La toma del colegio cambió todo entre nosotras
Era lunes y el fin de semana todavía me pesaba en el cuerpo. Llegué al mediodía al colegio, con el café en la mano, los lentes oscuros puestos y la sonrisa guardada para mejor ocasión. Como cada lunes.
Primera hora: el curso de mi alumna favorita. Crucé el salón hasta el escritorio, sentí las miradas habituales en las nalgas, pero una era distinta. Más espesa. Soy intuitiva, leo el tarot desde los veinte años y reconozco una energía cuando me toca. Apoyé el vaso, colgué la mochila del respaldo de la silla y levanté la vista.
Lucía me observaba sin disimulo desde el fondo. La misma chica que el sábado anterior había venido conmigo al recital y se había quedado durmiendo en el sillón de mi living. Le sonreí, le devolví el aire y arranqué la clase como si nada.
Decidí, por puro capricho, hacerla pasar al pizarrón.
—Lucía, contame qué aprendiste de memoria, como les pedí. Mirame a los ojos y hacelo.
El salón quedó en un silencio raro, de esos que se sienten en la nuca. Nadie esperaba ese pedido, y mucho menos esperaban lo que vino después. Lucía se paró frente a la clase, respiró hondo y recitó completo un poema de Idea Vilariño. Cada palabra fue una piedra cayendo en agua quieta. No miró a sus compañeros: me miró a mí, todo el tiempo, con esa fijeza que te obliga a sostenerle la mirada o irte del aula.
Me recliné contra el respaldo del sillón del escritorio, con el brazo derecho cruzado bajo los pechos. Ese gesto involuntario que los levanta y los hace parecer más llenos. Mi mano izquierda, sin que yo le diera la orden, empezó a acariciarme el muslo por encima del pantalón. Al ritmo del poema, los dedos fueron bajando hasta el centro. La tela del jean ajustado se incrustó entre los labios ya pegajosos. Apreté apenas. Discreta, creo.
No fui tan discreta.
Lucía se quebró un segundo en mitad de un verso. No retiró la vista. Vio cómo me mordía el labio inferior, vio mis ojos turbios, vio el movimiento mínimo de mi mano. Y entonces, casi sin pensarlo, ella también se rozó por encima del pantalón. Fue un toque rápido, como si quisiera confirmar que el cuerpo le estaba respondiendo. Apretó los muslos, los disimuló cruzando una pierna. Terminó el último verso justo a tiempo, antes de que yo tuviera que inventar una excusa para salir del aula.
—Aplausos, chicos. Su compañera entendió perfecto la consigna. Lucía, te felicito. Podés sentarte cuando quieras.
Se sentó. La clase aplaudió. Yo respiré.
Cuando sonó el timbre, esperé a que el grupo se fuera para cerrar la puerta. Pero ella se quedó.
—Mariela...
—Lu, fue hermoso lo que hiciste. Gracias.
—Lo elegí para vos. Quería que vieras que me importás.
—Objetivo cumplido. En la libreta te puse un diez.
—Necesito otra cosa. Quiero que me banques en dirección.
Levanté una ceja. Conocía esa cara.
—Vamos a tomar el colegio —dijo.
—Y yo qué tengo que ver.
—Sos mi maestra consejera. Tenés que ir a defender la idea del centro de estudiantes.
—Andá vos, sos la presidenta.
—Te necesito. Tengo todo escrito: los puntos, el tiempo de toma, los argumentos. Te dejo una copia. El viernes es feriado, así que tomaríamos desde el jueves hasta el lunes.
La miré con esa mezcla de fastidio y ternura que solo me provocaba ella.
—Lo leo en casa con una copa de vino. Si está prolijo, mañana hablamos con el regente.
—Te amo. Gracias.
Al día siguiente hablamos con el regente y después con la directora. Cuando la mujer empezó a poner trabas, intervine.
—Yo voy a estar presente, señora. Soy la profesora a cargo del curso que hace el reclamo. Me voy a hacer responsable de la integridad del edificio y del alumnado. Si está de acuerdo con ese compromiso, no veo razón para negar la solicitud y generar un conflicto mayor.
Salimos con el permiso firmado.
—Tenés los ovarios más grandes del mundo —me dijo Lucía en el pasillo, abrazándome rápido—. Sos mi mujer favorita.
Me reí. La empujé suave para que se alejara.
