegre, sí, pero conmigo te noto rara. Como si rehuyeras de mí, como si te incomodara estar cerca. Si es así, solo tienes que decírmelo. Sé franca, por favor.
Pilar dejó el paño sobre la encimera y respiró hondo, como quien toma carrerilla antes de saltar.
—Tienes razón en algo. Desde que estuve en Valencia me siento otra. Elvira y Marisol me abrieron los ojos. Me hicieron entender que la vida son dos días, que ya somos mayores y que lo poco o mucho que nos quede hay que vivirlo y disfrutarlo mientras se pueda.
—En eso no te falta razón —murmuró mi tía—. Yo soy una amargada, con todo lo que haces por mí.
—Nieves, lo que voy a decirte es muy serio y muy personal. Si no hubiera ido a ese viaje jamás te lo habría contado. Y entiendo que cuando lo sepas todo, a lo mejor ya no quieras ni verme. Por eso me notas extraña.
—Me estás asustando. Si tan grave es, no me lo digas y punto.
—No. Te lo tengo que decir sí o sí. Si me lo callo, no podría vivir tranquila conmigo misma. Créeme, necesitas saberlo.
Mi tía se sentó despacio, con las manos cruzadas sobre el regazo.
—Está bien. Te escucho.
—Las amigas que Marisol invitó a su casa son una pareja de mujeres. Llevan años juntas y comparten su intimidad con ella. Cenamos, charlamos de todo un poco, y en algún momento quisieron saber de mí, de mi vida, de cómo era mi relación contigo. La conversación fue tan cómoda que me sinceré del todo. Les conté cómo nos había dejado la viudez a las dos, lo solas que nos habíamos quedado.
—¿Y para qué tienen que saber ellas nada de lo nuestro? Eso es privado, Pilar. Es nuestra vida.
—Tranquila. Ya te advertí que no te iba a gustar. Pero hay mucho más, y quiero que lo sepas todo. Aunque si prefieres que pare, paro.
Mi tía tragó saliva. Estaba temblando, pero asintió.
—Sigue. Que sea lo que tenga que ser.
—Les dije que mi vida había cambiado por completo en los últimos meses. Que desde hacía un tiempo había vuelto a sentirme viva. Porque, Nieves, hace ya semanas que estoy con Tania y con Dana. Y las disfruto como no recordaba haber disfrutado nunca, y eso que son mujeres.
—Pero ¿qué dices? Te has vuelto loca de remate. Tania es tu hija, Pilar. ¡Tu hija!
—Ya lo sé. Sé perfectamente quién es. ¿Y qué hay de malo? Es una mujer adulta que decide con quién está y con quién no. Las dos tenemos una cabeza antigua, cerrada, porque así nos criaron. Nos cuesta entender cómo viven las generaciones de ahora.
Pilar se acercó y le tomó las manos.
—Vivimos años en Bélgica, ¿recuerdas? Veíamos a la gente joven vivir su deseo con una libertad que a nosotras nos escandalizaba, y nunca aprendimos nada. Pues yo he dicho basta. Quiero vivir. Gozar mientras pueda. Ser feliz y no una amargada. Esta es mi realidad y no me arrepiento de nada. Solo me falta una cosa para estar completa, y esa cosa eres tú.
Mi tía se quedó muda, blanca como la pared.
—Me he quedado de piedra. Ni en lo más remoto de mi imaginación pensé que algo así pudiera pasar. Y lo último que podía pensar es que te hubieras acostado con tu propia hija.
—Ni yo me lo imaginaba. Pero, mira, las cosas ocurren por algo. La primera vez fue ella quien me besó. Yo estaba triste, decaída, y se acurrucó a mi lado para consolarme. Me acariciaba la cara, me besaba en la frente. De pronto sentí su boca buscando la mía. Tenía los ojos cerrados, estaba tan relajada que me dejé llevar sin pensar en quién era. Hacía tanto que nadie me tocaba así.
Pilar hablaba en voz baja, como si reviviera cada detalle.
—Cuando me quise dar cuenta estábamos las dos desnudas, abrazadas, y entonces reaccioné. Me escandalicé igual que tú ahora. Le dije que era una locura, que teníamos que olvidarlo. Pero unos días después, hablando las tres con calma, me hicieron entender que el deseo es una necesidad como el comer o el dormir, y que da igual con quién se sacie mientras nadie salga herido.
