La toalla que cambió todo entre nosotras
Llevaba meses diciéndome que solo era cariño. Que esa manera en que se me apretaba el pecho cuando Sofía entraba al consultorio era cansancio, soledad, el efecto secundario de demasiadas guardias seguidas. Cualquier cosa, menos lo que era.
Esa mañana, sin embargo, la mentira se me cayó al piso. Igual que su toalla.
Sofía se había quedado a dormir porque el día anterior salimos tarde del hospital y mi departamento estaba a diez minutos del suyo. La invité con la naturalidad de quien no se admite nada a sí misma. Le presté una camiseta. Le tendí sábanas limpias en el sillón. Le di las buenas noches desde el pasillo, sin mirarla, porque mirarla habría sido empezar a contarme algo que no estaba lista para contar.
A las siete de la mañana ya tenía el café en marcha. El olor recorría el departamento como un anuncio doméstico, una promesa pequeña que me ayudaba a fingir que esto era normal, que tener a Sofía en casa era una cosa más entre tantas.
Estaba acomodando dos tazas sobre la mesada cuando ella salió del baño.
El pasillo era estrecho. La luz del balcón le daba justo en la espalda. Llevaba puesta una toalla blanca, de esas grandes que yo usaba para envolverme entera después de la ducha. La tenía ajustada por encima del pecho con un nudo apurado, de los que nunca aguantan demasiado.
Me sonrió. Yo le sonreí.
Y entonces el nudo cedió.
No fue dramático. No hubo grito ni gesto de pudor. La toalla simplemente resbaló por su cuerpo, sin pedir permiso, y quedó hecha un montón a sus pies.
Un instante.
Un instante que me partió en dos.
Lo primero que sentí no fue deseo. Fue miedo. Un miedo viejo, conocido, de los que se aprenden de niña: el miedo a no controlar lo que el cuerpo iba a hacer en los próximos cinco segundos.
Después vino el asombro. Sofía no era perfecta como una estatua. Era real. Tenía un lunar pequeño bajo la clavícula que yo no conocía. Una curva en la cintura que dibujaba algo parecido a una invitación. La piel todavía rosada por el agua caliente.
Y después, sin previo aviso, llegó el deseo. Como un relámpago seco que me dejó la garganta ardiendo.
—Perdón, perdón —tartamudeé, dándole la espalda con torpeza—. No vi, no quería, perdón.
Escuché el roce de la toalla contra el piso. La oí volver a anudarla, esta vez con más cuidado.
—Tranquila, Lucía —dijo, y su voz tenía un temblor que yo conocía, porque era el mismo que tenía la mía—. No pasa nada.
Pero pasaba todo.
Volví a la cocina con un paso demasiado rápido. Me serví un vaso de agua. No lo tomé. Me apoyé contra la mesada y respiré como si el aire fuera una sustancia nueva, algo que tenía que aprender a usar.
No la mires. No pienses en ella. No es esto. No sos vos. No te toca.
Llevaba años repitiéndome ese mantra con otras mujeres. Compañeras del posgrado. Una residente de cardiología. La amiga de mi hermana, en aquella boda en Mendoza. Siempre el mismo guion: mirar y no mirar, querer y no querer, regresar a casa con la sensación de haber estado a punto de algo que nunca terminaba de empezar.
Con Sofía, el guion ya no me servía.
—Te preparo el desayuno —dije, sin darme vuelta—. Después te llevo al departamento. Tenés que pasar por ropa antes del turno.
—No te molestes. Puedo pedir un taxi —respondió desde la puerta de la cocina.
—No es molestia.
—Lucía.
—No es molestia, Sofía. Yo te traje, yo te llevo.
Hubo un silencio. Sentí su mirada contra mi nuca, casi física. Después escuché sus pasos alejándose hacia el cuarto.
Me terminé el café de un trago, aunque me quemó. Necesitaba salir de esa cocina antes de hacer una tontería.
