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Relatos Ardientes

Mi nueva interna me descubrió a mí misma

Llevaba casi dos años aprendiendo a vivir con un agujero en el pecho. El accidente fue en una autopista que ya nadie recuerda excepto yo, y desde entonces mis días eran un engranaje que giraba sin que yo lo empujara. Despertarme antes de que saliera el sol, vestir a mis hijas todavía dormidas, conducir hasta Tarragona, perderme entre cajas y albaranes en la empresa de logística donde trabajaba, comer un sándwich apoyada en el coche y volver a tiempo para recoger a las niñas. Las tareas de la casa esperaban a la noche, cuando ya no podía con mi alma.

Los fines de semana, cuando mis suegros o mis padres se llevaban a las niñas, yo no descansaba. Limpiaba con rabia, fregaba el suelo de rodillas, ordenaba armarios que ya estaban ordenados. Cualquier cosa con tal de no quedarme quieta delante del lado vacío de la cama.

Aquella primavera, una amiga me llamó. Tenía a una chica recién llegada de El Salvador que buscaba trabajo mientras le tramitaban los papeles. Hablaba bien, era seria, podía dormir interna. Quedé con ella a la tarde siguiente en una cafetería del paseo marítimo. Llegó cinco minutos antes que yo.

Se llamaba Yamileth. Tendría veintiséis años, no era alta, llevaba una camiseta blanca lisa y unos vaqueros que le marcaban una cintura imposible. Tenía la piel canela, el pelo negro recogido en una coleta baja, y unos ojos que no me sostuvieron la mirada al principio. Me habló con un acento dulce que arrastraba las eses. Me contó que había sido empleada doméstica desde los catorce años, que tenía dos hermanos pequeños allá y que les mandaba todo lo que ganaba.

Me convenció en quince minutos. Acordamos una semana de prueba; si funcionaba, se mudaba con nosotras y le pagaba un sueldo decente más alojamiento y comida.

Funcionó desde el primer día. Las niñas la adoraron. Cocinaba un arroz con pollo que llenaba la casa de un olor distinto al que yo llevaba años haciendo. Planchaba camisas que parecían recién compradas. Cuando volvía del trabajo, la mesa estaba puesta y mis hijas reían en el sofá viendo dibujos con ella. Por primera vez en dos años pude sentarme a leer un libro sin un nudo en la garganta.

La casa tenía tres habitaciones. La principal, donde dormía yo. La de mis hijas. Y una pequeña al fondo del pasillo donde se instaló Yamileth. El baño grande lo usábamos las dos.

***

El cuarto día, salí antes de la oficina por un cólico y volví a casa a media mañana. La puerta del baño estaba entornada y el ruido del agua llenaba el pasillo. Pasé delante para ir a mi habitación y, no sé por qué, me detuve. La puerta entreabierta, el vapor saliendo en finas láminas, y entre la mampara empañada se adivinaba su silueta.

Me quedé mirando más tiempo del que debía. Tenía los pechos pequeños y firmes, los pezones oscuros y muy puntiagudos. La cintura le bajaba en una curva limpia hasta unas caderas estrechas. Tenía los pies diminutos, y un triangulito de vello púbico recortado con una precisión que me pareció obscena.

Yamileth se giró. Me vio. No se sobresaltó. Me sonrió con calma, me hizo un pequeño gesto con la mano como si yo hubiera entrado a pedirle una toalla, y siguió enjabonándose el pubis sin urgencia. El agua le caía por los pechos y le iba dibujando todo el cuerpo, y yo era incapaz de moverme.

Salió de la mampara, cogió la toalla del radiador y pasó por delante de mí sin cubrirse del todo. Olía a un jabón cítrico que yo no había comprado nunca. Cuando cerró la puerta de su cuarto, yo seguía clavada en el pasillo con las llaves todavía colgando del bolso.

No puede ser que esté sintiendo esto.

Pero lo estaba sintiendo. Tenía las bragas húmedas como una adolescente en un autobús.

Entré al baño con el corazón golpeando. Me desnudé delante del espejo y me obligué a mirarme. Mido un metro sesenta y peso más de lo que debería. Las caderas anchas, las tetas grandes y caídas con los pezones marrones, unas estrías plateadas en la barriga después de dos partos, una melena rizada que nunca supe peinar. Y un pubis abandonado, espeso, despeinado, que llevaba meses sin tocar siquiera con unas tijeras.

