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Relatos Ardientes

La desconocida del metro me arrinconó en hora pico

A las siete y cuarto de la mañana, yo ya odiaba al día. Tenía una reunión del otro lado de la ciudad a las nueve, y la única forma de llegar a tiempo era meterme al metro en plena hora pico. La estación de Reforma siempre era un caos a esa hora, pero ese miércoles parecía peor que nunca: el andén lleno, la gente sacando el cuello para ver si venía el tren, el aire pesado y eléctrico de quien ya no aguanta esperar.

Pasé la tarjeta y me acomodé contra una columna, lo más lejos posible del filo del andén. Saqué el celular para fingir que tenía mejores cosas en las que pensar y ahí fue cuando la vi.

Estaba parada a tres metros de mí. Llevaba un vestido azul oscuro, ajustado en la cintura, con un escote en V que terminaba justo donde empezaba la promesa. La falda le llegaba a mitad del muslo y se le movía un poco con la corriente que venía del túnel. Tenía el pelo recogido en una cola alta, las cejas pintadas y unos labios rojos que no encajaban con la hora de la mañana. Parecía que iba a una cita, no a una oficina. Debajo del vestido se le marcaban dos tetas grandes, sin sostén o con uno muy fino, porque los pezones se le adivinaban tensos contra la tela.

La miré quizás demasiado tiempo. Ella se dio cuenta. Levantó la cabeza, me clavó los ojos un segundo y volvió a su pantalla.

Calor en la nuca. Otra vez.

No suelo acercarme a desconocidas en el metro. No soy de esas. Pero algo en esa mañana —la combinación del aire pesado, el retraso del tren y esos labios rojos— me hizo dar tres pasos hacia ella, fingir que solo me estaba moviendo de lugar y soltar lo primero que me vino a la cabeza.

—Parece que hoy hasta el metro tiene pereza de levantarse —dije.

Levantó la mirada otra vez. Esta vez sí sonrió.

—Y yo, que estoy tarde —respondió—. Si no llega en cinco minutos, ya no llego.

—Mismo problema —contesté.

—Me llamo Florencia.

—Camila. Mucho gusto.

—¿A dónde vas?

—A Plaza del Norte. ¿Y tú?

—Una estación antes, a Catedral.

Iba a decir algo más, pero en ese instante se oyó el chirrido del tren entrando a la estación. La gente se apretó contra el filo del andén como si la primera fila fuera a salvarla de algo. Florencia y yo terminamos espalda contra hombro, riéndonos sin saber por qué, mientras la masa nos empujaba hacia el interior del vagón.

***

El vagón iba reventado. Yo había aprendido hace años a no luchar contra eso: respirar lento, no mirar a nadie y esperar. Pero esa mañana, la única persona que tenía a menos de dos centímetros era ella.

Estábamos cara a cara, separadas por un agarradero que nadie estaba usando. Su pecho casi tocaba el mío. Olía a algo cítrico y a crema de cuerpo. Yo medía un par de centímetros menos que ella, así que mi cara quedaba justo a la altura de su clavícula y desde ahí veía el filo del escote bajándole y subiéndole con cada respiración. Se le veía el nacimiento de las tetas, la sombra entre ellas, la piel un poco sudada por el calor del vagón.

—Esto es absurdo —dijo, riéndose, hablándome al oído porque era la única forma de hablar sin gritar.

Tenía una voz grave, casi de boca cerrada, y cuando habló cerca de mi oído sentí el aliento bajándome por el cuello, y más abajo, hasta ponérseme dura la piel de los pezones dentro del sostén.

—Lo sé. Y todavía nos quedan cuatro estaciones —contesté, también al oído.

—Vamos a sobrevivir.

—Eso depende.

Se rio. Una risa corta, suave, que sentí contra mi mejilla porque ya no había espacio entre nosotras.

El metro arrancó con una sacudida fuerte. La gente se inclinó toda hacia un lado. Florencia se desestabilizó y se vino encima de mí. Su pierna se metió entre las mías, justo en la costura de la falda lápiz, y me presionó el coño por encima de la tela con el muslo firme. Su mano libre, la que no estaba en el agarradero, terminó apoyada en mi cintura para no caer.

No la quitó. Y yo tampoco cerré las piernas.

—Perdón —murmuró, pero la mano siguió ahí, firme, y el muslo también.

—No pasa nada.

Y le devolví la mirada. De paso apreté un poco las piernas para atraparle el muslo entre ellas. Ella sintió el gesto y bajó los ojos un instante hacia mi boca.

Hubo una pausa. Una de esas pausas que duran demasiado para ser un accidente. El vagón temblaba, la gente hablaba, alguien tosió en la otra punta, y nosotras dos seguíamos quietas, mirándonos a una distancia en la que cualquier movimiento se sentía como una declaración.

