Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La esposa de mi amigo quería probar con otra mujer

Damián me invitó a su casa a tomar unas cervezas para celebrar el ascenso que llevaba meses persiguiendo. Llegué puntual, con la promesa de no quedarme hasta tan tarde como la última vez. Su mujer, Carla, era una de esas mujeres que cuesta dejar de mirar: morena, alta, con un pecho enorme que llenaba cualquier blusa que se pusiera. Damián, que me conocía desde la universidad, sabía mejor que nadie cuánto me gustaban las mujeres así. A veces, medio en broma, me mandaba alguna foto de ella saliendo de la ducha. Yo me reía, pero las guardaba.

Cuando toqué el timbre, fue ella quien abrió. No mi amigo. Y no estaba vestida como una mujer que recibe a la amiga del marido a las nueve de la noche. Llevaba una falda de cuero marrón que apenas le cubría las nalgas y una blusa blanca completamente transparente. Sin sostén. Los pezones se le marcaban contra la tela como dos puntos oscuros que me hicieron tragar saliva antes de saludarla. Tartamudeé al preguntarle por Damián.

—Todavía no llegó —dijo, apartándose para que entrara—. Me pidió que te atendiera bien.

La forma en que dijo «bien» me dejó muy claro que la noche no iba a ser una cena entre amigos.

Me hizo pasar a la sala y volvió de la cocina con dos cervezas. Se sentó en el sillón de enfrente y cruzó las piernas. Bajo la falda tampoco llevaba ropa interior. La vi un segundo antes de que se acomodara, y ella se dio cuenta. Sonrió sin mirarme directamente.

Empezamos a charlar de cualquier cosa: del trabajo, del calor de esa semana, de un viaje a la costa que estaban planeando. Pero Carla no dejaba de moverse en el sillón, de pasarse los dedos por el cuello, de jugar con un mechón de pelo. Cada gesto parecía calculado para que yo le mirara las tetas. Y yo se las miraba sin disimulo, porque a esas alturas ya no tenía ganas de disimular.

Esta mujer me está coqueteando y su marido está por llegar.

Damián entró por la puerta justo cuando yo terminaba la primera cerveza. Me saludó con un beso en la mejilla y la pregunta de rutina: si me estaban atendiendo bien. Le dije que de maravilla. Después se acercó a Carla, la besó en la boca con lengua y le agarró las nalgas por debajo de la falda. Yo aparté la mirada por reflejo. Él se dio cuenta.

—¿Te estás portando bien, mi amor? —le preguntó a ella.

—Sí —respondió Carla, mirándome a mí.

Damián se giró hacia mí con la cerveza en la mano.

—Renata, ¿mi mujer ya te enseñó las tetas?

Me reí, nerviosa, y dije algo así como que se le veían perfectamente a través de la blusa. Él negó con la cabeza, despacio, sin dejar de sonreír.

—La instrucción fue que te las enseñara. Y que si vos se las querías chupar, te dejara.

Sentí el calor subirme por el cuello hasta las orejas. Carla ya se estaba desabrochando los botones de la blusa.

***

Cuando la tela cayó sobre el respaldo del sillón, me quedé sin palabras. Tenía las tetas más bonitas que había visto en mi vida. Grandes, firmes, con la aureola oscura y ancha, y unos pezones que apuntaban hacia arriba como si llevaran horas esperando algo. Damián se había acomodado enfrente con su cerveza, con la calma de quien ya había decidido todo de antemano.

—Dale, Renata —dijo—. Carla quiere saber qué se siente estar con una mujer. Y vos sos la única amiga mía a la que se las muestro. Servite.

No esperé otra invitación. Me arrodillé frente al sillón donde ella estaba sentada y le pasé la lengua por un pezón, lento, sin tocarlo del todo. Ella respiró hondo. Después me lo metí en la boca, entero, y empecé a chupárselo con calma, alternando con el otro, mordiendo apenas, jugando con la punta de la lengua. Carla gemía bajito al principio, como si todavía no se animara, y poco a poco fue subiendo el volumen.

Mis manos no se quedaron quietas. Le subí la falda hasta la cintura y le acaricié las nalgas, después los muslos, después el interior de los muslos, hasta que llegué a donde quería llegar. Estaba empapada. Le pasé los dedos por encima sin meterlos, solo recorriendo.

—¿Querés que también te la chupe? —le pregunté contra su pecho.

—Sí —dijo, casi sin voz.

La hice deslizarse hasta el borde del sillón y le puse una pierna sobre mi hombro. Tenía la vulva depilada, los labios finos, todo a la vista. Le dije que se relajara, que si algo le incomodaba me avisara y parábamos. Damián, desde el otro sillón, soltó una risa corta.

—No te preocupes, Renata. Fijate la cara que tiene. Le encanta.

Era verdad. Carla tenía los ojos entrecerrados y los labios separados. Le pregunté, mirándola, si le gustaba ser puta esa noche. Tardó un segundo en responder.

—Sí.

—¿De quién sos puta? —dije, copiando el tono de Damián.

—De Damián —contestó automáticamente.

—¿Y esta noche también de mí?

—Esta noche también tuya.

