Dos noches con Renata mientras mi esposo nos miraba
Después de aquel trío con Diego, mi marido, y Mateo, mi cabeza no descansó. Vinieron semanas de mucho sexo, mucho vino y largas conversaciones nocturnas en las que confesamos cosas que nunca habíamos puesto en palabras. Coincidíamos en que esa noche compartida había sido más que una fantasía cumplida: había sido el primer paso hacia una manera distinta de vivir lo nuestro. Nos quedamos hablando hasta tarde con la luz apagada, los dos despiertos, planeando.
Decidimos que cada uno iba a investigar por su lado. Yo me sumergí en foros, mensajes privados, anuncios de clubes y fotos borrosas en internet. Diego, más metódico, hacía listas en una libreta y comparaba lugares por precio, por reputación, por cercanía.
A Renata le conté todo. Era mi amiga desde los tiempos del colegio en Cali, antes de que cada una emigrara por su lado. Cuando se enteró del trío se rio fuerte por teléfono y me dijo que se sentía orgullosa, que por fin me estaba dando permiso. Quedamos en juntarnos para hablar con calma. Ella tenía una experiencia de hacía muchos años que nunca me había contado del todo, y prometió hacerlo en persona.
Durante esos días, mientras leía sobre el mundo swinger, mi cabeza se iba en otra dirección. Renata no se me iba del pensamiento. Y no era solo curiosidad sexual: había algo entre nosotras desde siempre, una manera de mirarnos a los ojos un segundo de más, un abrazo que duraba un poco más que un abrazo normal. La llamé un martes a la tarde.
—¿Qué hacés el fin de semana? —le pregunté.
—Trabajar y descansar. ¿Por?
—Quiero ir a verte.
Hubo un silencio del otro lado. Después escuché su risa.
—Vení.
Saqué el pasaje esa misma tarde y le avisé a Diego que el fin de semana lo pasaba con Renata en la capital. Me miró por encima de los anteojos, con una sonrisa que ya conocía.
—¿Algo en mente? —preguntó.
—Una sorpresa —contesté—. Pero te prometo que te va a llegar a vos también.
Ya lo tenía todo planeado.
***
El viernes al mediodía nos encontramos en un restaurante del centro, una de esas barras con ventanales que dan al río. Renata estaba más linda que la última vez. Llevaba el pelo recogido, un saco de lino y unos pendientes finos que le rozaban el cuello cada vez que se reía. Almorzamos despacio, hablamos de mil cosas, y mencionamos por encima la noche con Diego y Mateo. Quedamos en dejar la conversación seria para más tarde, con vino de por medio. Antes de irse al estudio me dio las llaves del departamento.
—Ponete cómoda. Yo llego a las siete.
Pasé la tarde mirando vidrieras. Soy diseñadora, no podía dejar pasar las tiendas grandes, los escaparates de las casas nuevas, las telas que esa temporada se veían en todas las pasarelas. Compré dos cosas para mí y una bombachita ridícula para Diego, «para que se rieran juntos después», me dije a mí misma sin demasiada convicción. Lo cierto es que la maleta ya traía otra cosa, algo que había elegido con mucha más calma para esa noche.
Llegué al departamento antes que ella. Dejé las bolsas, me serví agua y miré por la ventana cómo se iba poniendo el sol contra los edificios de enfrente. Cuando escuché la llave en la puerta, sentí un nudo en el estómago que no sentía hacía años.
Renata entró cansada del estudio. Me dio un beso en la mejilla y se fue derecho a la ducha. Mientras ella se duchaba preparé una picada con quesos, aceitunas y pan tostado. Abrí una botella de Malbec. Cuando salió del baño, con el pelo todavía mojado y un buzo grande que le quedaba como un vestido, nos sentamos en la alfombra del living a comer y a hablar.
Y empezó a contarme.
Su historia era larga. Había tenido una novia durante casi dos años en Cali, antes de venirse, y nadie en su familia se había enterado. Después, ya viviendo lejos, había estado con dos o tres mujeres más, en encuentros aislados, sin nombres que se quedaran. Yo la escuchaba con la copa apoyada en las rodillas, sintiendo cómo se me subía el calor a la cara. La conocía desde los catorce y nunca, ni en una conversación de borrachas, me había dicho nada de todo eso.