—Voy a darme una ducha rápida —avisé, en voz alta, hacia el pasillo.
—Dale —contestó ella, lejana.
***
Entré al baño y cerré la puerta con más fuerza de la necesaria. Me apoyé contra el azulejo frío. Tenía la respiración corta, las manos heladas, la cabeza llena de una sola imagen: ella, la toalla, ese segundo en que la había mirado sin permiso.
Abrí la canilla del agua caliente y me metí bajo el chorro vestida. Después, en algún punto, me saqué la ropa. No recuerdo en qué orden. Recuerdo el agua hirviendo, recuerdo apoyar la frente contra los azulejos, recuerdo morderme el labio para no llorar.
Llorar por qué, exactamente.
Por desear así. Por desear así a esta mujer en particular. Por haber tardado treinta y cuatro años en entender que era esto lo que quería desde siempre. Por la culpa absurda de haberla mirado en un descuido suyo, como si yo le hubiera robado algo.
Lloré un poco. Después dejé de llorar. Me quedé bajo el agua sin pensar, escuchando los azulejos zumbar con cada gota.
Cuando escuché la puerta del baño, no me di vuelta.
Pensé que era mi imaginación. Pensé que era una de esas alucinaciones que tiene una cuando lleva demasiadas horas sin dormir. Pero entonces escuché su voz, justo del otro lado de la cortina.
—¿Puedo entrar?
El corazón se me detuvo. Después arrancó tan fuerte que pensé que iba a escucharlo ella desde donde estaba.
—Sofía… —murmuré.
—No tenés que contestar ya. Pero quiero entrar.
Cerré los ojos. Tragué saliva. El agua me caía sobre los hombros, sobre la espalda, sobre la nuca. Sentí que el cuerpo se me preguntaba algo y mi voz, antes que mi cabeza, contestó.
—Entrá.
La cortina se movió. Ella entró vestida. Pantalón corto, camiseta, los pies descalzos. El agua empezó a empaparle la ropa de inmediato. La tela se le fue pegando a la piel, transparentándose en los hombros, dibujándole el contorno del pecho.
No avanzó. Se quedó quieta a un paso, mirándome. Era ella la que ahora me miraba a mí, sin disimulo, sin esa cortesía con que dos amigas se evitan los cuerpos.
—Te vi llorar desde el pasillo —dijo, bajito—. No quería que llorases sola.
—No estoy llorando.
—Lo estabas.
Asentí, sin palabras. El agua se mezclaba con lo que todavía me caía por la cara.
—Lucía… —empezó, y le tembló la voz—. Si esto te incomoda, me voy. Te juro que me voy y no te molesto nunca más con esto. Pero necesito decírtelo antes.
—Decirme qué.
—Que yo también.
Tres palabras. Tres palabras que llevaba meses esperando sin saber que las esperaba.
—¿Vos también qué? —pregunté, porque necesitaba escucharlo entero.
—Yo también me quedo despierta pensando en vos. Yo también me invento excusas para que pasemos más tiempo juntas. Yo también me asusté esta mañana, cuando se me cayó la toalla, porque te miré la cara y entendí que vos también.
Di un paso hacia atrás, instintivamente. No por rechazo. Por la magnitud de la cosa. Por la certeza de que, si avanzaba un solo centímetro, ya no había vuelta.
Ella lo notó. Y dio media vuelta.
—Perdoname —dijo, con la voz quebrada—. Estoy yendo demasiado rápido. Estoy arruinándolo todo.
Y empezó a salir.
Y entonces algo en mí —algo que llevaba años amordazado, callado, vigilado— se desató.
***
No lo pensé. La rodeé desde atrás. Un brazo le crucé la cintura, suave pero firme. La otra mano la apoyé contra su pecho mojado, conteniéndola, pidiéndole sin palabras que no se fuera.
—Quedate —susurré contra su nuca—. Por favor, quedate.