Me terminé de quitar la remera y el sostén. Bajé la cabeza y le pasé la lengua entera por la vulva, de abajo hacia arriba, varias veces, hasta que ella misma empezó a empujarse contra mi boca. Entonces me concentré en el clítoris. Lo sujeté con los labios, lo presioné apenas con los dientes, lo tallé con la punta de la lengua hasta que sentí que se le ponía duro y palpitante. Carla me apretaba la cabeza con las dos manos.

—Así, así, no pares.

No paré. Le metí la lengua todo lo que pude, después volví al clítoris, después abajo otra vez, hasta que la sentí temblar entera y vaciarse en mi boca con un gemido largo. Me incorporé con el sabor todavía en la lengua y la besé. Le pasé sus propios fluidos a su propia boca, y ella me besó de vuelta con una intensidad que no esperaba de una primeriza.

—Sabés rico —le dije.

***

Damián propuso que pasáramos al dormitorio. En el camino terminamos de desvestirnos. Carla se acostó boca arriba y yo me acomodé encima en el sentido contrario, en la posición del sesenta y nueve. Le dije al oído que no se preocupara, que si no quería chuparme no tenía que hacerlo. Pero ella ya tenía la cara entre mis piernas antes de que terminara la frase.

Era torpe, claro. Se notaba que era la primera vez que probaba una vulva, que no sabía bien dónde poner la lengua ni cuánta presión hacer. Pero la torpeza tenía su encanto: la entrega de quien está descubriendo algo nuevo, el cuidado de no equivocarse. Yo en cambio estaba tan caliente que no me costó nada. A los pocos minutos terminé en su boca con un grito que ella se tragó. Después se vino ella otra vez sobre la mía. Cambiamos de posición y nos quedamos enredadas, las piernas entrelazadas, los sexos frotándose, las dos chupándonos las tetas conforme nos llegaban.

Damián nos miraba desde una silla del dormitorio sin tocarse, todavía vestido. En algún momento se levantó, abrió un cajón de la cómoda y volvió con un consolador morado, grueso y largo. Me lo puso en la mano.

—Renata, ponela en cuatro. Quiero verla como la perra deliciosa que es.

Carla obedeció sin que tuviera que pedírselo dos veces. Se puso de rodillas en la cama, con el culo levantado y la cara apoyada en la almohada. Tenía un culo perfecto: redondo, parado, con la piel todavía blanca de no haber recibido nunca una nalgada mía. Le di una. Después otra. Después otra más, hasta que se le pusieron las nalgas rojas y empezó a temblar como si cada azote la acercara al orgasmo.

—Ya te dije que le encantan las nalgadas —dijo Damián desde atrás—. Igual que a vos.

Le metí el consolador despacio al principio, después con ritmo, con la mano libre apretándole una nalga. Carla gritaba contra la almohada.

—Así, así, dame más, más fuerte, cogeme, Renata, cogeme.

Yo la cogía con el consolador y me venía sola, casi sin tocarme. Bueno, casi. Damián se había acercado por detrás y, mientras Carla tenía la cara enterrada en la cama, me masturbaba con dos dedos haciéndome señas de que me callara. Después supe que el acuerdo entre ellos había sido que él no participara, que se quedara mirando. No le importó romperlo. A mí tampoco.

Cuando le dije a Carla que se la quería meter por el culo, ella respondió sin dudar.

—Sí, hacé lo que quieras. Soy tuya esta noche.

Le abrí las nalgas con las dos manos y le pasé la lengua despacio. Lo ensalivé bien, le metí un dedo para ir dilatando, y cuando la sentí lista le acerqué el consolador con más saliva. Entró con resistencia, y ella gimió de dolor. Le pregunté si paraba. Casi me grita que no.

—Cogeme el culo, por favor.

Le obedecí. Se lo metí entero, le di tiempo para que se acostumbrara y después empecé el vaivén despacio, después más rápido. Verla abrirse y cerrarse alrededor del consolador, ver cómo movía las caderas para recibirlo, me provocaba un orgasmo detrás de otro. Le seguí dando nalgadas mientras se lo metía.

—Sos una puta deliciosa, Carla.

—Soy muy puta —gritaba ella—. Me encanta la verga, me encantan las tetas, me encanta la concha, y a partir de hoy Renata me coge cuando quiera.

***

Terminamos las tres tiradas en la cama, sudadas, con las sábanas hechas un desastre. Damián trajo una toalla y dos cervezas más. Carla se quedó con la cabeza apoyada en mi pecho y los ojos cerrados, sonriendo como si recién descubriera algo que llevaba años buscando. Habíamos quedado en que sería un secreto entre los tres.

Meses después, en un asado con amigos en común, el marido de otra amiga me agarró del brazo en la cocina y me dijo al oído que ya sabía que me había cogido a Carla, y que mejor que como se la cogía Damián, y que cuándo le ponía contenta a su mujer. Le sonreí sin contestar.

Pero cuando te piden las cosas de buen modo, una termina diciendo que sí. Aunque eso ya es otra historia.

Valora este relato

Comentarios (1)

Tacuara77

Impresionante, no pude parar de leerlo hasta el final!!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.