—Lo cuentas como si fuera lo más natural del mundo.
—Es que lo es, Nieves. Me preguntaron si yo no sentía nunca esa necesidad. Les dije la verdad: que últimamente me tocaba a menudo, sobre todo cuando las oía a ellas en la habitación de al lado. Pero que eso no me llenaba. Me dijeron que esas cosas se satisfacen de verdad con otra persona, sea hombre o mujer.
—Pero ellas son lesbianas y a los hombres ni los miran —objetó mi tía, removiéndose en la silla.
—También hay mujeres que disfrutan de los dos. Y yo he descubierto que disfruto de las mujeres. Ahora las miro de otra forma. A las que me atraen las observo y me imagino con ellas.
Pilar hizo una pausa larga. Lo que vino después lo cambiaría todo.
—Y a ti, Nieves, te miro desde que éramos crías. ¿Te acuerdas de cuando nos enseñábamos los pechos en el patio del colegio para ver quién los tenía más bonitos? Siempre fuiste mi mejor amiga. Pero ahora entiendo que había algo más, algo que nunca supe nombrar. Me perturbas. Me pones nerviosa cuando nos probamos ropa juntas. Creo que llevo toda la vida enamorada de ti y lo acabo de descubrir.
—Pilar, te juro que has perdido la cabeza. ¿Cómo vas a estar enamorada de mí? No entiendo nada. Lo de tu hija ya es difícil de digerir, pero esto… esto es el remate. Tendrías que ver a un médico.
—Estoy en mi sano juicio. Te lo juro por la memoria de Ramón, que en paz descanse, al que amé con locura igual que tú quisiste a Andrés, perdonándoles todas sus infidelidades. Sé muy bien lo que digo. Ahora lo veo todo claro como el agua.
Mi tía se llevó las manos a la cara, abrumada.
—Marisol y Elvira me ayudaron a entenderlo —siguió Pilar—. ¿Sabes la historia de ellas? Elvira también enviudó. Estaba sola, necesitaba sentirse viva, y Marisol la hizo disfrutar como nunca antes. Acabó perdidamente enamorada sin ser correspondida durante años. Luego llegó la sobrina de Marisol, Sara, y todo se complicó. Cuando la chica murió y vino la depresión, fue Elvira quien sostuvo a Marisol y la sacó del pozo. Al final Marisol entendió que la persona más importante de su vida era ella. Se casaron y rompieron con todo lo malo. Hoy son felices de verdad, dan envidia.
—Sabía que lo habían pasado mal, pero no tanto. En el pueblo se cuenta todo distorsionado.
—Por eso necesitaba contártelo. Por el amor que te tengo, piénsalo. Tú y yo podríamos vivir esto sin que nadie se enterara, solo para nosotras. No te pido nada hoy. Solo que no descartes la idea. Quiero abrazarte, quiero descubrirte el placer que las mujeres podemos darnos.
Mi tía se quedó callada un buen rato. Cuando habló, le temblaba la voz.
—Con esta conversación se ha removido algo dentro de mí. Algo que tenía olvidado. No es fácil, Pilar. Pero una cosa tengo clara: no quiero perderte. Dame tiempo. Dejemos que las cosas pasen y veremos.
—Mi amor, estoy dispuesta a lo que tú quieras. Pero todavía tengo que confesarte una última cosa. Aquel día fui a Valencia solo para pedirles consejo a Marisol y a Elvira, para saber cómo ayudarte. Lo del encuentro casual en el centro comercial me lo inventé para que no sospecharas.
—¿Ayudarme? ¿Para qué?
—Llevabas demasiado tiempo hundida y yo ya no aguantaba verte así. Sabiendo lo que habían pasado ellas, no lo dudé y las llamé. Y de paso —añadió bajando la voz— viví algo que no olvidaré. Nunca había disfrutado tanto. Aquella noche perdí la cuenta de los orgasmos. No salimos a ningún sitio: lo prepararon todo en casa, con música y luces suaves, no para una fiesta, sino para algo mucho más íntimo entre todas.
—Me estás pintando un paraíso —susurró mi tía, con las mejillas encendidas.
—Entonces déjame proponerte algo. Ven a comer a mi casa mañana. Dana pasa la semana fuera, así que estaremos solas Tania y yo. Y tú, si quieres. Muchas tardes ella y yo nos echamos juntas a la hora de la siesta. Si te animas a vernos, dejaremos la puerta abierta. Tú miras, compruebas cómo te sientes, y si no te desagrada, te acercas. Y si quieres, te unes. Nada más.