La sentí ceder. Todo su cuerpo aflojó hacia mí, como si llevara meses esperando ese permiso. Apoyó la cabeza contra mi hombro. Sus dedos buscaron los míos sobre su pecho y los entrelazaron.
—¿Estás segura? —preguntó.
—No estoy segura de nada. Pero estoy segura de esto.
Se giró despacio entre mis brazos. Quedamos frente a frente, las dos empapadas, las dos temblando, los ojos buscándose como si tuvieran miedo de no encontrarse.
—No sé cómo hacer esto —admití—. Nunca lo hice.
—Mirame —dijo, y me puso una mano en la mejilla—. Estoy acá. No te voy a hacer daño.
Su pulgar me secó una gota que no era de agua. Yo le bajé la mano hasta el borde de la camiseta empapada. Le pedí permiso con los ojos. Ella asintió.
La tela cayó al piso de la ducha con un sonido pesado, mojado, definitivo.
Esta vez sí la miré. Con calma. Como quien tiene derecho. Le recorrí con la vista la clavícula, el lunar nuevo, la curva de la cintura, los muslos. Le recorrí todo lo que esa mañana, en el pasillo, había tenido que apartar de mi vista.
Y ella me dejó mirar.
—Sos hermosa —dije, porque era verdad y porque hacía años que no me permitía decirle esa palabra a otra mujer.
—Soy hermosa con vos —contestó.
Mis manos buscaron las suyas. Después las soltaron, para tocarle la piel de los hombros, los brazos, la espalda. Ella hacía lo mismo conmigo. Aprendíamos un idioma nuevo a través del tacto, sin manual, sin apuro.
Me besó primero ella. Suave, como una pregunta. Yo le contesté con un beso más hondo, una respuesta que llevaba años preparando sin saberlo. Tenía gusto a café y a agua tibia. Tenía gusto a casa.
El agua caía sobre nuestras cabezas, sobre los hombros, sobre todo lo que íbamos descubriendo. Cada roce se amplificaba bajo la ducha, cada caricia se volvía más vívida por la piel mojada.
La empujé con suavidad contra los azulejos. Le besé el cuello, el pulso, esa zona blanda detrás de la oreja que la hizo suspirar. Bajé hasta el lunar de la clavícula. Lo besé como si fuera una promesa pequeña: estoy acá, lo voy a aprender de memoria, no me voy a olvidar.
Las piernas le temblaron. La sostuve por la cintura. Ella me devolvió el gesto, llevándome la mano a su pecho, dejándome saber sin palabras qué quería y cómo. Yo también guié su mano hacia donde ya no podía esperar más.
No fue rápido. No fue espectacular. Fue lento como un descubrimiento, atento como una conversación importante, generoso como solo puede serlo lo que se hace por primera vez con la persona indicada.
Cuando el placer me alcanzó, lo hizo en oleadas largas. Sofía me sostuvo durante todo el temblor, susurrándome cosas que no recuerdo y que igual me marcaron para siempre. Después fui yo la que la sostuvo a ella. La miré entregarse sin esconderse, sin armadura. Y entendí que era exactamente eso lo que quería hacer el resto de mi vida: estar presente cuando esta mujer fuera completamente ella.
El agua seguía cayendo. Después, en algún momento, alguna de las dos cerró la canilla.
Nos quedamos abrazadas en el piso de la ducha, con una sola toalla envolviéndonos a las dos. El silencio no era incómodo. Era ese silencio sagrado que viene después de algo que nos cambia para siempre.
—Estoy con vos —dijo, contra mi sien.
Cerré los ojos. Por primera vez en años, no sentí que tuviera que protegerme de nadie. Ni siquiera de mí misma.
Afuera, la mañana seguía. Mi turno empezaba en dos horas. El suyo, en tres. Habría que vestirse, secarse, salir al mundo, seguir fingiendo que las cosas eran como ayer.
Pero ya no lo eran.
Una toalla había caído. Y con ella, todo lo demás.