—¿Por qué nunca me lo contaste? —le pregunté.
—Porque no estabas lista —dijo ella, y se rio bajito.
Eran cerca de las diez de la noche cuando me di cuenta de que no había llamado a Diego. Salí al balcón con el teléfono. Él también se había olvidado del tiempo: había estado chateando con el dueño de un club privado que tenía dos sedes, una en la capital y otra en una ciudad de playa. Estaba entusiasmado, hablaba rápido. Yo apenas lo escuchaba. Por la ventana del living veía a Renata sirviéndose otra copa, descalza, con esa manera tan suya de moverse por la casa como si la casa fuera ella.
Pedimos delivery porque ya era tarde para salir. Comimos en silencio cómodo, escuchando un disco viejo que ella puso en el equipo. Cuando terminamos llevamos los platos a la cocina. Una lavaba, la otra secaba, y la cocina del departamento era diminuta. En una de esas idas y vueltas quedamos de frente, ella con un plato en la mano, yo con el repasador. Ni una de las dos lo pensó.
El beso fue lento al principio y después no tan lento. Tuve que apoyar la mano en la mesada para no perder el equilibrio. Cuando nos separamos, le sostuve la cara con las dos manos y le dije lo que estaba pensando.
—Quiero que Diego nos vea. Desde su computadora. Sin estar acá.
Renata se quedó un segundo callada. Después sonrió como si la idea ya hubiera estado en su cabeza antes que en la mía.
—Tranquila, hermosa. Lo vamos a disfrutar.
***
Me metí a la ducha con la maleta abierta del otro lado de la puerta. Había traído cosas para esa noche: un corset negro con portaligas, medias finas a juego, una bata transparente que ya había usado dos veces con mi marido y que sabía que él recordaba. Me arreglé despacio, me sequé el pelo, me pinté los ojos un poco más oscuros de lo habitual. Cuando salí, Renata ya estaba en el dormitorio. Había puesto una luz cálida, no la del techo, y se había cambiado: medias blancas hasta la mitad del muslo, una tanga muy fina y una bata de seda corta que le caía por los hombros.
La notebook estaba sobre la cómoda, orientada hacia la cama. Una sola vela en la mesa de luz. Llamé a Diego por video. Cuando contestó, acerqué la cara a la cámara.
—Acá está tu sorpresa.
Lo escuché reírse bajito, ese tipo de risa que pone cuando algo lo deja sin palabras. Me alejé despacio, dejé que la cámara me siguiera, y fui hasta donde Renata me esperaba sentada en el borde de la cama. Le susurré al oído que nos olvidáramos de la pantalla, que esa noche éramos nosotras.
Empezó ella. Me besó como si tuviera permiso para todo. Su mano me recorrió la espalda, bajó por la cadera, se apoyó un segundo en mis glúteos y volvió a subir. En un movimiento rápido se puso detrás de mí. Sentí sus labios en el cuello, su aliento contra el lóbulo de la oreja, y sus manos que pasaban por encima del corset, marcando la forma de mis pechos antes de meterse adentro. Me dejó los pezones afuera de la tela y los apretó suavemente entre los dedos.
Bajó una mano. Primero por encima de la tanga, después adentro. Me tocó despacio, recorriendo con la yema de los dedos los labios, el clítoris, la entrada. Yo tenía la cabeza apoyada contra su hombro y los ojos cerrados. No me acordaba de la cámara. No me acordaba de nada. Cuando metió uno de sus dedos y empezó a moverlo en círculos lentos, me dejé caer un poco más contra ella. El primer orgasmo me llegó casi sin aviso, en silencio, con la boca abierta contra la suya.
Me di vuelta. La empujé suavemente hasta que quedó acostada y me puse encima. Bajé con la boca por el cuello, el escote, el espacio entre los pechos. Le desabroché el corpiño con torpeza y ella terminó de sacárselo. Era la primera vez que estaba así con una mujer y todo me resultaba nuevo: el peso de unos pechos en mis manos, la textura distinta de la piel del abdomen, la forma de los huesos de la cadera. Le besé el ombligo, le mordí muy suave la cintura. Cuando bajé hasta la tanga blanca, ya transparente por la humedad, le pedí permiso con la mirada antes de quitársela.
—Sí —dijo ella, con la voz ronca—. Pero despacio.