Mi tía tenía la cabeza a punto de estallar, llena de sentimientos encontrados. Pero algo dentro de ella ya había decidido.
—Está bien. Mañana voy a comer. Lo intentaré, aunque no te prometo nada.
—Esta tarde lo hablo con Tania. Mañana empezamos.
***
Al día siguiente, según me contó después mi tía con la voz baja y los ojos brillantes, Pilar y Tania la recibieron vestidas muy ligeras de ropa para la ocasión. Tania llevaba un top y un pareo blancos, semitransparentes, que dejaban adivinar todo bajo la tela. Pilar iba algo más recatada, con una camisola muy escotada de color verde oliva y otro pareo a juego. Mi tía, en cambio, llegó arreglada como siempre que salía de casa.
Durante la comida flotaba en el aire una tensión distinta. No era el almuerzo relajado de otras veces, sino la antesala de algo que mi tía aún no sabía si sería capaz de presenciar. En cualquier momento podía levantarse y salir corriendo.
Pilar le repitió cómo iban a hacerlo: ellas se irían a la habitación, mi tía se quedaría en el comedor, y la puerta quedaría entornada por si sentía curiosidad y quería acercarse a mirar.
Mientras fregaban los platos, madre e hija empezaron a buscarse con caricias y roces, como un preámbulo para encenderse. Mi tía aguantaba en silencio, sin decir palabra, pero sin perder detalle. En un momento Tania abrazó a Pilar por detrás, metió las manos bajo la camisola y le besó la nuca. Pilar se estremeció y se dejó hacer. Luego la tomó de la mano y se la llevó al dormitorio.
Pilar se sentó en el borde de la cama y atrajo a su hija hacia sí para besarla largamente. Cayeron hacia atrás, Tania sobre el cuerpo de su madre, las manos buscándose la piel mientras subían los jadeos.
—Qué bien estás —susurró Pilar—. Quiero comerte entera.
—Las tuyas son enormes —respondió Tania—. Voy a dejártelas marcadas.
Mi tía se había quedado de pie en el umbral, inmóvil como una estatua, con los ojos muy abiertos. Veía a la madre y a la hija acompañar cada caricia con palabras subidas de tono, buscándose el grado máximo de excitación.
Poco a poco la ropa fue cayendo hasta dejarlas a las dos desnudas. Dos cuerpos maduros entregados, las manos recorriéndose, los dedos buscándose entre los muslos. Los suspiros crecían a medida que la entrega aumentaba.
—Qué bien lo haces, mamá —jadeaba Tania—. Has aprendido rápido. Sigue, no pares.
Pilar bajó la cabeza entre las piernas de su hija, que yacía abierta de par en par, y se dedicó a lamerla con avidez mientras la penetraba despacio con los dedos. Después cambiaron de postura y se devoraron la una a la otra al mismo tiempo, perdidas en el placer.
—Así, mi amor —gemía Pilar—. Tu lengua es maravillosa. Caliéntame más, no pares.
—Disfruta tú también —respondía Tania entre suspiros—. Que rico, acelera.
Terminaron enredadas, frotándose la una contra la otra, sus cuerpos buscándose con desesperación hasta que el placer las desbordó. Se corrieron casi a la vez, primero Tania y luego Pilar, derrumbadas y sin aliento sobre las sábanas.
Mi tía, mientras tanto, se había excitado como no recordaba haberlo estado en años. Sin poder evitarlo se retiró al salón, se subió la falda, apartó la tela y se acarició hasta correrse en silencio, escuchándolas, con el corazón desbocado y la respiración entrecortada.
Tania y Pilar pasaron casi dos horas dándose placer. Pero mi tía, una vez recuperó el aliento, salió de la casa sin hacer ruido y se marchó a la suya. Necesitaba lavarse, ordenar las ideas y, quién sabe, quizá apagar a solas el fuego que se le había encendido.
Cuando madre e hija despertaron de la siesta, descubrieron que mi tía ya no estaba. La sombra de la duda se apoderó de ellas. ¿Y si no le había gustado nada de lo que vio? ¿Y si se había ido para no volver?
Pilar cogió el teléfono. Tenía que llamarla y aclararlo de una vez, costara lo que costara.
Continuará…