Estaba todavía mirándome cuando Yamileth abrió la puerta para recoger una camiseta que se había dejado. No la cerró al ver que estaba yo dentro. Se quedó parada con la prenda en la mano, recorriéndome con la mirada despacio, sin disimular. Cuando sus ojos llegaron a mi pubis se entretuvieron ahí, y yo sentí un calor en la cara que ni el vapor justificaba.

—¿Qué miras? —pregunté con una voz que no me sonó propia.

—Perdone, señora —dijo bajando la cabeza, pero sin moverse.

—Me gustaría tenerlo más arreglado —me oí decir, tocándome aquella mata oscura con dos dedos. No reconocía a la mujer que había pronunciado esa frase.

Ella se acercó. Quedó a un palmo de mi cuerpo. Me miró a los ojos por primera vez sin cortarse.

—Si quiere, yo le arreglo esa cuca —dijo, estirando con dos dedos un mechón de mi vello púbico—. En mi pueblo se lo hacía a mis primas todo el tiempo.

—¿Cuca? —repetí.

—Así le decimos allá —sonrió—. Acá le llaman chochito, y a mí me gusta más.

El estómago se me cerró en un puño.

—¿Me lo harías? —pregunté en voz baja.

—Claro que sí, señora.

—Pero no del todo. No quiero quedarme pelada.

Ella asintió, se dio media vuelta y salió del baño. Yo me metí debajo del agua y me apoyé en los azulejos con las manos. Me bajé una hasta el pubis, aparté la maraña y me toqué los labios. Estaba empapada. Cerré los ojos y la vi a ella desnuda, mirándome el coño con esa tranquilidad, y antes de poder pensar nada me corrí contra mis propios dedos con un temblor que me obligó a sentarme en el suelo de la ducha.

***

Aquella noche cené sin hambre. Acosté a las niñas. Ellas ni se enteraron de mi cara. Yamileth recogió la cocina canturreando algo en voz muy baja. Yo subí a mi habitación, abrí el portátil, fingí mirar correos. Ella entró diez minutos después sin llamar, con unas tijeras de uñas, un peine pequeño y una toalla blanca doblada en el brazo.

Extendió la toalla en mi cama. Yo seguía sentada en el borde con un camisón largo y unas bragas viejas.

—Acuéstese —me dijo.

Obedecí. No fui yo quien decidió obedecer; me obedeció el cuerpo. Pasó la toalla por debajo de mi culo, me bajó las bragas hasta los tobillos sin pedir permiso y me abrió las piernas con las dos manos en mis rodillas.

Empezó a peinar el vello y a recortarlo. Mechón tras mechón, las tijeras hacían un chasquido pequeño que se oía como un metrónomo en el silencio del cuarto. Nuestras miradas se cruzaban cada pocos segundos. Mis pezones se marcaban debajo del algodón fino del camisón y ella lo notaba, y sonreía un poco más con cada chasquido.

—¿Te gusta lo que te hago? —dijo de pronto, tuteándome por primera vez.

Aquel tuteo me rompió algo por dentro. Era el muro entre la dueña de la casa y la chica que cobraba a final de mes. Se vino abajo en una sílaba.

—Sí —contesté.

—Ya lo sé —dijo bajando un poco la voz—. Tienes el chochito brillando, Aitana. ¿Te gustó verme desnuda esta mañana?

Asentí con la cabeza, sin atreverme a abrir la boca. Ella me abrió las nalgas con una mano y con la otra recortó los pelillos cercanos al ano. Cada tijeretazo me producía un escalofrío que me subía hasta la nuca. Cuando terminó, se levantó, fue al baño y volvió con una toalla mojada en agua tibia, una maquinilla nueva sin estrenar y un bote de aceite de almendras que yo guardaba para las niñas.

—Ábrete bien —me dijo.

Me afeitó los bordes del triángulo con una calma que daba miedo. Cuando terminó, me pasó la toalla húmeda muy despacio por toda la zona, me llevó frente al espejo del baño y se quedó detrás de mí con las manos en mis caderas.

—Mírate —me susurró al oído.

Me miré. Tenía un triangulito limpio, recortado, que no reconocía como mío. El reflejo me devolvió a una mujer que llevaba mucho tiempo sin asomarse a ningún espejo. Yamileth me sostuvo la mirada por encima del hombro durante un segundo eterno.