—Eres muy hermosa, Camila —me dijo al oído, en voz tan baja que casi tuve que adivinarlo.

Sentí que algo me bajaba del pecho al estómago y de ahí directo al coño. Me mojé los labios. Apoyé los dedos en el agarradero, justo por encima de los suyos, y le contesté en el mismo tono.

—Tú también lo eres. Y no sé si esto es buena idea.

—Yo tampoco. Y ya no sé si me importa.

Me reí, nerviosa, y aproveché la risa para mover apenas las caderas y frotarme contra su muslo. Fue un segundo. Ella lo notó igual. Se le abrió la boca un instante y volvió a cerrarla.

El metro frenó en la primera estación. Subió gente. Nadie bajó. La presión contra nosotras se duplicó. La pierna de Florencia se metió un poco más entre las mías, y su mano subió de mi cintura a mi costado, justo bajo el pecho. Me tembló el cuerpo. Con el pulgar me rozó el nacimiento de la teta por encima de la seda de la blusa, ida y vuelta, muy suave, como si estuviera decidiendo. Yo apreté el agarradero para no soltar un ruido.

***

Yo llevaba una falda lápiz, de las que aprietan, y una blusa de seda fina. La cartera me colgaba del hombro y la sentía rozarme la cadera con cada vaivén. Florencia llevaba ese vestido tan corto, y como estábamos pegadas, se le había subido un poco. Cuando bajé la mirada un segundo, vi que el dobladillo le rozaba el muslo a mitad del recorrido, y más arriba se adivinaba el filo de una tanga negra.

Sin pensarlo demasiado, le apoyé la mano libre en la cadera. Por encima de la tela. Solo para ver qué pasaba.

Ella no se movió. Solo respiró un poco más hondo y separó apenas las piernas.

—¿Te molesta? —pregunté en su oído.

—No. Sigue. No pares.

Mi mano bajó un poco. Encontré el borde del vestido y deslicé los dedos por debajo, sobre la piel del muslo. Estaba caliente y firme, con esa suavidad de crema recién puesta. Le subí la palma entera por la cara externa del muslo hasta la curva del culo y ahí me quedé un segundo, apretando la carne con los dedos abiertos. Florencia cerró los ojos un segundo y los abrió justo cuando un señor con maletín, al moverse para bajarse en la siguiente parada, nos empujó todavía más una contra la otra.

Su pecho aplastó el mío. Sentí sus pezones a través de las dos telas, duros como piedritas, clavándoseme.

—Dios —susurró.

—Shh.

Su mano, la que tenía en mi costado, subió. Me cubrió una teta por encima de la blusa, lento, sin apretar, como quien se asegura de que no la voy a frenar. No la frené. Al contrario: arqueé el pecho contra su palma para que sintiera cuánto lo quería. Ella apretó entonces, con toda la mano, y me pellizcó el pezón entre el pulgar y el índice a través de la seda. Se me escapó un jadeo que disimulé tosiendo contra su hombro.

Bajé mi mano por debajo del vestido y le rocé la cara interna del muslo, dos dedos arriba de la rodilla, después un poco más arriba, después un poco más arriba, hasta que la yema del dedo del medio le tocó el elástico de la tanga en el pliegue de la ingle. Estaba mojada por fuera de la tela. Se le había filtrado.

Llegamos a la estación Catedral. Su parada. No se movió.

—Vas tarde —le susurré, sonriendo, con el dedo todavía plantado ahí.

—Voy a llegar todavía más tarde —contestó.

El tren arrancó otra vez. Nadie alrededor parecía notar nada: todos miraban el suelo o el techo o la pantalla del celular, como hace la gente cuando se mete en un metro lleno y aprende a no ver.

Mi mano subió un centímetro más. Encontré la línea elástica de su ropa interior. Florencia abrió las piernas lo justo —lo que el espacio permitía— para hacerme entender que podía seguir. Pasé los dedos por encima de la tela y le froté el coño entero, de arriba abajo, sintiendo el bulto del clítoris a través del algodón. Estaba empapada. La tela cedía y se le pegaba a los pliegues. Le pasé el dedo por la raja de arriba abajo, muy despacio, y noté cómo la tanga se hundía apenas dentro de ella con la presión.

Le mordí el hombro por sobre la tela del vestido para no gemir.