—Andá a clase, presidenta.
***
El jueves armé un bolso con ropa, una bolsa de dormir y un poco de marihuana, porque la noche iba a ser larga. Llegué al colegio a última hora de la tarde. El frente del edificio estaba cubierto de pancartas, los pasillos también. Los pibes habían trabajado bien.
Recorrí buscando a la presidenta del centro. La encontré en el sector de baños, besándose con su novia contra la pared del fondo. Una chica nueva, rubia, que yo había visto un par de veces a la salida. Me quedé dos segundos quieta. Lucía me vio de reojo a través del espejo justo antes de que yo girara y saliera de ahí.
Entré al primer aula vacía del primer piso, dejé el bolso sobre el escritorio y salí al pasillo. Me apoyé en la baranda interior y miré el patio. Los chicos escuchaban música, conversaban. Bajé, estuve con ellos un rato largo. Pidieron pizza, les compré gaseosa. Lucía no apareció. No pregunté.
Cerca de la medianoche subí al aula a cambiarme. Estaba sacándome la remera —tenía la tela tapándome la cara, el corpiño al aire— cuando escuché la puerta abrirse a mis espaldas.
—Soy yo. Tranquila.
Me desenredé la remera de un tirón. Ella ya estaba a un paso, con la mano abierta sobre mi vientre. Le aparté la mano. Me saqué el corpiño dándole la espalda, me puse la remera larga de dormir, la que me cubría hasta medio muslo y tapaba el short.
—Qué hacés acá. Andá con los chicos.
—Quiero estar con vos.
—Me viste llegar. Estabas ocupada.
—Después no te encontré más.
—Buscando, como hiciste recién. Igual, estuve dos horas en el patio. Comí pizza con todos. Vos no apareciste.
—Perdón. Perdoname, en serio. No pude.
—Lu, no me pidas perdón. Salí del aula. Te juro que voy a dormir tranquila sola.
Caminé hacia la puerta para abrirla. Ella la cerró antes que yo. Le puso traba, me agarró de la cintura y me besó.
El beso fue largo. Me llevó tres pasos hasta la pared. Ella me sacaba casi una cabeza y tenía esa fuerza física que yo no le conocía hasta ahí. Estuvimos dos minutos sin separarnos. Cuando reaccioné, le aparté la cara.
—Basta, Lu. Andate.
—Quiero pasar la noche con vos.
—Estuviste con tu novia hace un rato. Subís y me querés tratar como si fuera tu rato libre. No.
—El sábado no te molestó.
—El sábado fue otra cosa. Fue distinto.
—Te encanto. Reconocelo.
La miré con bronca de verdad. No le importó. Se sacó la remera y el short de jean en un movimiento. No tenía corpiño. Se sacó el boxer también, con la naturalidad de quien hace eso todos los días delante de mí.
—Vení.
Empezó a caminar hacia mi bolsa de dormir, por el pasillo entre los pupitres, como caminaba yo cuando entraba al salón. Le miré las nalgas, las piernas largas y entrenadas, ese culo redondo y blanco que se marcaba en cada paso. No me resistí. Avancé detrás de ella sacándome la remera. La camiseta cayó sobre un banco. El short, dos pupitres después. La bombacha quedó en algún punto del trayecto.
Cuando llegué a la bolsa de dormir, dos mujeres desnudas se enfrentaban en el aula a oscuras. Estiró las manos. Le entrelacé los dedos. Pegamos las narices. Sonreímos las dos.
—Perdón —repitió—. Quiero estar acá.
—¿Y tu novia?
—En su casa. Le dije que se fuera, que me trajera el cargador mañana.
—La tenés controlada.
—No pasó nada de lo que pensaste. Le metí los dedos un rato para que se fuera contenta. Quería estar acá. Te lo juro.
Moví la cara y la besé. Necesitaba sentirle los labios. Fue un beso intenso, con una energía que se podía tocar en el aire. Algo se había decidido durante la charla, sin que ninguna lo dijera.
Le solté las manos. Le agarré el rostro para besarla mejor. Ella me amasó los pechos. Me agarró de la cintura, nos agachamos juntas, me recostó sobre la bolsa de dormir.