***

Me llevó de la mano de vuelta a la cama. Se sentó contra el cabecero y me hizo colocarme entre sus piernas, con la espalda pegada a su pecho. Se untó las manos con aceite y empezó por mis ingles, masajeando hacia adentro hasta que los dedos llegaron al pubis recién afeitado sin que yo me diera cuenta del momento exacto en que cruzaron la frontera.

Sus dedos dibujaron círculos despacio sobre el clítoris. Yo dejé caer la cabeza sobre su hombro y empecé a respirar por la boca. Ella me besó la mejilla, la mandíbula, el cuello.

—¿Quieres que siga, puta? —me susurró.

Aquella palabra me hubiera ofendido en otra boca. En la suya, dicha en aquel tono pastoso y casi cariñoso, me hizo gemir y abrir aún más las piernas.

Su otra mano se metió por debajo del camisón. Me sopesó las tetas, me pellizcó los pezones, me los retorció lo justo para que me arqueara contra su cuerpo. Sus dedos seguían trabajando entre mis piernas, y de pronto sentí dos de ellos entrar dentro de mí con una facilidad que me avergonzó por lo mojada que estaba.

—Qué apretado tienes esto —murmuró—. ¿Me dejas follarte el chochito con los dedos?

Giré la cara y la besé. Fue mi primer beso en dos años y fue con una mujer que llevaba cuatro días viviendo en mi casa. Su lengua era pequeña y caliente, sabía a menta y a algo más oscuro que no supe identificar.

—No chilles —me ordenó separando los labios un milímetro—. No quiero que tus hijas oigan a su madre gemir como una guarra.

Me corrí casi a la primera embestida. Sentí un chorro caliente entre mis muslos que empapó la toalla que ella había puesto debajo. Yamileth siguió moviendo los dedos sin piedad, abriéndome más y más, sacándolos y volviéndolos a meter, hasta que me los puso delante de la boca mojados de mí.

—Chúpalos —dijo.

Los chupé. No me reconocía. Ella sonreía sin enseñar los dientes, con los párpados pesados, mirándome chupar mi propio sabor de sus dedos como si esa imagen fuera el único objetivo de su noche.

Me pellizcó otra vez los pezones, esta vez más fuerte. Me dio palmaditas en el coño con la mano abierta, y cada palmada me arrancaba un gritito que ella ahogaba inmediatamente besándome la boca.

—¿Quieres que te folle otra vez con los dedos? —susurró—. Te follaré tanto como quieras. Solo tienes que pedírmelo bien.

—No pares —le rogué.

—Sé buena guarra y pídemelo.

—Por favor —dije, y mi voz me sonó pequeña y rota—. Por favor, no pares de follarme con los dedos.

Volvió a meterlos. Esta vez con prisa y con un ángulo distinto, tocándome un punto dentro que me hizo abrir mucho los ojos. Yo gemía con la mandíbula apretada para no despertar a las niñas, y ella me tapó la boca con la mano libre cuando vio que el segundo orgasmo se me venía encima como una ola.

Me convulsioné contra su cuerpo durante minutos. Cuando por fin me serené, ella me besó la sien con una suavidad nueva.

—No voy a parar nunca de follarte —me dijo en voz muy baja—. Voy a hacer de ti una buena puta sumisa, Aitana. Pero ahora duerme.

Se levantó, recogió las tijeras, el peine y la toalla mojada como si acabara de hacer la cama, y salió del cuarto cerrando la puerta sin ruido.

Me quedé encogida sobre el colchón, con el pubis ardiendo y los muslos todavía temblando, intentando entender qué se había roto y qué se había encendido en mí esa noche. Por primera vez en dos años, me dormí pensando en el día siguiente.

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Comentarios (5)

Renata_Lecto

Que relato!! Me encanto, muy bien narrado y con mucho sentimiento

FleurK

Por favor que haya segunda parte... me quede con tantas ganas de saber como sigue. Es de los mejores que lei en esta categoria

LauMendez

Me recordo algo que viví hace años. Esa tensión que no sabés como nombrar ni manejar. Muy bien contado, se siente autentico

MilaRdz

increible!! de las mejores historias que leí acá

nocturnoXXI

¿Esto te pasó de verdad? Tiene algo muy real en como lo describís, no parece inventado

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