***

Ella no se quedó atrás. Su mano izquierda dejó mi teta y se metió entre nuestros cuerpos. Encontró el borde de mi falda y, con una habilidad que solo tiene quien ya ha hecho esto antes, la subió lo suficiente como para meter la mano por debajo. Sus dedos me encontraron por encima de la tela y empujaron. Yo solté el aire de golpe. Me la estaba masajeando con la palma entera, apretándome el pubis contra el hueso, y con las yemas separaba los labios por sobre la ropa interior.

—Te dije que ibas a sobrevivir —murmuró.

—No estés tan segura.

Me hizo a un lado el elástico con un dedo. Yo hice lo mismo con el suyo. Sentí el aire frío del vagón golpearme la carne mojada y después el calor de sus dedos deslizándose por ella. Dos dedos de Florencia se abrieron paso entre mis labios y se hundieron dentro de mí, hasta los nudillos. Se me contrajo todo el vientre. Dos míos se hundieron en ella al mismo tiempo, y me sorprendió lo apretada y caliente que estaba por dentro, la carne mullida cerrándose alrededor de los dedos como si me quisiera tragar la mano entera.

La punta de su pulgar encontró mi clítoris y empezó a moverse en círculos lentos, apretando justo la cantidad exacta, mientras yo hacía exactamente lo mismo en ella. Los dedos entraban y salían al ritmo lento del vagón, y cuando el metro se sacudía, se me clavaban más adentro sin querer, arrancándonos las dos un gemido ahogado.

El vagón se sacudió más fuerte. Aproveché el bandazo para meterle un tercer dedo. Ella hizo lo mismo. Sentí que se me abría el coño de una manera que no sentía hace meses, con esos tres dedos suyos entrando de nudillo, y la palma golpeándome el clítoris cada vez que el tren traqueteaba. Nadie nos miró.

Apreté los dientes. Apoyé la frente contra su hombro para esconder la cara. Florencia me agarró la nuca con la otra mano —que ya había soltado el agarradero porque, con la cantidad de gente apretada, no hacía falta sostenerse— y me obligó a levantar la cabeza para mirarla.

—Quiero verte —dijo bajito—. Quiero ver cómo se te pone la cara cuando te corres.

La miré. Tenía los ojos brillando, las pupilas dilatadas, el labio inferior atrapado entre los dientes. Lo soltó solo para volver a hablar.

—No pares. Métemela más adentro.

—No paro.

Curvé los dedos dentro de ella y le busqué ese punto rugoso de la pared de arriba. Cuando lo encontré, se le abrieron los ojos como platos y me clavó las uñas en la nuca. Me besó. Fue un beso corto, casi un roce, porque cualquier movimiento más grande nos hubiera delatado, pero me metió la lengua un segundo, caliente y húmeda, y la sacó. Ella gimió contra mi boca y disimuló el sonido con una tos exagerada.

Una señora que tenía a treinta centímetros la miró de reojo.

—Aire acondicionado —dijo Florencia hacia la señora, sonriendo, con mis tres dedos todavía enterrados dentro suyo.

La señora hizo un gesto de comprensión y volvió a su celular.

Nos aguantamos la risa. En cuanto la señora bajó la cabeza, Florencia me clavó la mirada y susurró, sin mover apenas los labios: «Fóllame los dedos, puta». Se me apretó todo por dentro al oírla. Empecé a moverle los dedos más rápido, entrando y saliendo, sintiendo cómo el flujo le corría por la muñeca.

***

No sé cuántas estaciones pasaron. Tres, quizás cuatro. Nuestros dedos se movían lentos, con cuidado de no agitar las telas demasiado, pero la presión iba subiendo. Ella me follaba con tres dedos, entrando profundo, saliendo hasta la punta, y en cada empuje me arrastraba el pulgar por el clítoris. Yo hacía lo mismo, sintiendo cómo se le iba cerrando la carne alrededor de mis dedos, cada vez más apretada, cada vez más resbaladiza. Sentí que las piernas me empezaban a temblar. Florencia se acercó otra vez a mi oído.

—Voy a venirme —dijo, casi sin voz—. Me voy a correr en tus dedos.

—Yo también. Ya no aguanto.

—Juntas.

—Juntas.

Le hundí los dientes en el hombro al mismo tiempo que ella enterró la cara en mi cuello. La sentí contraerse contra mis dedos en oleadas, apretando y soltando, apretando y soltando, mientras me chorreaba caliente en la palma. Yo me corrí casi en el mismo segundo, con un espasmo que me recorrió desde las caderas hasta los pies, la carne cerrándose sobre sus tres dedos con tanta fuerza que casi se los saco a empujones. Tuve que disfrazarlo de un suspiro largo, con la boca clavada en la tela de su vestido y las piernas apretándole la muñeca.