Le saqué la tanga y me quedé un momento mirándola. El triángulo de vello recortado, las piernas apenas abiertas, la curva del muslo contra la sábana. Empecé con besos largos en la cara interna de los muslos, subiendo de a poco, hasta que mi boca encontró el centro. Era distinto de lo que me imaginaba. Era mejor. Renata empezó a moverse, a apretar mis hombros con las manos, a guiarme con presiones que yo entendía sin necesidad de palabras. Cuando terminó, lo hizo despacio, sin gritos, con una respiración cada vez más larga.
Estábamos las dos transpiradas y rojas. Me subió de un tirón hasta ponerme a su altura y me besó la boca todavía mojada. Después fue su turno. Me sacó la tanga, jugó con el vello recortado, pasó los dedos como si estuviera midiendo, y bajó. Lo hacía mejor que cualquiera. Pasaba la lengua por el clítoris en un ritmo que no era el mío, y sin embargo me llevaba exactamente a donde quería ir. Con una mano me metía los dedos, con la otra me apretaba un pezón. Hubo un segundo en que pasó la lengua un poco más abajo, casi sin querer, y rozó la entrada del ano. Me sobresalté, pero no me alejé. Tuve un segundo orgasmo, y después un tercero, sin tiempo para recuperarme entre uno y otro.
Me trepó por el cuerpo hasta que quedamos con las piernas entrelazadas. El roce de su muslo contra mi sexo me volvió a encender. Nos movimos en silencio, mirándonos a los ojos, hasta que ella me abrió las piernas y se acomodó de costado para que nuestros sexos quedaran tocándose. La fricción era distinta de cualquier otra cosa: suave, mojada, lenta. Cuando terminamos, terminamos juntas, con ella sosteniéndome la pierna en alto y la frente apoyada contra la mía.
Nos quedamos un rato así, sonriendo, sin hablar. Entonces me acordé de Diego. Me senté en el borde de la cama, mirando la pantalla. Él estaba mirándonos con una expresión que no le había visto nunca.
—¿Te gustó? —pregunté.
Renata apoyó la cara contra mi hombro desde atrás.
—La próxima vení vos también —le dijo a la cámara.
Diego se rio bajito y asintió con la cabeza.
***
Al día siguiente me confesó que se había masturbado dos veces mientras nos miraba. Yo no lo dudaba.
El show había terminado para él, pero la noche para nosotras recién empezaba. Cuando apagué la notebook fui a la cocina por dos vasos de agua. Cuando volví, Renata había sacado del cajón de abajo de la cómoda lo que ella llamaba «el arsenal»: vibradores de varios tamaños, un par de juguetes anales, un lubricante con sabor que yo nunca había visto. Nos reímos como dos adolescentes. Probamos todo. Lo que más me gustó fue cuando me puse en cuatro y me pasé un vibrador por el sexo, y ella se acomodó detrás y me lamió despacio el ano, sin apuro, hasta dejarme bien mojada. Después introdujo un juguete pequeño, metálico, de los que llaman bala. Yo me masturbaba con una mano mientras ella manejaba el otro extremo. Fue intenso de una manera que no había sentido nunca.
Esa noche dormimos abrazadas. La siguiente también. Entre medio hubo más juguetes, más conversaciones, más vino, y largas pausas en las que nos acariciábamos sin necesidad de llegar a ningún lado. A veces me quedaba mirándola dormir, con la luz que entraba por la persiana mal cerrada, y pensaba en lo absurdo que era haber tardado tantos años en llegar hasta acá.
El domingo por la mañana hicimos café, comimos medialunas tibias del kiosco de la esquina y volvimos a la cama un rato, no para hacer nada, solo para estar. A la una salí para el aeropuerto. Nos despedimos en la puerta del departamento con un beso largo y la promesa de que esa no iba a ser la última vez.
Volví feliz. Había cumplido otra fantasía, sí, pero más que eso había encontrado algo nuevo con Renata. Algo que ya no se podía llamar solo amistad. Y, lo más raro de todo, había encontrado una manera de compartirlo con Diego sin que nada se rompiera entre nosotros. Al contrario: cuando llegué a casa, me esperaba en la cocina con una copa de vino servida y una pregunta cuya respuesta él ya conocía.
—¿Y la próxima cuándo?