Me besó los pies primero. La planta, los dedos, el empeine. Subió por el tobillo, por la pierna, hasta la rodilla. Cambió de pierna, repitió la secuencia. Yo separé los muslos sin pensarlo, instintiva. Cuando llegó al pubis me robó la atención con un amague que no cumplió. Subió. Pasó la lengua por mi vientre. Llegó a los pechos. Me los apretó contra su cara, hizo círculos con la lengua en los pezones, los chupó como si tuviera sed, dejó hilos de saliva. Le robé los suspiros que me hacía sacar con cuidado, porque alguien podía subir al primer piso en cualquier momento.
Me lamió el cuello. Me lamió la oreja.
—¿Y si me voy? —me susurró.
—Primero, nunca en tu vida vas a aprobar mi materia. Segundo, mañana me llevo a tu novia hasta que prefiera mi cama.
—Basura. Cómo me calienta tu rapidez mental.
Me mordió el cuello. Me mordió un pecho. Después se acostó boca abajo entre mis piernas, me abrazó los muslos, y empezó por la vulva con una lamida larga, completa, de una punta a la otra. Se mordió el labio. Me miró. Sonrió. Y siguió con golpes cortos de lengua sobre el clítoris, como una gatita bebiendo agua de un plato. Apreté los párpados. Arqueé la espalda. Me agarré los pechos para no gritar.
Su boca se pegó a mi sexo entero como una ventosa. La lengua entraba, salía. Recorría el surco una y otra vez, arrancaba en la entrada y subía hasta golpear el clítoris. Tuve que respirar por la nariz para no hacer ruido. Levanté la cadera. Ella se acomodó mejor, me apoyó los muslos en los hombros, y desde ahí pudo alternar entre la vulva y el ano. La lengua me entraba en los dos lados, rápida, como una flecha. El primer orgasmo me agarró por sorpresa: corto, hondo, con esa contracción que te hace cerrar las piernas alrededor de la cabeza del otro cuerpo.
Subió a besarme el cuello. Me metió dos dedos. La palma le rozaba el pubis cada vez que entraba. Sabía bien dónde tocar. Encontró el punto exacto y se quedó ahí, jugando, manejándolo a su gusto. Empezó a presionarme el clítoris con la palma en cada penetración. Cuando estaba cerca del segundo orgasmo decidió posponerlo. Me miró, sonrió, se arrodilló entre mis piernas. Me las levantó, me las estiró contra los hombros, me hizo agarrarme los tobillos. Se subió encima con las piernas flexionadas, una a cada lado de mi cuerpo. Pegó su sexo contra el mío.
Empezó lento. Una fricción honda, presionando. Subió el ritmo. La presión también subió. Después saltó como una potranca, chocando vulva contra vulva, las dos completamente mojadas, las dos jadeando con la boca medio cerrada para no despertar al colegio. Me dio un respiro al soltarme las piernas, que ya me tiraban. Se acomodó en tijera, me abrazó el muslo derecho y siguió frotándose contra mí. Más fuerte. Más rápido. Me dolía el clítoris, pero no quería que parara. No paró. Tuvo un orgasmo encima mío y sentí cómo sus flujos rebotaban contra mi pelvis. Yo me vine al toque, en cadena. La bolsa de dormir quedó manchada a la vista.
Se desplomó sobre mi cuerpo. Nos besamos entre jadeos. Le acaricié la espalda, el pelo, los brazos. Ella me acariciaba las nalgas con la palma abierta.
—Lu —le dije bajo, en la oreja—. No te di las gracias por el poema.
—Era para vos. No tenés que agradecer. Lo busqué entero, leí libros enteros hasta dar con el que servía.
—¿Por qué te tomás todo este trabajo?
—Porque sé que esto está mal visto y no me importa. Soy lesbiana y entre nosotras la edad es un número. Vos no sos lesbiana, pero algo te pasa conmigo. Probaste y repetiste. Si la pasás bien, yo puedo ser tu compañera hasta que no me quieras ver más. Nadie va a saber. Yo no se lo voy a contar a nadie.
—Tu cabeza me calienta más que tu cuerpo. Y eso es decir algo.
Sonrió contra mi cuello. Esta pendeja me va a romper la vida y voy a dejar que lo haga.
Nos metimos dentro de la bolsa de dormir, las dos desnudas y sucias. Olíamos a sexo, a saliva, a sudor. Nos besamos hasta quedarnos dormidas con los pies enredados.
Afuera, el colegio seguía despierto. Pero esa aula, esa noche, era nuestra.