Por unos segundos nos quedamos así, quietas, respirando rápido y mirándonos como si fuéramos las únicas dos personas dentro del vagón. Su pulgar todavía hacía círculos lentos sobre mi clítoris inflamado. Mis dedos no se movían pero seguían adentro, sintiendo los últimos temblorcitos de su coño alrededor. Ninguna de las dos quería ser la primera en salir.

—Más —murmuré, sorprendida de mi propia voz.

—¿Aquí?

—Aquí. Hazme correrme otra vez.

Ella sonrió, casi divertida, se llevó los dedos que me habían estado follando a la boca —muy discreta, tapándose con el hombro— y los chupó de punta a nudillo, mirándome fijo. Después los volvió a bajar y me los metió de nuevo, más resbaladizos aún con su propia saliva. Yo también. La segunda vez fue más rápida y más sucia. Le follé el coño con los tres dedos hasta el fondo, sin parar, buscando el chapoteo bajo la ropa. Ella hacía lo mismo, y me pellizcaba el clítoris entre dos dedos cada tanto para que se me escapara un temblor. Mordidas en los hombros, manos firmes, miradas que ninguna de las dos podía sostener mucho rato sin perder la compostura. Cuando me corrí por segunda vez —más fuerte, más larga— ella me apretó la nuca y me besó el costado de la cara para callarme, y yo sentí que se me escapaba un chorrito tibio a lo largo del muslo, por debajo de la falda.

Casi grita ella misma. Lo disimuló bajando los ojos y haciendo un comentario absurdo en voz alta.

—Lo siento, te pisé el pie.

—No importa —contesté, aunque no me había pisado nada.

Sentí una última contracción alrededor de mis dedos, larga y profunda, y ella hundió la frente en mi hombro un segundo, con los ojos cerrados y la boca abierta sin sonido.

***

Sacamos las manos al mismo tiempo. Sentí los dedos pegajosos, calientes, y el olor a sexo subió un segundo entre nosotras antes de perderse en el aire cargado del vagón. Nos acomodamos las faldas. Nos miramos. Yo todavía no entendía bien lo que acababa de pasar, y todavía tenía las bragas empapadas pegadas a los labios del coño.

—Tu estación —murmuré.

—Pasada hace dos —respondió, riéndose bajito—. Me bajo en la tuya y camino para atrás.

—Vas a llegar muy tarde a esa reunión.

—Ya no me importa.

Con mucho cuidado, escondiendo la mano en el pliegue entre nuestros cuerpos, Florencia se llevó a la boca los dedos con los que me había estado follando y los chupó despacio, sin dejar de mirarme. Yo hice lo mismo con los míos. Sabía salada, densa, un poco a jabón de manos. Me apreté las piernas por debajo de la falda para retener el temblor que todavía me subía por los muslos.

Llegamos a Plaza del Norte. Bajamos juntas. La estación olía a café del kiosco de la salida, y la luz de afuera nos pegó en la cara después de la penumbra anaranjada del túnel.

Florencia abrió su cartera, sacó una tarjeta y me la puso en la mano.

—Llámame —dijo—. Quiero invitarte a salir. Y quiero terminar lo que empezamos, pero en una cama, y con la boca.

—Voy a llamarte. Pero la próxima vez la invitada eres tú. Y te quiero comer el coño hasta que me pidas que pare.

Sonrió. Se acercó. Me dio un beso corto en la boca, ahí, en mitad de la avenida, con la gente pasando —un beso con lengua, corto pero descarado— y se fue caminando hacia atrás, mirándome hasta que el primer semáforo la obligó a girar.

Yo me quedé un segundo parada en la vereda, con la tarjeta apretada entre los dedos, sintiendo todavía el sabor de su labial y el de su coño mezclados en mi boca.

Llegué a la reunión cuarenta minutos tarde, con las bragas pegadas y las piernas todavía flojas. Esa noche la llamé. Quedamos al día siguiente.

Y a partir de ese miércoles, empecé a tomar el metro en hora pico aunque no tuviera nada que hacer del otro lado de la ciudad.

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Comentarios(8)

Silvina_77

que bueno!!! me encantó

Romina_84

Por favor seguí escribiendo, quedé con ganas de saber que pasó después de que salieron del metro

Violeta_noc

Me recordo a un viaje en el subte de una vez... esas miradas que no se olvidan. muy bien descripto

Nati_P

Ay como me gusto, se siente tan real!! Excelente relato

Caro_NQN

Demasiado corto jajaja, quiero mas

Maru_BsAs

Hay segunda parte? pregunto por una amiga jaja

SolLira

Que bien escrito, se nota que le pones ganas. Espero ver mas relatos tuyos!

Pablo_cba

El metro ya nunca va a ser lo mismo para mi despues de leer esto jajaja. Muy bueno

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